Hay conflictos que revelan más sobre una comunidad que cualquier discurso sobre convivencia. En La alegría, la dramaturga Marilia Samper parte de una situación aparentemente menor -la instalación de una rampa en un edificio- para dirigir el foco hacia algo mucho más incómodo, como es la facilidad con la que la solidaridad se diluye cuando implica responsabilidades reales.
La obra, que podrá verse del 26 al 28 de marzo en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla, sitúa su historia en un barrio trabajador cualquiera, allí vive Julia con su hijo Eli, un joven con parálisis cerebral que utiliza silla de ruedas. El edificio no tiene rampa. Salir de casa, algo que para la mayoría de vecinos es un gesto natural, se convierte para él en una barrera infranqueable. Lo que sigue podría parecer un trámite sencillo, pedir a la comunidad que apruebe la instalación, pero lo que emerge de ese proceso son una serie de tensiones, miedos y resistencias que revelan hasta qué punto la convivencia se sostiene sobre equilibrios terriblemente frágiles.

Lo político en lo doméstico
Samper sitúa al espectador frente a un dilema real. La rampa no es solo un objeto, sino un símbolo de lo que una sociedad está -o no- dispuesta a garantizar y utiliza el conflicto vecinal que articula la obra como un reflejo de cómo, incluso en contextos aparentemente progresistas, la inclusión sigue siendo negociable. ¿Quién decide qué es justo? ¿Qué peso tiene la mayoría frente a los derechos individuales? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad colectiva en una comunidad que presume de cohesionada?
El texto evita el maniqueísmo, aquí no hay héroes ni villanos, sino personas que, ante la posibilidad de tener que implicarse, eligen el camino más cómodo, convirtiendo La alegría en un espejo de lo cotidiano, dejándonos ver a personas que dudan, que calculan, que se justifican; que quizá se consideran a sí mismas solidarias, pero que cuando llega el momento de asumir costes -económicos, logísticos o simplemente emocionales- empiezan a replantearse sus principios. Desde la propia compañía definen la obra como “una historia necesaria, un drama luminoso que habla de quiénes somos, lleno de vida cotidiana a la vez que belleza”.

Un mismo conflicto con distintos acentos
Que La alegría haya recorrido escenarios tan distintos -desde la Sala Beckett hasta el Cervantes Theatre de Londres- habla de una tensión universal, dejando patente que el conflicto no es geográfico, sino humano. La producción de SERENDIPIA, reconocida con el Premio Lorca en 2025, ha apostado por una propuesta que remueva conciencias, que obligue al espectador a salir de la sala cuestionándose a sí mismo y a su entorno.
El elenco, formado por actores con trayectoria en la escena andaluza -Paqui Montoya, Fernando Lahoz, Amparo Marín y Manuel Monteagudo-, enfrenta el reto de construir a los personajes que dan vida a esta historia. Especialmente significativo ha sido el proceso de construcción del personaje de Eli, el joven con parálisis cerebral. Para abordarlo, Fernando Lahoz ha colaborado con la organización ASPACE a través de un proceso de voluntariado que le ha permitido aproximarse a la realidad del personaje desde el respeto y el rigor.
Las costuras del sistema
La alegría no ofrece soluciones, sino que expone las grietas de un sistema que prefiere la comodidad a la justicia. No es una obra sobre la discapacidad, sino sobre la (in)capacidad de una sociedad para mirarse al espejo sin apartar la vista.
En un momento en el que la accesibilidad sigue siendo un tema pendiente -en Sevilla, en España, en el mundo-, esta obra recuerda que la indiferencia también es una forma de violencia. Y eso, en el fondo, es lo que debería preocuparnos.