Carlos Pulpón habla sobre Ectoplasma poniendo sobre la mesa dos palabras: amor y rabia. Amor a ese teatro raro que empuja los límites, y rabia porque parece que a nadie le importa preservarlo. Desde 2019 dirige la compañía Quemar las Naves, y El Cultural lo señaló como una de las promesas de la dramaturgia española en 2022. Pero en este proyecto no viene solo. A su lado está David Herráez, acomodador del Teatro de la Abadía, además de creador escénico y habitual del festival In-Presentables. Entre ambos hay una brecha generacional que, lejos de ser un problema, se convierte en el motor del proyecto. David vivió las artes vivas de un Madrid que ya no existe; Carlos llegó después y quiere saber qué pasó.
UN PASTICHE QUE NO SE AVERGÜENZA DE SERLO
Ellos definen Ectoplasma como «un pastiche de artes vivas y recuerdos de espectadoras». Un collage que bebe de los cut-ups de Burroughs y de las colchas de patchwork que se crearon en los 80 y 90 para homenajear a las víctimas del sida. «Esta práctica subvierte la idea de autoría y nos enfrenta a la de consentimiento», escriben en los materiales del proyecto. Es decir, no pretenden apropiarse de nada, sino tejer un tejido común de memoria y afecto.
El proyecto tiene dos patas. La primera es escénica, sobre las tablas, Pulpón y Herráez encarnan y evocan fragmentos de espectáculos que los marcaron. A veces es memoria física, cuerpos que reproducen lo que vieron; otras veces es evocación, palabras que convocan lo ausente. Todo envuelto en una estética espiritista, como si estuvieran intentando hacer una sesión de ouija con el teatro experimental español. La pregunta que atraviesa cada función es directa: ¿cómo conjurar el trabajo de quienes nos ayudaron a revisar la mirada?

LLAMAR A LAS MAESTRAS
La segunda vertiente es comunitaria, y quizá la más arriesgada. Pulpón y Herráez se han dedicado a buscar a las artistas y gestoras que hicieron posible ese teatro de vanguardia, especialmente aquellos espacios o festivales que ya no existen. Los entrevistan, les piden permiso para evocar sus piezas y, sobre todo, les preguntan cómo están, qué necesitan. No es solo un archivo, es un gesto de cuidado. «Se está generando un archivo extenso que traza un mapa incompleto y pedestre de la experimentación escénica de los últimos 40 años», explican. Entre los convocados figuran nombres como Paz Rojo, Rodrigo García, Cuqui Jerez, Mónica Valenciano o Roger Bernat.
Gracias al trabajo de Beatriz Vaca, responsable del espacio sonoro en directo, estas entrevistas se cuelan en la función mediante recortes sonoros. Las dos vertientes -la escénica y la comunitaria- convergen en un mismo espacio. Ana Rovira firma la iluminación y Victoria Aime el vestuario, completando un equipo que entiende que este proyecto es tan frágil como necesario.

ROMPER JERARQUÍAS
Lo que más interesa a Pulpón en Ectoplasma es la horizontalidad. «Nos posicionamos en la barrera de lo frágil, en el aprecio real por el trabajo de las artistas, en una actitud antiacademicista, y en la ruptura de la jerarquía público-artista-gestora», dice en los materiales. Quieren que el público también participe, que comparta sus propios recuerdos, que este archivo sea de todos. ¿Cómo crear el contexto para que las espectadoras también quieran compartir qué obras han visto?
Tras pasar por el centro cultural Ouka Leele y DT Espacio Escénico en 2024, Ectoplasma realizó residencias en La Casa Encendida y La Poderosa en 2025. En enero de 2026 presenta su work in progress en el ciclo «Comprender». El proyecto sigue abierto, en proceso, convocando fantasmas.
¿UN MUSEO, UNA MASACRE O UNA FOSA COMÚN?
Pulpón y Herráez juegan con estas imágenes en sus textos, pero al final lo que proponen es un ritual contemporáneo para dialogar con lo que podría considerarse muerto y demostrar que, en realidad, sigue vivo en los cuerpos de quienes lo vieron. Porque, como dice Peggy Phelan, la performance desaparece, pero algo queda. Y ese algo es lo que Ectoplasma intenta invocar: la huella de lo que nos transformó.