Jaca de Murano nace de la certeza de que la juventud debe atravesar un espacio y un tiempo que no le pertenecen hasta crear o habitar uno propio. Como jóvenes habitamos un espacio ajeno, ya sea la casa de nuestros progenitores o una sociedad creada por anteriores generaciones. Nuestra era está construida y diseñada por los que nos precedieron, el resultado de los actos de nuestros mayores y de todos los que ahora localizamos en la edad adulta. Generaciones que también fueron jóvenes y revolucionaron el espacio que otros les dejaron construido para crear este por el que ahora nosotras navegamos.
¿Cómo creamos nuestra revolución? Aquí nace el rugby. El rugby como deporte colectivo, aparentemente violento, disruptivo y primario, un deporte que en realidad encierra una logística y complicación que se comprende únicamente al jugarlo. ¿Cómo jugamos al rugby en este lugar que no nos pertenece ¿Cómo creamos el campo de rugby en el salón de casa de nuestros padres, de nuestros abuelos?
Aparecen cuatro jugadores cargados con aquello que les recuerda quiénes son, de dónde vienen. Estos jóvenes que nunca serán tan jóvenes construyen un campo de rugby en el teatro. Con su DNI, la foto de carnet de su novio, su CV, el vestido de novia de su madre. Crean el espacio de juego en el que se dará su partido. Un partido único que huele a naftalina y suena a raggaeton. Y desvelan una equipación. Y juegan a rugby, con todas sus reglas hasta que ya no sea posible sostenerlas.
La obra se sitúa en un espacio que remite a los salones de los abuelos, donde todo es cuidado y frágil, pero aquí se desafía esa fragilidad. El espacio trata de conformar esos límites de generaciones anteriores que contienen a las nuevas. El contraste entre lo que es valioso y lo que es rudo, lo que se preserva con mimo y lo que se juega sin reservas.


