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Commedia dell’Arte con un toque muy actual

  • octubre 1, 2026
Por Ka Penichet

"El político del siglo XVI era igual que el que podemos ver hoy día por televisión"

Hay una cosa que une a Cristian Torrero y Ricardo Jiménez mucho antes de que se encontraran en Disparate Pomodoro: los dos recuerdan con una nitidez especial el momento en que el teatro les hizo clic. Cristian lo sitúa en la infancia, durante unas vacaciones en Fuerteventura, cuando vio a un mimo sobre la escalera de un castillo y entendió aquello como una forma de "hacer magia sin ningún tipo de truco". Ricardo tenía unos ocho o diez años cuando, junto a tres compañeros de colegio, preparó una versión cómica de un anuncio al estilo de Martes y Trece. Salió al escenario muerto de miedo y salió de allí preguntándose qué había ocurrido y cómo podía conseguir volver a sentir aquello.

Dos generaciones distintas y dos caminos que han terminado cruzándose en el mismo escenario. Torrero se formó en la Escuela de Actores de Canarias antes de instalarse en Madrid, donde profundizó en el mimo corporal con discípulos de Marcel Marceau y aprendió la técnica Suzuki, un entrenamiento físico muy exigente que hoy sigue usando con sus propios alumnos. Jiménez llegó al teatro después de un parón de diez años y se formó con Jorge Eines, Antonio Fava y Gabriel Chamé, y ha llevado la Commedia dell’Arte a Argentina e Italia.

Juntos dirigen y firman la dramaturgia de Creduto Morto, la propuesta con la que su compañía, Disparate Pomodoro, adapta un canovaccio del siglo XVI a un tono muy actual. La obra cuenta el amor imposible entre Flaminia y Horacio, hijo del Dottore con quien la familia de ella quiere casarla, y el robo que desata sospechas y equívocos en la casa de Pantalone. Torrero, además de dirigir, ha construido a mano las máscaras de cuero que usa el elenco, aprendiendo el oficio veneciano con el maestro Stefano Perocco. Completan el elenco Belén Rubio, Ailén Amicuzi, Alaitz Catalá, Cristina Vidal y Daniel del Olmo.

Desde su estreno en el Centro Cultural Clara del Rey-Museo ABC la pieza ha pasado por diferentes espacios hasta regresar a Salto Escénico, una sala que forma parte de la propia historia de la función. Allí puede verse los viernes 2, 9 y 16 de octubre y 6 y 13 de noviembre.

Hablamos con Cristian y Ricardo de aquellas primeras imágenes que despertaron su vocación, de lo que ocurre cuando una máscara transforma a un actor, de por qué seguimos reconociéndonos en personajes escritos hace cuatro siglos y de cómo se construye una compañía cuando, además de trabajar juntos, sus integrantes quieren pasarlo bien haciendo teatro. Quizá ahí esté el punto de encuentro de toda esta historia; dos actores que descubrieron muy pronto que querían dedicarse a esto y que, décadas después, siguen persiguiendo aquella misma sensación de la primera vez que se encendieron las luces.

 

 

Foto de portada: Imagen de Creduto Morto. ©Osama Dawod

Contadnos ¿quiénes sois y cuál ha sido vuestro camino hasta convertiros en los artistas que sois hoy?

Cristian Torrero: Soy licenciado en Arte Dramático por la Escuela de Actores de Canarias, donde hoy en día formo parte del equipo docente en las asignaturas de Pantomima y Commedia dell’Arte. Mientras cursaba la carrera ya hacía mis pinitos como actor en varias compañías teatrales, entre las que destaco Profetas del Mueble Bar, una compañía muy consolidada en Canarias. En esa etapa también participé como actor principal en el musical de La Cenicienta, con el que hicimos gira por las islas, y en dos largometrajes independientes, entre ellos, uno con Esteban Calderín, que hoy pueden verse en Amazon Prime y otras plataformas.

Venir a Madrid es fundamental para un actor, y más siendo isleño, no quedarnos solo con la formación que nos da la isla, que es muy rica, sino salir fuera y, si se vuelve, volver con algo nuevo y fresco. Esa decisión me abrió muchas puertas y hoy soy socio de AISGE y de la Unión de Actores. Al terminar la carrera y asentarme en Madrid, empecé a investigar como una hormiguita todo tipo de formación complementaria. Así contacté con la escuela de Arturo Bernal y José Piris para profundizar en el clown y el mimo corporal, y colaboré con Claudia de Siato, discípula directa de Marcel Marceau.

Lo que realmente me impactó fue conocer, en TeatroLab, la Técnica Suzuki, un entrenamiento físico para el actor que proviene de las artes orientales, concretamente de Japón. Es una disciplina muy exigente que lleva al actor al límite con el cuerpo, trabajando la tensión corporal para que, cuando llegue el texto, este no se contamine de esa tensión. Estuve entrenando con ellos durante dos años, y hoy sigo utilizando esta técnica tanto en mis creaciones gestuales como con mis alumnos, para ver hasta dónde pueden llegar.

Durante esos años en Madrid también participé en la Joven Compañía, un proyecto que creé junto a Andoni Larrabeiti, muy buen coreógrafo, con quien seguí profundizando en la formación física.

Para mí, la formación nunca es suficiente; siempre quiero ir más allá, al origen. Por eso di el salto a París, donde contacté con la Escuela Internacional de Mimo, dirigida por Iván Bacciocchi, discípulo directo de Marcel Marceau. Allí estuve dos años, el primero en un seminario de formación para profesionales del Mimo Corporal, y el segundo en una formación específica para la docencia de esta disciplina. Fue el propio maestro quien me dijo que ya podía considerarme un mimo, un maestro en mimo. No lo dudé.

A raíz de esos seminarios en París, y ya completamente inmerso en el mundo de la Commedia dell’Arte, surgió mi interés por las máscaras. Quería aprender la artesanía de su construcción. De nuevo fui al origen y contacté con Stefano Perocco, maestro de mis propios maestros en Canarias, para mí fue un auténtico orgullo poder formarme con él. Casualmente, nos encontramos en París, siendo él veneciano y maestro mascarero, coincidió que iba a dar un seminario allí, muy cerca de la Escuela Internacional de Mimo. Fue así como aprendí toda esta disciplina de construcción de máscaras.

Hoy en día hago máscaras personales que empleamos en nuestra compañía, todas en cuero, un material que aporta mayor comodidad al actor en escena. Hacerlas de forma artesanal implica darle algo de ti mismo a cada máscara, por eso hay que cuidarlas mucho, es un trabajo minucioso.

A partir de ahí completé mi formación como docente, una faceta que me apasiona. La enseñanza me ha dado herramientas increíbles para entender al actor y poder guiarlo, y también ha enriquecido mi propia interpretación como mimo. Poder unir hoy la interpretación, en Comedia del Arte, en teatro, en cine, en cualquier disciplina que trabaje el cuerpo, con la docencia es, para mí, uno de los mayores logros. El verdadero triunfo es que te reconozcan por tu trabajo y por la pasión que pones en lo que haces, y hoy siento que eso ya es palpable.

Ricardo Jiménez: Yo llevo vinculado al mundo de la interpretación desde los 16 años. Empecé a formarme a los 17, aunque entre los 19 y los 29 hice un paréntesis de diez años. Después retomé mi formación y estudié durante cuatro años en la Escuela de Teatro de Jorge Eines. A partir de ahí he ido explorando diferentes lenguajes: mimo con José Piris, clown con Gabriel Chamé y Commedia dell’Arte con Antonio Fava, entre otras formaciones. También he tenido algún acercamiento al trabajo de Mar Navarro.

Como intérprete he trabajado con distintas compañías teatrales y he creado mis propios espectáculos. He hecho teatro de calle durante un año en el Retiro con un espectáculo propio, animaciones en salas de fiesta y he llevado la Commedia dell’Arte a distintos lugares: he trabajado con ella en Argentina, durante muchos años en España y también en Italia con un espectáculo propio. Ahora, además, está este proyecto que compartimos Cristian y yo.

También he trabajado en televisión, en un episodio de Capítulo Cero, de Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla, y en publicidad. Pero, si hay algo que atraviesa todo ese recorrido, es el teatro. Me gusta el contacto directo con la gente, estar delante del público y esa sensación de que cada función sucede una sola vez. Creo que por eso, después de tantos años y de haber probado lenguajes muy diferentes, sigo encontrando ahí mi sitio.

 

¿De dónde nace vuestra pasión por el teatro y por el arte de la interpretación? ¿Recordais cuál fue la primera imagen que os hizo pensar que querías dedicarte a esto?

Cristian Torrero: Hay una imagen de mi infancia que siempre recuerdo. De pequeño pasaba los veranos con mi familia en Fuerteventura y, aunque de aquellos viajes apenas recuerdo nada, hay un momento que se me quedó grabado. Estábamos en un parque y había un castillo de piedra con una escalera enorme. Arriba de todo había un mimo, un hombre con la cara pintada de blanco y un traje de rayas, haciendo cosas con las manos. Aquello era hacer magia sin ningún tipo de truco, conseguir que lo invisible se hiciera visible. Me impresionó muchísimo. No sabía si algún día me dedicaría a eso ni qué significaba exactamente aquel deseo, pero algo se quedó ahí.

Con el tiempo fui teniendo cada vez más claro que quería dedicarme a la interpretación. Cuando terminé mi formación, decidí buscar la manera de profesionalizarme y formarme como actor. Pero creo que aquella imagen del mimo fue, de alguna manera, la primera vez que entendí que el teatro podía crear algo delante de tus ojos que antes no existía.

Ricardo Jiménez: Mi vocación por el teatro nació cuando tenía unos ocho, nueve o diez años. En el colegio, justo antes de las vacaciones de Navidad, hacíamos un espectáculo que no era exactamente el típico festival de fin de curso. En aquella época estaban muy de moda Martes y Trece y, entre otras cosas, solían versionar anuncios clásicos desde el absurdo y la comedia.

Cuatro compañeros nos quedábamos en los recreos en el aula y preparamos uno de esos anuncios a nuestra manera. Recuerdo perfectamente estar muerto de miedo antes de salir, ese vértigo, esa sensación en el estómago. Y, de repente, aparecimos en el salón de actos del colegio, delante de 200 o 300 compañeros de todos los cursos. En cuanto empezamos a actuar, mi compañero decía el texto y yo iba haciendo caras, transformándome con cada frase. Y entonces escuché cómo se reía todo el mundo. Cada vez más. Recuerdo salir de allí pensando: «¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto? ¡Qué maravilla! Yo quiero más». Yo era un chico que no destacaba especialmente en los estudios, ni en los deportes, ni en nada. Me llevaba bien con la gente y tenía mi grupo de amigos, pero era uno más. Y, de repente, allí descubrí que había algo que se me daba bien y que, además, me hacía disfrutar muchísimo.

Creo que, en parte, mi vocación nació de una falta de seguridad en mí mismo. Encontré en el escenario un lugar donde podía ser otra persona, probar cosas y descubrir capacidades que no sabía que tenía. Y aquello me llevó a querer hacer más, a probar un millón de cosas y, sobre todo, a divertirme mucho por el camino.

 

Cristian Torrero

La obra parte de un canovaccio clásico de la Commedia dell’Arte. ¿Qué os atrajo de esta historia de amores imposibles, matrimonio concertado, robos, equívocos y personajes enfrentados?

Ricardo Jiménez: Lo que particularmente me atrae de los canovaccios de la Commedia dell’Arte es que son historias de ayer, hoy y siempre. Son todos personajes muy estereotipados. Y lo que nos apetece de este tipo de teatro es meternos a disfrutar del listo muy listo, el tonto muy tonto, de la señora muy señora o del enamorado hiperenamorado. Es decir, estirar tanto el chicle hasta que se crean los gags cómicos.

