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El jardín quemado, revisando las sombras del pasado

  • mayo 25, 2026
Por Ka Penichet

"El jardín quemado está cargado sobre la idea de que vivimos encima de un cementerio, sobre muertos inocentes."

Veinticinco años después de su publicación, El jardín quemado vuelve a los escenarios con Juan Mayorga al frente de la dirección. El montaje se estrenará en el Teatro de La Abadía de Madrid, donde permanecerá en cartel del 27 de mayo al 5 de julio de 2026. El autor recupera así uno de sus textos más incómodos y sugerentes, escrito a finales de los noventa, cuando muchas de las preguntas sobre memoria y pasado reciente apenas empezaban a abrirse paso en el debate público.

La obra sitúa al espectador en el sanatorio psiquiátrico de San Miguel. Durante la guerra, varios hombres sanos fueron internados allí sin una explicación clara y, décadas después, una joven doctora regresa para esclarecer lo ocurrido. A partir de ese punto, la obra abre un territorio ambiguo en el que se cruzan la política, la ética y la imaginación como forma de resistencia o de refugio.

En ese contexto, Adriana Ozores y Loreto Mauleón encarnan a Garay y Benet, dos mujeres formadas en una misma tradición que observan aquel pasado desde lugares opuestos. Junto a ellas, el reparto cuenta con Jesús Barranco, Miguel Hermoso, Joserra Iglesias y Mariano Llorente, intérpretes que dan vida a un universo donde los límites entre víctima, testigo y responsable se desdibujan.

Hablamos con Ozores y Mauleón sobre el proceso de ensayos, la vigencia del texto y la forma en la que la obra sigue interrogando al presente desde una escritura que rehúye las respuestas cerradas.

 

Foto de portada: Javier Naval

La pieza enfrenta a dos mujeres formadas en la misma tradición médica y ética, pero que llegan a conclusiones opuestas. ¿Os interesa leer la obra también como una disputa entre dos modelos de responsabilidad pública?

Loreto Mauleón.- Yo lo he enfocado como un dilema moral, más que como una responsabilidad pública. Quizás, esa responsabilidad que mencionas pueda ser una consecuencia, pero yo lo he entendido como un dilema moral más allá de la profesión de ambas, más allá de de dónde provienen o, al menos, esa es mi sensación. Es verdad que son dos personajes con muchas similitudes, de generaciones diferentes, pero que tal vez podrían ser la misma persona, Garay, en otra época y más joven, podría identificarse mucho con Benet y viceversa. Ese paso del tiempo hace que la situación que han vivido les genere conflictos diferentes.

 

Adriana, tu personaje encarna una de las zonas morales más incómodas del teatro contemporáneo; alguien que quizá salvó y quizá destruyó al mismo tiempo. ¿Cómo se interpreta a un personaje que se resiste constantemente al juicio?

Adriana Ozores.- No es que se resista constantemente al juicio, la gracia del texto está en que no hay juicio. En un momento dado te toca tomar decisiones que seguramente van a ser injustas para otros, que pueden ser parte de la barbarie de la guerra civil, pero que bueno, que seguramente según qué situaciones extremas y no necesariamente sólo en una guerra, te toca tomar. Que eso luego es condenable, seguramente también, pero es la vida, ¿no?

 

¿Te interpela personalmente esa idea de que el tiempo no siempre aclara las cosas, sino que a veces las vuelve más ambiguas?

A. O.- Totalmente, creo que nos debería interpelar a todos teniendo en cuenta que el recuerdo es bastante ambiguo, no certero, torticero y ventajista hacia nosotros. Es muy bonito el planteamiento de Mayorga, de no darle credibilidad absoluta a nadie, en este caso, a nadie de los personajes de la obra, ni siquiera a los supuestamente “locos”.

 

Las actrices Loreto Mauleón y Adriana Ozores junto al dramaturgo y director Juan Mayorga. Foto de Javier Naval.

 

Loreto, Benet llega con el impulso regenerador de una nueva época, convencida de que transparencia y reforma bastan para reparar el daño. ¿Cómo evitar convertirla en una heroína ingenua o en una tecnócrata arrogante?

