El arte es, según la RAE, la “capacidad o habilidad para hacer algo”, así como la “manifestación de la actividad humana mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”. Empezar este reportaje con estas dos definiciones me parece realmente importante y pretendo que sea una declaración de intenciones en el Día de la Accesibilidad por dos motivos: el primero, porque las opciones artísticas de ocio son, a menudo, escasas para las personas con discapacidad, por lo que se estarían potenciando sus limitaciones, agrandando las diferencias y creando más barreras de las ya existentes (haciéndoles incapaces de participar en la vida artística de nuestra sociedad y, por tanto, convirtiéndoles también en discapacitados culturales). En segundo lugar, porque ¿representan las artes escénicas españolas la actividad humana teniendo en cuenta a todos los ciudadanos? ¿Se tiene en cuenta su realidad? ¿Se hace esta visible en escena?

 

CONVIVIENDO CON UNAS LIMITACIONES IMPUESTAS

Según el Observatorio Estatal de la Discapacidad (2022), en nuestro país hay 3.391.955 personas con discapacidad, o lo que es lo mismo, un 7% del total. Casi 3,4 millones de personas poseen un grado de discapacidad reconocido igual o superior al 33%. Casi 3,4 millones de personas con dificultades para poder ser independientes y vivir una vida ‘normal’. Casi 3,4 millones de personas con unas posibilidades muy reducidas de encontrar un trabajo y ser autosuficientes económicamente. Casi 3,4 millones de personas a las que tampoco se les posibilita realizar planes de ocio y pertenecer a la cultura de nuestro país, dificultando así sus relaciones sociales. Y es que, como le comentaba la creadora Laura Suárez (Laura En Órbita) a mi compañero Sergio, “vivimos en una sociedad que no sólo no tolera la diversidad en todas sus facetas, sino que hace todo lo posible por ocultarla y, si no puede, la señala como algo raro”.

Intento pensar cómo puede disfrutar de un espectáculo alguien que no ve o que no oye y un nudo me cierra la garganta. No me imagino lo duro que tiene que ser oír voces sin ponerles rostro y viceversa. Me ahoga la sensación de pensar en no escuchar la voz de mi madre diciéndome que me quiere, el ladrido de mis perras, el sonido del mar o a mi amiga diciéndome que está ahí. ¿Cómo se va al teatro cuando te falta uno de los sentidos?

“Hay personas que hasta hace poco nunca habían pisado un teatro porque pensaban que eso no era para ellos”, me explica Lucía Mendoza, coordinadora de Cataluña en Teatro Accesible y colaboradora en la Comisión de Inclusión de Redescena. “A Marisa, una mujer sorda de nacimiento, en el colegio le decían que no fuese a las excursiones al teatro porque, total, no se iba a enterar. Cuando ya era mayor, ella se aprendía los textos de memoria para así ir al teatro sabiéndoselos”.

 

Discapacitados del arte por elección ajena en Madrid
‘Touch tour’ o visita táctil para personas ciegas ©Teatro Accesible

Por suerte, ahora existen diversas opciones para personas con discapacidad auditiva, como el subtitulado adaptado, el bucle magnético individual, el sonido amplificado con auriculares, las mochilas vibratorias o el servicio de interpretación en lengua de signos. Asimismo, existen opciones también para las discapacidades visuales (audiodescripciones y touch tours), así como el servicio de lectura fácil para las personas con discapacidad cognitiva. Sin embargo, y aunque las personas discapacitadas son discapacitadas los 365 días del año, estos servicios accesibles no son de carácter permanente, pues sólo están disponibles en algunas obras y para las funciones de un día o dos. Además, no encontramos todos los servicios en cada función accesible, sino que el presupuesto se destina a los más solicitados (como las audiodescriciones o los subtítulos), por lo que nos encontramos con una doble discriminación.

