La llegada de Gigante a las manos de Pou tiene algo de azaroso. «Yo después de El Padre había decidido, no te digo no hacer nada más, pero por lo menos hacer cosas pequeñas y muy esporádicamente», confiesa el actor, que con más de 80 años había pensado en aflojar el ritmo de trabajo. Sin embargo, su curiosidad inquebrantable le lleva desde hace muchos años a seguir la programación de los grandes teatros europeos a través de Internet. Fue así como leyó sobre el estreno previsto en el Royal Court de una obra titulada Giant. «Lógicamente es una palabra que me llama la atención, quizá por mi metro noventa y cinco», bromea Pou, que inmediatamente comenzó a investigar sobre el proyecto. El prestigio del Royal Court, «uno de los teatros más avanzados, más comprometidos y de más prestigio, donde se han estrenado el 90% de las grandes obras del teatro inglés del siglo XX», le sirvió de garantía.
Hubo un detalle que multiplicó el interés del intérprete por la obra: «Al ver que el título, Gigante, iba unido al nombre de Roald Dahl, todavía me interesó más», explica. Conocía al autor no solo por su literatura infantil y las adaptaciones cinematográficas, sino también por sus relatos breves para adultos, especialmente aquellos que inspiraron la mítica serie Alfred Hitchcock presenta…
Antes incluso de conocer el texto completo, Pou y la productora Focus se pusieron en contacto con el autor y sus representantes. «Cuando tuvimos el texto en las manos, digamos que me volví loco -recuerda-. Era un texto fantástico, construido teatralmente, dramáticamente, de forma excepcional».
Después de su estreno en Inglaterra, y cosechar un gran éxito tanto por parte de la crítica como del público, y ganar «todos los premios habidos y por haber», Gigante se estrenó en Barcelona, primera ciudad del mundo, después de Londres. «Cuando estrenemos en el Bellas Artes, la función no se habrá estrenado todavía en Nueva York». Este adelanto responde al empeño profesional del actor por “acercar al público que me es cercano los grandes textos que se están haciendo por el mundo, y sobre todo que los conozca cuanto antes mejor, que no tengamos que ir siempre a la cola».

UN GIGANTE INCÓMODO
La figura de Dahl, conocida popularmente por su literatura infantil, se reveló ante Pou como un personaje mucho más complejo y contradictorio. El autor británico no solo era un “gigante” por su estatura física, sino también por su peso cultural. Pero la obra no aborda su faceta más amable, sino un momento específico y controvertido: el verano de 1983, cuando Dahl publica un artículo incendiario tras la invasión israelí del Líbano y la matanza de Sabra y Shatila. Ese texto, escrito a raíz de un libro de fotografías sobre la masacre, provoca una tormenta mediática y pone en cuestión al autor no solo como intelectual, sino como figura pública. Es ahí donde la obra sitúa su núcleo dramático, recreando una reunión -que realmente nunca tuvo lugar- en la casa de Dahl, con sus editores y su esposa, en la que intentan convencerle de que se retracte. “No para que cambie de opinión -aclara el actor-, sino para que se disculpe públicamente y evite consecuencias comerciales”.
El conflicto, sin embargo, va mucho más allá de una estrategia editorial. La obra despliega un debate incómodo sobre el conflicto palestino-israelí, el antisemitismo, la libertad de opinión y los límites de la responsabilidad pública. Un terreno resbaladizo que, como apunta Pou, “sigue siendo hoy de máxima actualidad”.

UN DRAMATURGO NOVEL CON ‘TRUCO’
Que Gigante sea la primera obra teatral de Mark Rosenblatt sorprende por su perfección formal. Sin embargo, como aclara Pou, «Esto tiene cierta trampa. Porque Mark Rosenblatt es un grandísimo director de teatro que lleva muchos años dirigiendo». Este conocimiento del oficio desde dentro, forjado en el National Theatre de Londres y otros teatros de prestigio, le ha permitido crear «una obra que podría ser de Tom Stoppard, o de Pinter, o de Arthur Miller. La carpintería teatral de Rosenblatt es impecable. Sabe conjugar muy bien los momentos de tensión con los momentos de humor. Y los personajes, además, están construidos desde el punto de vista de alguien que conoce muy bien a los actores y cómo los actores construimos los personajes».
Enfrentarse a Roald Dahl ha supuesto uno de los retos actorales más exigentes de la carrera de este intérprete. Su método de trabajo, asegura, no ha variado con los años; una investigación exhaustiva previa que le permita crear una “burbuja” en la que habitar antes de llegar a los ensayos. En el caso de Dahl, esa investigación le llevó a descubrir aspectos menos conocidos de su biografía, como su paso por la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, los graves accidentes que sufrió, las operaciones o el dolor crónico que arrastró durante toda su vida. Ese pasado físico y emocional, marcado por el sufrimiento, ayuda a entender un carácter áspero, irónico y, en ocasiones, cruel. “Era un hombre inteligentísimo que sabía utilizar la palabra como arma”, explica. Un intelectual capaz de herir con precisión quirúrgica y, al mismo tiempo, de mostrarse educado y encantador en la réplica siguiente.
La obra explota esa ambigüedad constante. El Dahl que aparece en escena puede resultar antipático, incluso insoportable, pero también fascinante. “Para un actor es como jugar varios partidos a la vez”, dice Pou, comparando cada función con un combate de esgrima o un partido de tenis, en el que debe responder a ataques constantes desde distintos frentes.

