En pleno proceso de ensayos de LEXIKON, Tanya Beyeler y Pablo Gisbert responden a nuestro cuestionario, como una sola voz, para reflexionar sobre esta nueva propuesta con la que El Conde de Torrefiel pisa por primera vez el escenario del Teatro María Guerrero -del 24 de abril al 24 de mayo- y donde han querido recuperar la palabra (a su manera) para hablar sobre la transformación que está sufriendo en estos momentos el lenguaje y, por tanto, nosotros mismos.
Lexikon -que significa, literalmente, 'colección de palabras'- nació tal y como la vamos a ver, según nos cuentan Tanya y Pablo, a partir de una acción que no pudo ser: una extracción de sangre en directo, "un artefacto ficcional acerca del lenguaje como sangre del cuerpo social y la transmisión de ideas", prohibida por normativa sanitaria. De esa amputación creativa surgió su nervio central, un desfile de 'tableaux vivants' entre el teatro, la coreografía y el arte sonoro.
El sueño enfermizo de una editora, un miembro de la RAE hablando a través de una marioneta, robots en una feria tecnológica… Situaciones, interpretadas por la propia Tanya junto a, Carmen Collado, Amalia Fernández, Ion Iraizoz y Mauro Molina, donde el lenguaje es, a un tiempo, arma y herida.
Vuestra trayectoria comenzó a construirse en gran medida fuera del sistema teatral español, con una presencia mucho más consolidada en Europa que aquí. ¿Este estreno en el CDN es una manera de confirmar que esto ha comenzado a revertirse?
Este estreno en el CDN llega en un momento de transición. Como compañía, hemos estado los últimos diez años viajando, montando y desmontando obras para exhibirlas unos días en contextos de creación contemporánea y para públicos muy concretos. A lo largo de una trayectoria hay diferentes etapas. El contexto del CDN nos ofrece la posibilidad de que la obra se vea durante un mes seguido, con un público amplio y diferente pero no sabemos si esta situación pueda detonar un gran cambio para El Conde de Torrefiel a nivel de exhibición nacional.
Pregunta directa: ¿sentís que habéis entrado en la institución o que la institución ha decidido invitar al «extraño» a pasar un rato?
La extrañeza que apuntas se limita a una cuestión formal. Hablamos de temas y situaciones muy reconocibles. El Conde de Torrefiel ha presentado sus espectáculos en muchos teatros nacionales de otros países y con el estreno de LEXIKON lo sigue haciendo. Es cierto que en el CDN no abundan creaciones que se salen del canon teatral clásico; un teatro nacional debe tener, en parte, una programación popular, al estilo de cómo lo pensaba Bertolt Brecht. Pero parece que el equipo directivo del CDN lleva varias temporadas ampliando y diversificando su línea de programación. Y no solo en términos de estilo también de proveniencia y esto le da más legitimidad en cuanto institución con vocación nacional. Valida un patrimonio nacional amplio.
Muchas instituciones culturales hablan hoy de riesgo y experimentación como parte de su identidad de marca. ¿Creéis que el teatro institucional realmente quiere arriesgar, o más bien le gusta parecer que arriesga?
En los últimos años se ha perdido muchísimo la posibilidad de experimentación. El tiempo es conservador y el I+D pierde fuerza. Creemos que la razón principal está en la neurosis actual por la aprobación súbita, el deslumbramiento inmediato y una superficial sensación de perfección: de esta forma lo que abunda es lo que llamamos ‘Wow Art’. El riesgo y la experimentación necesitan un tiempo lento, tanto para ser formulado como para ser recibido, pide apertura y predisposición, porque es molesto, porque su fin es poner en crisis lo anterior, y saltar al vacío. Así se ha fraguado la historia del arte. Y la mayor parte de veces es un fracaso en términos de satisfacción y expectativas. Porque el riesgo para funcionar tiene como condición fundamental de su ecuación el fracaso, el error y la imperfección. Pocas veces llega rápido a un hallazgo brillante, pero cuando lo hay, eso sí, es gasolina para largo recorrido. No tiene nada que ver con la dinámica del WOW que impera.