Por si esto fuera poco, algunas compañías y equipos técnicos de los teatros tampoco ponen demasiado de su parte: “Desde Teatro Accesible nos hemos encontrado con muchas restricciones a la hora de utilizar la lengua de signos. Es la lengua oficial del colectivo de personas sordas y tiene que tener presencia en las artes escénicas, sin embargo, por temas de dirección y de poner a una persona más en escena, nos estamos encontrando muchas trabas para llegar”, me afirma Lucía, algo que afecta especialmente a los sordos signantes (frente a los oralistas).

Esto me hace pensar en lo egoísta que es el ser humano. ¿Realmente es más importante no alterar la logística de la representación que democratizar la cultura? Puede que entonces sea a nosotros a los que, a pesar de no tener discapacidad cognitiva reconocida, sí que nos falte un poquito de inteligencia emocional.

Afortunadamente, centros como el CDN buscan alternativas: “Estamos estudiando la idea de incluir la traducción a LSE (Lengua de signos española) a través del sistema de sobretitulado, de la misma forma que hacemos cuando la función es en otros idiomas diferentes al castellano”, me aseguran desde el Centro Dramático Nacional. Algo que se ha hecho en su reciente espectáculo Hellen Keller, ¿la mujer maravilla? con muy buenos resultados, suponiendo “un incremento del público sordo o con discapacidad auditiva”.

 

EL CAMINO INACCESIBLE A LOS SERVICIOS ACCESIBLES

Ahora pongámonos en el supuesto de que, desde la discapacidad, la función que queremos ir a ver cuenta con un día accesible y ofrecen las facilidades que necesitamos. Pues en este ‘golpe de suerte’ nos encontramos con un nuevo problema: la accesibilidad al recinto. “Muchas veces prefiero quedarme en casa a ir con mis amigos porque yo no puedo hacer las cosas que hacen ellos”, me confiesa Javier Charques, miembro de 22 años de la Asociación ADILAS.

La discapacidad motora es una realidad muy poco tenida en cuenta. “En nuestra asociación tenemos que descartar muchas salidas culturales porque el recinto no es accesible y nosotros tenemos miembros con discapacidades de todo tipo”, afirma Mauro Varela, coordinador de ocio y tiempo libre de ADILAS. “No siempre los teatros tienen espacio para una silla de ruedas y no siempre los familiares pueden sentarse a su lado”, añaden desde APAIPA.

Si a esto le sumamos que, tal y como me confesó en privado un trabajador de un conocido teatro público de Madrid, a las funciones más populares representadas en centros accesibles, individuos sin  ningún tipo de discapacidad preguntan por el alquiler de sillas de ruedas para comprar las últimas entradas que todavía no se han agotado (reservadas para personas que necesitan de verdad esa silla de ruedas), el despropósito es todavía mayor, haciendo que nos planteemos si no somos una sociedad de pandereta.

 

UN SECTOR NO CUBIERTO

Pero, ¿quiénes son los más perjudicados por la escasez de servicios accesibles? ¿Existe una parte de la población más afectada que otra? Sería injusto y poco realista dar una respuesta rotunda dado que, como estamos viendo, existen tantos problemas como tipos de discapacidades. Sin embargo, hay una parte de la población a la que prácticamente no se le da opciones: los discapacitados intelectuales.

Mientras que, tal y como me indican desde Plena Inclusión Madrid, “el teatro es una de las opciones preferidas dentro de los planes de ocio de las personas con discapacidad intelectual y del desarrollo”, apenas pueden acudir a ver una obra. “En los últimos años ha habido una apuesta importante por eliminar barreras físicas, pero la accesibilidad cognitiva no ha experimentado el mismo avance.”

 

Discapacitados del arte por elección ajena en Madrid
©Plena Inclusión

 

El acompañamiento es uno de los problemas principales. “Las personas con discapacidad intelectual suelen hacer planes culturales acompañados de familiares o personas de apoyo que son proporcionadas por los servicios de ocio de las entidades o costeados por las personas con discapacidad. Eso implica un sobrecoste económico de su bolsillo”. A esto habría que sumarle el precio de la entrada del acompañante, que se solicita sea gratuita, ya que una persona con discapacidad intelectual necesita de alguien que le acompañe y explique aquellas cosas que no entienda. La gratuidad de este tipo de entradas es una necesidad clave para que la cultura no sea un lujo, algo que parece que, poco a poco, se va entendiendo. “A los acompañantes de personas con certificado de movilidad reducida o grado de discapacidad igual o superior al 65 % se les otorga una invitación”, me garantizan desde el CDN.