L. M.- Lo que siento todo el tiempo es que ella llega con esa energía y, al mismo tiempo, con cierta falta de experiencia propia de un momento vital determinado. No quiero decir con eso que la juventud no tenga experiencia, porque alguien muy joven puede haber vivido muchísimo, pero sí que Benet aparece con una fuerza renovadora y también con una parte inconsciente, o de desconocimiento, que es precisamente lo que choca con Garay. De ahí surge un personaje muy complejo, creo que para las dos partes, porque todo está lleno de grises y nada es blanco o negro. Ella se encuentra con los conflictos que provoca en Garay, pero también con los que despierta en sí misma.

 

¿Y reconoces algo personal en esa necesidad de ir hasta el fondo, incluso cuando la verdad puede ser devastadora?

L. M.- Me gustaría reconocer en ella la contradicción porque siento que es algo muy humano y que todos estamos ahí. A veces llegas con una idea muy clara y, de pronto, todo se tambalea. En ese sentido, puedo sentirme identificada en ciertos momentos, como cuando no quieres ver algo y resulta más fácil huir hacia adelante aferrándote a la idea que ya tienes.

Pero también me gustaría, como persona, ser capaz de abrirme y de poner en cuestión mis propios principios constantemente. Al final, esta obra es muy poderosa. Llevo dos semanas de ensayos, además de todo el tiempo que he trabajado el texto en casa, y cada vez que entro en la sala me encuentro con un dilema o un conflicto nuevo. Todo eso me está sirviendo mucho a nivel personal, porque te obliga a colocarte en lugares muy distintos. Y, en el fondo, creo que ese es uno de los grandes objetivos del teatro.

 

¿Hay algún gesto, frase o contradicción de vuestros personajes que os haya incomodado especialmente porque os toca de cerca como personas?

A. O.- Voy a defender a mi personaje a muerte; es lo que nos toca. Si como actriz no entras en el lado oscuro o malo te estás defendiendo a ti misma y no al personaje. Por lo tanto, creo que esa apertura a la cara B, al lado oscuro de la vida, hay que tenerla siempre. El teatro, y el mundo de la interpretación en general, como seguramente cualquier otra disciplina artística, te da esa oportunidad. En la vida no siempre nos lo podemos permitir, pero en la ficción poder transitar ese infierno, o esos infiernos, es interesantísimo. En definitiva, lo que estamos haciendo es encarnar la condición humana. Así que, cuanto antes entiendas que esta profesión va de eso, de implicarte y mojarte, mejor. El sanatorio funciona como metáfora política, pero también como espacio mental. ¿Han trabajado la obra más desde el realismo histórico o desde una dimensión alegórica y casi onírica?

L. M.- Yo diría que un poco de todo, una mezcla de las dos cosas. En mi cabeza conviven ambas dimensiones. También es verdad que llevamos muy poco tiempo de ensayo y todo está todavía germinándose. Supongo que irá evolucionando, así que seguimos explorando todas esas capas. Siento que la obra mezcla muchos planos, porque también hay una parte de teatro dentro del teatro. Ese sanatorio contiene distintas realidades y, por eso, creo que hay muchas capas superpuestas.

 

Juan Mayorga suele confiar en la inteligencia del espectador. Como intérpretes, ¿qué tipo de exigencia precisa?

L. M.- Creo que es un texto muy exigente, pero yo también confío mucho en el espectador. A veces pensamos que algo no va a llegar o que no se va a entender, y la gente sorprende mucho. Hay que confiar no solo en la inteligencia del espectador, sino también en su sensibilidad, en su memoria y en la experiencia personal de cada uno. Hay algo más interno que se trata de confiar en que el texto llegará de una manera u otra.

Además, cada espectador va a entender algo diferente, y la obra también trata de eso. No pretende lanzar una única idea ni adoctrinar en ningún sentido, sino permitir que cada persona interprete y saque sus propias conclusiones, que es lo verdaderamente interesante. Aquí hay muchísimas lecturas posibles, y será muy interesante escuchar después al público y saber cuál ha sido su sensación, su mirada o su verdad. Porque, en realidad, hay tantas verdades como espectadores. Ninguna tiene por qué ser la única correcta. Como en la vida misma.

 

Debe ser como cuando ves un TikTok que plantea un conflicto en el que parece evidente cuál es el sentido común imperante pero cuando bajas a leer los comentarios, te das cuenta de que lo que a ti te parece de sentido común para otras personas es justo lo opuesto…

L. M.- Total, eso es super interesante porque la realidad de cada una de nosotras es diferente y, por tanto, todo afecta de forma diferente a cada persona.

 

Elenco al completo de El jardín quemado de Juan Mayorga. Foto de Javier Naval.