Para responder a tu pregunta: yo no creo que el teatro nacional deba arriesgar. No es el lugar para arriesgar. Si lo miras desde una perspectiva materialista, su funcionamiento es la antítesis de la experimentación; es un sistema funcional. Una institución como el CDN es un lugar que a lo sumo puede validar. Nadie querría ir a un hospital público a que le opere alguien que está experimentando con la cirugía. Son otros los espacios para experimentar, lugares más libres y sin estructura tan cerrada o jerarquías. Son espacios fundamentales y por supuesto el I+D financiado públicamente es un síntoma de buena salud.

LEXIKON remite a un diccionario, a la voluntad de ordenar y catalogar el mundo a través del lenguaje. Pero los diccionarios también fijan, normalizan, excluyen. ¿Qué os interesaba de esa tensión?
El lenguaje es un sistema simbólico que evoluciona y se moldea por movimientos culturales; es a la vez natural y artificial, y este binomio es paradigma de ser humano. Es chulo pensar el lenguaje como la primera tecnología humana que, si bien es una definición cuestionable, es interesante porque implica romper con la idea de que la tecnología son solo artefactos físicos (como un martillo o un ordenador) y entenderla como una extensión de nuestras capacidades biológicas para resolver problemas y transformar el entorno, porque una característica de las tecnologías es que, al usarlas, nos transforman. El lenguaje hace lo mismo. Entender el lenguaje como tecnología es entenderlo como un arma poderosa, incluso mágica. Según las palabras que se utilizan se crea un mundo u otro. Y esta definición tecnológica del lenguaje predispone a preguntas muy pertinentes en este momento en el que el lenguaje humano está siendo replicado y reproducido por la tecnología. Un viaje de ida y vuelta, con una cadena de consecuencias bastante compleja.
Las escenas que estamos escribiendo hablan de imaginación en un momento donde las herramientas de creación (el lenguaje, el arte y la tecnología) están siendo redefinidas por poderes que nos superan.
La propuesta parte de una imagen central: la sangre y el lenguaje como sistemas de circulación que sostienen la vida. Si lo formuláramos de forma directa: ¿qué diríais que está circulando hoy por las “venas” de nuestra sociedad?
No lo sé, muchas cosas. Algunas de ellas son una mezcla implosiva de cansancio y sobreexcitación.
En un momento de saturación informativa, ¿qué diferencia hoy el conocimiento de la simple acumulación de datos?
La información es estéril si no se verticaliza en la vida real. Una de las maneras más sencillas y poderosas de aterrizar la información es mediante la conversación. Vivimos en dos realidades, la ideal y la física, y son inseparables. Una convivencia tensa, compleja y frustrante, pero inseparables. Y esto no lo decimos nosotros, es el tema central de prácticamente todo lo que los humanos hemos producido en este mundo, desde la palabra teológica o la filosófica, a la poesía o la arquitectura.
¿puede el teatro hacer esa distinción sin caer él mismo en la estetización del pensamiento?
El hecho teatral conjuga esta condición en el relato en directo, es una congregación de interlocutores. Algo que cada vez es menos común en el día a día, hablamos y escuchamos mucho a las pantallas y poco a las personas. El teatro puede caer en la estilización de la información y la acumulación de datos, apuntas… Puede ser que se acentúe esa tendencia cuando peca de un exceso de literalidad… Pero esto también es también un tema formal y siempre habrá alguien a quien le guste una verborrea de datos en escena.
Las palabras pueden curar o envenenar, decís. ¿Creéis que el lenguaje se ha convertido en el principal campo de batalla político contemporáneo, o esa idea corre el riesgo de volverse también una frase hecha?
Corre el riesgo de volverse una frase hecha, puede ser. Nos gustan mucho los proverbios. Hablando se entiende la gente. Sin interlocutor no hay lenguaje vivo y la imagen general del lenguaje político contemporáneo parece actualmente una obra de Samuel Beckett. No hay conversación.

Cuando una obra habla precisamente del lenguaje, ¿cómo se evita que la escena se convierta únicamente en discurso? ¿Dónde está el peligro real de caer en esa trampa?
El lenguaje o la idea de lenguaje como sangre y el concepto de transmisión, son parámetros para colocarse en un primer anclaje a tierra. Una predisposición a partir de la cual empezar la creación. No hay intención de hacer una pieza que trate de manera literal sobre el lenguaje. Por ejemplo, nuestra predisposición inicial era que fuera una pieza donde se hablara. Donde los intérpretes hablen. Parece una obviedad, pero para El Conde de Torrefiel no lo es. Llevamos 13 años haciendo teatro sin que los intérpretes hablen, utilizando otras maneras. Ahora que estamos ensayando, para no caer en esta trampa que comentas, estamos desplazando el discurso, en definitiva, buscando la teatralidad de la idea del lenguaje.
