Convocar a Antonio Zancada, Natalia Hernández y Raquel Cordero en la cantina del Teatro del Barrio para este encuentro no es fruto de la casualidad, además de estrenar su nuevo espectáculo, Paramnesia, en este espacio, también forma parte sus trayectorias, de proyectos pasados y recuerdos compartidos. Desde Segunda mano, espectáculo en el que participaron siendo alumnos de la RESAD, la mítica Estúpida -¡¡Cristinitaaaa!!- o Zanahorias, un exitazo que volverá a salir en algún momento de esta conversación, son motivos más que suficientes para que esta charla tenga lugar aquí, reunidos, reencontrados y, por qué no, renacidos.

 

VEINTE AÑOS DE COCINADO

Tras haber parido Mil Clases de Amor, Estúpida, Galletas, Zanahorias, Inaudita o Cuentos Surrealistas para Mujeres Reales, entre otros títulos, Antonio se ha pasado catorce años sin estrenar un texto nuevo. Pero esto no quiere decir que estuviera parado, quien lo conocemos sabemos que eso es imposible. Paramnesia comenzó a escribirse hace casi dos décadas, pero durante años la idea quedó suspendida, siendo germen de otros textos y variaciones, hasta que el tema terminó por encontrar su forma definitiva.

A grandes rasgos, y sin querer desvelar demasiado, en Paramnesia nos encontramos a cuatro personajes -interpretados además de por Zancada y Cordero, por Inge Martín y Ariana Martínez- atrapados en un bucle dentro del purgatorio, allí se enfrentan a una historia fragmentada que se repite sin resolverse. Enfrentados a recuerdos, secretos y versiones cambiantes de sí mismos, entre lo real y lo imaginado, todos -incluido el público- tendremos la posibilidad de reescribir el pasado para poder escapar.

 

Antonio Zancada en Paramnesia.

LA MUERTE COMO CELEBRACIÓN

“Lo que te mata en un momento es la razón por la que sigues viviendo”, esta frase articula y explica la génesis de Paramnesia. Zancada comenzó a reflexionar sobre la muerte tras el fallecimiento de su madre. “Había momentos en los que me acordaba de ella y no eran desde la pena, sino desde la celebración”, explica y desde ahí nació quiso hablar de la muerte, como parte inevitable de la condición humana.

Igual sucede con Raquel Cordero, quien ha convivido durante años con una enfermedad que la ha obligado a replantearse su vínculo con el tiempo y el escenario. “Tengo una relación muy cercana con la muerte, porque he tenido que asumir que puede estar más cerca de lo que pensamos”, explica. Por eso, para ella volver al teatro con Paramnesia es también una forma de celebración. “Cada ensayo es un regalo”.

Pero que el peso del tema no nos confunda. “La función habla de la muerte, pero no desde el drama, sino desde el divertimento -explica Natalia Hernández- Es una fiesta sobre la muerte”. Paramnesia deja lo solemne y lo religioso a un lado para moverse entre el humor, la ironía y el melodrama, señas inconfundibles de la compañía. Este será un purgatorio para todos, incluido el público. Un lugar donde se revisa el pasado, se confiesan los errores y, sobre todo, se intenta asumir la propia historia, pero desde el asombro, el absurdo y cierto mamarracheo. Para Zancada, la comedia no es una vía de escape, sino una forma de enfrentarse a la verdad. “Hay momentos muy bestias en la función -advierte-. Pero el humor permite mirarlos de frente”.

 

La actriz y directora Natalia Hernández.

UN CAMBIO DE ROLES

La creación de Paramnesia también ha supuesto un cambio de dinámica dentro de la compañía Equilicuá. Zancada, que habitualmente ha escrito y dirigido sus propios textos, esta vez ha dado un paso a un lado dejando la dirección en manos de Natalia Hernández. Una decisión que ha surgido de la confianza acumulada durante décadas de trabajo conjunto. “Nos conocemos desde hace más de treinta años”, explica Natalia.

“Ceder el control del texto y estar delante como actor es otra posición completamente diferente”, confiesa Antonio. Sin embargo, también reconoce que contar con una mirada externa que comparte su universo creativo ha sido fundamental. “Yo lo que estoy haciendo es poner orden, claridad y una atmósfera al texto que Antonio ha escrito”, añade Natalia, insistiendo en que el objetivo principal es que el público entre en el juego del espectáculo. “Mi trabajo es que la historia llegue de forma clara y divertida”, explica y con un objetivo completamente claro: “Quiero dirigir cosas que, a mí, como espectadora, me gustaría ver en el teatro”.

 

DIVAS, SERIE B Y CABARET

Aquí el purgatorio funciona como un espacio teatral en sí mismo. Un maestro de ceremonias -interpretado por Zancada- presenta pequeños episodios de la vida de los personajes, que se convierten en espectáculo para el público. El resultado es una mezcla de géneros y referencias que atraviesa la obra. Antonio reconoce abiertamente las influencias que han alimentado su imaginario, que van desde el cine de serie B, pasando por el cabaret, hasta desembocar en el melodrama clásico o el universo del cine de culto. “Están mis influencias más bestias -admite-. Hay algo de Sunset Boulevard, de Opening Night, de Eva al desnudo, de The Rocky Horror Picture Show… todo eso está ahí”. Pero lejos de copiar esas referencias, el autor las utiliza como punto de partida para construir un universo propio.