Cristian Torrero: Además, cada canovaccio da pie a que el personaje salga en diferentes situaciones y encuentre algo nuevo, con el resto de personajes, porque partimos de la improvisación y ahí es donde se dan los equívocos.

Ricardo Jiménez: Aunque sea todo muy medido, siempre hay espacio para la improvisación.

 

¿Qué significa para vosotros actualizar la Commedia dell’Arte sin perder su esencia? ¿Dónde termina el canon y empieza vuestra propia mirada? 

Cristian Torrero: Significa estudiar los problemas actuales, políticos, sociales o todo lo que actualmente hay alrededor nuestro, en la sociedad, para construirlo frente a unos personajes con unos mismos patrones. Es decir, el político del siglo XVI es igual que el que podemos ver hoy en cualquier televisión. Las mariposas que los enamorados sentían en el siglo XVI son las mismas que sienten los jóvenes de ahora. Son temas universales, los sentimientos son los mismos. Evolucionan, sí, porque le damos un toque más moderno desde nuestra propia mirada.

 

Máscaras, clown, acrobacias, coreografía, ritmo físico. Creduto Morto parece construirse tanto desde el cuerpo como desde la palabra. ¿Qué papel ocupa lo físico en vuestro lenguaje escénico? 

Ricardo Jiménez: Todo, desde el segundo uno hasta el último no paramos. Yo sudo muchísimo, no se tú…(risas).

Cristian Torrero: Es más, es tan importante el cuerpo como la palabra. Desde mi visión pedagógica cualquier persona que se introduzca en la interpretación primero debe tener un control del cuerpo para que cuando aparezca el texto construya un personaje completo. Un texto con un un cuerpo trabajado es mucho más rico. Esto hace mágico a la Commedia dell’Arte. Esta corporalidad es la que logra captar la atención del público. Bueno, eso y el uso de las máscaras.

 

Ahora que mencionas las máscaras, en tu caso, además de dirigir y trabajar en la dramaturgia, has creado las máscaras que utiliza el elenco en Creduto Morto. ¿Qué importancia tienen en la Commedia dell’Arte y cuál fue el proceso de creación? 

Cristian Torrero: Sin máscaras no hay Commedia dell’Arte. Hay que acercarse a ellas con mucho respeto, porque no son un simple accesorio, marcan el carácter del personaje y condicionan su manera de estar en escena. Por ejemplo, la máscara de Pantalone tiene una nariz muy aguileña, casi de ave carroñera, que remite directamente a su avaricia. La de Arlequino, en cambio, tiene rasgos que recuerdan a un gato y a un mono y presenta un chichón en la frente. Hay distintas interpretaciones sobre ese detalle: puede aludir a los golpes que recibía de su amo o incluso a la idea de que Arlequino es una especie de pequeño demonio.

Yo me formé en mi tierra con Carlos Peña en la Escuela de Actores de Canarias y posteriormente hice un laboratorio de construcción de máscaras con el maestro Stefano Perocco en París. Me interesa mucho esa tradición artesanal heredada de los maestros venecianos, que comienza tallando la madera para crear una matriz y después trabaja el cuero sobre ella. Es un proceso muy ligado al oficio y a la propia esencia de la Commedia dell’Arte.

Construir las máscaras de Creduto Morto también ha sido una manera de entrar en los personajes desde otro lugar y entender qué esconden y qué revelan antes incluso de que empiecen a hablar.

 

La Commedia dell’Arte trabaja con personajes y tipos muy reconocibles. ¿Cómo habéis construido vuestra propia versión de Pantalone, Arlequino, Dottore, Capitano o Franchesquina? 

Ricardo Jiménez: Cada versión surge del propio actor. Un actor, un arlequino. diez actores, diez arlequinos. Y así con Pantalone, con Dottore y con todos.

Cristian Torrero: Yo les presento un esqueleto de cada personaje, estudiado a lo largo de la historia, y ya cada actor le da su magia, es decir, todos tienen una forma básica de comportarse y luego cada actor construye su personaje en base a nuestras indicaciones pero dándoles libertad para que puedan aportar también sus ideas.

