En este tiempo de inmediatez, de likes y de una hiperconectividad que, irónicamente, a menudo nos aísla en burbujas de espejos donde solo nos vemos reflejados en lo que ya somos, detenerse, observar y escuchar al diferente se ha convertido en un acto de resistencia. Algo de lo que, precisamente, Isabelle Stoffel y Juan Ceacero quieren hablarnos con la adaptación teatral de Una forma de vida de la autora belga Amélie Nothomb. Una historia que transita entre la autoficción, la monstruosidad y la extraña intimidad que surge entre dos desconocidos que deciden contarse la verdad, o su versión de ella, a través de cartas.

El proyecto, nos cuentan sus creadores, nace cuando Isabelle Stoffel leyó esta novela epistolar hace más de una década, descubriendo la correspondencia intensa, rara, tierna y, a veces, inquietante entre la escritora belga y Melvin Mapple, un soldado estadounidense destinado en Irak. Inmediatamente pensó “Aquí hay cuerpos esperando aparecer. Aquí hay una obra de teatro». Ese primer impulso de Stoffel quedó latente hasta que se cruzó con Juan Ceacero, quien dice que se dejó «infectar» por la pasión y el vínculo de Isabelle con el texto y el misterio de por qué le elegía a él para ese viaje.

 

Isabelle Stoffel y Juan Ceacero en una escena de Una forma de vida. Imagen de Carla Maró.

 

Una carta que nunca llega sola

La novela de Nothomb parte del gesto aparentemente sencillo de un lector escribiendo a una autora. Pero este no es un lector cualquiera, es un soldado norteamericano atrapado en una guerra que ni entiende ni siente propia. Sufre, está solo y, sobre todo, está engordando a un ritmo que él mismo reconoce como desmesurado. En ese cuerpo que aumenta 100 kilos desde su llegada a Bagdad, hay una mezcla entre refugio y una extraña forma de resistencia. Comer para llenar el vacío. Comer para no pensar. Comer para existir, o dejar de hacerlo. Entre Melvin y Amélie se establece entonces un intercambio asimétrico, pero poderoso. Ella responde con cortesía, ironía, curiosidad. Él se agarra a esas respuestas como si fuesen la última tabla de salvación. Y entre los dos se abre una relación epistolar, y de gran dependencia, que desvela lo que cada uno oculta incluso de sí mismo. “Me fascina cómo las cartas permiten poner una precisión en lo que uno siente. Te obligan a mirarte, a ordenar lo que pasa dentro”, reflexiona Stoffel.

La pregunta inicial del proceso fue honesta y contundente: “¿Por qué hacer teatro de esta novela y no simplemente recomendar su lectura?”, dice Stoffel. La respuesta fue construida trabajando en darle cuerpo a lo incorpóreo, haciendo convivir lo que en el libro se mantiene separado y encontrando la manera de darle en escena presencia y ausencia, distancia y cercanía, simultáneamente, hasta hacerlas palpables.

 

Una forma de vida de Amélie Nothomb . Foto de Carla Maró

La escena como territorio de lo no dicho

La adaptación no es una transcripción literal del material firmado por Nothomb, Stoffel y Ceacero han “podado la novela”, para quedarse con lo esencial, con el esqueleto, para dejar que el teatro respire por sí mismo. “El espacio teatral tiene su propio lenguaje, no depende del texto ni de la trama -apunta Ceacero-. Lo que hacemos es construir un universo plástico y físico que convive con las palabras, pero que no las ilustra.”

Ese universo -creado con la complicidad de Paola de Diego en el diseño plástico, Rodrigo Ortega en la luz y Daniel Jumillas en el espacio sonoro- no reproduce Irak ni la casa de Amélie. Se mueve más bien entre lo onírico y lo mental; hay algo de estar dentro de la cabeza de la escritora, algo de estar dentro del cuerpo hinchado del soldado, algo de esas regiones intermedias donde la imaginación se mezcla con la urgencia vital. Ceacero y Stoffel nos explican que en escena dialogan, pero no se miran, que se acercan y se retiran sin tocarse, como si se tratara de un universo con reglas propias, casi de radio-teatro, donde la palabra viaja y el cuerpo escucha. “En las relaciones epistolares hay una intimidad que a veces no se tiene cara a cara -subraya Stoffel-. Pero también hay una gran proyección porque ves en el otro lo que quieres ver”. Y esa proyección es uno de los motores de esta historia.

 

Dos adicciones que se contestan

Si hay un tema que atraviesa la obra, ese es el cuerpo. O, más bien, la relación con él. Melvin utiliza la comida como respuesta al horror; Amélie, en cambio, se vacía cada mañana escribiendo compulsivamente. Él se llena para no desaparecer; ella escribe para no ahogarse. Ambos, a su manera, están enganchados a un hábito que les permite existir. Los personajes comparten un mismo territorio, pero no habitan el mismo mundo.

Melvin ve en Amélie una especie de confidente, casi una salvadora. Amélie ve en él un enigma, un monstruo fascinante, una criatura literaria en potencia. Ambos transitan una zona donde el deseo de ser vistos se mezcla con el miedo a ser realmente descubiertos. En la novela -y en la obra-, Amélie descubre demasiado tarde que Melvin no es solo un lector obsesivo, es una especie de criatura que ella misma ha alimentado sin querer, un Frankenstein contemporáneo, hecho de palabras, silencios y proyecciones. “La obra tiene un juego de cajas chinas -explica Ceacero-. Melvin crea su cuerpo, Amélie crea su literatura, y ambos se crean mutuamente. Es un espejo infinito”. Y en ese espejo el público entra como un tercer lector que escucha las cartas en directo, asiste a la escritura como quien asiste a un desvelamiento, comparte las dudas sobre qué es real y qué es ficción.

 

Juan Ceacero en Una forma de vida. Foto de Carla Maró.

 

Cuerpos sin encuentro, cuerpos en colisión

La propuesta escénica no busca representar la gordura, ni la guerra, ni la escritura. Prefiere sugerirlas de manera abstracta. Hablan incluso de una sensación de estar “dentro de la ballena”, de que el espacio pueda hincharse, expandirse, aplastar, como si la corpulencia imaginada de Melvin o el peso de las palabras de Amélie se materializaran alrededor de los intérpretes. Y plantea cómo es posible que alguien, a quien no conoces físicamente, puede acabar ocupando un espacio tan importante dentro de ti. De cómo la intimidad puede nacer sin contacto. Pero también habla de la creación como forma de vida, como necesidad, como mecanismo de supervivencia. “Todo acto creativo requiere descubrir el misterio que supone contactar con otro ser que no eres tú”, coinciden en decir sus creadores.

El título no es casual, ni para Nothomb, ni para Stoffel y Ceacero. La escritura, la creación, el vínculo con el otro, todo eso es “una forma de vida”. La pieza escénica también es un modo de mirar, de escuchar, de exponerse. Un recordatorio de que a veces lo verdadero ocurre en lo que no se dice, en lo que no se toca, en lo que se escribe de madrugada en soledad.

En un mundo hiperconectado donde creemos conocer al otro por la foto que cuelga en redes, esta obra nos propone justo lo contrario: escuchar lo distinto, abrirse a un otro que no se parece a nosotros, aceptar el desconcierto. Dejarse afectar. Recordándonos que, a veces, para encontrarnos a nosotros mismos, necesitamos perdernos en la historia de otro, por muy monstruoso o diferente que nos parezca.

 

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