“Yo le dije:

–Dime la verdad

Y él me contestó:

–¿Qué verdad?”

De esta manera arranca la novela Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg, publicada en 1947, tres años después de que Leone Ginzburg, su primer marido, fuera asesinado a golpes en una cárcel de Roma a manos de la Gestapo.

La poética de Ginzburg, tanto en sus novelas como en sus ensayos, gira siempre en torno a las verdades, las expectativas, las frustraciones y las ilusiones de unos y otros. Los personajes de sus obras sufren, pero lo hacen, en su mayoría, porque arrastran la melancolía de una vida que jamás han llegado a vivir y porque se sienten confundidos al no llegar a comprender los deseos a los que se habían arrojado.

 

La actriz Lucía Quintana en Me casé por alegría. © Javier Naval.

 

El estreno absoluto en nuestro país de Me casé por alegría es una suerte para mí y, al mismo tiempo, un reto. Un reto porque Natalia Ginzburg, con un gran sentido del humor, llena la obra de imágenes de su propia vida, pero también porque, en el plano formal, no guarda relación con el resto de su producción: es su primera y única comedia dramática.

Una historia de amor entre dos personas que tienen que aprender a convivir, que han decidido casarse sin conocerse y que se adentran juntas en un mundo nuevo. Un mundo que también era nuevo para los italianos que salían de la posguerra en los años cincuenta y se encaminaban, paulatinamente, hacia la Italia de la ‘dolce vita‘. Seguramente, y sin que la propia autora fuera del todo consciente de ello, este espectáculo sea también un recordatorio para los espectadores de hoy: una invitación a pensar en lo que podríamos haber sido o en cómo podríamos haber avanzado como sociedad si el odio no hubiera dominado nuestras vidas.

Dos años antes, Ginzburg había escrito un maravilloso conjunto de ensayos que se publicaría bajo el título de Las pequeñas virtudes. En el último de ellos, habla de la educación y del aprendizaje en relación con los hijos. Por entonces, su primogénito acababa de convertirla en abuela:

“Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella ni la hemos traicionado, entonces podemos dejarlos germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y el espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Esta es, quizá, la única posibilidad que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación, tener nosotros mismos una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida genera amor a la vida.”

 

Foto del equipo de Me casé por alegría. © Javier Naval.

 

En nuestra función, todos aprenden de todos a lo largo de las distintas escenas, como hijos que observan a sus padres. Giuliana, de origen humilde, aprende de su reciente marido los protocolos y las convenciones sociales de una vida acomodada. La criada aprende que puede trabajar sin apenas esfuerzo gracias a su carisma, en una casa donde, al fin y al cabo, le van a dar de comer. La suegra aprende que sus hijos saldrán del nido en el que los mantiene encerrados y que esa pérdida no le proporcionará ningún consuelo.

Y todos aprenden de los demás que el amor que se profesan puede ayudarles a convivir con las contradicciones que los atraviesan. Porque se aprende. Se aprende a vivir, a convivir, a aceptar al otro y, quizá, a aceptarse también a uno mismo. Y todo lo que aprenden lo hacen a través de sus vocaciones, a partir de sus talentos personales.

En estos tiempos tan polarizados, en los que parece que el odio se cuela por todos lados y en los que las verdades son tan inciertas, tal vez nos venga bien recordar que todos hemos sido hijos, que todos hemos aprendido de los mayores y que todavía podemos seguir aprendiendo, del mismo modo que podemos seguir enseñando hasta el final de nuestros días.

Traducciones de las publicaciones de Acantilado.

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí