El tándem artístico formado por Oriol Pla Solina y Pau Matas Nogué ocupa un territorio muy singular dentro de la escena contemporánea, uno que mezcla humor, vulnerabilidad y artesanía teatral. Algo que hemos ido comprobando, de diferentes maneras, en anteriores trabajos como Odisseus, Ragazzo o Travy, obra con la que ganaron el Premio Godot a la Mejor Autoría Teatral Original 2025 y que volverá esta temporada al Teatro de La Abadía.

Ahora, este encuentro creativo vuelve a repetirse con Gula / Gola, estrenada en el festival Temporada Alta de 2024; una propuesta que ofrece una mirada sobre el deseo contemporáneo de plenitud, la incapacidad para gestionar el vacío y la imposibilidad casi física de detenerse. “El tema de la gula es algo muy conductual de mi persona”, confiesa Pla. Pero si hay una idea que atraviesa la pieza, esa es la presencia, el “estar aquí también” que ambos crean y reclaman frente al público. No habla solo de comer o consumir, sino de esa pulsión contemporánea por hacerlo todo, por estar en todas partes, por absorber estímulos sin pausa. Ese es el punto de partida desde el que ambos creadores fueron levantando un espectáculo que, en palabras de Matas, necesitó “tiempo, calma y cariño”.

 

Un proceso cocinado a fuego lento

En un ecosistema teatral a menudo marcado por las prisas de la producción, Gula / Gola nace de una anomalía como es el tiempo. Después de Travy, Pla y Matas necesitaban volver al laboratorio, pero sin una línea recta. “El primer año fue hacer cervezas e ir hablando”, recuerda Matas. Vídeos, canciones, imágenes, intuiciones. Dos años después, esa manera tan, aparentemente, poco productivista de trabajar se ha convertido en uno de los pilares conceptuales de Gula / Gola: “Estar dos años metido en la creación de algo es mucho más gratificante que la prisa por estrenar seis o siete espectáculos al año”, dicen.

Trabajar sin prisa les permitió algo tan fundamental como es no tomar decisiones precipitadas. “Estuvimos mucho tiempo intentando no decidir, y eso fue divertido y frustrante a la vez”, comenta Pla. Esa indecisión permitió que apareciera un personaje sin trama, sin objetivo dramático clásico, un personaje que parece cargar, en primera persona, con los excesos, deseos y contradicciones que atraviesan nuestro tiempo. A partir de él se fue armando un dispositivo teatral donde la narración existe, sí, pero como consecuencia del personaje, no al revés.

 

Oriol Pla. Foto de Clàudia Serrahima

 

Permiso para existir y mostrarse

En la obra, el personaje pide perdón por ocupar un espacio, incluso antes de comenzar. Ese gesto conecta con lo que Pla formula como “el permiso para existir artísticamente”. El creador explica que, tanto en él como en Matas, convive la inquietud creativa con un cuestionamiento constante: “¿Cómo vamos a cantar si no hemos pasado por el conservatorio? ¿Cómo vamos a escribir teatro si no…? Parece que necesites permiso para existir artísticamente. El payaso no pide permiso. El bufón tampoco. Pero nosotros sí”. Si el maldito Síndrome del Impostor afecta a un ganador de un Emmy, por Yo, adicto, como Pla, ¿cómo no va a afectarnos al resto de los mortales?

Frente a esa autoexigencia, el payaso simplemente está y, ese estar, ya es toda una declaración de intenciones. La máscara del clown y del bufón, figuras que el espectáculo transita transversalmente, permiten situar al personaje en un terreno donde las convenciones de la meritocracia quedan en suspenso. Es justamente en ese margen donde emerge el debate central: ¿qué significa ocupar un espacio en la mirada del otro? ¿Qué significa hacerlo hoy, donde la visibilidad es un capital?

