Hay esperanza. El mundo se moviliza masivamente contra el necroliberalismo y el tecnofeudalismo. Los estudiantes han tomado las calles de Francia por la educación pública. En España se acampó en la Puerta del Sol por una vivienda digna. Los estudiantes de Albania marchan contra la corrupción. México lucha por el agua limpia y potable. En Nueva Delhi se protesta para salvar la democracia. Y así, hasta en más de 30 países, septiembre y octubre de 2026 parecen haberse convertido en el inicio de la reacción a la ultraderechización generalizada de la política.
Para mí, a día de hoy veterana del 15M, participante en más manifestaciones de las que puedo recordar (entre ellas, una exigua protesta frente al Congreso el día mismo en el que cambiaron la Constitución para priorizar el pago de la deuda pública), esta oleada de reivindicaciones me da FOMO. A la hora de protestar tengo que estar casi literalmente empujando a mis hijos a la cama. Me parece poco prudente meterles en una manifestación si Núcleo Nacional puede aparecer en cualquier momento. No he acampado en Sol, ni voy a hacerlo.
La protesta callejera es esencialmente performativa. Según Judith Butler, la mera agregación de cuerpos en el espacio constituye por sí misma una performance, y en el caso de marchas o manifestaciones, es un dispositivo de ocupación y visibilidad por parte de los cuerpos excluidos de la norma o los recursos. Desde la Revolución Industrial hemos asumido que en el diálogo político, la manifestación en tanto que performance reivindicativa (sin o con teatralización explícita, como las máscaras de Guy Fawkes o los chalecos amarillos) es la avanzadilla de la voz popular.
Pero las madres no podemos performar la protesta. No hay grandes sentadas contra la violencia obstétrica, ni marchas por la dejadez del sistema durante el posparto, pintadas por la lactancia, acampadas por un espacio público habitable por los niños. No hay cánticos para reivindicar ayudas a las familias monomarentales, para ampliar los permisos remunerados por enfermedad de los hijos, para que haya más guarderías públicas. Es incluso, en cierto modo, irresponsable: ¿cómo voy a ir a parar un desahucio? ¿Qué ocurre con mis hijos si yo acabo apaleada o en la cárcel?
No podemos cuidar y performar la protesta a la vez. La realidad del que cuida nunca es el núcleo de la protesta porque los cuerpos que protestan no cuidan, o, al menos, no lo hacen de manera intensiva, solitaria o precaria. El patriarcado se filtra en los temas de la protesta: sanidad, educación, vivienda… son los asuntos de la polis, lo sacrosanto público y verdaderamente importante. Las madres y sus hijos permanecen en lo privado.
Vamos a pensar, por favor, en cómo hacer una performance masiva para que las madres, y para que todos los que cuidan, podamos protestar. Lo digo en serio. Que los cuidados salgan de lo doméstico y, por fin, tomen las calles.