Hay una imagen que pone en contexto la forma de entender los procesos creativos y el estilo de vida que lleva la compañía Nao d’amores: La lavadora montada en la calle, la ropa del ensayo de ayer tendida en el tendedero, los talleres en un lado y el espacio sagrado en el otro. Ana Zamora atiende la llamada de Godot desde Revenga, el pequeño pueblo segoviano donde Nao d’amores tiene su sede, y donde lleva semanas concentrada con su equipo en el proceso de creación de Farsa y licencia de la reina castiza, la pieza de Valle-Inclán con la que la compañía debuta en el Teatro Español en coproducción con el propio teatro. A dos semanas del estreno, la directora se encuentra en pleno ajetreo. “Pinta, cose, corta, pega. ¡Qué angustia!”, dice, y se ríe. La dedicación es máxima y la tensión previa al estreno, siempre sucede así, también.

 

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Ana Zamora, directora de Nao d’amores. ©Sergio Parra

 

VALLE-INCLÁN EN LOS GENES

La llegada a Valle no es un giro caprichoso dentro de la compañía. En 2013, Nao d’amores abrió una segunda línea de creación que llamaron ‘Nao d’amores navegando hacia el presente’, en respuesta a la trampa que la propia compañía se estaba tendiendo. “Cada vez que queríamos salir del mundo prebarroco, del medievo, del Renacimiento, teníamos que trabajar fuera. Era casi como querer ser mercenario de otros para hacer todo tipo de repertorio”, explica Zamora. La solución no fue abandonar el Siglo de Oro, sino construir un espacio paralelo desde el que asomarse al siglo XX sin renunciar al rigor ni al equipo. De ahí nacieron producciones como Penal de Ocaña o la lorquiana Retablillo de Don Cristóbal.

Pero es que Ana a Valle lo ha tenido cerca desde mucho antes de que Eduardo Vasco la llamara. Su abuelo -el filólogo, académico y escritor Alonso Zamora Vicente- fue, en palabras de la propia Zamora, uno de los que mejor entendió el esperpento en su momento de auge; su discurso de entrada en la Real Academia fue precisamente un análisis de Luces de Bohemia. Incluso ella misma tuvo su primer contacto profesional con el autor con Avaricia, lujuria y muerte, espectáculo del CDN que codirigió a finales de la década pasada junto a Salva Bolta y Alfredo Sanzol. Así que, cuando se puso a repasar con Vasco qué títulos podrían encajar en la lógica del Español para su nueva temporada, la elección no tardó: “Vamos a por Valle-Inclán”.

La apuesta tiene además algo de reivindicación cultural. Zamora lamenta que incluso un autor de la dimensión de Valle-Inclán haya quedado reducido, para buena parte del público, a un pequeño puñado de títulos. “El gran público conoce Luces de Bohemia, las Comedias bárbaras y poco más”, señala. Por eso considera especialmente valioso que un teatro como el Español aproveche para proponer recorridos menos transitados por el repertorio. En ese sentido, Farsa y licencia de la reina castiza no es solo una nueva producción, sino también una invitación a descubrir una faceta menos frecuentada de uno de los grandes dramaturgos de la literatura española.

 

Imagen de escena de Farsa y licencia de la reina castiza de Nao d’amores. ©Alonso Zamora Canellada.

 

UN TRIPLE JUEGO DE ESPEJOS

Más allá de este empeño por visibilizar y ampliar el repertorio español, la elección de poner en escena Farsa y licencia de la reina castiza contaba con un atractivo doble. Por un lado, el juego formal del género, esa tradición de la farsa que conecta directamente con el trabajo de la compañía sobre el universo prebarroco. Por otro, la carga política, que Zamora reconoce como urgente. “Era un juguete perfecto para jugar en serio”.

Paula Iwasaki en Farsa y licencia de la reina castiza de Nao d’amores. ©Alonso Zamora Canellada.

En realidad, el encuentro con Valle-Inclán no es tan inesperado como podría parecer. Buena parte de las investigaciones escénicas de Nao d’amores han girado durante años alrededor de la farsa, los mecanismos de representación popular y las convenciones alejadas del naturalismo. “Yo he trabajado mucho sobre la farsa renacentista, que queramos o no es el punto de partida de lo que va a venir después”, explica Zamora. Desde esa perspectiva, la llamada ‘farsa de muñecos’ de Valle no supone una ruptura con el camino recorrido por la compañía, sino un nuevo lugar dentro de una misma búsqueda. “Tiene algo de esa ruptura contra el gran naturalismo del XIX y del XX, que tiene mucho que ver con las investigaciones escénicas que hemos hecho nosotros en los últimos años”.

Más que abandonar un territorio conocido, Nao d’amores parece ampliar sus fronteras para seguir explorando las posibilidades de un lenguaje teatral basado en la convención, el artificio y la capacidad crítica de la representación. La obra retrata la corte de Isabel II, pero Valle la escribió para hablar de su presente, del reinado de Alfonso XIII. Un siglo después, Nao d’amores la estrena para hablar del nuestro, como un triple juego de espejos que nos apela de manera muy directa. “Detrás de este farsón de muñecos y de este jolgorio que monta, hay una crítica que intenta cambiar un país que no solamente está mal por toda la corrupción, sino que es la propia sociedad entera la que está sustentando esta situación. Antes de ayer, ayer y hoy”. La crítica a los Borbones está, reconoce, “¡cómo no va a estar!”. Pero quedarse ahí, según la directora, sería reducir a Valle a lo conocido y fácil. Hay en él, recuerda Zamora, un afán regeneracionista que no hay que perder de vista, como es el hecho de ser un hombre del 98, “con todo lo que eso conlleva”.