Otras dos grandes barreras son el acceso anticipado a la información y la simplificación del mensaje: “Los espacios no suelen contar con adaptación a pictogramas o con adaptaciones de programas de mano y guías a lectura fácil.”, me indica Javier Luengo, director general de Plena Inclusión Madrid. Una asignatura pendiente que se solucionaría con servicios como la lectura fácil y la accesibilidad cognitiva y que presenta progresos en festivales como Teatralia, de cuyos programas accesibles se encarga el servicio Adapta.

Por último, necesitamos caminar, tal y como nos indican desde Plena, hacia proyectos de flexibilización de butacas, “iniciativas que pretenden conjugar la necesidad de las artes escénicas (actores y otros trabajadores) y espectadores con discapacidad intelectual que quizá no puedan estar toda la obra sentados y quieran ponerse de pie porque lo necesitan”.

 

¿TODO EL MUNDO PUEDE CREAR?

Pero participar en la cultura de un país no es sólo poder hacerlo desde las butacas: ¿Qué pasa con los creadores discapacitados? ¿Son capaces de participar en el entramado cultural? ¿Se les permite hacerlo?

La inclusión en el sector cultural es un objetivo que se persigue cada vez con más ahínco. En la temporada 2012-2013 nace en nuestro país el Festival Una mirada diferente (CDN) y en 2016 el Festival Visibles, una iniciativa desarrollada por la Sala Tarambana que, tal y como me explica su director, Javier Crespo, busca visibilizar el arte inclusivo durante unas fechas concretas con el objetivo de que posteriormente se extienda de manera natural en la programación de las salas sin tener que ser etiquetado como tal.

 

Discapacitados del arte por elección ajena en Madrid
Festival Visibles

 

Esta cita clave en el sector surge a raíz de que Javier viese el espectáculo Duermevela, de la compañía Contando Hormigas, en el que al final de la obra el público descubrió que las actrices eran invidentes, algo que no notó nadie durante la función. “Este es uno de los objetivos de Visibles, que la discapacidad no se perciba en el escenario”, afirma. Fue tal el impacto que le causó la pieza que decidió que era algo que debía fomentarse para que otros también lo disfrutaran. “Creemos que precisamente el vehículo de las Artes Escénicas es ideal para poder avanzar en temas sociales y que tiene que tener el teatro como algo reivindicativo, como algo que remueva conciencias para que ese cambio social pueda evolucionar”.

Sin embargo, no es algo sencillo. Mientras que todavía son muchos los programadores que reducen las obras con intérpretes con discapacidad a ciclos de inclusión o fechas especiales, los que sí están por la labor no siempre pueden llevarlo a la práctica. “En 2018 tuvimos la oportunidad de actuar en la actividad Una tarde en Danza, organizada por Beta Pública, y no pudimos hacerlo porque el escenario no era accesible para subir con sillas de ruedas” – me cuentan desde la Asociación APAIPA, que trabaja con sus miembros el teatro inclusivo – “Son muy pocos los teatros o salas que poseen la accesibilidad al escenario que dota de la posibilidad de que un actor o bailarín en silla de ruedas pueda expresarse de cara al público”.

Esto es un problema realmente grave no sólo para los creadores con dificultades motoras, que ven truncada su igualdad de oportunidades, sino también para todos aquellos niños y adultos que buscan verse reflejados en la ficción. “Cuando hay un personaje con discapacidad, los espectadores con esa condición lo agradecen mucho porque sienten que se visibiliza su situación o problemática, aspiraciones o intereses”, me explican desde Plena Inclusión Madrid. Algo que desde APAIPA no sienten que ocurra con demasiada frecuencia: “En general, nuestros chicos no se sienten representados con los personajes que ven en las ficciones. Sólo en las actuaciones que hemos ido a ver del Festival Visibles, porque los actores tienen diversidad funcional, algo que además les da fuerza para actuar y sacar lo mejor de ellos”.