 

En la sinopsis hay un robo que pone en marcha una cadena de sospechas y malentendidos. ¿Hasta qué punto el enredo es el verdadero motor de la función?

Ricardo Jiménez: El enredo es el santa sanctorum. Sin enredo no hay Commedia dell’Arte.

Cristian Torrero: Partimos de la imposibilidad del enamoramiento entre dos jóvenes que quieren estar juntos, pero se encuentran con unas familias que tienen otros planes para ellos. A partir de ahí, los criados se convierten en los grandes aliados de ese amor y empiezan a poner en marcha todo tipo de estrategias para conseguir que los enamorados puedan estar juntos. Ahí es donde aparece el juego de equívocos, mentiras, alianzas y malentendidos que hace avanzar la historia. El enredo va creciendo casi como una bola de nieve hasta que todos los personajes terminan atrapados en una situación que ya nadie sabe cómo controlar.

 

¿Qué puede decirnos hoy una forma teatral nacida en la Italia del siglo XVI sobre nuestra manera contemporánea de relacionarnos, enamorarnos, mentir o ejercer el poder? 

Cristian Torrero: La Commedia dell’Arte habla de cosas que no han cambiado tanto. Seguimos enamorándonos de quien no debemos, intentando conseguir lo que queremos, mintiendo cuando nos interesa y utilizando el poder para imponer nuestros deseos. Lo que cambia es el contexto, pero los conflictos humanos siguen siendo muy parecidos. Precisamente por eso funciona tan bien. En Creduto Morto tenemos a unos jóvenes que quieren estar juntos y a unos adultos que deciden por ellos, personajes que quieren conservar su dinero, otros que quieren ascender socialmente y criados que buscan la manera de sobrevivir y salirse con la suya. Si cambias los trajes y las máscaras por un móvil, una familia actual o una empresa, muchas de esas situaciones seguirían resultándonos reconocibles.

Ricardo Jiménez: Pues lo mismo que nos dirán en el año 3333, porque seguiremos enamorándonos, deseando, mintiendo, siendo unos orgullosos…

 

Ricardo Jiménez

Hay algo especialmente reivindicativo en apostar por un género tan codificado y al mismo tiempo abordarlo desde el humor y el lenguaje físico, que os permite contar la comedia del arte, que quizá no os permita otro lenguaje teatral? 

Ricardo Jiménez: La Commedia dell’Arte te da una libertad enorme para inventar, desde el lenguaje cómico, mil millones de situaciones en las que el público se va a ver reflejado.

Cristian Torrero: La Commedia dell’Arte tiene algo que para nosotros es fundamental, es un teatro muy directo y el espectador no necesita una formación teatral para entender lo que está pasando. Cualquier enredo provoca una reacción inmediata en el público que les hace sentirse identificados con la trama y los personajes. Eso genera un tipo de energía muy particular en escena. Cuando terminamos de representar la función nos damos cuenta de que la comedia no es un género menor. Hay muchísimo trabajo detrás de hacer reír: ritmo, precisión, improvisación, escucha, cuerpo, construcción del personaje…

 

Disparate Pomodoro está formado por un elenco amplio y diverso. ¿Qué destacarías de cada uno?

