"La danza no pertenece a nada ni a nadie, ni hay una sola danza verdadera."
Posiblemente, A Place to Dance sea uno de los espectáculos de danza más diversos del momento. Por el vínculo entre las herencias culturales que sostienen sus dos protagonistas, la bailarina y coreógrafa brasileña Poliana Lima y la creadora y bailaora británica de ascendencia africana y residente en España, Yinka Esi Graves, pero también por unas cuantas cosas más que desvelan en esta entrevista. La obra se verá (y se bailará, si se quiere) en Contemporánea Condeduque del 15 al 17 de octubre, tras su paso hace unos días, por el emblemático The Place (Londres).
El legado cultural que moldea la identidad de Poliana Lima y Yinka Esi Graves, diverso y múltiple, fruto de esa movilidad (territorial y existencial) que acompaña a las personas casi desde el origen del mundo, no solo planea sobre A Place to Dance (Un lugar para bailar) y estructura su espacio (y lo rompe casi al mismo tiempo). También fue lo que propició el encuentro de sus protagonistas, dos mujeres migrantes, dos bailarinas y coreógrafas en el extranjero que se cuestionan fundamentos asentados, dentro y fuera de la danza, para avanzar lejos de etiquetas y estereotipos. Y en ese sentido, A Place to Dance, estrenado en febrero de este año en el Teatro Central de Sevilla, que acaba de verse en el prestigioso Dance Umbrella y ahora llega a Madrid, consigue un resultado transfronterizo en el que la danza no pertenece a nada ni a nadie. Lo profesional y lo popular, lo individual y lo colectivo, quién baila y quién mira, transgrede y desafía cualquier límite y el sentido de pertenencia.
¿De quién fue la idea de esta colaboración, cómo se produce?
Yinka Esi Graves: Cuéntalo tú, Poliana, que fuiste quien me llamó. Yo estaba en Málaga, en ese momento.
Poliana Lima: Fue en 2019 y me encontraba en el proceso de creación de Oro Negro, en el que me hacía preguntas alrededor de mi cultura brasileña y alguien me habló de Yinka. Entonces sentí que la tenía que conocer, porque también era una mujer atravesada por muchas culturas. Sentí mucha curiosidad y le escribí. Me presenté, le conté lo que hacía y la invité a venir a Madrid, pero en ese momento ella no podía. Al año siguiente volvimos a hablar, pero Yinka estaba embarazada. Y en 2023 le propuse acceder a una convocatoria de El Graner e intentar un encuentro artístico. Se puede decir que el germen fue el deseo, artístico y humano, de compartir.
Y. E. G.: Desde nuestra primera conversación sentí una gran cercanía por una manera de llegar al baile, a la danza, que compartíamos. Además de ser extranjeras que desarrollaban su carrera en España… Luego, en 2024, accedimos a El Graner y desde el principio nos interesó mucho qué nos interesaba compartir de nuestros lenguajes, más allá de lo que sería la posible pieza. Así que desde un principio se estableció una relación de escucha y que ha trascendido la obra, ha ido más allá de un resultado, aunque al final, ahí está también. Me sentí muy feliz de que me hubiera contactado. Siento que tengo una compañera en este oficio.
P. L.: Siento que nos acompañamos la una a la otra y eso se ha producido porque nos acercamos a la danza desde un mismo lugar en el que el proceso es más importante que el hacer piezas. Es una manera de estar en el mundo.
Y. E. G.: Va más allá de una narrativa concreta, de una meta. Tiene que ver con el cómo somos con toda nuestra complejidad.

Y sobre el terreno, después de la escucha y la convivencia, ¿qué destacarías la una de la otra?
P. L.: Me emociono al pensarlo… Siento que Yin-ka y yo partimos de una misma fuente, pero lo expresamos de manera muy diferente. Yinka es la elegancia. Ella va del centro de la tierra a las nubes para volver a bajar, siempre recorriendo ese eje vertical que la cruza. Fiera y vertical. Es como una catana con su fuerza filosa y precisa. Con un pozo muy profundo. Y me da mucha seguridad bailar con ella, estar cerca de ella.
