A veces las casualidades, y las programaciones de los teatros, son tan caprichosas que hacen que creadoras como María Goiricelaya se presenten por partida doble en nuestra cartelera con propuestas que transitan temáticas muy similares. Así sucede con Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán que ella misma ha escrito para La Dramática Errante, y que podrá verse en el Teatro de La Abadía, y Tres noches en Ítaca, texto firmado por Alberto Conejero que se estrena en Nave 10 Matadero. Dos piezas distintas que dialogan, sin proponérselo, sobre un mismo tema: La muerte. Un tema del que parece que Occidente huye como puede, abordándolo desde la perspectiva del duelo, la despedida y entendiendo la muerte no como un final dramático, sino como parte indisociable de la vida.

 

¿CÓMO QUEREMOS DESPEDIRNOS?

“La función no está tanto centrada en los cuidados paliativos como en el duelo y en el proceso de asumir la muerte como parte de la vida”, explica Goiricelaya al hablar del origen de Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán, un texto que escribió durante el marco de las Residencias Dramáticas del Centro Dramático Nacional en 2021. El detonante es una experiencia cercana, la enfermedad y posterior fallecimiento del tío de su socia en La Dramática Errante, Ane Pikaza. De él queda una frase que funciona casi como legado y que da título a la obra. Cuando le preguntaron qué quería para su funeral, respondió con una negación rotunda: “ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán”. Una declaración que la directora interpreta como “muy honesta y muy libre” y que abre una pregunta más amplia sobre cómo nos despedimos y, sobre todo, por qué evitamos pensar en ello. “La muerte es una experiencia por la que todas las personas vamos a pasar y, sin embargo, nos detenemos muy poco a pensar en ello”, afirma.

Goiricelaya reconoce haber vivido durante años desde una negación casi infantil: “Yo hasta bien adulta he pensado que alguien iba a venir a decirme que era mentira, que era una broma, que la gente en realidad no se muere”. Esa fantasía, dice, está en el arranque mismo del espectáculo, formulada sin rodeos: ¿me voy a morir? Desde ahí, Ni flores, ni funeral… propone un viaje literal y simbólico, situándolo en el Camino de Santiago, un espacio donde el tránsito físico acompaña al tránsito emocional. “Para mí el camino es una metáfora de la vida”, señala. Hay algo que se cierra al llegar a Santiago, algo que muere para dar paso a otra cosa.

 

Imagen de Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán de La Dramática Errante.

 

HABLAR DE LO QUE EVITAMOS HABLAR

Ese movimiento -caminar, detenerse, continuar- articula la relación entre un padre, interpretado por Patxo Tellería, y una hija, a la que da vida Ane Pikaza, que emprenden ese viaje como excusa para hablar de lo que nunca se habla, de cómo queremos morir, qué dejamos atrás, qué nos gustaría que quedara. “Cuesta mucho hablar de la muerte con los padres y las madres”, admite. No solo por el miedo, sino por el peso cultural y religioso que sigue condicionando la manera en que se nombra la pérdida, frente a otras culturas donde la muerte ocupa un lugar visible y ritualizado.

Para construir la pieza, María se documentó exhaustivamente. Habló con especialistas en cuidados paliativos como Julio Gómez, coordinador de la Unidad de Cuidados Paliativos del hospital San Juan de Dios de Santurce, vio documentales, leyó textos sobre el acompañamiento al final de la vida. “Creo que esa labor está bastante poco reconocida”, señala, refiriéndose a las personas que dedican su vida profesional a acompañar a otros en sus últimas horas. Esa ternura, ese cuidado, esa capacidad de dar permiso para morirse en paz, atraviesa toda la propuesta. “Ojalá ningún ser humano tuviera que llegar a ese lugar sin alguien al lado”, dice con convicción.

 

 

LA MOCHILA VITAL DE CADA UNO

La pieza se sostiene también sobre un abanico coral de personajes secundarios, interpretados por Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio y Egoitz Sánchez; peregrinos que entran y salen del relato como un “friso sociológico de la vida”, y que resultan arquetipos reconocibles que condensan distintas maneras de estar en el mundo. “Cada cual tiene su propio camino dentro del Camino”, resume la directora. Cada persona carga con su propia piedra en la mochila, y decide cuándo soltarla o seguir cargando con ella.

A nivel escénico, Ni flores, ni funeral… se construye desde la austeridad y la superposición de lenguajes. Una cinta de caminar, una mesa, unas sillas y un potente trabajo audiovisual rodado durante trece días en distintas etapas del Camino francés. “Han funcionado dos dramaturgias a la vez: la visual y la textual”, explica. A ellas se suma un tercer plano, el de las ensoñaciones y el delirio, donde la enfermedad irrumpe como generadora de otros estados de conciencia. El resultado es una escena desnuda, atravesada por imágenes reales y por una fisicidad que acompaña el desgaste del cuerpo.

El humor, lejos de ser un elemento accesorio, ocupa un lugar central. “Hay mucho humor y mucha paradoja en la muerte”, sostiene Goiricelaya. Un humor que no banaliza, sino que aligera y permite avanzar. “Nos ayuda a quitarnos lastre”, afirma, recordando que incluso en los momentos más extremos hay lugar para lo absurdo, lo imprevisible, lo caótico. “La muerte -insiste-, no siempre responde a un orden narrativo”.

 

Cecilia Freire, Amaia Lizarralde y Marta Nieto en una escena de Tres noches en Ítaca. Foto de Geraldine Leloutre.

ÍTACA COMO REFUGIO

Si Ni flores, ni funeral… habla del duelo anticipado y del acompañamiento, Tres noches en Ítaca, con texto de Alberto Conejero, se sitúa en el después. Tres hermanas, interpretadas por Cecilia Freire, Marta Nieto y Amaia Lizarralde, llegan a esta mítica isla griega para despedirse de una madre ausente, con la que no todas han tenido relación de la misma manera. Tres mujeres que vienen sacudidas por sus propias vidas, cada una cargando con violencias estructurales distintas -la precariedad laboral, el peso de los cuidados y el sometimiento al productivismo-. «Es una historia sobre todas esas cosas que no se dijeron», resume María.

La propuesta de Alberto Conejero, con quien María mantiene una profunda amistad, llegó antes incluso de que el texto estuviera escrito. «Dije que sí sin leer, algo que no haría por casi nadie», confiesa. El proceso fue precisamente estar presente en la gestación misma del texto, acompañar su crecimiento, consensuar y trabajar codo con codo para que lo que funciona en el papel encontrara su verdad escénica.

El texto mezcla la altura poética de Conejero con algo tan tremendamente pragmático como la que posee la burocracia tras la muerte de un familiar, los trámites de repatriación, las gestiones administrativas que hay que resolver mientras el mundo sigue girando indiferente. «Mientras tú estás pasando horas al pie de una cama en un hospital, el mundo sigue girando exactamente igual», reflexiona María, evocando experiencias personales que le llevaron a vivir esa contradicción.

Tres noches en Ítaca es una invitación a detenerse en un mundo que no permite parar. “En un mundo donde todo hay que solucionarlo rápido, donde no puedes estar triste mucho tiempo, Ítaca propone un refugio para quedarse, sostener el dolor y sanar”, explica la directora, y dejando claro que, frente a la obsesión por la meta, esta obra propone atender al trayecto y construir una Ítaca propia, no la prometida.

 

 

UN ESPACIO DONDE ENFRENTAR LOS CONFLICTOS

La puesta en escena se aleja también aquí del naturalismo. La casa de la madre, escenografía creada por Pablo Chaves, funciona casi como una instalación, donde las tres hermanas constelan alrededor de la casa materna. No hay naturalismo sino una dimensión transformadora que juega a la contra del lenguaje cotidiano del texto. “Teníamos claro que queríamos darle una dimensión que fuera un poco disruptiva”, explica. El resultado es un espacio estático donde el conflicto familiar puede desplegarse en toda su complejidad: los cuidados mezclados con el reproche, el amor con la envidia, y la necesidad de perdonar a una madre ausente que nunca será del todo perdonada.

El texto introduce además una reivindicación explícita, ya que está escrito para actrices mayores de 40 años. Una decisión que la directora celebra como un gesto político y necesario. “Es un regalazo poder reivindicar la edad -señala María-. Para mí hay un despertar y una manera de disfrutar de la vida que empieza a los 40”. Nada de crisis, todo lo contrario, es un despertar, un renacer con un cuerpo más mayor, sí, pero también más libre.

 

Tres noches en Ítaca. Foto de Geraldine Leloutre.

VOLVER A DIRIGIR EL FESTIVAL DE OLITE

Ese mismo impulso atraviesa su trabajo institucional, junto a Ane Pikaza, afrontando esta segunda etapa al frente del Festival de Teatro de Olite. “Teníamos el impulso, la energía y las ganas de seguir al frente del festival, porque creemos que todavía hay cosas que podemos mejorar y cuestiones que aportar”. Aunque deja claro que después ya no habrá más: “Creo que cuatro años es poco, ocho ya empieza a ser mucho y más es perjudicial”.

El festival arrancará su nueva edición el 17 de julio, ”después del pobre de mí”, explica María entre risas, refiriéndose al final de los San Fermines, que inevitablemente acapara toda la atención mediática de Navarra, y se extenderá hasta el 2 de agosto.
Durante los primeros cuatro años implementaron unas líneas claras: Recuperar espectáculos en euskera, mantener por encima del 50% la presencia de dramaturgia y dirección de mujeres y apostar por la autoría contemporánea y la temática social. “Nos pusimos palos en la rueda a posta -reconoce-, para forzar que el festival tuviera un aire propio”. Y funcionó. Ahora, explica la directora, la apuesta es continuista, pero con matices, porque quieren enfocarse en ofrecer una oferta de formación más amplia, y trabajar en afianzar el sentido de pertenencia en la comunidad para que el festival no sea solo un evento que llena el pueblo sino algo que pertenece al propio territorio. “Creemos que lo que hemos implementado era un poco lo que Olite y el sector escénico de Navarra demandaban. Vamos a trabajar en esta misma línea con alegría y energía para mejorar aquello que tenga margen de mejora en estos cuatro años que nos quedan”.

En el fondo, tanto en la escena como en la gestión, el gesto es el mismo: crear espacios para detenerse, para escuchar, para acompañar. Al despedirnos, María vuelve por un momento al tema central de nuestra conversación: “Hablar de morirse es hablar de cómo quieres vivir”. Una gran reflexión para recordarnos algo tan esencial como es que la finitud no es una amenaza, sino una clave para vivir con mayor atención.