Cristian Torrero: Cada uno aporta algo diferente a la compañía y eso es precisamente lo interesante del elenco. Belén Rubio viene del mundo de los monólogos, ha trabajado también la Commedia dell’Arte y tiene un manejo del público extraordinario. Sabe leer muy bien lo que está pasando en la sala y jugar con el espectador. Ricardo Jiménez, además de su experiencia en Commedia dell’Arte, tiene una sólida formación en clown y eso enriquece mucho su mirada como director, tiene muy localizado dónde están los gags. Daniel del Olmo también parte de una base de Commedia dell’Arte, pero ha trabajado mucho desde el teatro social, y eso aporta otra mirada a la compañía. Entiende el teatro como una forma de conectar con las personas. Ailén Amicuzi, como buena argentina, tiene una energía y una manera de entender la comedia muy particulares. Además, ha encontrado en Flaminia a una enamorada que nos ha sorprendido a todos. Fuera de escena también aporta mucho, se mueve muy bien en redes sociales y tiene experiencia en audiovisual y cine. Cristina Vidal es otra gran apasionada de la Commedia dell’Arte, de las máscaras y de las ferias medievales. Además de su trabajo como actriz, tiene una trayectoria como docente. Y luego está Alaitz Catalá, para quien la Commedia dell’Arte era un territorio completamente nuevo. Me parece muy bonito ver cómo se ha ido apropiando del lenguaje desde cero. Esa mezcla es una de las fortalezas de Disparate Pomodoro, no todos venimos del mismo lugar ni entendemos la Commedia de la misma manera, y eso hace que el lenguaje de la compañía esté en constante movimiento.

Ricardo Jiménez: La identidad de una compañía es como Frankenstein. Dependiendo de los actores que haya, más o menos, pues tendrá una identidad o tendrá otra. Y lo que siempre queremos es aportarle que sea un espacio para que nos lo pasemos bien y nos divirtamos, estemos en la compañía que estemos.

 

El proyecto nació en el Centro Cultural Clara del Rey Museo ABC, donde realizasteis los primeros ensayos y una función abierta. ¿Qué cambió en Creduto Morto cuando el material salió del ensayo y se encontró por primera vez con el público?

Ricardo Jiménez: Para nosotros fue la confirmación de lo que habíamos estado trabajando durante cuatro meses. Tenía un valor para el público que estaba allí delante lo nos reafirmaba para seguir trabajando.

Cristian Torrero: Creo en la necesidad de tener la presión de un estreno. Hasta ese día no eres consciente de las capacidades que tiene el grupo para convertirse en compañía y no ves si realmente va por buen camino todo el trabajo que llevábamos a nuestras espaldas.

 

¿Hay algún personaje, escena o gag de Creduto Morto que haya crecido especialmente gracias a la respuesta del público? 

Cristian Torrero: En cada función nacen cosas nuevas y nos sorprendemos nosotros mismo de los gags, escenas… que funcionan según el publico de ese día. Y hay funciones en las que improvisamos sobre ese gag si nosotros como actores notamos que está funcionando. Personalmente creo que el personaje que interpreta Belén, Doña Laura, que es una señora es un personaje secundario que ha ido creciendo porque tal y como ella lo defiende su papel se ha convertido en principal.

Ricardo Jiménez: La obra tiene nueve personajes y yo diría que el público es el décimo. Hay escenas en las que el público va a participar menos y otras en las que el público participa más. No está muy cerrada la escena en la que el público de repente se convierta más o menos protagonista. Dejamos libertad también a ellos.

 

Volvéis a Salto Escénico, un espacio que ya forma parte del recorrido de la pieza. ¿Qué significa regresar a un lugar en el que Creduto Morto ya ha tenido contacto con el público? 

Ricardo Jiménez: Salto Escénico es volver a la madre que vio nacer Creduto Morto. Antes de Salto Escénico no éramos nada y ahora, gracias a esa sala, somos una gran compañía, de hecho, el teléfono no nos deja de sonar para programarnos en más sitio (risas).

Cristian Torrero: Es una sala que nos da confianza y seguridad. Nos hace ilusión que hayan apostado por nosotros.

 

En octubre además la función tendrá una presencia continuada en la programación. ¿Qué supone para una compañía joven poder defender un espectáculo no solo como una función aislada?

Cristian Torrero: Lo veremos en estos meses que vienen, porque es a eso a lo que nos enfrentamos, al boca a boca y al público que quiera venir tanto a las nueve de la tarde como a las seis de la tarde, porque lo haremos en diferentes horarios.

Ricardo Jiménez: Cualquier proyecto, y sobre todo el teatro, es una carrera de fondo en la que esperas llegar a cogerla en velocidad, en la que conviertas tu espectáculo en una pieza que se programe pues todas las semanas dos o tres veces, y eso es por lo que soñamos todos. La realidad es que eso suele ocurrir muy poco pero ahí seguimos.