Y. E. G.: Poliana transmite verdad. Recoge lo profundo de nuestra condición de seres humanos y lo expresa con valentía. La veo llegar a unos límites fascinantes y me da seguridad y confianza para entender esos espacios nuevos. Ella es una fiera expansiva. Cómo marca e impacta físicamente, esa contundencia tan bestia que tiene a la hora de comunicarse.
P. L.: También nos une lo mucho que nos gusta y que necesitamos tener la familia cerca.
Y. E. G.: Sí, para mí lo personal tiene mucha importancia porque es fundamental poder confiar en las personas con las que trabajas.
P. L.: A veces, cuando dos artistas se juntan para hacer algo juntas, se habla de colaboración, pero creo que en realidad no lo es del todo, porque una persona llega con lo que tiene, de un lado, y del otro, la otra persona con lo suyo y ven cómo encajan. Pero no hay transformación de nadie implicado. En la creación de A Place to Dance sí la ha habido, ese cambio, esa transformación, porque nos hemos mantenido abiertas la una a la otra, con intuición, y juego también. Así que nos hemos atrevido a hacer cosas. Como el juego de pies de las sevillanas. Ahí dije: “¡ay madre!, yo esto no lo sé hacer”. Así que lo hice.
Y. E. G.: Hemos estado en lugares incómodos y no nos hemos instalado en ningún sitio. Precisamente para que esa colaboración se pudiera dar de verdad.
¿Cuáles han sido esos sitios ‘incómodos’?
Y. E. G.: Por ejemplo, no somos maestras de la voz, pero en algún momento sale de nuestros cuerpos y la dejamos. Sin prestar atención al posible virtuosismo o acabado. Con mucha seriedad y limpieza, pero priorizando la necesidad y el juego. Incorporando cosas más allá de la pura exhibición.
P. L.: Los pasos de las sevillanas, por ejemplo. Yinka me guió, vi muchos vídeos… Al principio fue un entrenamiento de aprender pasos e imitar formas. Luego todo eso llega a otros lugares. Me dejo performar, sabiendo que puedo parecer una ‘guiri’. Yinka me hablaba de la importancia de atender los acentos, algo muy nuevo. Y lo disfruto muchísimo. Tanto que me vengo arriba con esas poses que me encantan.

Durante la representación, ¿os dejáis espacio para la improvisación?
P. L.: La pieza tiene una estructura muy clara, pero dentro de ella, nos permitimos llegar a sitios que surjan. Tengo muchas ganas de seguir mostrando la obra con Yinka porque creo que cuanto más la representamos más nos expandimos. Y cuanto más nos relajemos, más profundo llegaremos.
Y. E. G.: Yo vengo del flamenco y el flamenco tiene una parte muy abierta, muy del momento, así que eso está siempre conmigo, de alguna manera. La escritura coreográfica tiene más que ver con lo espacial.
¿La obra se ha programado en espacios dedicados al flamenco?
Y. E. G.: No. Creo que la pieza no tiene suficientes códigos, o lo suficientemente ‘claros’, para que se vea o identifique la referencia flamenca.
P. L.: No sé mucho de debates alrededor del flamenco, pero sí sobre cómo las etiquetas se rompen cuando menos lo esperas. En este espectáculo se manifiesta la diáspora africana que también Yinka trabaja en su lenguaje flamenco.
Y. E. G.: Porque lo que me conecta con el flamenco es la apertura.
P. L.: Y A Place to Dance es eso, apertura. La danza no pertenece a nada ni a nadie, ni hay una sola danza verdadera.
La Dj. Oumoukala abre y cierra el espectáculo en directo, y es clave en esa transformación de espacio y roles (espectadoras y bailarinas), que supone A Place to Dance, un lugar de cuerpos colectivos y de no pertenencia.