Fotos: Anne Van Aerschot
En 1983, Anne Teresa De Keersmaeker tuvo su gran éxito internacional con Rosas Danst Rosas, un espectáculo que desde entonces se ha convertido en un referente en la historia de la danza posmoderna. Rosas danst Rosas se basa en el minimalismo iniciado en Fase (1982): los movimientos abstractos constituyen la base de una estructura coreográfica en capas en la que la repetición juega el papel principal. La ferocidad de estos movimientos se contrarresta con pequeños gestos cotidianos.
En 1983, Rosas fue vista como explícitamente femenina; una declaración feminista. Cuatro bailarinas bailan ‘ellas mismas’, una y otra vez. Su perseverancia y agotamiento crean una carga emocional que contrasta marcadamente con la rigurosa estructura de la coreografía. La música repetitiva y ‘maximalista’ de Thierry De Mey y Peter Vermeersch fue creada simultáneamente con la coreografía. La versión cinematográfica de Rosas, grabada en 1997 por De Mey, rápidamente se convirtió en tan icónica como la propia actuación. A través de la plataforma participativa en línea de Rosas cualquiera puede aprender el segundo movimiento, una versión simplificada de la sección de la silla. Cientos de amantes de la danza de todo el mundo han compartido sus propios videos de esta manera. Desde 1983, la función se ha representado casi 500 veces, con 28 bailarines diferentes de 5 generaciones. Esta reedición de Rosas será interpretada por un elenco completamente nuevo.
Los movimientos se escriben en el espacio y el tiempo, entre lo inconmensurable y lo medible. Los pulsos de los cuerpos se interrumpen, pero también componen una pauta que se reitera. La danza se asocia a otras artes compositivas como la música, la geometría, las artes visuales y el lenguaje. En esta pieza la música ha sido creada a la par de la coreografía, y renacen juntas en cada representación para transmitir la fuerza de un origen común. El movimiento abstracto sucede entre formas simples y complejas, atravesadas por gestos cotidianos que se inspiran en patrones matemáticos. La repetición es la protagonista; la intensidad emocional marca el agotamiento y la resistencia para enfrentase con el rigor de la estructura y revelar cómo se manifiesta la línea que separa la fluidez del deseo de control. La ferocidad de las formas sólidas se enfrenta a la delicadeza de los pequeños gestos, y las expresiones se relacionan de manera simbiótica con la música, como si los cuerpos habitaran en las partituras.
La representación parte del diálogo con el mundo natural y las estructuras sociales. Ha sido considerada una declaración feminista en la que el transcurso del tiempo, el sonido y el silencio, componen un viaje de naturaleza cíclica. La respiración es acompasada por los sonidos que producen los movimientos. Cada gesto propicia la multiplicación de los significados y las emociones; el movimiento puede disolverse y regenerarse. La forma muta a partir de sus dinámicas, y este cambio mostrado en escena restituye la apreciación de la vitalidad humana.
Anne Teresa De Keersmaeker es considerada un referente y el minimalismo vanguardista de sus piezas ha transformado la historia de la danza posmoderna. La vivencia escénica es emocionante y singular.



