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Calderón y la nueva promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico

  • marzo 9, 2026
Por José Antonio Alba

"El propio Calderón pone a las mujeres en el foco. Recojamos eso y pongámoslo en valor"

La CNTC estrena por primera vez en su historia El escondido y la tapada, un texto de Calderón que sirve de puesta de largo a la séptima promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, que podremos ver en el Teatro de la Comedia, del 12 de marzo al 26 de abril. Su directora, Beatriz Argüello, nos habla de cómo está siendo el proceso de creación de esta comedia de enredos que cuenta con versión de Carolina África.

 

Foto de portada, ensayo de El escondido y la tapada: Mauro Testa.
Beatriz Argüello. Foto de Luis Malibrán.

Llevas años trabajando el teatro clásico desde dentro, primero como actriz y, desde hace un tiempo, también desde la dirección. ¿Cómo llegó la decisión de dar el paso al otro lado del proceso?

Bueno, fue algo bastante natural, porque tenía la espinita de la dirección desde hace años, Levanté un proyecto que era Estaciones de Isadora, programado en el Teatro Español, y fue un poco el pistoletazo de salida hacia la dirección. En cuanto al teatro clásico, ha sido un proceso muy natural, porque he pasado de ser actriz en la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ayudante de dirección con Lluís Homar y luego directora. Esos pasos me han ayudado mucho a transitar de una cosa a otra con mucha facilidad. Es un lugar en el que estoy muy cómoda, en el que trato de acompañar de la mejor manera a los actores y actrices, porque al ser yo también actriz, entiendo muy bien los procesos actorales.

 

¿Crees que la dirección cambia cuando quien está dirigiendo se ha subido al escenario y entiende la situación en la que están los propios actores?

Sí, pero no significa que sea mejor o peor, porque el trabajo es totalmente distinto al de actuar. El director tiene en su mente todo el espectáculo, desde la dirección de actores, la escenografía, las luces… Desde la dirección maquinas todo ese universo creativo que te ofrece el texto y lo trasladas a tus creativos y a los intérpretes.

 

El escondido y la tapada es un texto que lleva casi veinticinco años sin subir a los escenarios. Si no me equivoco, el último montaje fue en 2002. ¿Cómo llega a ti el proyecto? ¿Qué viste en este texto para pensar que aquí hay teatro para hoy?

En realidad, es una propuesta de Laila Ripoll, me preguntó si quería dirigir a la séptima promoción de La Joven Compañía, y le dije que sí, por supuesto. Laila, que conocía la obra, la veía totalmente adecuada para esta nueva generación de actores que llegan al clásico. Además, es un texto maravilloso que abre el canon, un acontecimiento teatral muy importante para la CNTC, porque es un texto que nunca se ha hecho antes en la compañía.

 

El título ya nos avisa de que vamos a jugar a no ver. ¿Qué tipo de propuesta te interesaba ofrecerle al público?

Es una comedia de interior, urbana, que transcurre en Madrid; es heredera de La dama duende y Casa con dos puertas mala es de guardar, entre otras. Calderón la escribió en 1636, cuando ya era un autor reconocido, estrenado y aplaudido por el público. El talento de Calderón es impresionante, la arquitectura teatral de esta función es precisa y deliciosa; está llena de equívocos, de no ver, de querer saber y de no entender. Es importante también cómo Calderón deposita en el personaje femenino toda la trama de la función: Celia, escribe a su enamorado para que venga a Madrid y ocultarle dentro del hueco de la escalera de su casa, ya que está perseguido por la justicia.  Lo que sucede con estas funciones es que ya, desde la primera escena, hay conflicto. Ella no consigue lo que se había propuesto, su objetivo se ve truncado y los personajes empiezan a moverse en esas dificultades. Es una obra de teatro donde no solo hay comedia, hay misterio, peleas, búsquedas para matar a una persona, se mata a otra por equívocos… El espacio interior de la casa es una metáfora del Madrid del siglo XVII.

 

Como dices, la comedia está construida sobre lo que no se ve, sobre escuchar detrás de una puerta, sobre aparecer cuando nadie te escucha, el jugar al equívoco. ¿Qué criterio has seguido a la hora de trasladar al espacio escénico ese mundo de ocultamientos y equívocos que plantea el texto?

El código en el que me he basado en la puesta en escena es un poco el juego teatral que tiene el propio título: “escondido” y “tapado”. Tampoco quiero desvelar mucho, pero ya veréis cómo ni lo escondido está tan escondido, ni lo tapado está tan tapado. Los personajes no ven a los escondidos, pero el público sí. A nivel escenográfico da mucho juego, Alessio Meloni ha creado una casa que es un auténtico juguete teatral.  He tomado a Velázquez como pilar estético. El pintor es de la misma época que Calderón (se llevan un año de diferencia) los dos trabajaban en la Corte de Felipe IV y eran caballeros de la Orden de Santiago. Me interesaba mucho la composición que tiene en sus cuadros, esas complejidades de unos cuerpos delante poco iluminados e iluminando a los que están detrás. Me fascina esa convivencia de varios mundos en un mismo cuadro, esas perspectivas, esos puntos de fuga, esas miradas hacia afuera de algún personaje que está lejos y nos está interpelando. Es algo que he tenido muy en cuenta a la hora de la puesta en escena. Me interesaba mucho como punto de partida en esta complejidad que tiene el texto. Así nacieron los “anónimos” seres que pululan permanentemente por la función tapados con capas pintadas a mano a modo de lienzos errantes.