 

MÁS ALLÁ DE LA FANTOCHADA

La gran dificultad no ha sido el peso ideológico sino encontrar el tono de este texto. “Normalmente, uno suele encontrarlo bastante pronto. A mí con esta me ha costado, me ha costado ir descubriendo realmente lo que Valle propone más allá de lo que uno lee en la primera lectura”. El riesgo principal era quedarse en la superficie sin ver la crítica que lo sostiene. Y había otra tentación, la de traer el texto al presente de forma literal. “Uno cuando lee la obra, evidentemente lo primero que lee, con el chantaje de las cartas de Isabel II, son los chantajes de los casetes de Bárbara Rey. Pero yo hago poesía por encima de todo. Quiero que eso resuene en la mente del espectador, pero no en lo que yo pongo sobre las tablas”.

Escénicamente, seis intérpretes -Miguel Ángel Amor, Paula Iwasaki, Alejandro Pau, Aisa Pérez, Rafael Ortiz e Isabel Zamora- dan vida a catorce personajes dentro de un juego de objetos con un gran espíritu titiritesco que, sin embargo, no deriva en espectáculo de títeres. “El peso del texto es imprescindible, es la gran dificultad, la palabra de Valle, y eso no se puede poner al servicio de un muñeco”.

Zamora no ha querido ver ninguna de las puestas en escena anteriores -”si lo veo me contagio y termino copiando a otros”-, pero sí me cuenta, a modo de curiosidad, que el primer intento de estrenar esta misma obra fue de Rivas Cherif en el propio Teatro Español, una propuesta con formato de teatro musical. De hecho, se llegó a contactar con Falla para que le pusiera música. Una anécdota que confirma la vocación musical de la obra y que conecta con la personalidad de la propia compañía, que en esta ocasión se inspira en las grandes músicas de la época isabelina. “Al final nos cuenta la historia de una reina que desatiende el país porque está empeñada en ir a bailar”, una idea que ha llevado a Zamora a crear “una especie de gran baile de candil” que retrata esa España de pandereta que sobrevuela nuestra historia.

 

©Alonso Zamora Canellada

 

TOMARSE EL TIEMPO PARA CREAR

Como decíamos al comienzo, todo este trabajo se desarrolla en el pueblo segoviano de Revenga, donde la compañía tiene su sede y donde los actores llevan concentrados desde principios de mayo. Allí los tiempos son otros. “Fuera de la locura madrileña de cojo el metro, voy, subo, bajo. Aquí tenemos otros tiempos. Algo de esta tranquilidad, de esta ruralidad que vivimos aquí, se proyecta en nuestros espectáculos. Esto es como estar en familia. Es absolutamente gozoso. Es una manera mucho más humana de trabajar”.

Esa forma de creación, a fuego lento y en equipo, también explica la relación de Nao d’amores con el riesgo. Lejos de acomodarse en fórmulas probadas, Zamora reivindica la necesidad de seguir explorando. “Los equipos artísticos estables tienen que permitirse darse tortazos de vez en cuando. Porque si vas al éxito asegurado, no creces, no aprendes.” Y en un arrebato de sinceridad me dice: “A estas alturas creo que sé cómo se hace un exitazo, pero no hago teatro para eso. Lo interesante es el riesgo -y concluye sonriendo-, por eso estamos que nos tiembla las canillas”. Lo importante, sostiene, no es repetir una fórmula: “Los espectáculos cuando se hacen con coherencia y con rigor son buenos. Y, a veces, salen gloriosos. Esperemos que en este caso sea de los buenos buenísimos”, dice la directora, casi para sí misma.

Como es ya habitual, antes de llegar al Teatro Español, Farsa y licencia de la reina castiza tendrá una primera parada ante los vecinos de Revenga. La prueba decisiva para Zamora. “Yo sé que el público madrileño tiene un perfil alto burgués, que si no lo entiende disimula. Pero a mí me interesa el español de base”. Y reflexiona desde dónde adentrarse en sus propuestas: “Quizá no haya que entenderlo intelectualmente, pero sí corporalmente. Todo espectador que venga a ver un espectáculo de Nao d’amores sabe que no le van a tomar el pelo”.

Para esta compañía el estreno nunca es el punto de llegada. “Este espectáculo va a ir madurando en el Español -dice Zamora-. Me pasó también cuando monté el ‘Cristobita’ de Lorca. Estrenas y dices ‘qué de camino a recorrer hasta que todos entendamos qué es lo que hemos construido’”. Y tiene claro que con Valle pasará igual. “Es muy grande y no paras de descubrir cosas en el último momento. Aunque ahora estoy en ese momento en el que veo que hemos ido por buen camino y eso me tranquiliza”. Y con esa mirada optimista nos despedimos, que los actores llegan a las cuatro para continuar con los ensayos, y aún hay remates que solucionar.

 

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