«Al amanecer, me deslizo por una sucesión de gestos: desayuno para no desvanecerme, me ducho para recordar mi forma, busco trabajo como quien rastrea una costa perdida; escapo y remonto, me entretengo y hago flexiones, corro detrás de mí mismo, fumo y bailo solo como un espectro luminoso; limpio, intento dormir, compro y cocino, pienso en paseos que no doy, me miro al espejo, me muerdo las uñas, escapo otra vez, bebo yogur, riego a Cuca, dibujo sobre una revista, chequeo el mail, hago la cama y la deshago, intento convencerme mientras rumio y palpito, busco atención y ayudo, ataco y conspiro, vacilo y titubeo, toco lo que puedo, malgasto lo que no, llamo, juego, lloro, reviso, chequeo, repaso, corto, olvido, borro, escapo por última vez, sobrevivo, imito, leo, abandono, busco, busco, busco, y en la penumbra final, cuando todas mis fugas se quedan sin destino, todavía me atrevo -como un gesto mínimo de belleza- a soñar».


