Una baraja olvidada hace siglos en el Corral de Comedias se ha convertido en la imagen de la 49ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Nadie sabe quién dejó aquellas cartas sobre las tablas, pero Irene Pardo encontró en ese hallazgo una poderosa metáfora para inaugurar una edición construida alrededor del juego, el azar y las decisiones, perfectamente reflejada en el cartel y creatividades diseñadas por Judit Canela. «La vida tiene mucho de azar. Nadie elige las cartas que recibe», recordó durante su discurso inaugural. Lo importante, añadió, es preguntarse qué mundo deja cada generación a quienes vengan después.

Desde esa imagen, la directora del Festival reivindicó una manera de acercarse al Siglo de Oro alejada de cualquier mirada museística. Recordó que la cultura española se ha construido desde el mestizaje y el intercambio entre lenguas y territorios, defendió la diversidad como una riqueza y animó a mirar los clásicos no como un refugio en el pasado, sino como una herramienta para comprender el presente. «Abracemos lo diverso», pidió antes de concluir que «Almagro no sucede al margen de la vida; Almagro es la vida dentro del teatro».

Unas palabras que, como siempre, involucran a los presentes y contagian las ganas de vivir este festival desde la cercanía; abriendo un primer fin de semana que fue, poco a poco, descubriendo algunas de las cartas con las que quiere jugar esta nueva edición.

 

Pepe Viyuela, Premio Corral de Comedias 2026, e Irene Pardo, directora del Festival de Almagro. Foto de Pablo Lorente.

 

VEINTESIS AÑOS DESPUÉS

Horas antes de la inauguración oficial, el Festival vivió su pistoletazo de salida con la presentación a la prensa del Premio Corral de Comedias a Pepe Viyuela. Irene arrancaba el acto recordando que ambos se conocieron precisamente en Almagro hace veintiséis años, cuando el actor llegó al Festival para participar en El alcalde de Zalamea con la Compañía Nacional de Teatro Clásico. «Comenzaba tu idilio con este Festival», recordó la directora, antes de agradecerle no solo todo lo que ha aportado como cómico, sino también «la ternura y la firmeza con la que vives la vida y con la que defiendes también la vida de los demás». Un recuerdo compartido que iba más allá de la anécdota, que hablaba de un Festival que, además de ver crecer muchas trayectorias, es un lugar para el reencuentro. Que nos lo digan a nosotros que, año tras año, lo vivimos como nuestra visita estival a nuestro pueblo, el de todos los teatreros.

Visiblemente emocionado, Viyuela confesó recibir el Premio Corral como un reconocimiento que también mira hacia delante. «Es para siempre», explicó. «Supone un gran honor, pero también un gran compromiso». Porque el teatro, aseguró, nunca ha sido únicamente una profesión. Es «casi un sacerdocio», una forma de relacionarse con el mundo y con el tiempo que a uno le toca vivir.

Esa manera de entender el oficio encontró su mejor reflejo apenas unas horas después, durante la ceremonia de entrega del Premio Corral de Comedias, uno de los momentos más emotivos del fin de semana. Presentada por la periodista Olga Baeza, la velada rompió con la estructura habitual de la laudatio para convertirse en una celebración familiar, construida desde los versos y la música. Su mujer, la actriz Elena González, sus hijos Samuel y Camila Viyuela y su nieta aparecieron por sorpresa para tejer, junto a la arpista Sara Águeda, un homenaje íntimo y profundamente teatral. Más que el reconocimiento a una trayectoria, fue la celebración de una vida entregada al teatro, compartida también en familia que logró emocionarnos a todos los presentes.

 

Escena de El Caballero de Olmedo de la CNTC. Foto de Pablo Lorente

 

UN TEATRO QUE NO ANESTESIA

La conversación con los periodistas terminó convirtiéndose en una de las grandes declaraciones de principios de este primer fin de semana. Viyuela habló del Corral de Comedias como de un «ave fénix» que sigue vivo gracias a todas las historias que han pasado por él. Un espacio donde el teatro continúa reuniendo a personas para imaginar juntas un mundo mejor. Porque, insistió, «el teatro no es un mero entretenimiento. Es un lugar para reconstruir el mundo».

A lo largo de la rueda de prensa regresó varias veces a una idea que parecía resumir su manera de entender este oficio. Cada función desaparece cuando cae el telón, pero deja una huella que permanece en quienes la han compartido. Lo explicó recurriendo a ese «polvo de mariposa que queda entre los dedos después de una función» y que sigue acompañando al espectador mucho tiempo después de abandonar el teatro.