La obra abre debates muy contemporáneos, pero evita dar respuestas cerradas. ¿Diríais que uno de los grandes aciertos de Mayorga es convertir al espectador en juez activo del conflicto?

A. O.- Hombre, yo creo que lo que a mí más me ha interesado del teatro de Juan, y en este caso de nuestro Jardín Quemado, es que se trata de un texto metafórico, simbólico; no es un texto realista, ni tampoco lo estamos abordando desde interpretaciones realistas. Es una obra en la que el espectador es co-creador de lo que sucede sobre el escenario. No se le ofrecen respuestas cerradas, es el espectador quien tiene que hacer un gran trabajo de pensamiento, plantearse preguntas, responderse a sí mismo y, después, salir comentándolo: “yo creo esto”, “yo creo lo otro”. Es un espectáculo muy dinámico en su relación con el público.

 

Ambas encarnáis generaciones distintas dentro y fuera de la ficción. ¿Ha surgido en los ensayos una conversación real sobre cómo mira cada generación el pasado, la autoridad o la idea de progreso?

L. M.- La verdad es que sí. De hecho, surgió precisamente al hablar de cómo se recibirá la obra. Cómo la verá una persona joven que tal vez no conoce tanto la historia de este país ni determinados contextos históricos. Es verdad que la obra no está situada de forma explícita aquí. Aunque haya elementos que nos resuenan claramente, podría extrapolarse a muchísimos lugares. Esa isla puede estar donde cada espectador quiera situarla. Pero, de pronto, piensas cómo puede recibir una persona de veinte años este tipo de conflicto, y eso nos ha llevado a muchas conversaciones. Decíamos que no tiene nada que ver lo que puede recibir alguien de sesenta años con lo que reciba alguien de veinte, y eso resulta muy interesante. En este caso, casi todos pertenecen más o menos a la misma generación, excepto yo. Pero tampoco tengo veinte años, así que quizá conservo algo más de memoria colectiva. No recuerdos directos, pero sí cierta memoria heredada. Tal vez por eso me siento, en algunos aspectos, más cerca de ellos que de las ideas que puede tener hoy alguien de veinte años.

 

¿Qué estáis descubriendo en los ensayos sobre cómo dialoga el Mayorga director de 2026 con el Mayorga autor de 2001? ¿Hay zonas del texto que hoy le interpelan de otra manera?

A. O.- No sé si hay zonas del texto que hoy a él le interpelan de otra manera. Bueno, en realidad nos interpelan a todos de otra manera. Ya no estamos en la época de la Transición, y eso introduce una vuelta de tuerca que me parece muy interesante. Si hoy lleváramos este texto creyéndonoslo todo a pie juntillas, sería ingenuo. En aquella época el contexto era otro; han pasado muchos años y el mundo ha cambiado muchísimo. Lo interesante está precisamente en la reinterpretación de los textos desde el presente. No significa cambiarlos, sino encontrarles un sentido nuevo y hacerlos llegar a los espectadores de hoy.

 

De hecho, originariamente tu personaje lo encarnaba un hombre. ¿A qué responde este cambio?

A. O.- Exacto, creo que los dos personajes eran hombres. Después Benet acabó siendo una mujer y, finalmente, Garay también lo ha sido. La pregunta es ¿por qué esta historia tenían que contarla dos hombres? Ya era hora de plantear que la contaran dos mujeres. Estamos en un momento histórico en el que también somos las mujeres quienes contamos la historia. El otro día pensaba que en aquella época era impensable entregar estos personajes a dos mujeres. Hoy, en cambio, no solo es posible, sino que responde a una sensibilidad distinta y a una necesidad artística evidente. ¡Qué cambio tan grande ha habido! En aquel momento era inimaginable que un director dijera: “Estos dos personajes masculinos los van a interpretar dos mujeres”. No se lo planteaban ni los hombres ni las propias mujeres.

 

La obra plantea una pregunta brutal, si una mentira protege a alguien, ¿sigue siendo condenable? En vuestro fuero interno, ¿os descubrís entendiendo a Garay más de lo que esperabais?

