A veces el azar tiene gran culpa de los enamoramientos, así le sucedió a Fernanda Orazi -directora, dramaturga y actriz argentina afincada en Madrid- con Niebla. Se encontraba terminando de escribir La persistencia, su anterior pieza donde trataba la obsesión de una actriz que le pide al autor “una vida para tener una muerte de verdad y no una muerte actuada”. Esto lo leyó su amiga, la filóloga Silvia Herreros, y le dijo: «Ah, pero eso es como Niebla de Unamuno». Orazi no había leído a Unamuno en su vida, así que fue a comprar la novela, “Y me enganché mal”, dice entre risas.
Orazi tuvo claro desde el inicio que no iba a adaptar la novela, “es un material literario perfecto, no me interesaba tocarlo”, sino crear una pieza inspirada en el viaje que Unamuno le da a Augusto. “Quería que pudiera tener un viaje teatral”. Ese matiz es clave, no es una versión escénica al uso, sino una obra que toma la columna vertebral de la novela para lanzarla a otro lenguaje. “Tomo de la novela lo que me genere movimiento. Lo que haga escena. Lo que no sea tan literario, sino más escénico”.
Niebla cuenta la historia de Augusto Pérez, un joven acomodado, ensimismado y algo ingenuo que se enamora de Eugenia al verla pasar por la calle. A partir de ahí, se enreda en una cadena de decisiones sentimentales, dudas existenciales y conversaciones filosóficas que lo conducen, en un giro célebre dentro de la Literatura, a enfrentarse con su propio autor. Augusto descubre que es un personaje de ficción y discute con Unamuno sobre su destino. La novela, que el propio autor denominó ‘nivola’ por la ruptura con las convenciones narrativas de su tiempo, plantea una pregunta que encendió la chispa de la imaginación de Orazi: “¿quién existe más, el personaje o el creador?”.

UNAMUNO EN LA RESPIRACIÓN
¿Dónde queda entonces la novela original? Orazi deja claro que sin Niebla ella no habría hecho esta obra. El viaje de Augusto está ahí, vertebrando la estructura. Muchas escenas parten directamente del texto de Unamuno, otras han sido reescritas o inventadas. “Unamuno está en la respiración. Está en el fondo, en la superficie y en el corazón de la obra”, explica Orazi. Precisamente hay una cita en Del sentimiento trágico de la vida, del propio Unamuno, que marcó el destino de la obra, la idea de que no importa tanto lo que quiso hacer Cervantes con el Quijote, sino lo que cada lector pone y sobrepone en él. “Cuando leí eso sentí una pequeña bendición”, dice sonriendo, como si el propio Unamuno le hubiese concedido permiso para apropiarse vitalmente de su novela.
Hablar de Niebla como texto del siglo pasado, levemente «inactual», es una tentación a la que Orazi no se entrega. En su lectura, la pregunta que articula la novela -¿existo de verdad, o solo en la mirada de otro?- no es una curiosidad filosófica de época sino algo que, con otras palabras, define buena parte de nuestra vida contemporánea. Redes sociales, avatares, identidades performadas: el problema de Augusto no es tan distinto al de cualquiera que se pregunte si existe más allá de sus publicaciones. Pero Orazi va más allá de ese paralelismo, lo que le interesa no es tanto la pregunta binaria del «ser o no ser», o como lo que ella llama: «la jerarquía de la existencia», esa idea de que existir no es una condición estable sino algo que pulsa con distinta intensidad según el momento, el dolor, la alegría. «A veces no existimos tan fuerte, a veces existimos más tenue, pero no nos damos cuenta hasta que esa sensación de existencia, de vida, aumenta. Y muchas veces lo que aumenta esa sensación de vida es el dolor», dice.
En esa misma línea, menciona a Étienne Souriau, filósofo francés de principios del siglo XX que propuso que la existencia no es una dicotomía sino una pluralidad de modos, algunos más intensos, otros más virtuales, más sutiles. Una idea que Orazi siente atravesada en su obra como un hilo conductor invisible. «No es la pregunta tonta: ¿existo, no existo? Es que, de verdad, si creemos que existimos más que un personaje… A mí eso me encanta, porque eso es algo que también está en esa pelea que hay en la novela entre Augusto y Unamuno.» Está en el eco de aquella escena en la que Augusto se planta delante de su creador para decirle que quizás sea él el ser de ficción, y no al revés.