¿Qué relación se establece en LEXIKON entre lo que se dice, lo que se ve y lo que el espectador tiene que construir?
Como suele ser en nuestras piezas la relación entre lo que se dice y lo que se ve está disociada en muchos momentos. Esto permite generar un espacio de imaginación para el público. El significado último, lo que llamamos la tercera imagen, la pieza definitiva, ocurre en la cabeza del espectador.
El María Guerrero es un espacio históricamente asociado a la palabra literaria, a cierto canon. ¿Cómo dialoga -o choca- vuestro lenguaje escénico con esa arquitectura simbólica?
Cuando fuimos a ver el espacio escénico del teatro María Guerrero, la condición para la palabra se hizo muy evidente y lo sentimos como una invitación a que se hablara en escena, formato que no tocamos desde el 2013. Lo haremos a nuestra manera. Nos ha parecido que el María Guerrero es un teatro con una energía muy acogedora y creo que el encuentro entre este espacio y una obra de El Conde de Torrefiel va a activar una imagen vigorosa. Puede parecer un choque entre dos códigos aparentemente opuestos, pero estéticamente responde a una combinación que actualmente está muy en boga: la tradición con la contemporaneidad.
Vuestro trabajo se mueve en la fricción entre palabra, imagen, movimiento y sonido. ¿Cómo empezó concretamente el proceso de trabajo de LEXIKON: con textos, imágenes, referencias teóricas, sala…? ¿Hay un momento cero identificable?
El momento cero identificable es la visita al teatro María Guerrero y su caja negra. Conocer el lugar donde tendremos un estreno es siempre el punto de partida. Porque el espacio y el contexto del estreno son la matriz de una pieza. Más tarde, cuando la pieza ya está estrenada y camina sola puede adaptarse a diferentes espacios y contextos, pero el espacio que la ve nacer nos da las claves para empezar a pensarla.

En los ensayos, ¿qué tipo de hallazgos o accidentes terminan cambiando realmente la obra? ¿Hay algo de LEXIKON que haya sobrevivido exactamente como fue concebido?
El accidente definitivo que moldea el espectáculo ha sido cuando desde el CDN nos comunicaron que no podíamos hacer una extracción de sangre en directo por normativa sanitaria. Una acción performática sobre la que íbamos a construir un artefacto ficcional acerca del lenguaje como sangre del cuerpo social y la transmisión de ideas. Al tener que abortar esta acción fundacional, el cuerpo teórico se quedó cojo, pero ahora es precisamente esa condición defectuosa, de amputación la que sostiene las escenas. Hay una constante sensación de perdida y de ausencia, de que falta algo y esta condición fantasmal ha resultado ser un ingrediente potente.
¿Cómo se articula la autoría entre vosotros? ¿dónde aparecen las tensiones y cómo se resuelven?
Una predisposición al entendimiento, una conversación continua. No tenemos otra manera de acercarse en la co-creación, de tomar decisiones.
Si alguien os dijera que una pieza de El Conde de Torrefiel se reconoce a los cinco minutos, ¿lo tomaríais como un elogio o como una advertencia?
Como un elogio definitivo. Después de 15 años de trayectoria, nuestro cometido es profundizar en un lenguaje propio.
Y si alguien saliera de LEXIKON diciendo «no he entendido nada, pero me ha gustado», ¿lo consideraríais un fracaso, un éxito o exactamente la experiencia que buscabais?
Nos gusta muchísimo esa sensación de “no he entendido nada, pero me ha gustado”. Como espectadores es lo único que buscamos. Esa sensación de aventura artística, una pérdida del lugar de referencia. Es la mejor manera de que algo reverbere durante tiempo en el recuerdo.
¿Qué palabra del lenguaje contemporáneo os parece hoy completamente vacía?
LIBERTAD
¿Qué palabra os gustaría rescatar, devolverle peso?
TIEMPO
Y una última: si el teatro fuera un diccionario, ¿qué palabra creéis que está desapareciendo de sus páginas?
ESPACIOS.