En un momento en el que la inmigración se ha convertido en una de las cuestiones más inflamables del debate público -teniendo tristemente más de arma arrojadiza que de terreno para la empatía-, llega a la cartelera Rompientes, díptico del dramaturgo belga Paul Verrept que busca, deliberadamente, incomodar. Compuesto por Pleamar y La huida, el texto nos desplaza del discurso abstracto y mediático para introducirlo en el salón de casa, en la intimidad de una pareja acomodada cuya tranquilidad se pone en cuestión cuando el mar devuelve a la orilla los cuerpos sin vida de personas migrantes.
La obra, bajo la dirección de José María Esbec con Fernando Guallar y Rebeca Hernando al frente del reparto, no propone una dramaturgia al uso, no hay escenas dialogadas ni confrontación directa, sino dos monólogos que abren una grieta no solo en la relación de la pareja, sino también en la conciencia del espectador, colocándonos frente a frente con nuestra propia idea de empatía, en una sociedad cada vez más replegada sobre sí misma, más inclinada al “sálvese quien pueda” que a la responsabilidad compartida.
Es así como este encuentro con sus dos protagonistas pasa de lo meramente promocional a convertirse en un claro posicionamiento. Y es que, si hay un desafío en los textos de Verrept, sin duda, es su negativa a la tibieza.

¿POSE O COMPROMISO?
La propuesta, más allá de buscar dramatizar la tragedia desde el espectáculo del dolor, lo hace desde la distancia que establecemos con él. “La obra habla de empatía -señala Hernando-, pero también de la impostura que puede esconderse detrás de ciertos gestos compasivos. ¿Qué hacemos realmente cuando decimos que nos importa lo que está pasando?”. En Pleamar, su personaje se muestra interpelado por lo que sucede en la playa. Hay una voluntad de implicación, una necesidad de no mirar hacia otro lado. Pero Verrept evita la caricatura del personaje “bueno”. “Lo interesante, es que ella también tiene zonas oscuras. También hay algo de narcisismo en su necesidad de sentirse coherente. No es una heroína”, explica la actriz.
Sin embargo, en La huida, el foco se desplaza hacia el personaje de Guallar. Él propone marcharse, alejarse de esa realidad incómoda. Su postura puede generar rechazo inmediato. “Y lo entendemos”, reconoce el actor. “Pero nuestro trabajo no es juzgarlo. Es comprender desde dónde habla. Si lo convertimos en el ‘malo’, la obra se simplifica y pierde su potencia”.

EL ENSIMISMAMIENTO DE OCCIDENTE
Si algo rechazan ambos intérpretes al pedirles que definan a sus personajes es esa simplificación moral. “Mi personaje podría ser cualquiera -subraya Rebeca-. Yo, mi hermana, mi vecina. Reacciona de manera instintiva ante algo que no puede digerir. No hace nada heroico. Simplemente no puede apartar la mirada”. Y Guallar recoge el hilo desde el otro lado: “Mi personaje tiene un cortocircuito. Lo que ocurre fuera le confronta con su relación, con su propia imagen, con la idea de bienestar que han construido. Y no sabe gestionarlo. Entonces huye. No porque sea un monstruo, sino porque no tiene herramientas”.
Esa falta de herramientas es, quizá, el retrato social que propone la obra. Dos personas europeas, acomodadas, que viven en una cápsula de confort y que, de pronto, se ven obligadas a mirar más allá de su ventana. Rebeca lo define como una metáfora de decadencia: “Nos hemos ido haciendo cada vez más pequeños en nuestra tribu. Nuestra comunidad se ha reducido hasta quedarnos solos. Y cuando llega alguien con otra manera de entender lo colectivo, eso nos confronta”. Reflexión que recoge Fernando: “Romper la comunidad para generar individuos aislados es mucho más fácil de manejar. Y eso no pasa por casualidad. Hay un relato que se repite, que genera miedo, que enfrenta. Y al final terminas defendiendo tu parcela como si fuera lo único que tienes”.

