Matías Umpierrez, creador transdisciplinar argentino, de quien ya pudimos ver anteriormente Museo de la ficción, video-instalación inspirada en Macbeth protagonizada por Ángela Molina y Robert Lepage, es uno de los protagonistas de la actual temporada teatral madrileña. Primero presentó Eclipse, en Nave 10 Matadero, una reflexión sobre la necesidad humana de ocultarse tras una máscara; y ahora prepara el estreno mundial de Play, una investigación escénica sobre los discursos de odio y su persistencia a lo largo del tiempo. “Me gusta proponer ese espacio inclasificable -explica Matías Umpierrez al recibirnos en la sala de ensayos-, ese espacio que todavía no tiene nombre y que por ende tiene la libertad de no estar en una categoría”.

Desde mitologías antiguas hasta fenómenos tecnológicos recientes, la obra propone un recorrido fragmentado que interpela directamente al espectador y lo sitúa ante una pregunta incómoda: ¿Cómo se construyen los relatos que legitiman la exclusión, la violencia o la deshumanización?

 

Una palabra, múltiples significados

El foco no está puesto únicamente en el odio como emoción individual, sino en su dimensión estructural. Umpierrez ha desarrollado una investigación, de más de dos años, que combina el estudio histórico, conversaciones con especialistas y una reflexión constante sobre el presente. “Hay algo de los discursos de odio que está volviendo a aflorar como una condición de poder político”, afirma Umpierrez, que conecta esta idea con el uso reiterado de narrativas simplificadoras y polarizantes en la esfera pública.

En ese sentido, Play no busca denunciar un caso concreto, sino mostrar cómo ciertos mecanismos se repiten y se adaptan a distintas épocas. «El odio aparece como una práctica performativa, que se representa, se ensaya y se reproduce a través de relatos, tecnologías y rituales sociales».

El título de la obra funciona como un núcleo conceptual. ‘Play’ es una palabra sin traducción, incorporada de forma intuitiva al lenguaje cotidiano. Para Umpierrez, se trata de “la primera palabra cyborg”, una palabra que atraviesa generaciones y tecnologías sin perder su vigencia. “Es una palabra que tiene un montón de significados”, explica el artista: reproducir, jugar, actuar, interpretar, tocar música. Esa multiplicidad conecta directamente con la escena y con una sociedad en la que realidad y ficción se confunden cada vez más. Convirtiéndose así en una metáfora de cómo convivimos con las narrativas que consumimos y reproducimos a diario.

 

Matías Umpierrez.

Un mundo de fakes

En escena, Umpierrez es el único intérprete. Desde su presencia, va activando una constelación de relatos que atraviesan siglos y geografías. Algunos nos llevan a hechos históricos documentados; otros se mueven en una zona ambigua donde la ficción, la exageración o el engaño adquieren un peso central. Entre las historias que aparecen se encuentra La gran matanza de los gatos en la Francia del siglo XVIII, o el Manifiesto antropófago de Oswald de Andrade, o casos contemporáneos atravesados por la tecnología, como el de un joven que se suicidó tras desarrollar una relación afectiva con un ‘chatbot’ de inteligencia artificial.

“La obra plantea un mundo de fakes, de historias que han existido, pero que no se sabe demasiado si son de personas que existieron o no”, explica Umpierrez. En ese terreno incierto, la obra se pregunta por el estatuto de la verdad y por la facilidad con la que una ficción puede convertirse en creencia compartida. En ese contexto, Play propone una reflexión sobre la responsabilidad individual frente a la sobreinformación y la dificultad de ejercer un pensamiento crítico en un entorno saturado de estímulos.

De hecho, que la imagen de esta temporada de Contemporánea Condeduque sea el cartel de esta propuesta no es casual, Umpierrez conecta el lema ‘Salvar a la tierra del espanto’ con el papel de las artes como espacios de sensibilidad y convivencia, defendiendo la Cultura como un ámbito esencial para la salud colectiva.

 

Matías Umpierrez en Play. Foto de Dominik Valvo.

Una sociedad fragmentada y manipulada

Visualmente, Play se construye a partir de fragmentos. Cabezas escultóricas, realizadas con impresión en 3D, que evocan mitologías contemporáneas e inspiradas precisamente en Play de Samuel Beckett. “Beckett escribe para una sociedad que tiene el cuerpo fragmentado”, recuerda Umpierrez, estableciendo un diálogo entre aquella dramaturgia y el presente; marionetas de felinos humanoides creadas a mano, aludiendo a una sociedad que se mueve por inercias ajenas. “En una sociedad que se mueve como una marioneta, me parecía interesante que estuvieran presentes”, explica el artista, subrayando la importancia del trabajo manual como forma de pensamiento y resistencia. Y el uso de dispositivos tecnológicos de distintas épocas como radios, casetes, tocadiscos, teléfonos de línea o contestadores automáticos que conviven con herramientas digitales actuales “Estas tecnologías no nos van a llevar al pasado, sino al presente”, señala, aludiendo a su papel como canales de transmisión de mensajes, emociones y discursos.

La propuesta, como explica Umpierrez, no ofrece una experiencia cómoda ni cerrada para el público. La acumulación de relatos, imágenes y sonidos genera momentos de saturación deliberada. “No vas a poder ver la totalidad, te va a abrumar”, advierte, entendiendo esa sensación como parte del dispositivo.
Para el artista, el arte es uno de los pocos espacios donde todavía es posible entrenar el sentido crítico y la capacidad de elegir. Frente a la ilusión de abarcarlo todo, asumiendo desde la pieza el fracaso como condición inevitable y productiva. Por eso, más que ofrecer respuestas, nos explica que “esto es una disidencia sobre la ficción, sobre el teatro, sobre el cine”, defendiendo de que la escena sigue siendo un territorio privilegiado para pensar el presente.

Umpierrez nos explica que la obra no busca convencer ni tranquilizar, sino que invita a detenerse, a dudar y a observar cómo se construyen los relatos que habitamos. Porque, como sugiere Play, quizá el verdadero escenario no esté solo en lo que ocurre ante los ojos, sino en lo que cada espectador decide pensar después.

 

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