 

Un contrato de presencia

La presencia tiene, en Gula / Gola, un componente que Pla explica con claridad: “La cuarta pared teatral es algo a lo que renunciamos totalmente. Eso implica la existencia del público. Existes, tienes poder en la realidad”. No se trata de un espectáculo participativo, sino de un contrato de presencia. El público no solo mira, también está presente.

Matas explica que si alguien viera la función dos días seguidos, “diría que son idénticas”. Pero también admite que incorpora lo que pueda suceder, desde una alarma, un móvil, una risa inesperada, o un silencio demasiado profundo. “Oriol eso lo recoge, pero sabe que luego tiene que ir a otro sitio. Igual se marca un gag o lo usa para que parezca que lo de después nace de eso”. Pero esa flexibilidad no convierte la pieza en improvisación, sino en una dramaturgia viva que respira en tiempo real. Es un tipo de relación escénica que el público no siempre está acostumbrado a vivir, pero que genera implicación emocional. “Hay gente a la que le genera incomodidad, pero a la mayoría le da mucha adrenalina. Existir para otra persona en escena… eso es muy bonito”, dice Pla.

 

Oriol Pla Solina en Gula / Gola. Foto de Clàudia Serrahima

 

Una frustración contemporánea 

La pieza podría haber sido una sátira, pero en lugar de reírse del exceso, se sumerge en él desde dentro. Hoy, la idea de plenitud permanente -emocional, profesional, vital- genera una frustración crónica. El personaje que protagoniza la obra encarna ese impulso. “Quiere hacer todo lo que sabe hacer y todo lo que no sabe hacer, como si renunciar a algo fuese una derrota personal”, explican relacionándolo con el consumo compulsivo de emociones, la hiperproducción y la narrativa neoliberal del “si quieres, puedes”. Por eso el espectáculo aborda el deseo desde distintos ángulos; el deseo de agradar, el deseo de ser visto, el deseo de elegir siempre lo más excitante, el deseo de que la vida no tenga pausas. Como si cada escena fuera una cara distinta de esa hambre insaciable. ¿Y qué pasa cuando el deseo no encuentra satisfacción? Esto, sin desvelar nada, se vive de una manera muy particular dentro de la función, dándonos a entender que estamos atrapados en un sistema que nos exige cumplir siempre el deseo del otro, incluso cuando es imposible, convirtiendo este gesto cotidiano en un bucle tragicómico donde nadie puede asumir responsabilidad sin sentirse culpable. “Nos cuesta más aceptar el ‘no’, -señala Matas-. Nos cuesta aceptar los límites, lo salvaje de la vida. Todo parece más difícil que admitir que las cosas a veces simplemente no pasan”. Pla lo conecta con la idea de que “perderse en el deseo de los demás te hace venderte. Convertirte en lo que la masa quiere que seas”.

 

Música para un clown que devora

Aunque Gula / Gola es técnicamente un solo de Pla, Matas está presente en escena como músico y contrapunto, acompañado también por el dispositivo espacial y lumínico. El entorno del personaje es bastante austero, no hay un gran despliegue escenográfico, ni un alarde sonoro, ni un torrente lumínico. “No queríamos ser glotones en ese sentido. El personaje ya es la gula”, apunta Matas. “La escenografía, la música, la luz… todo está en contraste con él. Son elementos que él puede manipular, pero no están compitiendo con su exceso”.

La música funciona como un sostén rítmico y emocional, acompaña sin imponer, genera atmósferas y da espacio para que Pla despliegue un abanico físico que incluye clown, mimo, danza, teatro de objetos, voz y un uso del cuerpo que bebe tanto de Lecoq como del circo, la comedia del arte o la ingenuidad infantil.

Podría decirse que Gula / Gola no habla solo de la voracidad como tal, habla de identidad, de vacío, de precariedad, de relato, de ansiedad y de deseo. Habla del payaso, del bufón y del consumidor. Habla del artista que quiere hacerlo todo y que a veces siente que no tiene permiso para nada.

 

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