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Querido maestro

“La frustración puede ser la raíz de una nueva tentativa”

Desde el pasado mes de enero el Teatro Reina Victoria acoge a la compañía Teatro del Corso que representa Los figurantes, un texto, firmado por el maestro José Sanchis Sinisterra, que se escapa de los requerimientos del mercado. Diecinueve actores y actrices dan vida a esta función que es un desafío a los convencionalismos teatrales y que dirigen Delfín Estévez y María José Gil.

La pieza, que reivindica el protagonismo de los figurantes de la historia, se ha prorrogado hasta mayo y con esa ‘excusa’ hemos aprovechado para tener una deliciosa charla con el insigne autor valenciano al que agradecemos con gran devoción que se haya prestado a compartir su tiempo con nosotros. Y no hay mejor día para publicar esta entrevista que el 27 de marzo de 2023, cuando se celebra el Día Mundial del Teatro, porque Sinisterra es el Teatro en sí mismo.

Los figurantes, obra dirigida por Delfín Estévez y María José Gil, se estrenó hace 5 temporadas, ¿cómo se cruzaron vuestros caminos?

Delfín empezó a asistir a una de las actividades que puse en pie cuando fundé en Madrid el Nuevo Teatro Fronterizo en un localito que llamamos La Corsetería. En ese espacio, desde el año 2011, un grupo de actores y actrices, creo que, de la Unión de Actores, me pidieron un laboratorio de Dramaturgia actoral. En él practicamos ejercicios de improvisación sometidos a pautas dramatúrgicas que estos asimilan con su cuerpo en el espacio. Al terminar me pidieron continuar. Así que, formamos un grupo estable de dramaturgia actoral y ahí estaba Delfín. Unos años antes de la pandemia, Delfín que dirige y escribe aparte, de que tiene la escuela Estudio Ágora, me planteó la posibilidad de montar con miembros del colaboratorio Los figurantes. Esa fue la primera embestida diríamos. Ese montaje se representó y me pareció que estaba muy bien hecho. Más tarde hizo una nueva versión y, finalmente, hace menos de un año formó un tercer elenco con algunos de los antiguos y luego también con gente nueva. En los tres casos yo he seguido muy de cerca el proceso, pero siempre desde fuera, primero porque es una obra a la que le tengo mucho cariño y luego porque admiro el valor, la paciencia y la resistencia que tiene Delfín para sacar adelante ese texto con una tribu de 19 actores y actrices que, además, trabajan en una situación muy precaria. Siempre hay gente entusiasta capaz de sacrificar tiempo, esfuerzo y talento, aunque los beneficios económicos no les dé ni para el café. Entonces soy muy solidario con el trabajo de Delfín, además del que también ha hecho María José Gil, por supuesto.

 

Aunque la primera vez que pudo verse este texto tuyo fue en 1989 en el Centre Dramatic de la Generalitat Valenciana bajo la dirección de Carme Portacelli, ¿cómo recuerdas esa dirección? 

Tengo muy vagos recuerdos. Creo que viajé a verla a Valencia al principio y que volví al mes. Creo recordar que fue un montaje que lo tuvo que hacer muy deprisa porque le había fallado otra obra. No sé si ella misma o alguien le sugirió Los figurantes y como también tenía un elenco muy amplio me pareció adecuado y lo montó, según me confesó ella misma, en relativamente poco tiempo. La obra estaba bien, era un montaje correcto y profesional pero quizá le faltaba un poco de vidilla, aunque era un montaje muy digno. Curiosamente, uno de los pocos montajes profesionales que se han hecho de esa obra porque además de ser caro por el reparto, al escribirla yo me propuse que no tuviera protagonistas. Es una obra coral. Son 19 personajes que tienen esa característica: guarda 1, guarda 2, comensal 4, conspirador 9, dama 5… Y eso es algo que no resulta muy apetecible ni para las compañías privadas, ni para los teatros públicos.

 

¿Qué te impulsó a escribir este texto?

Reconozco que cuando la escribí tenía esa intención belicosa. Mi teatro se ha movido siempre más o menos en circuitos alternativos, incluso, yo como autor me restringía mucho aunque siempre he estado escribiendo y, por ejemplo, en el Teatro Fronterizo de Barcelona que fundé en el 77, fundamentalmente se caracterizó por mis versiones de textos narrativos, de manera que, mi condición autoral estaba de alguna manera camuflada o amparada en una parte del Ulises de Joyce o una parte de Rayuela de Julio Cortázar… y de ahí que, de alguna manera, intentando quitarme de encima estereotipos dramatúrgicos más o menos convencionales. Para llevar a escena esas obras hay que romper muchos códigos establecidos. Entonces se me conocía más como adaptador y director que como autor.

