Contad conmigo: Uno… Dos… Tres… Hay algo en esos tres segundos que pueden contener una vida entera. Un pequeño intervalo donde caben muchas cosas, nervios, miedo, expectativas, la sensación de que algo importante está a punto de ocurrir…
En Guayominí, la nueva obra escrita por Laura Garmo, dirigida por Pablo Martínez Bravo, e interpretada por Omar Banana, Inma Cuevas, Zack Gómez-Rolls, Selu Nieto y Julia Rubio, todo ocurre precisamente en ese instante suspendido, en los tres segundos previos en los que el protagonista, Roi, abra la boca para cantar en un gran escenario. “Siempre me ha parecido que tres segundos es un tiempo muy corto, pero lo suficientemente largo como para que ocurra algo decisivo”, explica Laura en nuestro encuentro, justo el día posterior al primer ensayo de la compañía. “Es ese momento en el que todavía no ha pasado nada, pero todo puede pasar”, tal cual lo que ellos están experimentando en este instante en el que tiene lugar nuestro encuentro. A partir de ahí, la obra se despliega hacia atrás como si alguien rebobinara una cinta para reconstruir cómo este muchacho ha llegado hasta ese escenario que promete éxito, exposición mediática y -como suele ocurrir en el mundo del espectáculo- la posibilidad muy real de una caída.
Aunque el punto de partida es el imaginario de Eurovisión, Guayominí -forma humorística con la que se castellaniza la pronunciación en francés de Reino Unido: ‘Royaume-Uni’– no va exactamente sobre el festival. O, al menos, no solo sobre eso. En realidad, es una comedia sobre las expectativas, sobre la industria que fabrica estrellas y sobre esa presión invisible -social, profesional, familiar- que nos empuja constantemente a demostrar que estamos donde merecemos estar. Y, sobre todo, es una obra sobre la extraña distancia que separa los sueños de lo que ocurre cuando finalmente los alcanzamos.

Eurovisión como imaginario colectivo
Elegir el festival como contexto no es casual. “Eurovisión es un marco que todo el mundo conoce -señala la autora-. Puedes entrar desde muchos lugares distintos. La gente joven lo vive a través de las redes sociales, del meme, del comentario constante. Pero para otras generaciones también es un recuerdo muy fuerte, un evento que se veía en familia”. Ese carácter intergeneracional convierte al festival en un punto de encuentro donde confluyen nostalgia, espectáculo televisivo y una cierta mitología popular.
Para Pablo, que se considera Eurofan, Eurovisión tiene un componente emocional muy específico. “Lo bonito del festival es que lo ves acompañado -explica-. Te reúnes con amigos o con la familia, comentas las canciones, te ríes. Hay algo muy colectivo en esa experiencia”.
En ese sentido, Guayominí intenta trasladar al teatro una parte de esa energía. No reproducir el festival, sino capturar la sensación que lo rodea. “Mi intención es traer esa energía de show, ese buen rollo de reunirte para pasarlo bien. Que el público tenga un poco esa sensación de estar viviendo algo colectivo”, dice el director. Para ello, ha querido crear en escena un espacio onírico -donde los recuerdos de Roi se mezclan con la fantasía- contando con Alessio Meloni para la escenografía, el vestuario de Pier Paolo Álvaro o las canciones originales compuestas por Luis Miguel Cobo. “Mi intención es traer esa energía de show, ese buen rollo de reunirte para pasarlo bien”, explica el director. Aspectos que complementan el trabajo actoral, entre la comedia física y el clown, para que el ritmo de la función marque dramáticamente la aceleración que vive el propio Roi.
Un sistema que empuja
Pero detrás del brillo del espectáculo aparece la maquinaria de un sistema que promete oportunidades extraordinarias y que, al mismo tiempo, puede triturar a quienes entran en él. Productores, representantes, comentaristas televisivos, expectativas mediáticas… todos forman parte de un engranaje que empuja al personaje hacia adelante. “Roi repite constantemente que es la oportunidad de su vida -explica Garmo-. Pero en realidad esa idea no nace de él, es el entorno quien se la ha colocado en la cabeza”.
Cuando una oportunidad se presenta como única e irrepetible, la presión se vuelve casi irresistible, rechazarla parece una locura. “Si te dicen que es tu oportunidad, haces lo que sea para no perderla”, resume Pablo. Ese impulso constante se convierte en el verdadero motor de la obra. Laura Garmo imaginaba a su protagonista casi como un objeto sometido a distintas fuerzas; no es casual que la obra esté dividida en las Leyes de Newton: Aceleración, Inercia, Reacción e Impulso. Cada encuentro, cada oportunidad, cada decisión lo impulsa un poco más rápido. “Me lo imaginaba como una gran bola a la que distintas fuerzas empujan. Y llega un momento en el que es tal la velocidad que es muy difícil de frenar”. El resultado es una historia que habla de ascenso, pero también de caída. Y de lo que ocurre después.