EL RETO Y EL JUEGO DEL TRADUCTOR
Gigante es, ante todo, una obra sostenida por la palabra. Consciente de ello, Pou decidió implicarse directamente en la traducción al castellano, partiendo del original inglés. La versión catalana fue realizada por Joan Sellent, traductor habitual de Shakespeare. Traducir este texto fue un reto, ya que está plagado de ironías, dobles y triples sentidos, referencias culturales propias del contexto británico y una violencia verbal muy precisa. “No es lo mismo traducir para ser leído que para ser dicho”, señala, subrayando la necesidad de que el espectador comprenda al vuelo lo que escucha.
Sin renunciar a la fidelidad al autor, la traducción busca acercar el conflicto al público español, aclarando lo imprescindible sin sobreexplicar. Algunos elementos quedan deliberadamente abiertos, como las referencias a Patricia Neal, primera esposa de Dahl, cuya identidad cinematográfica no se explicita en escena. “Traicionar eso habría sido traicionar al autor”, afirma.

TEMAS A FLOR DE PIEL
Aunque el conflicto palestino-israelí es el motor dramático de la obra, Gigante plantea múltiples capas temáticas que resuenan con especial intensidad en el presente. «Lo que más interpela directamente al espectador de hoy es el tema del conflicto árabe israelí», reconoce Pou, «porque lo tiene a flor de piel». Pero la función va más allá, explorando la diferencia entre libertad de expresión y libertad de opinión, el derecho de un individuo a mantener sus convicciones, aunque sean impopulares, y anticipa el debate sobre la cultura de la cancelación. “Un creador puede ser moralmente reprobable y, aun así, su obra seguir siendo valiosa”, apunta el actor, consciente de lo delicado del planteamiento. Dahl defiende con vehemencia su derecho a pensar, y decir, lo que piensa, incluso cuando esas palabras resultan ofensivas o dolorosas. Esa defensa provoca en el espectador un vaivén constante, donde hay momentos de comprensión seguidos de rechazo. “La obra no te deja instalarte en una posición cómoda”, señala Pou.
La obra también distingue cuidadosamente entre ser antisionista o antiisraelí, y ser antisemita: «Yo puedo estar en contra de la actuación del Estado de Israel, o más concretamente del actual gobierno de Israel. Eso se puede ser perfectamente. Ser antisemita significa ser racista, estar en contra de la raza judía». Esta aclaración, según Pou, «es una de las grandes virtudes del autor».

AYUDAR A ENTENDER EL MUNDO
Al terminar cada función, Pou confiesa sentirse exhausto, más aún que con El padre. Dos horas y media de tensión verbal continua dejan huella. Sin embargo, el cansancio viene acompañado de una profunda satisfacción. “Salgo del teatro agotado, pero feliz”, resume. Esa satisfacción no proviene del lucimiento personal, sino de la convicción de que la obra sirve al público. “Sé que ayuda a entender el mundo en que vivimos”, afirma.
Esta convicción resume su concepto del teatro: «Me siento mucho más, como profesional del teatro, un contador de historias. Me interesa mucho más acercarle historias al público que construir una carrera de lucimiento personal». Y explica que esa es una filosofía que ha forjado a lo largo de sus sesenta años de carrera, trabajando con directores como Adolfo Marsillach o José Luis Alonso en pleno franquismo: «Esa gente me ayudó a entender cuál tenía que ser mi compromiso con el teatro, más allá de las ambiciones y de los egos personales».
Ahora, pasados los ochenta años y después de más de cincuenta producciones, Pou mantiene intacto ese compromiso. Y nos hace llegar Gigante como una oportunidad que va más allá del mero entretenimiento, para invitar al público a reflexionar sobre la complejidad moral de nuestro tiempo.