 

¿Desde cuándo tienes consciencia que se te reconoció tu trabajo como autor?

Creo que ese reconocimiento como autor llegó cuando escribí ¡Ay, Carmela! y la montó José Luis Gómez con Verónica Forqué. Ahí se produjo ese boom y muchos actores y actrices famosos cuando me los encontraba me decían: “Oye, ¿no tendrás otra obra como ¡Ay, Carmela?!”. Querían decir baratita, con pocos personajes y resultona. Llegó un momento en el que dije: «Basta, voy a escribir una obra donde todos sean figurantes» (risas). De manera que la escribí con una cierta mala leche frente a este tipo de demandas: protagonistas famosos, actores y actrices que buscan un texto para un lucimiento personal como pasó y sigue pasando con ¡Ay, Carmela! Los figurantes fue un poco una especie de antídoto contra eso que pagué porque se ha representado muy poco. Normalmente, la han montado grupos amateurs, grupos universitarios pero directores de nombre y actores y actrices mediáticos, no tengo noticias, por eso le tengo un aprecio personal a la obra.

 

 

¿Qué tiene en común la sociedad actual con la que existía cuando escribiste este texto y qué cosas hemos avanzado o retrocedido?

Uf, pregunta difícil. Creo que la problemática que plantea Los figurantes no diré que sea eterna, pero es constante. Siempre ha habido en cualquier sistema social, más o menos democrático, protagonistas y figurantes. Generalmente, el foco mediático, artístico, literario, cinematográfico, teatral… suele preferir centrarse en personajes que tienen relevancia en lo social, en lo político, en lo cultural, en lo artístico y, en cambio, a mí siempre me han atraído los figurantes de la historia, no sólo ya por mi formación más o menos marxista, marxista heterodoxo pero marxista, donde realmente quien hace la historia son los figurantes. Los reyes, los caudillos, los líderes, lo que hacen de alguna manera es aglutinar el descontento de las clases anónimas, sometidas por las circunstancias y yo creo que eso sigue vigente. Es un tema que hasta que no se produzca algún tipo de transformación brutal de la sociedad no va a cambiar. En ese sentido, me ha interesado mucho ese tema. También reconozco que he tenido el vicio como espectador de cine de fijarme, si la película no me atrae demasiado o por otros motivos, en los pobres actores y actrices que aguantan la danza de los protagonistas. Siempre me recuerdo preguntándome por esos tres tipos que aparecen cruzando la calle y que ya no vuelven a aparecer. Son actores y actrices que se acercaron al cine quizás con una cierta vocación de estrellato, y me pregunto qué habrá sido de ellos.

 

¿La escritura de este texto coincidió con algún momento histórico?

La escritura del texto coincidió con el momento álgido de la revolución sandinista. Yo había seguido muy de cerca la revolución cubana, pero llegó un momento en que me decepcionó bastante. No diré que, de un modo absoluto o radical, pero llegó un momento en el que me di cuenta de que no era eso tampoco. En cambio, en la época que escribí Los figurantes los sandinistas habían conseguido ya el poder en Nicaragua, estaban ya en el gobierno e inventando formas donde la economía privada y pública se armonizaban relativamente bien. Eso fue lo que los Estados Unidos no pudo permitir, una revolución que preservaba estructuras democráticas, pero con la vista puesta en los vencidos, en los perdedores, en las clases populares y eso era un ejemplo malísimo para los Estados Unidos, que son los que mandan. De ahí que fueran tan belicosos con el sandinismo hasta que consiguieron desbancarlo. En aquel momento, la revolución sandinista era una alternativa muy cargada de futuro y, por eso, cuando edité el texto lo dediqué al pueblo sandinista de Nicaragua (tose). Me ha salido un mitin y me viene la tos (risas).

 

Esta nueva versión de la obra se estrenó en enero en el Reina Victoria y se mantendrá en cartel hasta mayo, es paradójico teniendo en cuenta el elenco tan grande que tiene…

Sí pero solo está programada los domingos a última hora de la tarde. Estamos muy agradecidos a la empresa que nos ha acogido y estamos super satisfechos, pero no deja de ser una presencia un poco en los márgenes. Me temo que lo del teatro fronterizo marca de alguna manera muchas de las vías por las que transcurre mi teatro.

