"En el teatro los muertos vienen del otro mundo para ayudar a los vivos a transitar su dolor."
El director y dramaturgo Alfredo Sanzol nos habla, a través de este cuestionario, sobre los diferentes temas que aborda su nueva obra, La última noche con mi hermano, desde donde reflexiona sobre la fragilidad, las relaciones fraternales y el duelo, evitando la solemnidad impostada, trazando un mapa emocional y social que conecta lo personal con lo común.
Esta nueva producción podrá verse en el Teatro María Guerrero, del 13 de febrero al 5 abril, y en su reparto encontramos a Nuria Mencía, Jesús Noguero, Elisabet Gelabert, Cristóbal Suárez, Ariadna Llobet y Biel Montoro.
La última noche con mi hermano nace de una conversación con una amiga sobre cómo es tener que enfrentarse al fallecimiento de un hermano. ¿En qué momento sentiste que ese relato no podía quedarse en una escucha íntima y necesitaba transformarse en teatro?
Todo mi teatro está hecho de la relación de lo íntimo con lo colectivo porque veo que la buena salud de lo íntimo repercute en lo público y viceversa. El teatro es un acto social de celebración íntima en común, y al mismo tiempo que mi amiga me contaba su historia le comenté la posibilidad de escribir algo.

En un momento has explicado que es una experiencia que “cambia totalmente la manera de ver la vida, de entender la muerte y de pensar el sentido de vivir”. ¿Qué ha cambiado en tu propia mirada tras escribir y dirigir esta obra?
Algo muy concreto que tiene que ver con la mirada a la fragilidad de los demás, y con la consciencia de mi propia fragilidad. Antes entendía la teoría, ahora lo tengo en el cuerpo.
La historia está contada desde la voz de Nagore, interpretada por Nuria Mencía, desde un lugar entre la vida y la muerte. ¿Por qué decidiste que fuera ella quien contara la historia y no quienes sobreviven?
Quería hacer teatro hecho por los muertos para dar fuerza a los vivos. El teatro tiene una gran tradición de muertos que reviven en la escena a través de los cuerpos de los actores, muertos que vienen del “otro mundo” para ayudar a los vivos a transitar su dolor. Me gusta la idea de que los muertos ya han hecho su trabajo y que pueden dedicarse a ayudarnos. Lo veo en la realidad, la gente pide ayuda a sus muertos.
Has planteado unos personajes que representan diferentes estados en las relaciones fraternales, ¿de qué manera has querido presentar y relatar las relaciones entre hermanos?
He querido contar tres maneras diferentes de vivir la hermandad que han surgido de mi experiencia y de las entrevistas que he hecho para documentarme a la hora de escribir la obra. Ainhoa (Elisabet Gelabert) y Claudio (Cristóbal Suárez) no se hablan, pero la enfermedad de Nagore hace que vuelvan a estar en contacto, Nagore y Alberto (Jesús Noguero) tienen una buena relación que se llena de conflictos por la enfermedad, y Oier (Biel Montoro) y Nahia (Ariadna Llobet) son hermanastros, los más jóvenes y son también el futuro.
En la obra conviven lo íntimo y lo político, la hermandad privada y la fraternidad como principio social. ¿Cómo dialogan para ti estos dos planos y qué te interesa explorar en esa intersección?
La fraternidad es un concepto con una tradición milenaria, es la base de la solidaridad y de lo social, un gran sueño de hermandad para toda la humanidad que se basa en que el otro no es ajeno, y que nace de la experiencia familiar. Sin embargo, es justo dentro de las familias donde la fraternidad vive grandes crisis y la fraternidad política sigue siendo utopía.
A lo largo de la historia surgen conversaciones que abordan temas como el nacionalismo, la identidad, la ideología y la memoria política, especialmente en el contexto vasco y madrileño. ¿Por qué te parecía importante que estos conflictos estuvieran presentes en una historia de duelo familiar?
Porque son los temas que vertebran las familias. La manera en la que se vive la política tiene una gran influencia en la buena y mala salud de las familias. Hay una paradoja en exponer los argumentos políticos como “objetivos” y que luego se tiña todo de una emocionalidad que recorre generaciones.

