Don Alonso llega a Medina del Campo y se lleva a la mujer más guapa de la ciudad. Después triunfa en los toros y sale a hombros. Para don Rodrigo, que no soporta verse derrotado por aquel muchacho llegado de Olmedo, todo aquello se convierte en una afrenta.

Laila Ripoll. Foto de Sergio Parra.

La rivalidad entre las dos ciudades, el orgullo herido y la incapacidad para aceptar la victoria del otro están en el corazón de la tragedia que Lope escribió hace cuatro siglos. Y aunque sorprenda, mientras charlo con Laila Ripoll sobre este clásico de Lope que ya ha pasado por los festivales de Almagro y Olmedo, lo que nos sale es hablar de fútbol. España acaba de ganar el Mundial frente a Argentina. El partido y, especialmente, algunas de las reacciones posteriores, llevan a Ripoll a establecer ese paralelismo. “Esto es el ser humano. Ese mal perder es una cosa fascinante, digna de estudio”.

En El caballero de Olmedo, ese mal perder tiene consecuencias trágicas. Don Alonso triunfa donde don Rodrigo quisiera hacerlo, provocando una frustración que termina transformándose en violencia. Pregunto a Ripoll si el texto habla más sobre el destino o sobre las decisiones humanas, y ella me responde que “es una obra fundamentalmente sobre la envidia. La tragedia la causa la envidia.”

 

UN LOPE GÓTICO

La temporada anterior Laila decidió no dirigir ningún montaje con la intención de conocer la Compañía Nacional de Teatro Clásico desde dentro. “Creo que ha sido muy buena decisión para enterarme bien de cómo funciona la casa”, explica. Ahora ha llegado el momento de mostrar su mirada sobre el repertorio con una versión de El caballero de Olmedo que lleva imaginando años y que se mueve entre las leyendas de Bécquer y el cuento romántico alemán. “Tiene todos los elementos de la novela gótica: La muerte, el doble, la sombra que avisa, la historia de amor, la brujería, la naturaleza -explica la directora-. Tiene todos los elementos de la literatura romántica que van a aparecer después. En ese sentido, Lope es un precursor y un visionario”.

La directora ha querido incorporar al espectáculo una clara influencia cinematográfica apoyándose en el ‘folk horror’, tan de moda actualmente. “Hay una serie de lenguajes que tenemos que aprovechar -sostiene Laila-. El teatro puede beber ahora del cine del mismo modo que el cine bebió en su momento del teatro”. Y nos trae un montaje que sucede en un territorio suspendido entre la realidad y lo sobrenatural, haciendo que la vida y la muerte, la superstición o el presagio, formen parte de la propia narración, no solo desde la palabra, también a través de un lenguaje visual firmado por un equipo con el que Ripoll trabaja desde hace años: Arturo Martín Burgos en escenografía, Luis Perdiguero desde la iluminación, Álvaro Luna en videoescena, Almudena R. Huertas con el vestuario o Mariano Marín desde la música. “No necesitamos hablar. Hay un empaste que solo consigues trabajando muchos años juntos”.

 

Escena de El caballero de Olmedo. Foto de Pablo Lorente.

 

DE NARROS A LA JOVEN

El pasado, el presente y el futuro se dan cita en esta versión de El caballero de Olmedo, espectáculo que la CNTC no había vuelto a poner en escena desde que lo dirigiera Miguel Narros en 1990. Víctor Sáinz, que interpreta a don Alonso, procede de La Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, igual que Carlos Jiménez Alfaro, que da vida al rey; otros miembros del reparto, como Clara Cabrera, pasaron por el curso de selección sin llegar a entrar entre los doce elegidos, algo que para Laila no significa quedar fuera de la compañía, “a esa gente se la recupera porque son muy buenos”. Eso nos lleva a hablar de cómo La Joven se ha convertido en la cantera que alimenta no solo a la compañía, sino al teatro español, y cita ejemplos de antiguos integrantes que hoy son referencia como Mamen Camacho, Eva Rufo, Francesco Carril, Natalia Huarte o Paula Iwasaki. Junto a esa generación, el montaje se apoya en nombres más veteranos como David Lorente o Arantxa Aranguren. “Ellos son de la casa”, me dice.

Hay, además, un caso de continuidad muy especial, que cierra el círculo entre este montaje y el de Narros, como es el actor José Luis Martínez, quien interpreta al Condestable, mismo papel que ya hizo en 1990. Una conexión dada también con la recuperación de algunas camisas y el capote utilizados entonces, en un claro homenaje a aquella producción y a quienes la hicieron posible, lo que lleva a Laila a recordar a su maestro Andrea D’Odorico, escenógrafo de aquel montaje. “Es una de las personas que más he querido. No hay día que no me acuerde de Andrea”. Por eso, dice, tenían que estar de alguna manera en este montaje: “Eso también es la casa, continuar una tradición, en el mejor sentido de la palabra, y rendir un homenaje a los maestros y a los que han abierto camino”.

 

Foto de Pablo Lorente.

 

LAS MÚLTIPLES VENTANAS DEL CLÁSICO

El imaginario sobrenatural de El caballero de Olmedo permite entender una de las líneas que atraviesa la nueva temporada de la CNTC. “Hay un halo mágico en toda la programación de este año”, reconoce Ripoll cuando repasa los títulos que llegarán después: El amor enamorado, con Marta Pazos dirigiendo a La Joven Compañía, se adentra en un mundo de dioses y ninfas. Andrómeda y Perseo recupera la única zarzuela de Calderón de la que se conserva la partitura original y vuelve a poner en escena un universo de dioses y monstruos. O El jardín de flores curiosas, coproducción con Terra Amarela, que parte de aquellos libros de los siglos XVI y XVII dedicados a seres y acontecimientos extraños para construir un espectáculo realizado por artistas con y sin discapacidad. Además, Ripoll quiere abrir el repertorio a la danza, la música, la creación contemporánea y otros lenguajes. “El teatro clásico tiene muchas ventanas más allá del verso”, afirma.

 

El caballero de Olmedo. Foto de Pablo Lorente

 

Esta apertura también tiene vocación internacional, “la otra asignatura pendiente”. Un camino que la compañía ya ha iniciado preparando nuevas funciones a través de la red de centros del Instituto Cervantes en ciudades europeas. “Espectáculos de momento muy pequeños, porque presupuestariamente no podemos hacer otra cosa”, explica Ripoll, con el objetivo de “facilitar que estos textos se conozcan fuera y les pique la curiosidad para hacerlos”. Una forma de sacudirnos esa falta de valor de nuestro patrimonio que Ripoll achaca a la escasa capacidad que hemos tenido para hacerlo circular. “No se conoce porque lo hemos vendido muy mal”, dice. Pero la voluntad de ponerle solución está ahí y me cuenta que ya tiene en marcha una coproducción con el Teatro Solís de Montevideo de La niña de Gómez Arias, un Calderón vinculado además a Margarita Xirgu, figura que será especialmente reivindicada en Uruguay el próximo año. Su referencia, explica, está en la manera en que otros países han convertido a sus grandes autores en parte de la experiencia cultural de quienes los visitan. Su intención es lograr que los turistas que visiten España piensen en acudir a la CNTC como lo hacen con la Royal Shakespeare Company en Londres. “No digo que lo vayamos a conseguir en estos cinco años, pero bueno, por lo menos poner otra piedrecita”.

 

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