 

En tus obras siempre has querido dar voz a los olvidados de la historia, ¿cómo gestionas la frustración ante tantas injusticias?

A ver, no te voy a decir que la disfruto, pero tengo un extraño mecanismo que es que la frustración puede ser la raíz de una nueva tentativa, por eso yo siempre digo que los triunfos a mí no me interesan como tema de mis obras. Los fracasos son más interesantes porque de ahí puede salir una nueva ocasión, una nueva estrategia, una nueva oportunidad y eso va a seguir ocurriendo a pesar del enorme poder de los medios de comunicación, con la ayuda de las redes sociales, de comer el coco a la gente, sobre todo a las jóvenes generaciones. Siempre habrá insatisfechos que tratarán de cambiar, con mayor o menor fortuna, áreas del mundo o de la sociedad, más restringidas o más amplias, pero ese va a ser un mecanismo que difícilmente lo va a poder parar la IA, por llamarlo de alguna manera. Tengo la impresión de que la IA no es revolucionaria y que tiende al conservadurismo, a la gratificación, al sentimiento de triunfo, de adquisición de cosas, de accesibilidad a lo que no tiene la gente y eso para mí es reaccionario, es un peligro. No sé qué he comido hoy, pero veo que estoy muy ideológico (risas).

 

Siendo un autor tan reconocido y premiado, ¿cuánto de figurante hay dentro de ti?

Soy hijo de vencido. Mi padre era republicano y después de la guerra, con el triunfo del franquismo, le quitaron la cátedra de Física y Química y tuvo que trabajar dando clases en muchos lugares de Valencia y, en una ocasión incluso, no sé en qué año fue, yo acababa de nacer pero en la memoria familiar está que mi padre dio algo de dinero, no sería mucho, para una cosa que se llamaba el socorro rojo que eran unas recolectas de dinero para ayudar a las viudas y mujeres de personas represaliadas, encarceladas… Supongo que lo promovía el Partido Comunista en clandestinidad. El caso es que mi padre, por una cuestión de solidaridad, dio un dinero, pero el sujeto que llevaba esa iniciativa apuntaba en una lista a los donantes y mi padre apareció en una lista y lo metieron en la cárcel. Mi padre conoció la represalia franquista, no mucho tiempo, pero yo he crecido respirando el antifranquismo, aunque mi padre trataba de ser prudente con mi hermano y conmigo, eso quieras que no, es una especie de marca de fábrica de vencido. Imagino que por eso tiendo a identificarme con los vencidos. Los vencidos no son sólo vencidos de una guerra, también son los vencidos por el sistema o por la vida.

 

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José Sanchis Sinisterra, María José Gil y Delfín Estévez durante un ensayo

 

A la hora de escribir un texto, ¿siempre piensas en que sea representado?

Evidentemente, como dice el dicho la esperanza es lo último que se pierde. Normalmente, escribo pensando en la representación, aunque ya tengo suficientes horas de vuelo para no tener muy claro que yo sea un dramaturgo reconocido. Yo ahí tengo mis dudas, a ver cuántas obras mías has visto en el Centro Dramático Nacional en los últimos veinte años o en los teatros institucionales. Yo sigo escribiendo pensando en la representación, es más, dosifico todo el contenido de la obra pensando en lo que se llama el receptor implícito, qué quiero que ocurra en la mente del receptor, por lo tanto, estoy diseñando no sólo lo que dicen los personajes sino lo que no dicen, las pausas, los silencios, las acciones y todos los aspectos de la puesta en escena. Salvo en algunas obras en las que me he bloqueado pensando cómo se puede montar algo, pero en general siempre pienso en mi doble condición de autor y director que es lo que he hecho desde los 17 años. Yo tengo una expectativa de que las obras se monten, ¿si yo las veré montadas?, eso ya no es seguro, pero sí que hay una representación imaginaria en el proceso de escritura. Lo más peligroso para un autor octogenario como yo es el oficio. El pensar que uno tiene ya el oficio, que conoce las reglas del juego, que las maneja con habilidad con lo cual se garantiza una recepción grata. Creo que esa enfermedad no la padezco. Al contrario, trato de que cada obra me plantee a mí problemas y, espero que se los plantee también a quienes las quieran montar. No es masoquismo, ni heroísmo, simplemente tiene más que ver con el juego, por eso, casi todas mis obras recurren al humor. Para mí el humor es una herramienta fundamental en ese afectar de las estructuras rígidas de las ideologías, las creencias, las convicciones. El humor es un disolvente de los estereotipos y por eso me sale la vena fallera, que le llamo yo, en cuanto me descuido.