LO TRÁGICO Y LO FESTIVO
Una de las señas de identidad del teatro de Fernanda Orazi es su capacidad para que el humor y la tragedia coexistan sin anularse. Una visión simultánea de lo terrible y lo torpe, de lo doloroso y lo patético. «El humor es una apertura. No tiene por qué siempre ir acompañado de una carcajada. Es más bien distanciar un poquito la situación, ver al mismo tiempo dos cosas que no podías organizar en tu cabeza, que conviva algo terrible y algo patético, torpe, al mismo tiempo», explica.
Hay un momento de la conversación en que cita, casi de memoria, un texto que ha incluido en la obra donde Augusto le dice a su amigo Víctor que se toma muy en serio la vida. Y Víctor le responde que la vida a él no lo toma tan en serio. Una frase que refleja el lugar donde la obra quiere habitar, donde la vida, a pesar de dolernos, sigue haciendo sus cosas alrededor, indiferente. «Lo otro es totalizante, y la vida no es totalizante», sentencia.
También la puesta en escena responde a esa idea y Fernanda me explica que la trama ‘aborda’ a Augusto, lo rodea, lo empuja. La maquinaria, las carras, los desplazamientos de los elementos que entran y salen de escena construyen un espacio donde el personaje es de alguna manera es asediado, como si la ficción fuera la que acudiera a él para interactuar.
LA FAMILIA DE PÍLADES TEATRO
Niebla llega a escena con el equipo de confianza de Orazi, con Pílades Teatro, la compañía con la que ya presentaron Electra, obra con la que la directora ganó el Premio Godot a la Mejor Dirección, además de llevarse dos Premios Max al Mejor espectáculo revelación y Mejor adaptación. Juan Paños encarna a Augusto, Javier Ballesteros da vida a Orfeo, el perro de la novela y compañero de escena del protagonista a lo largo de casi toda la función. Y Leticia Etala, Carmen Angulo y Pablo Montes completan este equipo del que Orazi dice que “es un grupo de amigos, somos familia, nos cuidamos, nos queremos, trabajamos bien, todo lo podemos”. Y añade algo que revela mucho de cómo entiende el trabajo: “A mí me importa más eso que pensar con qué actor o actriz me gustaría trabajar. Siempre hay un núcleo duro de gente con la que te entendés en la vida, y además te querés, al que podés decir que no sabés lo que estás por hacer y se embarcan igualmente.”
LO QUE EL TEATRO PUEDE SOSTENER Y LA VIDA NO
Formadora además de creadora, Orazi lleva años impartiendo talleres -algunos de los actores de Niebla llegaron a ella por esa vía- y en su pedagogía hay una pregunta que regresa siempre: ¿qué es esto que hacemos cuando actuamos? No como técnica ni como método, sino como misterio. ¿Por qué ponemos cuerpos frente a otros cuerpos para producir visiones en un tiempo y un espacio que no son los de la vida cotidiana?
«Una de las cosas que siempre les digo es que el teatro puede soportar mucho tiempo lo que en la vida real saldríamos corriendo». Esa capacidad de sostener lo insoportable, de darle tiempo a las imágenes que normalmente no podemos contemplar, es para ella el corazón de la actividad teatral. Y también una ética del trabajo: no naturalizar lo que hacemos, no dar por sentado la mirada del espectador, no creer que ya sabemos lo que un texto quiere decir. Quizás por eso, cuando le preguntamos qué querría que el público se llevara de Niebla, Orazi responde que no hay un mensaje que entregar, no hay un tema que subrayar, más bien hay una experiencia que invocar.
“Que se pueda sentir la festividad trágica que es el teatro. Que se pueda sentir una experiencia festiva atravesada por una visión trágica. Para mí esa es la experiencia del teatro, por más que veas un dramón, algo está de fiesta». En esa afirmación se condensa su manera de abordar Niebla. No como un clásico al que hay que respetar manteniendo la distancia y las formas, ni como un texto que actualizar, sino como un espacio desde donde preguntarse quiénes somos y qué lugar estamos ocupando. Un espacio intermedio donde no sabemos del todo quién crea a quién, quién existe más, si el personaje, el autor o el espectador y poder jugar a intensificar esa posibilidad.