El personaje de Graciela Morí, interpretado por Raquel Cordero, sintetiza bien ese cruce de estilos, se trata de una actriz de culto de ciencia ficción, heredera del cine del destape y de las divas del Hollywood clásico, como si Gloria Swanson hubiera sido dirigida por Roger Corman en Barbarella. Una figura excesiva, narcisista y trágica al mismo tiempo. “Es alguien que necesita el reconocimiento como si fuera oxígeno -explica Cordero-. Vive desesperadamente pendiente de que la miren, la admiren o la aplaudan”. El personaje se mueve constantemente en la frontera entre lo trágico y lo camp. Ese equilibrio, entre la emoción y el exceso, es uno de los motores del espectáculo.

 

EL ARTE DE LO PRECARIO

Aunque la obra nace en un contexto de producción modesta, el equipo insiste en que la precariedad no está reñida con la ambición estética. Hernández define el montaje como una experiencia visual muy cuidada. “Para mí el teatro también es arte plástico. Me gusta que el escenario sea como un cuadro”. No en vano el vestuario es de Guadalupe Valero, la escenografía de Rocío Barreto o el espacio sonoro de Juan Manuel Latorre forman parte de un universo escénico que mezcla lo kitsch con lo elegante. Un dato, curioso: Paramnesia iba a ser un musical.

Parte del humor de la obra nace precisamente de ese contraste, el personaje de Graciela Morí rueda sus propias películas de serie B con medios precarios, convencida de estar trabajando en una gran superproducción. “Grababa en su propia casa porque no tenía dinero para un plató”, explica la directora entre risas. Esa mezcla entre ilusión y precariedad se convierte en una metáfora del propio oficio teatral.

 

La actriz Raquel Cordero es Graciela Morí en Pamnesia.

REIVINDICAR Y DESROMANTIZAR

Por ello la conversación deriva inevitablemente hacia una reflexión más amplia sobre el estado del teatro y las dificultades estructurales que atraviesa el sector.

De hecho, el personaje de Graciela, una artista que nunca recibió el reconocimiento que merecía, es una especie de alter ego del propio autor, quien siempre ha señalado la complejidad para abrirse camino dentro de esta profesión en nuestro país. Precisamente el año pasado viajó a México para presentar Zanahorias, su texto más celebrado internacionalmente -se ha estrenado también en Puerto Rico y Nueva York- ; allí se le aplaudió y reconoció como autor, pero al regresar volvió a darse de bruces con la realidad del sector en nuestro país, llevándole a plantearse la posibilidad de marcharse e intentar abrirse camino allí. No tanto como una ruptura con el panorama español, sino como una búsqueda de espacios donde su trabajo pueda crecer con mayor respaldo institucional y artístico. “En Madrid no hay riesgo. Llega un momento en que todo tiene que ser medianamente comercial, si no, no tiene cabida”.

Para Natalia, el problema es estructural. “En España hay muchísimas compañías pequeñas que están desapareciendo porque no hay una ayuda real a la cultura -señala-. Siempre se programa el mismo tipo de teatro, las mismas personas… Y mientras tanto hay muchísima gente haciendo cosas muy interesantes que se queda fuera”. A esa situación se suma la percepción del precio de las entradas que apunta Raquel: “La gente es capaz de pagar cincuenta o sesenta euros por un musical, pero luego le parece carísimo pagar dieciocho euros por una obra de teatro de pequeño formato”. Sin olvidar la carencia de una base educativa para construir nuevas generaciones de espectadores. “Desde los colegios no se educa para ir al teatro -advierte Natalia-. Muchas veces llevan a los chavales a ver obras que no están pensadas para ellos y salen aburridos. Y claro, no vuelven nunca. Llévalos a ver Gula o algo de Peeping Tom, ¡y ya verás!”.

Aun así, ninguno de ellos pierde la perspectiva sobre el sentido último de su trabajo. Para los tres, el teatro sigue siendo “una profesión vocacional que te viene desde que eres un crío”, resume Zancada. Y quizá por eso, incluso en medio de la precariedad y las dudas, encuentran fuerzas para levantar proyectos como Paramnesia.

 

UNA FIESTA PARA EL PÚBLICO

Si algo define el espíritu de Paramnesia es su voluntad de compartir la experiencia con los espectadores. La obra rompe constantemente la barrera entre escenario y patio de butacas. “Queremos que el público forme parte de la fiesta del purgatorio -explica Natalia-. Que venga a divertirse con nosotros”.

Equilicuá siempre ha trabajado desde esa complicidad con el espectador. Para el equipo, el teatro es un acto colectivo donde actores y público se encuentran en el mismo espacio emocional. “Siempre nos ha interesado hacer partícipe al público -señala Cordero-. Reírnos juntos de nuestras propias miserias”.

Al final, Paramnesia es un espectáculo que, mezclando humor, melodrama y fantasía, viene a recordarnos que la vida está hecha de errores, decisiones y recuerdos que, tarde o temprano, tendremos que asumir. Y quizá, como sugiere el texto, el purgatorio no sea más que un lugar donde finalmente aprendemos a aceptar quiénes hemos sido.

 

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