 

¿Estás escribiendo algo ahora mismo?

En estos momentos estoy escribiendo en simultaneidad tres obras y dudo que alguna llegue a buen puerto. Incluso, en la última obra terminada, Correr tras un ciervo herido, noto que se me ha ido la mano en la exploración de lógicas diferentes de las que generalmente funcionan en el teatro y estoy como inhibido. No sé qué hacer con ese texto, no me veo como dándoselo a un productor o director. En este momento no me veo con capacidad para poner una puesta en escena, o no me veo con energías. Todas mis obras las escribo a mano, luego las paso a Word y hago los retoques que hagan falta, pero esta la pasé y todavía no me he atrevido a releerla. Así que, ahí la tengo en hibernación la pobre. De momento, el título me sigue gustando mucho, pero me temo que a partir del título empieza a decaer la obra (risas). Ya veremos qué hago con ella.

 

¿Qué personas, posteriores a tu generación, son tus referentes?

Últimamente me está interesando mucho la esperanzadora proliferación de mujeres dramaturgas y directoras, pero estoy más pendiente de lo que escribe la gente que está a mi alrededor que de saber lo que se estrena por ahí. En ese sentido, mea culpa. Debería estar más sensibilizado, pero sí tengo la convicción es que hay una especie de resurgimiento del texto dramático cuando hace 15 o 20 años muchos directores habían decretado prácticamente la muerte del texto. Había una frase que corría a finales de los 90 entre los directores que decía: «El mejor autor es el autor muerto». Te juro que la he oído con estas orejitas que se comerá la tierra. Estaban decretando el eclipse de la literatura dramática. Estereotipo contra el cual yo vengo luchando desde los 20 ó 30 años, porque para mí el teatro tiene esa convicción fascinante que es literatura y es espectáculo.

 

Esto que afirmas se ha debatido mucho…

Cuando alguien me discute, le saco la física cuántica porque no sé si sabes que además tengo veleidades científicas, estoy continuamente indagando en la neurociencia, en la teoría del caos, física cuántica, teoría general del sistema… justamente para salir el espontaneismo de la dramaturgia y someterme a pautas que no sean tan convencionales. La física cuántica nos dice que la luz es onda y es partícula. Eso parece incompatible con la lógica humana pero los experimentos cuánticos lo demuestran. Pues con el teatro es lo mismo, es literatura y tiene una vida que ya tiene muchos siglos de antigüedad, sigue siendo muy fértil y, es espectáculo. Y para mí en eso no hay contradicción. Hay un argumento que yo escucho continuamente y es que la innovación viene única y exclusivamente, eso no lo dicen tan claro, del campo de la puesta en escena, de las tecnologías del espectáculo y de la hibridación del teatro con las imágenes. Como si desde el modesto oficio del escritor o escritora no se pudiera innovar de formas muy radicales. Entonces, reivindico que, desde la escritura la dimensión literaria del teatro ha desafiado la puesta en escena y ha obligado a modificar muchos criterios de la puesta en escena porque era una escritura transgresora, no de las convenciones establecidas. He dicho.

 

Tú que eres docente y dramaturgo, ¿qué te parece que empiecen a denunciarse públicamente casos sobre abusos en escuelas de teatro?

Es un tema controvertido porque yo he sido profesor del Instituto del Teatro durante muchos años y hace relativamente poco ha habido un escándalo que le ha costado el puesto a un profesor. Un tipo muy respetable como profesor y director pero que ha tenido problemas. No me atrevo a posicionarme porque podría caer en los réprobos que toleran, pero yo que viví la época de los años 70 en el Instituto del Teatro había una especie de promiscuidad entre profesores y alumnas, más que profesoras y alumnos, pero que se daba como normal. Otra cosa es el abuso, o el utilizar el poder por otro parte tan relativo, que da el ejercicio de la docencia o de la cátedra para agredir a una muchacha, pero es verdad que las cosas han cambiado desde los 70, 80 y ahora creo que cualquier persona que se respete a sí misma debería tener mucho cuidado a la hora de traspasar esa frontera de profesor-alumna. Desde luego, me parece muy sano que haya una absoluta radicalidad en la condena y en la sanción de eso. También es un tema sobre el que me da mucho miedo generalizar. Ahora creo que es diferente todo y está muy bien que se produzca la alarma del #metoo porque hay motivos para ello.

 

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