 

¿Qué habéis descubierto el uno del otro trabajando juntos? 

Ricardo Jiménez: Cristian es una persona con la que lo paso muy bien aunque se enfada mucho conmigo (risas).

Cristian Torrero: Esto es como el proceso de la relación en la que a veces hay piques pero es normal, y lo bueno es que ambos nos respetamos y nos damos nuestro espacio para crear y que esto tenga un sentido.

 

Si tuvierais que definir qué hace reconocible a Disparate Pomodoro después de ver cinco minutos de una función, ¿qué elementos diríais que forman ya vuestro sello? 

Ricardo Jiménez: La vestidura, el saber hacer, la humildad, la pasión…

Cristian Torrero: Yo creo que cuando sale el primer personaje ya se nota la energía en el público recibiendo la primera impresión de lo que se va a encontrar durante una hora y media: carcajadas aseguradas. Pero si me gustaría comentar algo que nos ha pasado en más de una ocasión y es que he mostrado recibido feedback de compañeros de la profesión que nos han dicho que como público perciben la química que tenemos como compañía y notan que nos los estamos pasando bien entre nosotros. Creo que es el mejor halago que hemos podido recibir hasta el momento.

 

Imagen de Creduto Morto. ©Osama Dawod

 

Sois una compañía joven que apuesta por una tradición teatral con unos códigos muy concretos. ¿Qué dificultades encontrasteis hoy para defender una propuesta así y qué os anima a seguir apostando por ella?

Cristian Torrero: Son unos códigos muy concretos que tienen ya 400 años, pero que se siguen utilizando en un montón de espacios y que no deja de ser parte de lenguaje muy común del día a día hoy. A mí lo que me apasiona del lenguaje es que cuando se domina y se hace bien es maravilloso. Y es sorprendente que el público, que no está acostumbrado a ver este tipo de código, cuando lo ve, quiere más.

Ricardo Jiménez: Pero yo creo que la gente no está acostumbrada a ver este tipo de código en este formato. Pero si lleva diez minutos, se da cuenta que es un tipo de humor que ya conoce, pero lo ha visto millones de veces representado de otra manera. Las películas de Mel Brooks, Tricicle, Yllana… Bueno, de ahí salió todo eso y nosotros.

 

Y después de Creduto Morto, ¿qué os gustaría que ocurriera con Disparate Pomodoro? ¿Hacia dónde queréis llevar la compañía y qué tipo de teatro os gustaría seguir investigando juntos? 

Ricardo Jiménez: De momento lo único que quiero hacer es Creduto Morto. Le queda mucho recorrido y espero que dé muchas vueltas. Cuando haya dado muchas vueltas, dentro de unos años, a lo mejor digo: tenemos otra cosa.

Cristian Torrero: Eso es lo que también nos ha juntado y lo que me parece maravilloso, porque Ricardo es la razón y yo soy el que idealiza todo. Quiero seguir haciendo muchos canovaccios y más comedia del arte. Pero cierto es que quiero seguir trabajando y creciendo con Creduto Morto, y llevarlo a muchos teatros para que la pueda disfrutar el mayor número de público posible.

 

¿Cómo presentaríais la pieza a alguien que nunca ha visto trabajar Disparate Pomodoro y tiene que decidir si quiere venir a verla?

Ricardo Jiménez: La mejor manera de presentarnos es que vengan a vernos. No te puedo dar más razones; si vienen a vernos encontrarán todas las razones para volver, no para convencerse de que tenían que venir.

Cristian Torrero: Exacto, porque la gente repite y se lo pasa bien la primera, la segunda…

Ricardo Jiménez: …y la tercera.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

Ailén Amicuzi, Alaitz Catalá, Belén Rubio, Commedia dell'Arte, Cristian Torrero, Cristina Vidal, Daniel del Olmo, Disparate Pomodoro, Ricardo Jiménez, Salto Escénico
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