Esta iba a ser una tercera entrega de ese postureo léxico en la danza del que vengo escribiendo, con cierta retranca y humor. Al menos, es mi intención. Ninguna escapamos de él, como las palabras tampoco lo hacen de la tendencia. Articular, atravesar, habitar… ya saben.
Pero hay otro tipo de postureo, que estoy viendo en la danza, pero seguramente sea extrapolable a cualquier otro ámbito, artístico o no, que me preocupa de verdad. Y me desagrada hasta la mueca. Porque tiene que ver con lo verosímil, pero fingido. Y se desparrama a la mínima en contra de la coherencia.
Se trata de una pose general por aquí, otra por allá, sobre genocidios, guerras y posicionamientos. ¿Políticos? Pues es que todo lo es. Pero diría que humanitarios. La reivindicación que se necesita y se nos pide, responde al tipo de causas que tienen que ver con lo básico. Con una ética mínima. Es decir, a causas que condenen el sinsentido sangriento que vivimos cada día en directo incluso con nuestra complicidad. Al menos, la de ese Occidente en el que nos encontramos.
Como todo postureo, este que observo en la danza lleva consigo un doble discurso. Ese que se manifiesta (en las redes sociales, preferentemente), pero con la boca pequeñita y según quién lo pueda ver o escuchar o según lo que esté en juego. Porque si el pronunciarse en contra del gobierno genocida israelí y de las políticas encubiertas para promocionarlo a través de la danza, pone en peligro la posibilidad de algo, la cosa cambia y la denuncia se esfuma. La danza está tan precaria, que la mera probabilidad, esa posibilidad de algo aunque no se sepa ni qué, con toda su abstracción encima, sirvde para bajarse de la defensa pública de lo humanitario.
Pero la máscara también cae. Como me dijo una amiga el otro día por mensaje, hablando de todo esto, “Palestina está dejando al descubierto la mierda del mundo”. No es posible un doble discurso público sobre un genocidio. ¿De qué vale indignarse por mensaje privado si luego, públicamente, te adhieres a quienes lo perpetran?
Hoy he leído y escuchado un par de cuestiones que me han devuelto la creencia. Una de ellas, la dijo la maravillosa Nawal El Saadawi. “La creatividad nace de la revuelta contra las injusticias”. Por supuesto tenía un montón de likes de quienes practican el postureo o doble discurso, dentro y fuera de la danza. La otra, es del artista africano Cameron Granger, que ha rechazado una residencia en Cornell Tech al saber que está vinculada con una universidad israelí que colabora con el ejército sionista: “¿Cuál es la responsabilidad del artista en tiempos de genocidio? ¿Cuántas oportunidades aceptamos sin mirar qué se esconde detrás?”, se pregunta. Y responde: “No creo que las bienales, las ferias o los puestos subvencionados valgan mucho frente a un genocidio”. Ni yo.