“Venimos a celebrarlo todo” es el lema que nos lanzaban desde el FITLO en su décima edición y, después de vivirlo en persona, uno se da cuenta de que no solo habla de conmemorar su primera década de existencia, sino de un sentimiento que transmite su equipo, con Jorge Tesone y Cristina Medrano al frente, de cómo acogen a quienes lo visitamos, de su voluntad de compartir haciéndonos partícipes y propiciando un intercambio de miradas desde el encuentro y la convivencia.
Organizar un festival, al igual que sostener una compañía o poner en pie una obra, exige una mezcla de vocación, trabajo y sacrificio que pocas veces es visible. El FITLO ha contado en esta edición con un presupuesto de 55.000 €, una cantidad que no invita precisamente a la despreocupación, sino a hacer encaje de bolillos para lograr que todo salga adelante con la calidad y exigencia que merece. A estas alturas hay que evitar la romantización de esa precariedad y confundirla con entusiasmo. No es justo que desde la Cultura haya que estar demostrando constantemente hasta dónde se es capaz de llegar con los recursos mínimos. Sin embargo, sí merece celebrarse el empeño de quienes logran encontrar maneras de sostener estos proyectos, abrir nuevas vías y acompañar a los artistas como merecen; la vocación no consiste únicamente en programar o levantar el telón, también se trata de cuidar las condiciones para que todo eso pueda seguir sucediendo con dignidad.

LA FRAGILIDAD DE LO QUE ESTÁ NACIENDO
Quizá por eso, y también por lo que he podido vivir durante estos días, hay una palabra que me viene a la cabeza al pensar en el FITLO: fragilidad. Pero no entendida como debilidad, sino como una manera de acercarse a las cosas que todavía están tomando forma, que no han terminado de decidir qué quieren ser y que, precisamente por eso, necesitan tiempo, escucha y confianza.
Así sucede con algunas de las piezas que pudimos ver el pasado fin de semana, como La adolescencia robada, del chileno Malicho Vaca Valenzuela, que aborda la realidad queer y la manera en que hemos tenido que negociar nuestra identidad con las normas impuestas por otros. También con En el aire, del argentino Martín Flores Cárdenas, quien impartió en el festival un taller que culminó con una pieza de danza fuera de los escenarios, en este caso, en una cantera de Albelda de Iregua. De Flores Cárdenas podremos ver Al Oeste: Capítulos I, II y III los días 31 de octubre y 1 de noviembre en Réplika Teatro. Esa búsqueda de espacios no convencionales para compartir una experiencia escénica estuvo también presente en Una de las cien mil cosas, de Brai Kobla y Chamán Producciones, propuesta que tuvo lugar en la Plaza del Mercado y que nos invitaba a reflexionar sobre las diferentes formas que adopta lo cotidiano. Por su parte, el artista mexicano Anacarsis Ramos y Pornotráfico Teatro nos acercaron a Mi madre y el dinero, una pieza sobre la lucha por salir adelante que también podrá verse en la próxima edición del Festival de Otoño.
Otro de los trabajos que siguen encontrando su forma es Irantí: La cadena infinita, de Clamor Teatro. Su creador nos confesaba que la pieza ha llegado a ser posible gracias al apoyo de otra compañía riojana, El Patio Teatro. A través de la música y de los ritmos que han ido dejando su huella en la cultura contemporánea, la obra recorre la memoria de la esclavitud y la diáspora africana.
Son propuestas que comparten esa condición de trabajos que siguen germinando, cada uno desde su propio lenguaje y momento creativo, que nos permiten asomarnos a sus procesos y entender que una creación escénica no siempre llega al público como un objeto cerrado y definitivo. A veces, lo interesante es precisamente contemplar cómo se construye y, más allá de sus diferencias, comparten una sensibilidad que atraviesa buena parte de lo visto en el festival. La emotividad, el compromiso y la cercanía nacen de la voluntad de los artistas por contar historias que, aunque parten de lo personal, son capaces de llegar a los demás y quizá sea ahí donde esa fragilidad encuentre su mejor aliada en la hospitalidad de espacios como el FITLO, que permite que las propuestas evolucionen, dándoles acompañamiento, tiempo y lugar para ser compartidas.

NAVE 31, CONTRUIR CON LAS PROPIAS MANOS
Hay un lugar que resume esta manera de entender la cultura, se llama Nave 31 y detrás de su transformación se encuentra precisamente Jorge Tesone, director del FITLO, quien cada semana viaja desde Madrid para pasar los martes y los miércoles en Logroño donde, además de impartir clases de interpretación, dedica tiempo a reformar con sus propias manos este espacio que se está convirtiendo en una nueva casa para la creación escénica. Algo que dice bastante de la implicación personal que hay detrás de este proyecto, ya que Nave 31 no quiere ser únicamente una sala donde representar algunos de los espectáculos del FITLO. Tesone nos contaba ilusionado que quiere convertirlo en un centro capaz de acoger residencias artísticas. Poder contar con un lugar donde los artistas puedan quedarse, investigar, convivir y desarrollar sus propuestas supondría ampliar las posibilidades del festival, o hacerle evolucionar más allá de los días en los que se celebra, ofreciendo un lugar donde los proyectos puedan empezar a existir.
Este edificio, donde Nave 31 se encuentra, arrastra una historia que añade otra capa de significado a esa transformación. Vinculado a la CNT, fue concebido como un espacio cultural para la clase trabajadora en los años treinta. Tras ser incautado por los fascistas, quedó ligado a una etapa de represión y ruptura, y recuperarlo ahora para la actividad cultural permite que vuelva a ser un lugar de encuentro y expresión, habitado por artistas, y algún fantasma que se manifiesta de vez en cuando.
LO QUE QUEDA CUANDO TERMINA EL FESTIVAL
Diez ediciones después, el FITLO sigue buscando maneras para crecer desde lo local hacia lo global. Es cierto que no tiene un presupuesto que permita grandes despliegues ni puede permitirse el lujo de dar por hecho que el año que viene todo estará resuelto, pero deja patente que seguirá apostando por la diversidad de lenguajes y una idea de futuro que se está levantando, literalmente, con las manos, contando con la solidez y el compromiso de un equipo que entiende la hospitalidad como una manera de hacer cultura.
El FITLO viene a celebrarlo todo y, después de estos días, creo que también viene a recordarnos que mantener vivo un proyecto cultural es una tarea colectiva.
La décima edición ya es una realidad, ahora toca conseguir que las ganas de seguir no tengan que depender, una vez más, de hacer milagros con las cuentas. Lo que merece la pena celebrar no es solo haber llegado hasta aquí, sino que siga habiendo un lugar al que llegar.