COMBATIR EL ‘MATONISMO’

Por José Antonio Alba

De un tiempo a esta parte, parece que la hostilidad ha dejado de ser una excepción para convertirse en la norma. Caminamos por la calle con el cuerpo en guardia, la agresividad en las redes es insoportable y, cada vez con más frecuencia, se miran las artes escénicas como un campo de batalla ideológico donde hay que posicionarse, atacar o defenderse. La crispación se ha naturalizado hasta tal punto que casi sorprende cualquier gesto que no esté atravesado por la desconfianza o la agresividad.

Este clima, sin duda, está alimentado por un ecosistema político basado en la amenaza constante, en el señalamiento del otro, en la simplificación violenta del conflicto. Los discursos se han ido llenando de intimidaciones cada vez más explícitas, de mensajes que convierten la diferencia en peligro y el desacuerdo en enemigo. Y eso ha acabado filtrándose en lo cotidiano, en cómo nos relacionamos y también en la manera de crear, programar y recibir el hecho escénico.

Sé que reivindicar la amabilidad puede parecer un gesto débil, incluso ingenuo, pero si lo pensamos con detenimiento, descubriremos que no es un acto naíf ni una huida del conflicto; es una respuesta profundamente política, revolucionaria; porque desactiva la lógica del acosador, del ‘bully’, negándonos a reproducir el lenguaje violento que este espera.

Las artes escénicas, que siempre han sido un espacio de fricción y pensamiento crítico, pero también de encuentro, no deberían sucumbir a la hostilidad. Apostar por la amabilidad -en los procesos, en la mirada, en la crítica- no significa renunciar a la exigencia ni al debate, sino sostenerlos sin caer en el linchamiento ni en el miedo.

En un mundo que nos empuja al ‘matonismo’, elegir ser amable no es ingenuo, es subversivo.

 

Godot abre este febrero con Gigante, obra protagonizada por José María Pou, en la piel del escritor Roald Dahl, y dirigida por Josep Maria Mestres que llega al Teatro Bellas Artes. También abordamos los estrenos de otros creadores como María Goiricelaya, Alfredo Sanzol, Marina Otero, Juan Carlos Pérez de la Fuente y Morboria.

Godoff, por su parte, acoge en su portada una nueva edición del Ciclo de Teatro Argentino de El Umbral de Primavera. Esta iniciativa subraya la diversidad del teatro independiente y la riqueza cultural de Argentina en escenarios internacionales. El número se completa con las entrevistas a Javier Lázaro, Sandra Arpa y Auba Ramis, entre otros contenidos.

Además, os traemos diversas escuelas en nuestro apartado de formación.

 

Voz en OFF: NO MUERE QUIEN SE VA

Por Sergio Díaz

Quizá si has visto la maravillosa película Rondallas habrás adivinado que le he robado el título de esta columna.

En este número de febrero se habla de muerte (lo hacen María Goiricelaya y Alfredo Sanzol), y también se habla de juventud (lo hacen Javier Lázaro y Sandra Arpa). Dos conceptos antagónicos que tienen más en común de lo que parece, porque creo que cuanto más lejos estás de morir -teóricamente, en la juventud-, más cerca estás de hacerlo, porque vives de manera más inconsciente.

La muerte es un concepto que últimamente me ronda la cabeza, por muchos motivos. No es que la haya visto de cerca, ni tenga muchas experiencias en torno a ella (de momento sólo he tenido que enterrar a mis abuelos), pero la enfermedad sí que es algo con lo que convivo, y tampoco es fácil gestionar esos momentos de incertidumbre en los que no sabes si vas a conseguir salir del marrón en el que la vida te ha metido.

Siempre se habla de que vivimos de espaldas a la muerte, que no la aceptamos aunque sepamos que es inevitable. Pero yo me pregunto: ¿Cómo se vive de cara? ¿Cómo se acepta? Pues no tengo ni idea porque tengo mucho miedo. Miedo de perder a gente que da sentido a mi vida. ¿Cómo no desesperarse cuando es una persona a la que amas la que tiene que irse? Y tampoco puedo imaginar cuando alguien se va de repente, sin tener que hacerlo. No tengo ni idea de cómo se puede sobrellevar ese dolor. Quizá sea inmadurez, que quiero seguir siendo joven, que vivo de forma inconsciente y no he trabajado lo suficiente como para tener verdadera entereza en los momentos que marcan la diferencia. Pero no soy capaz de enfrentarme a la muerte cara a cara. Sigo viviendo de espaldas a ella y llorando de frente cuando parece que puede llegar.

También pienso en mi propia muerte, algo a lo que tampoco soy capaz de enfrentarme, por eso no voy al médico… cuando debería. Me da miedo mi propia fragilidad. Aunque esta perspectiva me parece menos dolorosa que la muerte de los demás. Menos dolor, pero más triste de una forma egoísta. No me quiero ir, no quiero dejar de vivir lo que estoy viviendo. Y me jode que el mundo siga girando como si nada cuando yo ya no esté. Pero si no le importé a casi nadie en vida, ¿a quién le iba a importar que yo me haya ido? Así que yo sí que moriré.

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