Reírse del desastre
A pesar de todo lo anterior, Guayominí se presenta abiertamente como una comedia. Y no por casualidad. “La comedia es tragedia en otro ritmo”, dice Pablo. El humor permite observar situaciones que, vistas desde otro ángulo, resultarían profundamente crueles.
El propio director reconoce que hay algo inquietante en nuestra relación con el fracaso público. Como espectadores, nos fascinan los errores en directo, los momentos incómodos, los tropiezos virales. Eurovisión ha generado algunos de los ejemplos más recordados de ese fenómeno, de hecho, Roi está inspirado en la figura de Manel Navarro y su famoso gallo. “Todos recordamos esos momentos”, explica. “Pero detrás de cada cantante hay una persona real”. La obra, por tanto, no solo critica la industria del espectáculo, también señala al público que consume ese espectáculo.
Expectativas y realidad
Esa reflexión conecta directamente con la experiencia personal de ambos creadores. Los dos reconocen que existe un paralelismo inevitable entre la historia de Roi y la realidad de muchos artistas jóvenes. Pablo recuerda con humor un momento particularmente revelador de su propia trayectoria: “Cuando recibí la noticia de que iba a dirigir un montaje en Nave 10 estaba trabajando vendiendo palomitas en El Rey León”. La situación le resultó tan absurda como reveladora. “Es un contraste muy fuerte, pero también es bastante representativo de cómo funciona este trabajo”.
Garmo describe algo parecido desde la escritura. “La gente te dice que te va muy bien, pero la realidad es que dentro de dos años no sabes dónde vas a estar”. Esa incertidumbre genera una presión constante por demostrar que uno merece la oportunidad recibida. “Al final estás siempre proyectando hacia el futuro, intentando llegar a un lugar que ni siquiera sabes cuál es. Y eso es agotador”, confiesa la autora.
Durante años se ha venido repitiendo a una generación entera la idea de que, si trabajas lo suficiente, conseguirás lo que deseas. La meritocracia como promesa. Pero la experiencia real ha sido mucho más compleja. “Creo que nuestra generación se ha dado cuenta de que eso no era tan cierto -reflexiona Pablo-. Nos dijeron que si nos esforzábamos lo conseguiríamos, y luego hemos descubierto que el mundo es mucho más complicado”.
Ese choque entre expectativa y realidad atraviesa el viaje de Roi. El personaje funciona casi como una figura mitológica, un Ícaro moderno que se acerca demasiado al sol. “Se quema, cae. Pero luego tiene que preguntarse cómo levantarse”, apunta el director.

Política y dimensión queer
El imaginario de Eurovisión conecta, inevitablemente, con el contexto político actual. En los últimos años, la participación de Israel en el festival ha generado protestas y debates en distintos países, especialmente a raíz del genocidio en Gaza y el conflicto bélico en Oriente Próximo. Los creadores de Guayominí no eluden esa cuestión. “A mí me parece bien que España decidiera no participar por ese motivo -afirma Garmo-. De hecho, en nuestra versión hemos querido que Israel no vaya a Eurovisión”.
“Lo que está pasando en el mundo es tan terrible que Eurovisión pasa a un segundo plano -explica Pablo-. Pero también da pena ver cómo el festival ha olvidado su origen, priorizando los intereses económicos frente a lo humano”. Y recuerda que Eurovisión nació después de la Segunda Guerra Mundial con el claro objetivo de reconstruir vínculos entre países europeos a través de la cultura. ‘United by music’.
Por otro lado, la obra también incorpora una lectura queer bastante explícita. Para Pablo, el imaginario de Eurovisión está profundamente ligado a la cultura LGTBIQ+. “Eurovisión es la Champions de los maricones”, dice entre risas, pero el comentario esconde una verdad cultural como es que, durante décadas, el festival ha funcionado como un espacio de celebración para una comunidad que no siempre ha encontrado lugares para la visibilidad.
En Guayominí, esa dimensión aparece en la historia personal de Roi y en su relación con el mundo que lo rodea. “El hecho de que sea homosexual también influye”, explica el director. “Cuando te sales de la heteronorma empiezas a hacerte preguntas que quizá otras personas no se hacen. ¿Qué pasa cuando te dicen cuál tiene que ser tu camino, y a lo mejor tu sientes que es otro, pero la sociedad te va llevando?”. El teatro, la creación artística o la propia experiencia queer pueden convertirse así en lugares desde donde cuestionar lo que aparentemente estaba trazado.
Reír y cuestionarse
Cuando se les pregunta qué esperan que el público se lleve después de ver Guayominí, ambos coinciden en algo fundamental: que se rían.
“A veces en el teatro nos ponemos muy intensos -dice Garmo-. Y creo que también está bien pasárselo bien”. Pero detrás de esa risa también quiere que exista la posibilidad para que el espectador se pregunte hasta qué punto las decisiones que toma responden realmente a sus deseos… o a lo que otros esperan de él. “Todos vamos buscando algo que no sabemos muy bien qué es. Algo que nos satisfaga, que nos consuele”, reflexiona la autora.
Quizá por eso la historia de Roi resulta tan reconocible. Porque todos, en algún momento, hemos sentido esa presión de demostrar que estamos en el lugar correcto. Y porque, como sugiere la obra, el éxito y el fracaso quizá no estén tan lejos el uno del otro… y, a veces, solo los separan tres segundos.