Esto lleva a evidenciar la dificultad de convivir con el desacuerdo sin romper el vínculo. ¿Crees que hemos perdido herramientas para discutir ideológicamente sin convertir al otro en un enemigo?
Creo que las democracias se ocupan muy poco de la educación democrática. Una democracia es un sistema con unas reglas, pero nos ocupamos muy poco de conocer esas reglas, de conocer las maneras enriquecedoras de discutir sobre temas conflictivos. No puede ser que aspiremos a tener democracias sanas con técnicas de discusión que son tribales.
La muerte está muy presente, pero no como un acontecimiento solemne, sino atravesada por lo cotidiano, lo absurdo e incluso lo cómico. ¿Qué función cumple el humor en un relato que habla de enfermedad, miedo y pérdida?
En las entrevistas que realicé a personas que habían tenido la pérdida de una hermana o de un hermano siempre salía el tema del humor y de lo cómico. Algunas veces como una válvula de escape para el dolor, a través de hacer chistes absurdos, o parodias, pero también como una manera de venganza frente a la enfermedad.
La mención a Ignatius Farray o Mary Karr no son casuales. ¿Qué te interesa de su mirada y por qué te parecía pertinente incorporar sus universos a la obra?
Ignatius ha escrito un libro esencial sobre comedia que se llama Meditaciones y que me ha acompañado durante la escritura de la obra. Es un libro que recomiendo a todo el mundo por la profundidad con la que aborda el tema de la comedia. Y Mary Karr es la autora del Club de los Mentirosos, un clásico de los noventa que sigue siendo una guía para hablar de temas familiares.
También planteas una mirada compleja sobre la sanidad pública, la privada, la autoridad médica y la medicina alternativa, sin ofrecer respuestas cerradas. ¿Qué preguntas querías abrir en el espectador respecto a la confianza en los sistemas de cuidado?
Quiero despertar la conversación y la discusión frente a los que dan respuestas unilaterales y cerradas. La salud junto a la educación son las bases de nuestro sistema de bienestar y es intolerable que se maltraten.

En una sociedad aparentemente hiper-racionalizada, ¿qué lugar crees que ocupa, o debería ocupar, “el pensamiento mágico” cuando la realidad se vuelve insoportable?
El pensamiento mágico puede ser creativo y encontrar conexiones en la realidad que de una manera racional no se ven. Puede hacer que la experiencia de vivir se llene de simbologías que den sentido para que todo sea menos áspero, pero hay que estar atento porque el pensamiento mágico también puede ser paranoico y ahí no es fértil.
Aunque no es el eje central, en la obra aparece de manera lateral la cuestión del trabajo, la precariedad y la dignidad laboral. ¿Qué reflexión has querido lanzar sobre las condiciones de trabajo en las artes escénicas, especialmente en relación con los equipos técnicos, en las estructuras públicas?
El personaje de Nahia es una técnica de teatro, una sastra, que trabaja en un musical y en su trabajo tiene problemas laborales graves. Las técnicas y los técnicos son compañeros de trabajo y comparto sus problemas, tanto en el ámbito privado como en el público.
La obra transita por muchos espacios. ¿Qué retos dramatúrgicos y escénicos te planteó esa multiplicidad de lugares y tiempos?
Me gusta escribir historias que juegan con el espacio y el tiempo, el teatro permite hacer todo lo que uno quiera, permite que el público vea lo que no existe y que desaparezca lo que está viendo. La escenografía de Blanca Añón es la casa de Nagore, con una gran brecha por la que se ve un bosque, y dentro de este espacio estamos jugando para hacer toda la obra.

¿Cómo trabajaste con el equipo artístico para sostener un tono que oscila constantemente entre lo realista, lo poético y lo confesional?
Implico al equipo artístico desde el inicio, antes de tener el texto escrito, les voy contando como está siendo el proceso de escritura, les paso escenas, en fin, forman parte de todo el trabajo creativo, así que se convierten en cómplices, les agradezco mucho su entrega y su paciencia.
¿Esta obra te ha exigido una exposición distinta a otros trabajos, tanto en lo creativo como en lo personal?
Creo que me expongo en todo lo que hago, si se siguen mis obras se ve mi biografía.
Finalmente, ¿qué te gustaría que permaneciera en el espectador cuando abandona la sala: una pregunta, una emoción concreta, una forma distinta de mirar a sus propios hermanos o a su propia comunidad?
Tenemos unas cuantas cosas que producen peso: la culpa, el dolor, la angustia, la tristeza, la nostalgia, la frustración, la ira, el rencor, el odio… así que me gustaría que la gente saliera con el cuerpo menos cargado.