Charlamos con su dramaturgo y director, Juan Mairena, y dos de sus protagonistas, Manuel Moya y María Jáimez, sobre este montaje que desafía lo ‘putrefacto’, rinde homenaje a la amistad y rescata el legado oculto de las grandes creadoras de la Generación del 27.
UN JUEGO Y LABORATORIO DE IDEAS
Como explica el propio director Juan Mairena al introducir el proyecto, la función propone que “nos vamos a colar en la Residencia de Estudiantes en el año 1924, donde Dalí, Buñuel y Lorca llevan a escena una versión muy particular, surrealista, del Don Juan de Zorrilla”. En las paredes de aquella mítica residencia, estos genios dieron rienda suelta a su imaginación para transformar el clásico en un imprevisible juego de provocación, vanguardia, humor absurdo y diversión.
Aquel montaje, en el que también se implicaron figuras clave como Pepín Bello, Moreno Villa, Maruja Mallo y Margarita Manso, cobra vida en el escenario del Fernán Gómez a partir de las huellas que dejaron sus protagonistas: anotaciones manuscritas del propio Buñuel sobre el texto original, cartas, memorias, fotografías y poemas de aquellos años.
EL ECO DE LA BARRACA EN EL VESTUARIO
El cuidado detalle histórico y artístico del montaje se plasma también en su diseño de vestuario, firmado por Guadalupe Valero. Como guiño escénico imprescindible, el vestuario que luce el espectro en la obra es una reproducción exacta del que usó el propio Federico García Lorca cuando interpretó La vida es sueño (de Calderón de la Barca) en su mítica etapa al frente de La Barraca, conectando así el teatro universitario clásico con el delirio vanguardista de los años 20.
JUSTICIA POÉTICA PARA LAS SINSOMBRERO
Mientras ensayaban aquella versión de Don Juan, Salvador Dalí, Maruja Mallo, Margarita Manso y Federico García Lorca protagonizaron un episodio fundacional: al pasar por la madrileña Puerta del Sol, se quitaron el sombrero en plena calle desafiando las estrictas convenciones sociales de la época. Aquel gesto iconoclasta daría nombre, décadas más tarde, al colectivo de mujeres de la Generación del 27 conocido como Las Sinsombrero.
La obra no solo rinde homenaje a la alegría y la libertad creadora de aquella juventud, sino que reivindica con urgencia a creadoras como Maruja Mallo o Margarita Manso. Como destaca la actriz María Jáimez sobre su personaje, “Maruja Mallo era una mujer inteligentísima, con un sentido del humor muy fino, muy agudo, muy irreverente, muy transgresora y con unas convicciones muy rotundas”. Durante demasiado tiempo, la historia oficial las relegó a un segundo plano, reduciéndolas a meras musas; reivindicarlas hoy sobre las tablas mediante esta investigación conjunta del elenco supone hacer justicia poética y devolverles el reconocimiento artístico que merecen.
En este mismo sentido, el actor Manuel Moya reflexiona sobre cómo se aproxima a su rol como Buñuel y el propio Don Juan, señalando que “esta obra me está enseñando a que los clásicos, lo sagrado, se puede tocar; creo que tenemos que devolverlos a nosotros otra vez y hacerlos nuestros”. A través de un proceso de creación muy generoso y horizontal, el montaje actúa como una puerta abierta —en palabras de la propia compañía— a un cementerio de artistas que cobran vida sobre el escenario para demostrar al público actual que aquellos creadores irrepetibles todavía tienen mucho que decir.