Esa misma responsabilidad atraviesa también su forma de entender la comedia. Frente a un humor concebido como refugio o simple evasión, Viyuela reivindicó un humor que despierte conciencias. «Nunca debe ser narcótico; tiene que ser un humor espabilante», afirmó, antes de definir la risa como «un aguijón» capaz de incomodar, de provocar preguntas y de sacudir certezas. Una herramienta para mirar de frente la intolerancia, las guerras, el autoritarismo o las injusticias sin convertir el escenario en un púlpito. Porque, insistió, «el teatro no es inocente». Es, también, una forma de resistencia.

Su defensa de los clásicos nacía precisamente de ahí, no de la nostalgia, sino de la convicción de que aquellos textos siguen explicando quiénes somos. «Los seres humanos hemos progresado poco en lo que tiene que ver con nuestra conciencia», reflexionó. «Ellos tenían tiempo para pensar cómo éramos y escribieron muy bien lo que somos».

Antes de despedirse, Viyuela dejó también una invitación para los próximos días del Festival. Junto a Rosa León presentará A quién contaré yo mis quejas, los días 10 y 11 de julio; un espectáculo nacido a propuesta de Irene Pardo que recupera el Romancero para poner el foco en las mujeres y en quienes han permanecido en los márgenes de la historia.

 

Escena de R&B de La Dramática Errante. Foto de Pablo Lorente

 

LAS PRIMERA CARTAS

Las primeras cartas de esta partida comenzaron a descubrirse sobre los escenarios durante el fin de semana inaugural.

La Compañía Nacional de Teatro Clásico abrió su participación en el Festival con el estreno de El caballero de Olmedo, la primera dirección de Laila Ripoll desde que asumiera la dirección artística de la institución. Apoyada en una estética romántica, la producción recupera la tragedia de Lope de Vega, siendo la encargada de inaugurar la próxima temporada del Teatro de la Comedia.

Ese estreno encontraba su prolongación en la exposición Lope para todos. Lope de Vega y la CNTC: 40 años de sintonía, un recorrido cronológico por las distintas producciones con las que la compañía ha dialogado con el dramaturgo a lo largo de cuatro décadas. Una mirada que ayuda a entender el momento actual de la CNTC al tiempo que recuerda la estrecha relación que mantiene con el Festival de Almagro.

La programación continuó mostrando los clásicos desde diferentes maneras de ser leídos. Por ejemplo, La Dramática Errante presentó R&J, una revisión de Romeo y Julieta que pone en diálogo el texto de Shakespeare con las distintas formas de entender el amor en la actualidad. Muy distinta fue la apuesta de MIC Producciones con El lindo Don Diego, trasladando la comedia de Agustín Moreto a las playas italianas de los años treinta sin perder la esencia del original.

En el Corral de Comedias pudo verse Laurencia, el texto de Alberto Conejero interpretado por Ana Wagener junto a la guitarra de Antonia Jiménez y dirigido por Aitana Galán. Mientras tanto, el espacio AUREA acogía la ópera china Written in Sound, una propuesta que parecía dialogar directamente con esa reivindicación del intercambio cultural que Irene Pardo había defendido durante la inauguración. Ese mismo espíritu recorre también De ida y vuelta, la nueva propuesta de Plataforma Corral, que permanecerá en cartel hasta el 26 de julio. Con dramaturgia de Laura Garmo y Nacho León y dirección de Cristina Marín-Miró, el montaje imagina el viaje de un autor de comedias del siglo XVII hacia México para convertir el encuentro entre ambas orillas del Atlántico en un juego teatral cargado de humor y poesía.

Ese deseo de seguir encontrando nuevos caminos para acercarse al Siglo de Oro también estuvo presente en la grabación con público del último episodio de la temporada de Las hijas de Felipe. El pódcast de Carmen Urbita y Ana Garrido volvió a convertir el Corral en un lugar para la conversación y la divulgación, ampliando las formas de encontrarse con los clásicos más allá de la representación escénica.

La Plaza Mayor completó ese primer recorrido con Mesón del As de Cachiporras, de Bambolea, encargado de abrir la programación de calle, y El gran final, de Bucraá Circus, dos propuestas que recordaron que durante julio el Festival también se vive fuera de los teatros.

Todavía quedan muchas cartas por descubrir hasta que caiga el telón de esta 49ª edición. Pero el Festival ya ha mostrado parte de su mano, lo suficiente para recordar que, cada verano desde Almagro, los clásicos siguen siendo un juego capaz de despertar preguntas distintas en cada generación.

 

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