¿En qué medida crees que Calderón toma distancia crítica del código del honor, es decir, no solo lo retrata, sino que lo cuestiona desde dentro de sus propias obras?

Es maravilloso cómo los personajes en este texto dentro de que viven bajo una estructura del código del honor como norma social, hay una rebelión absoluta ante esa norma. Celia, la protagonista, se revela en el momento en el que ha decidido ocultar a su amante en su casa, cuando está huido por haber matado a un hombre. Su hermano verbaliza su incomodidad cuando hay que ir a combatir por honor diciendo: “¡Oh a qué de cosas obliga esta necia ley del duelo!”. Por lo tanto, vemos como Calderón se ríe de los conceptos arquetípicos como el honor, los celos…

 

¿Es casi como que los personajes se rebelan contra los propios códigos del Siglo de Oro?

Sí, son jóvenes, están enamorados, es esa cosa de “qué rollo tener que estar aquí esperando a que me pidan en matrimonio. Pues no, yo quiero encontrarme con el hombre al que quiero, y si para eso lo tengo que esconder en casa, tenemos casa sola, vente para acá”. Lo que pasa es que luego no van a tener la casa sola (risas). Y luego hay otra particularidad maravillosa que está en todo el teatro del Siglo de Oro, como es el mundo de los criados. Ellos sí que están más libres en este sentido. Son personajes que no tienen tiempo de estar cuestionando el amor cortés, bastante tienen con sobrevivir, y porque no, disfrutar de la vida. En este texto, hay escenas maravillosas donde los criados están solos y vemos cómo se relacionan entre ellos en esa realidad paralela a la de sus amos. Esto es muy velazqueño también.

 

Los personajes de Calderón se rebelan contra el ‘qué dirán’ desde dentro de la obra, como acabas de explicar. Pero, ¿crees que ese mismo mecanismo tiene un eco reconocible para el espectador de hoy, que vive pendiente de su imagen en redes sociales?

Por supuesto. Solo digo esto, que el escondite de la función (que originalmente era una puerta), lo he convertido en un espejo, como la metáfora de verse a uno mismo o que los demás le vean desde la imagen que queremos dar. Al fin y al cabo, las redes son un espejo maquillado de la realidad.

 

Para esta producción habéis trabajado sobre la versión de Carolina África, quien suele utilizar un lenguaje muy atento a lo cotidiano. ¿Qué ha aportado su mirada al texto? ¿Cómo convive esa cercanía con el verso de Calderón?

Carolina, lo que ha trabajado en la versión es dinamizar ciertos parlamentos que eran un poco extensos para sostener el ritmo de la acción. También ha dinamizado las repeticiones de un mismo suceso contado por distintos personajes, y se han clarificado algunos discursos para que el público pueda seguir mejor la historia. Hay guiños actuales también que apelan a un lenguaje reconocible y divertido para el público. Acercar a las personas de hoy textos del XVII sin perder la esencia del autor.

 

La séptima promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Foto de Sergio Parra.

¿Dónde está para ti esa frontera entre actualizar a Calderón y traicionarlo?

Aquí el texto es de Calderón de la Barca, es la Compañía Nacional de Teatro Clásico y los parámetros estaban muy claros desde el principio. Pienso que no se traiciona al autor por dinamizar, clarificar o por ejemplo, cambiar (como hemos hecho) un personaje masculino en femenino, siempre y cuando no trastoque la trama. Es necesario traer al público de hoy estos textos escuchando las necesidades actuales y no por ello, perder la altura poética, la precisión versal y la belleza que poseen.

 

Esta función presenta a una nueva promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. ¿Cómo ha sido el encuentro con ellos?

Pues está siendo maravilloso porque son seis actores y seis actrices que han estado en un periodo de formación intensísimo llevado por profesionales del teatro desde septiembre. Todos ellos tienen sus estudios y formación hecha fuera y muchos han trabajado ya en montajes. Son actores muy preparados y que al mismo tiempo han pasado un proceso de selección muy difícil para entrar en la JCNTC, porque se presentaron muchísimos y de todos, quedaron doce.  Yo tuve la suerte de estar en el proceso de selección antes del verano, les di un taller de interpretación. Para mí, como directora, es un privilegio trabajar con ellos porque tienen una entrega, una ilusión, unas ganas, una fuerza, y un entusiasmo por hacer las cosas, enormes. Está siendo una experiencia muy enriquecedora.

 

Tiene que ser muy gratificante haber estado en ese proceso de selección y ver, por fin, a los 12 seleccionados trabajando contigo mano a mano, ya como miembros de La Joven de la CNTC de pleno derecho.