UNA GRIETA ÉTICA
El texto no ofrece un conflicto externo convencional, no hay discusiones explosivas ni grandes escenas de enfrentamiento. Lo que hay es una grieta ética que se abre dentro de la pareja. Y esa grieta es, en realidad, la del espectador. Rebeca lo formula con claridad: “Lo más importante es que quien venga a verlo piense y sienta. Que discuta después con su gente. El tema es enorme. Estamos hablando de personas que mueren en el mar, en nuestro mar, intentando llegar a nuestras costas. Eso lleva años pasando. Y, sin embargo, ¿qué hacemos nosotros con eso? Cuando hablamos de derechos humanos, de dignidad, no estamos en un debate abstracto, son personas. Basta ya de inventarnos categorías para deshumanizar”.
“¿Qué pasa cuando dejan de ser un número y se humaniza la tragedia? -continúa Guallar-. Cuando de repente tiene rostro, tiene nombre, es un niño, es una mujer, es alguien concreto. Ahí ya no puedes esconderte detrás del concepto”.
Ambos actores no esconden su implicación y hablan del genocidio en Gaza, de las noticias que convierten las muertes en cifras, del ICE, del cansancio que produce la sobreexposición al horror. “Todos nos hemos enfrentado a esa situación de alguna manera. Te sientes sobrepasado. Sientes que no puedes abarcarlo todo. Pero cuando algo concreto te toca de cerca, cuando está delante de tu casa, ahí no puedes escapar”. Y desde ahí es desde nos habla Rompientes, desde el momento en que lo lejano se vuelve próximo, y de cómo cada uno reacciona desde su propia herida.
Ambos se resisten -“aunque nos tachen de ingenuos”- a lo que Verrept plantea: “nuestra sociedad no puede cumplir con lo que pretendía ser”, sugiriendo que, tras el espectáculo, probablemente volveremos a casa sin cambiar nada. “El bofetón que lanza la obra no es para decir ‘somos una mierda’ y ya está. Es para preguntarnos si hacemos algo, aunque sea mínimo”, explica Guallar. “Ese discurso de ‘somos así y es lo que hay’ es peligroso -responde Rebeca-. Es el discurso del privilegio. El que está jodido no puede permitirse esa resignación”.

LA PRESENCIA DEL MAR EN ESCENA
En escena, la propuesta apuesta por dos monólogos que se sostienen en la palabra y en la escucha. Ambos intérpretes están presentes todo el tiempo, pero no como personajes activos en el relato del otro. Funcionan como espejo, como conciencia, como presencia que interpela. “Estamos trabajando el texto desde un lugar muy directo”, explica Rebeca. “Sin trucos. Sin intentar caer simpáticos. Es casi un acto de sinceridad: esto es lo que hay, esto es lo que pensamos, esto es lo que sentimos”.
En cuanto a la puesta en escena, de la que prefieren no contar demasiado, aunque sí me explican que ellos son parte activa del espacio sonoro creado por Alberto Granados, me adelantan que incorpora agua, reflejos, espejos. El mar no es solo un elemento narrativo, sino una presencia constante. “El mar está en toda la propuesta -adelanta Guallar-. Es detonante, es espejo, es frontera”. Y es, sobre todo, una metáfora porque no es lo mismo quien llega por mar que quien llega en avión. No es lo mismo quien tiene recursos que quien huye sin nada. “Muchas veces no es racismo, es aporofobia -apunta el actor-. El problema no es el origen, es la pobreza”.
Posiblemente la potencia de Rompientes radique en no prometer soluciones escénicas para un problema estructural. Lo que sí hace es desplazar la discusión del terreno abstracto -los números, los titulares, el ruido- al espacio concreto de la responsabilidad íntima. ¿Qué haces tú cuando lo que ocurre fuera afecta a tu estabilidad? ¿Dónde trazas la línea entre la autoprotección y la indiferencia?
El teatro no cambia las políticas migratorias ni corrige las desigualdades del mundo, pero puede incomodar el relato con el que cada uno se justifica. Y eso, en un momento donde todo se simplifica y deshumaniza, ya es mucho.