Una tarde de abril, tras finalizar el ensayo, Lucía Miranda se reúne con nosotros por videollamada para hablarnos de su regreso al CDN, después de ponerlo patas arriba con La cabeza del dragón. Esta vez lo hace con Las últimas, un proyecto, junto a Cross Border, que nace de una serie de coincidencias que, si fueran ficción, hasta parecerían inverosímiles.

La directora y dramaturga Lucía Miranda. Foto de Javi Burgos.

Me cuenta que todo arrancó desde una conversación con sus actores de siempre, donde se comentó que uno de los abuelos de Belén de Santiago había nacido en Filipinas. Y entonces Juan Paños, como si la historia se hubiera estado guardando para ese preciso instante, contó que su abuelo materno también lo era. ¿Qué probabilidad había de que dos actores de una misma compañía, pertenecieran a dos familias provenientes de un país que España abandonó -tanto en lo físico como desde la memoria- hace ciento veintisiete años?

Esa coincidencia despertó en Lucía el deseo de crear una obra, no sobre lo que se perdió allí, sino sobre lo que vino, sobre esa especie de herencia callada, de la que lo desconocemos prácticamente todo. “Cuando llegamos a Filipinas nos quedamos muy impresionados de que ellos supieran muchísimo de nosotros y nosotros nada de ellos”, recuerda la directora. Si lo pensamos, la relación con América Latina siempre ha sido fluida, llena de intercambio cultural; sin embargo, Filipinas es una auténtica desconocida. Ese desequilibrio es el corazón del espectáculo.

Escena de Las Últimas. Foto de Bárbara Sánchez Palomero.

 

UNA OBRA SOBRE LAS MADRES

Miranda tenía el colonialismo en mente para esta producción, pero la vida, que es así de caprichosa, lo trastocó todo. Tres días antes de coger el vuelo a Manila para hacer las entrevistas para el proyecto, a su madre le diagnosticaron un cáncer en estadio 4. “Llamé a Fernando Delgado -director de Producción del CDN- y le dije que no sabía si iba a poder hacer esta obra, que a lo mejor había que cancelar”. Al llegar a Filipinas, J-mee Katanyag, directora artística de PETA Theatre -compañía filipina con la que Cross Border lleva más de una década tejiendo lazos-, le dio el libro que José Rizal escribió para la independencia de su país –Noli Me Tangere (A mi Patria)-. El prólogo dice que su madre patria está enferma de un cáncer terrible llamado colonialismo, y que él va a escribir para ver si entre todos son capaces de sanarla. “Me dan eso y digo: tengo que hacer algo con esto -explica Lucía-, porque es de lo que quiero hablar en este momento”. Así es como Las Últimas se convirtió también en una obra sobre las madres. Una decisión que hizo que el espectáculo tomara forma de ‘Panata’ -tradición filipina que es una fiesta que se celebra en casa para pedir la curación de alguien enfermo- haciendo de la función un ritual colectivo, pasado por el filtro Cross Border, que transforma el teatro en hogar y donde el público pide, junto a los actores, que nuestra ‘matria’ se cure.

Durante una semana en Manila, Miranda hizo veinte entrevistas a todo el que se le ponía por medio, curas, taxistas, figuras del arte y la cultura… Después, de vuelta en España, hizo lo mismo con las madres de todo el elenco. Ahí estaba, por ejemplo, la madre de Julia Enríquez, la actriz venida de PETA para colaborar en esta producción, que lleva treinta años buscando el cuerpo de su padre, un desaparecido de la dictadura de Marcos. Y la historia de Laurence Aliganga, músico e hijo del traductor de la embajada de Filipinas, que no habla tagalo -su padre domina cinco idiomas- y que en la obra lo hará por primera vez porque, si esta fuera la última obra de él que ve su madre, querría que lo hiciera en esa lengua.

 

Las Últimas de Lucía Miranda. Foto de Bárbara Sánchez Palomero.

DECOLONIZAR LA HISTORIA

El elenco de Las Últimas es, en sí mismo, un acto político. Además de los actores habituales de Cross Border -Belén de Santiago y Juan Paños, quien aparece en el programa con su segundo apellido de origen filipino: Larrauri-, y la incorporación de Belén Ponce de León; hay tres jóvenes de primera generación española con padres filipinos -Laurence Aliganga, Chris Angelous Manalo y Alexandra Masangkay- seleccionados en una audición abierta con apoyo de la embajada filipina. Y Julia Enríquez, venida directamente de Manila. “Lo racializado está entrando en el CDN de una manera bastante consistente, no con una representación, sino para quedarse”. Un elenco que trabaja en castellano, inglés y tagalo, que baila Budots y Maglalatik, que canta en un karaoke y que toca el piano en directo.

La estructura es un cuatro bandas, lo más parecido a un círculo que Miranda ha encontrado para celebrar esta ‘Panata’. Hay verbatim puro, pero también hay ficción destinada a la decolonización histórica. “Decolonizar es generar otras narrativas -explica Miranda-, ver cómo nos podemos contar la historia o representar esos cuerpos de una manera diferente”. Esto lo veremos en cinco momentos históricos: Imelda Marcos y Carmen Polo convertidas en espías, Almeida y Carmena peleando por el relato de la conquista, Juan de Magallanes haciendo de Trump llegando a Groenlandia o una Jerónima de la Asunción para hablar de la religión heredada. “No he intentado representarlos siendo fiel a la historia, sino pasarlos por mi filtro”. Y una tuna femenina, “porque si vamos a decolonizar también hay que tocar los cánones de las instituciones más rancias”.

 

Escena de Las Últimas. Foto de Bárbara Sánchez Palomero.

UNA OBRA BONITA Y DE RISA

En Las Últimas se ha querido que el disparate y el humor estén muy presentes porque, cuando se les preguntó a todas las madres que qué querían ver, todas respondieron lo mismo: “que sea bonito y que me ría”. Así que, como explica Lucía: “Era obligatorio encontrar ese balance entre te estoy contando una historia muy dolorosa, pero la persona para quien hago la obra me está pidiendo que sea algo divertido”. El referente fue su propia madre; el día que les dieron la noticia del cáncer, estaban viendo Caperucita en Manhattan y su madre estaba llorando de la risa y a Lucía se le pasó un pensamiento: “yo no sé si esta va a ser la última obra que mi madre vea. Si lo fuera, quiero que se parta de risa”. Y no hubo más que discutir.

Miranda me dice que no busca que el público salga sabiendo la historia de Filipinas, sino que salga preguntándose qué hace con su privilegio. “Soy una mujer blanca y tengo un privilegio sobre una mujer negra, igual que un hombre blanco tiene más privilegio que yo. Entonces, me gustaría que el público se preguntara qué hace con eso. ¿Qué quieres hacer con tu privilegio y con tu herencia?”.

Las Últimas son las Filipinas -las últimas colonias que España perdió, las últimas en el imaginario colectivo- y son también las madres, las últimas en aparecer en la gran literatura, en las grandes obras de teatro. “¿Dónde está la madre?” Y la obra responde poniendo a las madres en el centro. Las del elenco, la de Lucía y, de algún modo, todas las demás. Igual que hemos hecho nosotros en diferentes contenidos de este número.

Al final de nuestro encuentro con Lucía, la pregunta que queda flotando es la misma que, seguramente, quedará flotando al salir del teatro: ¿qué herencia llevas encima y qué decides hacer con ella?

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí