"Soy un convencido fanático de la hermandad de sangre entre el humor y la poesía"
El dramaturgo y director argentino Mauricio Kartún presenta Baco polaco en Teatros del Canal -del 2 al 11 de octubre-, dentro del ciclo Canal Hispano. Una historia, a partir de Las bancantes de Eurípides, que tiene lugar un pueblo de la Argentina profunda de los años treinta para hablar de fiesta, deseo, poder y violencia, pero también de una pulsión tan antigua como vigente: el odio. El dramaturgo argentino nos habla sobre esta obra en la que el carnaval, la música y el humor conviven con la tragedia para poner frente al espectador algunas de las cuestiones de nuestro presente.
Baco polaco parte de Las bacantes de Eurípides, pero la traslada a un pueblo de la Argentina profunda en los años treinta. ¿Qué ha encontrado en esa tragedia griega que necesitaba ser contada desde ese territorio y ese momento histórico?
En mi impulso inicial, la bacanal, la fiesta; aquellos momentos del calendario que nuestros ancestros sabían destinar saludablemente al descontrol; y que nuestra melindrosa tradición judeocristiana fue domesticando, transformando en el modoso evento de la “reunión”. Con eso me embalé hace años cuando borroneé la primera versión. El texto quedó allí esperando su oportunidad. La iluminó ahora en cambio cierta siniestra coincidencia histórica de aquella historia de odiantes con los odiantes de hoy, tan instalados en el mundo.

En la obra conviven la mitología, el carnaval, el deseo, la fiesta, la violencia, la lucha de clases y el poder. ¿Cuál diríais que es el conflicto que termina articulando todos esos elementos?
Sin querer hacer una reducción absoluta: el que surge del resentimiento. Del odio como emblema. Del “hater”, personaje legitimado hoy en nuestra realidad. Algo que es tan viejo como el mundo, que está siempre allí, en las sombras, en la humedad, pero que resurge monstruoso cada tanto frente a situaciones históricas críticas. Un héroe trágico no es otra cosa que un ser que arrastrado por su fuego marcha hacia su propia destrucción. Cada vez que el odio fue motor en la sociedad la llevó en ese desbarranque, a su desgracia.
Hay algo muy característico en el teatro “Kartunesco” como es la mezcla de humor y tragedia. La historia puede arrancar desde lo festivo y desembocar en la tragedia. ¿Cómo se trabaja escénicamente ese tránsito sin que una dimensión anule a la otra?
Arriesgando al palazo. Soy un convencido fanático de la hermandad de sangre entre el humor y la poesía. Si tuviese que definir mi propia utopía teatral sería la de crear un espectáculo en el que cada acto poético fuese capaz de detonar la risa; y cada humorada capaz de conmover. Y en el camino a la utopía, claro, como siempre, la meta soñada nunca se alcanza, siempre se aleja, pero en la ruta cada tanto se materializa algún pedazo.
Una obra argentina que habla del carnaval hace inevitable pensar en zonas como Corrientes (Capital Nacional del Carnaval) o Gualeguaychú, ¿la obra tiene algún tipo de conexión con estos lugares y su tradición?
Soy un apasionado del carnaval. Mi infancia fue muy carnavalera: mi madre, asturiana, me disfrazaba cada año con alguna ropa típica española. Cosía ella misma los trajes. Fui baturro, fui gaitero y hasta gané premios disfrazado de torero. Mi primera publicación como autor, en los ´70, fue un estudio sobre el fenómeno de las murgas, que apareció en la vieja revista Crisis, que dirigía por entonces Eduardo Galeano. Soy archivista de gráfica carnavalera, y los corsos aparecen en varias de las piezas que escribí luego. Pero el carnaval de mis amores es aquel que viví: el carnaval porteño conurbano, el de las murgas barriales con caras pintadas a corcho quemado. Un carnaval pobretón, de pomos y serpentina, de vecinos disfrazados de vedettes que mostraban una vez por año su sexualidad, el de “4 Grandes Bailes 4” en el club 3 de Febrero. La infancia es poderosa creadora de mitos…
La obra habla de una sociedad en la que, durante el carnaval, parecen relajarse temporalmente las normas y las jerarquías. ¿Qué revela esa fiesta sobre la sociedad que retrata Baco polaco?
El carnaval es la fiesta que hereda a aquellas bacanales. El detrás de la máscara es un fenómeno social precioso. En el éxtasis y tras el disfraz las sociedades se liberan, se permiten, el carnaval es una fiesta liberadora de pulsiones populares. En nuestra obra, la pulsión popular de justicia.
¿Qué particularidades ha tenido el llevar este texto a escena y de trabajar con los actores?
Partimos de una propuesta consensuada de experimentación. Fueron cinco meses de buscar jugando, de proponer cada intérprete el aporte de sus distintos talentos. Muchas idas y vueltas. Como siempre en las expediciones: el entusiasmo cuando cada tanto encontrás algo valioso; y mientras tanto la duda callada de si no hubiese sido mejor hacer un tour.

La música parece tener una función que va mucho más allá de acompañar la acción. ¿Qué papel juega en la construcción de ese universo?
Aquí es la gran argamasa, envuelve todo. Contar en el elenco con dos actores que son -además- músicos, y hasta luthier uno de ellos, nos daba una chance imperdible. La historia gira -literalmente- alrededor de ocho discos de pasta míticos de una jazz de la época: la de Paul Whiteman. Suenan en versión grabada desde la vitrola en algunos momentos. Pero todo el resto de la música y los efectos sonoros son en vivo. A la gran mayoría el público los ignora como tal, porque los actores los ejecutan entre cajas. La puesta de este espectáculo supone una gran coreografía oculta. Un mecanismo que va más allá de lo que se ve. Un concierto, en tanto la partitura de cada intérprete le marca participación comprometida y afinada, tanto en escena como entre bambalinas, desde el primer minuto hasta el saludo.
Baco polaco llega ahora por primera vez a España. ¿Qué os interesa de que, esta historia profundamente argentina, sea vista por el público madrileño? ¿Creéis que las cuestiones que plantea pueden leerse más allá de ese contexto?
El teatro tiene la mala costumbre de hacer en la cabeza de sus espectadores una rara conversión de norma. En el afán de comprender el publico hace atribuciones y crea sentidos. Las obras resuenan muy diferentes en estos cambios de público, y esas sacudidas las hacen crecer. Más allá de este interés algo egoísta, estoy seguro de que sí, que habrá lectura.
¿Qué os gustaría que permaneciera en el espectador después de asistir a Baco polaco: una imagen, una pregunta, una sensación, una incomodidad?
Explicar una metáfora es el peor de los pecados del poeta, porque la reduce a comparación. Pero si algo de este mundo desquiciado, de líderes más desquiciados todavía, se proyectara en esos espectadores, yo como poeta; como decimos por acá: “ya estaría hecho”.