Y es que ya no se trata de empatía. No se trata de hacerle la vida un poquito más fácil a alguien que parte con cartas más difíciles de jugar que las tuyas. Ni siquiera se trata de avanzar hacia una sociedad mejor. Se trata de que, incluso apartando cualquier atisbo de amor por el prójimo (algo que nunca deberíamos hacer), si nos ponemos técnicos, el arte, por definición, “es una manifestación de la actividad humana” (RAE), una premisa que no se está cumpliendo al no reflejar todas las realidades.

 

ALGO DE LUZ ENTRE TANTO ABISMO

La situación de la accesibilidad en las Artes Escénicas no está para tirar cohetes, seamos francos. Sin embargo, no me gustaría cerrar este reportaje sin poner sobre la mesa la otra cara de la moneda. Aunque todavía queda muchísimo trabajo por hacer, tanto debajo como encima del escenario, sí que vamos por el buen camino.

“La representación ha mejorado mucho en los últimos años. Cada vez se ven más piezas que cuentan con personajes interpretados por actores y actrices con discapacidad sin que la obra verse específicamente sobre discapacidad. Ese es un gran avance. Sin olvidar que, hasta hace poco, eran actores sin discapacidad quienes interpretaban personajes con discapacidad” me aseguran desde Plena Inclusión.

Obras como Helen Keller, ¿la mujer maravilla?, Lectura fácil, Madre de azúcar o Supernormales han sido algunos de los títulos que se han podido ver en un teatro público como es el Centro Dramático Nacional y que van dibujando esa ruta sobre lo que nos interesa, o debería interesar, a todos los públicos: unas historias de calidad que reflejen todas las realidades existentes y sean interpretadas por actores diversos.

 

Discapacitados del arte por elección ajena en Madrid
Hellen Keller, ¿la mujer maravilla? (CDN) ©Sabela Eiriz

Lo mejor de todo es que los programadores hacen esta selección de proyectos con cabeza. “A mí, si me llega un trabajo fuera del Festival Visibles, lo valoraría en todos los aspectos con la calidad, lo que me están contando y el resultado final de ese espectáculo. Tampoco podemos hacer una discriminación positiva ni caer en la lástima, porque es flaco favor”, me explica Javier Crespo (Sala Tarambana).

En cuanto a los servicios accesibles, destacan centros como el Dramático y entidades como el Grupo Focus que, tal y como me indican desde Teatro Accesible, no sólo incorpora la accesibilidad en sus espectáculos, sino que está trabajando por conseguir una accesibilidad real en sus teatros que parta de ellos mismos y no necesite de externalizaciones para que sus proyectos puedan llegar a todo el mundo. Una accesibilidad que, gracias al Real Decreto 193/2023, de 21 de marzo, pasará a ser obligatoria el año que viene en cualquier espacio público y en el 2029/2030 también en los privados.

Por último, pero no menos importante, mención especial a todas las salas pequeñas e independientes, como Tarambana (¡bendita Tarambana!), Teatro del Barrio o la Sala Paco de Lucía que, a pesar de sus limitaciones y el enorme esfuerzo que supone apostar por la accesibilidad, toman decisiones que luchan por dignificar la oferta cultural de las personas con discapacidad.

Algo que tampoco serviría de nada sin la inestimable labor de todas las asociaciones y voluntarios que transmiten las necesidades de las personas discapacitadas, luchan por sus derechos y dedican su tiempo a buscar planes de calidad que les alimenten el alma, recordándonos que “la inclusión no sólo beneficia a las personas con discapacidad, sino que aporta y beneficia a toda la sociedad” y demostrándonos a todos que no hay más ciego que el que no quiere ver.

 

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