Todos conocemos a alguien que se cree más listo que los demás y ya sabemos que, si no lo conoces, es que quizá ese ‘alguien’ eres tú. Precisamente, sobre la contradicción que supone descubrirse a uno mismo en esa tesitura es desde donde Francis Veber creó La cena de los idiotas, una comedia que lleva décadas haciendo reír al público con una premisa tan sencilla como incómoda. Y ahora, después de diferentes versiones cinematográficas y teatrales, nos llega su primera adaptación al musical, con esta producción de beon. Entertainment en la que se incorporan canciones y nuevos espacios y situaciones. El desafío, nos dice su equipo, consiste en encontrar, dentro de esta nueva forma de contar la historia, la esencia de aquello que la ha convertido en un clásico sin traicionarlo.

 

LA INCOMODIDAD Y LA RISA

Para Joe O’Curneen, responsable de la dirección, la adaptación y el libreto junto a Zenón Recalde, el principal atractivo del proyecto está en esa dualidad. “Detrás de una premisa muy cómica, hay una situación profundamente incómoda y cruel”, explica.

Cada semana, un grupo de amigos organiza una cena privada en la que cada invitado debe llevar a una persona a la que consideran idiota. El objetivo es competir por encontrar al ejemplar más disparatado. Pierre Brochant cree haber dado con el candidato perfecto en François Pignon, un hombre aparentemente ingenuo cuya afición por las maquetas de cerillas y su buena fe lo convierten en una presa fácil. Lo que Pierre no calcula es hasta qué punto su propia vida puede desmoronarse a partir de ese encuentro.

El texto de Veber, estrenado en 1993, ha demostrado su capacidad para trascender épocas y formatos. Por eso, convertirlo en musical exigía justificar cada incorporación. “La comedia de Francis Veber es totalmente redonda, todo tiene su lugar y su función”, señala Iván Macías, responsable de una partitura que debía encontrar su espacio sin competir con los mecanismos cómicos del original. “La música es el gran elemento nuevo, así que tenía que aportar algo que justificara esta transformación”. O’Curneen, socio fundador de Yllana, apuesta por combinar el lenguaje físico de la compañía con el texto y el canto. “Para mí, lo físico y la palabra no son lenguajes opuestos, sino que se potencian”. La adaptación amplía también los espacios de la acción e incorpora nuevas situaciones y personajes. “El reto es equilibrar el homenaje con la originalidad”, resume el director.

 

Foto de Joe O’Curneen e Iván Macías, director y compositor, de La cena de los idiotas.

 

LA MÚSICA COMO VEHÍCULO EMOCIONAL

La música de Iván Macías parte de una decisión que conecta directamente con las raíces de la obra. “Quería que la música conservara esa raíz, por respeto a Francis Veber, a la obra original y a la tradición de la comedia francesa”. De ahí la presencia protagonista del acordeón, acompañado por el clarinete. La partitura crece después hacia la sonoridad del gran musical estadounidense, con la energía y la amplitud teatral de Broadway. El objetivo es que la música no funcione como un añadido decorativo, sino como otro lenguaje narrativo.

En una comedia construida a partir de equívocos y cambios de rumbo, puede anticipar una situación o preparar un giro antes de que el texto lo haga explícito. “La música viaja más rápido que la palabra: puede situarte emocionalmente incluso antes de que entiendas qué está pasando”, apunta Macías. El trabajo, insiste, ha sido colectivo. La composición se ha construido en relación con la dirección, la interpretación y la dramaturgia, y permite explorar también la dimensión emocional de los personajes. El compositor tiene, además, una ambición clara. “Mi objetivo es que Francis pueda decir, este es el musical que yo hubiera escrito”.

 

Foto de Leo Rivera y Jaume Giró, protagonistas de La cena de los idiotas.

CAER EN TU PROPIA BURLA

Leo Rivera interpreta a Pierre Brochant, el hombre que organiza las cenas y se cree capacitado para decidir quién merece convertirse en objeto de burla. Jaume Giró da vida a François Pignon, cuya ingenuidad termina desbaratando los planes de su anfitrión.

Rivera no tiene demasiadas dudas sobre quién merece realmente una invitación a esa cena: su propio personaje. “Creo que es el más idiota de todos, porque es un soberbio, cínico y superficial… o sea, sería perfecto para invitarle a él a una cena”. Pierre se considera el más inteligente de la habitación, pero acaba atrapado en su propia trampa. “Todos somos algo idiotas y todos tenemos mucho que aprender de cualquiera”, señala el actor.

Giró, por su parte, construye a Pignon desde la naturalidad. “Es una persona cargada de buena fe, de inocencia, y que confía ciegamente en los demás”, explica. Lejos de convertirlo en una caricatura, busca comprender sus reacciones y los cambios de pensamiento que alimentan los equívocos. “La comedia es como una partitura, si no se tiene control de los tiempos, no funciona”. Coordinar interpretación, canto, texto y movimiento supone un trabajo exigente. Giró lo resume con humor: “¡Es una locura!”. Sin embargo, esa convivencia de disciplinas también le ayuda a encontrar la emoción del personaje. Bajo la etiqueta de ‘idiota’ hay alguien que necesita sentirse querido y aceptado. “Probablemente a nadie le guste ser el centro de la risa de nadie”, reflexiona.

 

Foto del elenco de La cena de los idiotas, el musical.

 

TODOS TENEMOS ALGO DE IDIOTAS

¿Dónde está el límite entre reírnos de alguien y reírnos con alguien? La obra coloca al espectador ante una reflexión que va más allá del escenario: La burla puede disfrazarse de broma o entretenimiento, y quienes participan en ella no siempre piensan en la persona que queda al otro lado. O’Curneen considera que la función debe hacer visibles las consecuencias de esa actitud. “La función no pretende dar lecciones, sino invitar a mirar ese mecanismo y preguntarnos cuál es nuestro papel”.

El público también forma parte de la ecuación, aunque solo sea porque su risa puede contribuir a convertir la humillación en espectáculo. Rivera encuentra una de las claves de la comedia en mirarse en ese espejo que nos permite reconocer que “nadie está a salvo de la estupidez, aunque resulte más sencillo detectarla en los demás”. Giró es más tajante al defender la empatía. “Nadie debería reírse de nadie”. El contexto importa, matiza, porque “no es lo mismo una situación teatral que una burla en la vida cotidiana, donde el límite también depende de quien la recibe”. Macías comparte esa idea de que la historia contiene dos caras. Por un lado, la sensación de que vivimos rodeados de idiotas; por otro, la dificultad de admitir que nosotros también podemos serlo. “A ese idiota interior hay que dejarlo salir de vez en cuando, permitirnos hacer el ridículo y reírnos de nosotros mismos”, apunta.

Quizá por eso esta historia sigue funcionando. Basta con recordar alguna ocasión en la que nos hemos sentido por encima de alguien o hemos celebrado una broma sin pensar demasiado en sus consecuencias. Esta versión de La cena de los idiotas amplía las posibilidades escénicas de un clásico de la comedia manteniendo intacta su pregunta de fondo. Lo verdaderamente cómico de la cena quizá no sea descubrir quién es el idiota, sino comprobar cuánto nos cuesta aceptar que el puesto también puede ser nuestro.

 

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