Ron Lalá no hace teatro histórico. O, al menos, no en el sentido convencional. Lo suyo tiene más que ver con desmontar relatos que con reconstruirlos, con jugar con ellos, con tensarlos hasta que empiezan a decir algo distinto. La Desconquista, el espectáculo que ahora presentan en el Teatro Infanta Isabel, parte de uno de los grandes episodios de la historia para hacer precisamente eso, abrirlo en canal y reírse de sus contradicciones.

“Vemos el escenario como un lugar de preguntas, no como un púlpito de respuestas”, lanza Álvaro Tato, dramaturgo de la compañía. La frase no es solo una declaración de intenciones, es prácticamente un manual de uso para enfrentarse a la obra. Porque aquí no hay voluntad de sentar cátedra sobre la conquista de América, más bien lo contrario. “Hay una leyenda negra, pero también una leyenda rosa. Si puedes molestar a ambas, seguramente estás haciendo las preguntas correctas”. Y en ese terreno, el de la incomodidad compartida, es donde Ron Lalá se mueve con mayor soltura. Así nos lo contaron en esta vídeo entrevista.

NO TODO ES COMO LO CUENTAN

La función arranca con tres náufragos a la deriva en pleno siglo XVI. Un capitán, un marinero y un fraile. Tres arquetipos reconocibles que pronto empiezan a resquebrajarse, porque en La Desconquista nadie es exactamente quien dice ser. Y esa grieta, la de la identidad, es la que sostiene buena parte del viaje. A partir de ahí, el espectáculo se convierte en una sucesión de situaciones delirantes: tiburones flamencos, ataques de corsarios, discusiones absurdas sobre la supervivencia o la aparición de dioses imposibles. Pero bajo ese tono festivo late la idea de que la historia también se construye a base de relatos, de exageraciones, de ficciones interesadas. “Hemos pasado casi un año investigando -explica Tato-. Y cuanto más lees, más desaparecen los blancos y los negros. Aparecen los grises, la imaginación, la ambición, el ansia de poder”. Es ahí donde el espectáculo encuentra su materia prima, en esa zona intermedia donde lo histórico y lo ficcionado se confunden.

Y si hay una herramienta que articula todo ese universo es el verso, no como un guiño al pasado, sino como un lenguaje vivo. “El verso es la música del idioma -defiende Tato-. Te permite llegar a las emociones de manera directa”. En escena, eso se traduce en la diversidad de la métrica, ayudando a cambiar el ritmo según requiera la situación, del caos al lirismo, y de ahí a la parodia. Todo cabe.

 

Una escena de La Desconquista de Ron Lalá.

 

JUGAR A PARECER ESPONTÁNEO

Pero La Desconquista no se sostiene solo en la palabra. El otro gran motor del espectáculo es la música en directo y el trabajo físico de los actores. Un engranaje que obliga a cambiar constantemente de registro. “No tenemos tiempo para pensar cómo hacerlo -reconoce Miguel Magdalena-. El único método es el ritmo, la energía y la comunicación constante con el público”. Claves todas ellas para reconocer el ADN de la compañía. Los actores saltan de un personaje a otro, de un instrumento a otro, casi sin transición. “Buscamos que cada personaje tenga su manera de moverse, de mirar, de hablar” nos cuenta Juan Cañas. Y todo eso sucede a una velocidad que convierte la función en una especie de tour de force.

En ese ejercicio de virtuosismo técnico camuflado de espontaneidad entra en juego el trabajo colectivo, otro de los elementos clave de Ron Lalá. “Nos estimulamos mucho trabajando juntos -apunta Magdalena-. Todo se contamina de todos”. El resultado, según nos cuentan, tiene algo de inesperado incluso para ellos. “Este espectáculo nació feliz”, cuentan. “Hay otros que cuesta más levantar cada día, pero aquí todo fluye desde el principio”. Una sensación que, aseguran, se traslada al público función tras función. Y quizá ahí esté una de las claves, en esa mezcla de precisión y juego, de control y riesgo, en esa capacidad de hacer que lo complejo parezca sencillo.

 

Escena de La Desconquista de Ron Lalá.

 

ACTIVAR LA REFLEXIÓN CON HUMOR

Ese espíritu de compañía es también lo que les ha permitido sostener una trayectoria de casi treinta años. Un tiempo en el que el contexto, inevitablemente, ha cambiado. También el humor. “Se ha perdido cierta capacidad de diferenciar entre humor y ofensa -reflexiona Cañas-. Pero nosotros no hemos rebajado el discurso, seguimos intentando ser incisivos y gamberros”. En La Desconquista, ese equilibrio se vuelve especialmente delicado, el tema es inflamable, pero la compañía evita el tono panfletario. “No queremos hacer un mitin. La comedia es una herramienta para hablar de lo que somos sin ser pesados”, explica Cañas.

Al final, lo que propone Ron Lalá no es tanto una revisión histórica como una experiencia teatral. Una “fiesta analógica”, como ellos la definen, donde la música, el verso y el humor se mezclan sin filtros. Donde el espectador entra en un juego que es, al mismo tiempo, diversión y cuestionamiento. Porque, en el fondo, La Desconquista no habla solo del pasado, habla de cómo lo contamos, de qué relatos elegimos creer. Y de qué ocurre cuando alguien decide ponerlos en duda.

 

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