El rapero Macklemore ha desarrollado toda su carrera de manera independiente. Tiene una fortuna estimada en unos 25 millones de dólares (a ojo de buen cubero), y el pasado septiembre decidió utilizar ese colchoncito financiero para pedir la liberación de Palestina cuando actuaba como telonero de Ed Sheeran en el MetLife Stadium, en Nueva Jersey. Muchos vitorearon; una parte se molestó y algunos se marcharon.

El problema vino después, cuando los promotores empezaron a cancelar conciertos a Sheeran, poniendo como condición que expulsara a Macklemore de su gira. Macklemore se va, vuelven los conciertos, pero el resto de teloneros se baja del carro en apoyo a Macklemore. Todo esto, para quien no haya seguido la noticia.

Mientras tanto, en un pequeño lugar de Europa llamado Teatro Raval preparaban con ilusión las funciones de Una habitación propia, producida por Clara Sanchís y basada en el libro homónimo de Virginia Woolf. Un montaje que lleva diez años girando por España, del que se ha escrito y hablado (bien) muchas veces. Pues haciendo una campaña publicitaria en Facebook e Instagram, va Meta y bloquea el anuncio alegando que en su plataforma no se puede hablar de política. Alega que entre las acciones no permitidas están “Promocionar publicaciones sobre temas sociales, como los derechos civiles, la reforma económica o el medio ambiente”.

Léelo otra vez. Dice “derechos civiles”. “Reforma económica”. “Medio ambiente”.

Resulta que los popes del medio de comunicación y socialización por excelencia de nuestra era deciden qué temas merecen ser publicitados (previo pago, ¡ojo!) y cuáles no. Y, ¡cáspita!, en lugar de hablar de “apología del fascismo”, “racismo” o “xenofobia”, ¡de lo que no se puede hablar es de derechos civiles!

Si eso lo hacen con anuncios de pago, qué no estará pasando con el algoritmo de publicaciones estándar hechas por paisanos como tú y como yo. Si esto le pasa a un cantante millonario, qué no podrá pasarnos a los demás.

De verdad que quemar contenedores nunca ha entrado en mis planes. Primero, porque es peligroso así, de entrada: una chispa, un poco de aire y la persona que acaba ardiendo eres tú. Esa sería, quizá, mi primera razón para evitar el vandalismo. Pero no acaba ahí: la logística de la barbarie callejera me echa para atrás. Hay que trasladar materiales inflamables, combustible, algo para hacer que todo arda… Yo no tengo coche, me viene mal llevar todos esos trastos en el metro… por no hablar de que si me pillan de camino, en lugar de una heroína popular sería el hazmerreír del barrio. También contemplo, y no es una razón menor, la huella ecológica de hacer arder algo sin ningún propósito específico, por no hablar de la enorme contradicción que supone llevar toda la vida reciclando primorosamente para acabar prendiendo fuego a un contenedor de papel. En definitiva, la forma de protesta más inmediata y visceral ante la injusticia me seduce como idea, pero no como praxis.

Pero hay que hacer algo. Si no se puede pedir justicia en lo macro ni en lo micro, es que tenemos que inventarnos una manera nueva de luchar. No sé, pensemos.

 

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