L. M.- Sí. Yo no me atrevo a decir si eso es condenable o no. Creo que habría que verse en una situación así para poder afirmarlo con rotundidad. Benet juzga a Garay en muchos momentos precisamente porque ella no estuvo en ese lugar ni vivió aquel contexto. Y creo que ahí aparece, lo que comentaba antes, cierta falta de experiencia respecto a una realidad que desconoce, lo que la lleva a juzgar algo que no ha vivido. Eso es una de las cosas que más me llevo de la obra. Además, estamos en un momento social en el que juzgamos constantemente todo lo que hacen los demás. Parece que cualquier error, por pequeño que sea, queda inmediatamente señalado. Y muchas veces sientes que no puedes dudar en tu respuesta, porque la duda también será juzgada. A mí eso me da miedo. Me parece terrible. Conforme vives, cambias de opinión, y yo quiero seguir cambiando de opinión. Esta obra me hace plantearme muchas cosas y, de alguna manera, me da permiso para dudar. Y eso me parece valiosísimo.

 

Loreto Mauleón y Adriana Ozores en el El jardín quemado. Foto de Javier Naval.

 

Compartís escena con actores muy sólidos y con trayectorias muy distintas. ¿Qué tipo de compañía se está formando en los ensayos?

A. O.- Se está formando una energía maravillosa de una confianza absoluta. Te quedas encandilada viendo trabajar a tus compañeros. Hay una gran solidez profesional, claro, pero no es solo una cuestión de solvencia, también lo es de inteligencia y de generosidad. Esa es la clave. Cuando todo el mundo tiene ese talante, el trabajo se vuelve algo muy hermoso. Con un equipo así, sientes que gran parte del camino ya está recorrido. A mí me apasiona el trabajo de ensayos, y hacerlo rodeada de compañeros así es un privilegio.

L. M.- Me encanta que preguntes esto, porque es verdad que Adriana, y yo probablemente, acaparamos la palabra en las entrevistas, pero detrás hay un equipo fundamental. En este caso, como somos quienes más tiempo estamos en escena, nos toca hablar más, pero la realidad es que está siendo un trabajo profundamente grupal. Sin ninguno de los otros cuatro actores no podríamos hacer nada. Son intérpretes estupendos, muy distintos entre sí, y están construyendo unos internos maravillosos. Ese personaje colectivo tiene una potencia simbólica enorme. Sin ellos, el sanatorio no existiría; nosotras no significamos nada si ellos no están ahí sosteniendo ese mundo. Además, cada uno tiene un personaje muy definido, con características muy concretas, y la verdad es que estamos haciendo un equipo precioso. Estoy muy contenta y aprendiendo muchísimo de todos ellos.

 

Si vuestros personajes debatieran hoy sobre salud mental, instituciones cerradas, tutela del Estado y autonomía individual, ¿quién creéis que tendría más argumentos y en qué estaría peligrosamente equivocada cada una?

L. M.- Me parece una pregunta dificilísima. Siento que tendrían que llegar a un entendimiento, porque ninguna de las dos posee la verdad absoluta. Ahí reside, precisamente, parte de su error: querer llevar hasta el final una idea propia sin aceptar matices. Si las trajéramos al mundo de hoy, se encontrarían en una situación muy parecida a la de entonces. Y eso, como sociedad, no nos deja en muy buen lugar. Es una pregunta que obliga a plantearse seriamente qué estamos haciendo.

 

Después de convivir con esta obra, ¿os ha hecho revisar alguna certeza personal sobre la memoria, el perdón o la necesidad de juzgar el pasado?

L. M.- Siento que sí, sinceramente. Incluso estando allí, trabajando la obra, me obliga a revisarlo todo. Me obliga a ponerme en duda. Y eso a veces da miedo, pero creo que es muchísimo más interesante que no dudar, que no cuestionarse nada. Si no ocurriera eso, no le encontraría sentido.

A. O.- Para mí es muy importante la recuperación de nuestros muertos, de los olvidados, de todos aquellos a quienes se alude en la obra. Me parece algo básico para una verdadera reparación. Todo el texto está cargado sobre la idea de que vivimos encima de un cementerio, sobre muertos inocentes.

 

En tu caso, Adriana, ¿te ha hecho más reconfirmarte sobre algo que ya pensabas que revisarte?

A. O.- Claro, es un texto con el que yo puedo comulgar, al cien por cien. La dirección de Juan es muy acertada, pero ya te digo, ¿a quién le suena extraño la memoria histórica y nuestros muertos? Hoy en día a nadie.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

Adriana Ozores, El jardín quemado, Jesús Barranco, Joserra Iglesias, Juan Mayorga, Loreto Mauleón, Mariano Llorente, Miguel Hermoso, Teatro de La Abadía
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