Sí. Mi sueño es que se vea el maravilloso trabajo de elenco que están haciendo, porque esa era una de mis prioridades a la hora de dirigir a La Joven. Yo vengo del Teatro de la Abadía, donde hicimos un trabajo brutal de elenco con José Luis Gómez durante muchos años. Entonces, para mí eso era fundamental. Y creo que lo estamos consiguiendo. También porque han estado juntos en la formación, luego hicieron el proyecto pedagógico Préstame tus palabras y se fueron de gira, han convivido juntos y han tenido ya muchas horas de trabajo antes de los ensayos. Todo eso me ha facilitado muchísimo el trabajo de elenco ya que me he encontrado con muchas complicidades y mucho cariño entre ellas y ellos.

 

¿Qué te parecía importante que aprendieran, o desaprendieran, enfrentándose al texto barroco?

Yo siempre digo que el teatro barroco es una escuela maravillosa para un actor. Si eres bueno haciendo verso, ya puedes hacer cualquier cosa. No es lo mismo enfrentarse a un texto contemporáneo que a un texto barroco con sus normas métricas, la estructura versal, todas las figuras retóricas que tiene el texto, metáforas, etc. Todo ese trabajo tanto técnico como imaginario, requiere tiempo, requiere tener esa sensibilidad y esa musicalidad. Yo siempre digo que los actores y actrices que dicen bien el verso, normalmente tienen oído musical, porque es poesía hablada. Entonces esto es algo que ellos y ellas se van a llevar como un tesoro. Creo que el teatro barroco da a los intérpretes y al público ese privilegio de hablar y escuchar nuestra lengua en toda su riqueza a todos los niveles y es algo que debemos preservar como un tesoro, en una época la nuestra en la que cada vez se utilizan menos palabras y el lenguaje poético ha desaparecido de nuestro día a día. Yo les digo: “estos personajes, estas personas hablan así desde que aprendieron a hablar. Tenemos que enfrentarnos al texto barroco desde esa facilidad también”. Pero claro, para encontrar la facilidad hay muchas horas de trabajo por debajo.

 

Ensayo de El escondido y la tapada. Foto de Mauro Testa.

 

¿Qué te está sorprendiendo de trabajar con una generación que se acerca al verso sin la solemnidad autoimpuesta de generaciones anteriores?

El tema de cómo decir el verso, es un tema controvertido. Cada maestro tiene su teoría y también va en gustos. Hay quien es más ortodoxo en cuanto a la tradición, otros más flexibles… Yo he visto a lo largo de los años muchas opciones y trabajos desde diferentes puntos de vista. En este proceso tengo como asesor de verso a Ernesto Arias, que es mi aliado en la palabra pues nos formamos juntos en la Abadía y tenemos mucho en común en ese sentido. Esta nueva generación está preparada para abordar el trabajo del verso de distintas maneras y formas. Son rápidos y hay algo de arrojo de valentía y libertad que me encanta de ellas y ellos.

 

Imagino que al final, este encuentro intergeneracional, supone un aprendizaje en ambos sentidos, ¿no?

Es mutuo, sí, estoy disfrutando mucho de verlos trabajar, cómo proponen en las escenas y cómo se relacionan entre ellos con respeto y cariño. Ahora hay más sensibilidad y eso es muy bueno para todos los procesos creativos.

Además, también hay algo en esta función que se revela al final, cuando los personajes toman la iniciativa más allá de la autoridad. Hay algo que se da la vuelta, de pronto esta gente joven ya no necesita que la autoridad decida por ellos, y he querido que la lectura de la función vaya por ahí, porque también se relaciona con la propia Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, con apostar por las nuevas generaciones libres para tomar sus decisiones.

 

La nueva dirección de la CNTC, con Laila Ripoll, ha apostado por una temporada en la que gran parte de los montajes tienen dirección femenina. Tú además diriges una obra cuyo centro dramático es una mujer. ¿Eres consciente de estar dentro de un relato más amplio sobre la presencia femenina en el teatro clásico español?

Bueno, es que ya era hora. Esto es algo que tenemos que normalizar ya. Hay que verlo de una manera natural. Y qué bien, para hombres y mujeres, que suceda esto, que de pronto las mujeres tomemos la iniciativa en la dirección, pero no solo a nivel cultural, en todos los ámbitos de la sociedad. Hay una sensibilidad hacia esta cuestión que creo absolutamente necesaria, hay que defenderla, y detectar los momentos en los que hay un retroceso o, de pronto, se estanca o se vuelve a cosas que se supone que han sido superadas. Ahí es cuando nos toca dar un paso adelante, pero no solo nosotras, toda la sociedad.  Fíjate que hasta el propio Calderón pone a las mujeres en el foco, aquí las damas son unas rebeldes y es un texto del siglo XVII. Entonces, hay algo ahí que ya está, recojamos eso, pongámoslo en valor, pongámoslo en el escenario.

 

Si esta obra habla todo el tiempo de ocultarse, ¿qué te gustaría que el público saliera viendo con más claridad después de la función?

A mí, lo que me gustaría que se llevase el público es el deleite de asistir a un acontecimiento teatral de una compañía que viene con un aire nuevo a ofrecer textos del barroco.

 

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