María Fariñas y Aitana Quiñoy son dos jóvenes creadoras gallegas que llegan a Madrid con Las heridas cerradas también sangran, una propuesta que nace para generar una conversación incómoda pero necesaria: la de cómo podemos sostener el dolor y la herida ajena y propia más allá de los antidepresivos y ansiolíticos como única estrategia, priorizando la necesidad urgente de generar lugares de comunión, ternura, empatía y rebeldía.
La obra podrá verse los días 3, 11, 19 y 24 de abril en La Usina.
¿Quiénes sois Aitana Quiñoy y María Fariñas y de dónde viene vuestro amor por las Artes Escénicas?
Aitana Quiñoy: Pues yo soy una chica de 24 años, de Vigo. Del barrio de Coia, concretamente. Empecé a ir a clases de teatro muy pequeña. Mi primer año lloraba casi todos los días porque me daba vergüenza actuar porque era la más pequeña y el resto de alumnos eran preadolescentes. Casi lo dejo, pero finalmente le di otra oportunidad y, entonces, encontré un lugar en el que me sentía a gusto y podía descargar toda la energía que tenía. Encontré en el teatro una manera de hablar conmigo misma y de comunicarme con el resto.
Me acuerdo que montaba coreografías con mi hermana, nos disfrazábamos y nos pintábamos para enseñarle nuestro show a mamá. Veía películas con mi madre y me moría de ganas por poder contar historias. Nunca quise estudiar otra cosa que no fuera Artes Escénicas. Es el lugar de expresión que más me satisface y el que más vértigo me da, pero supongo que en esa dicotomía reside lo excitante.
María Fariñas: A día de hoy, me cuesta responder a la pregunta de quién soy. Sin embargo, puedo asegurar que mi admiración por las Artes Wscénicas ha estado presente desde el día que nací. Mis padres siempre me cuentan que era algo que desde muy pequeña me atraía cualquier espectáculo, me pasaba el día en casa actuando, cantando, bailando… Siempre he sido bastante coqueta y zalamera en ese sentido y puede que haya encontrado en el arte un medio de expresión infinito, que no me limita. Con el tiempo, algo que genuinamente siempre me ha gustado, se ha convertido en mi profesión. Y la verdad, el amor que siento por las Artes en general es de las pocas cosas sobre las que dudo.
¿Cuál ha sido vuestro proceso formativo hasta llegar aquí?
Aitana Quiñoy: Yo soy graduada en Teatro Textual por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Cuando terminé la carrera, me sentía bastante perdida y con un miedo tremendo a enfrentarme a la vertiginosa búsqueda de trabajo en las artes escénicas, así que me fui a Berlín a trabajar como niñera. Ese fue el primer trabajo remunerado que tuve en mi vida, a la vez que lidiaba con una de las muchas crisis existenciales que aparecen en los 20 años. En Alemania tuve la oportunidad de hacer formaciones con artistas internacionales que venían desde Los Ángeles y desde Japón. En mi vuelta a España, hice un máster de Guión de Cine y Televisión, siguiendo el interés por la escritura y por el audiovisual.
María Fariñas: En mi caso, soy graduada en Teatro Gestual por la Escola Superior de Arte Dramática de Galicia. Durante mi periodo académico tuve la oportunidad de realizar un año de estudios en el extranjero, en República Checa. Ese año fue clave para descubrirme como persona y como artista. Desde entonces, me ha costado bastante establecerme en un lugar durante largo un periodo de tiempo. Así, en los últimos años me he formado en distintas escuelas como en la Arthause de Berlín y la Flöz Akademie en Italia. También tuve la oportunidad de hacer prácticas con la compañía Fragiletheatre en Berlín lo cual me dio una perspectiva no solo como estudiante sino como profesional. Recientemente finalicé los dos años de entrenamiento en el Laboratorio TNT de la compañía Atalaya en Sevilla.
Ambas os habéis formado en algún momento fuera de España. ¿Qué diferencias encontráis fuera con respecto a las Artes Escénicas de aquí? ¿Qué os llama la atención?
Aitana Quiñoy: En Berlín, el teatro se considera prioritariamente un bien público, hay un mayor sostén de la escena teatral desde una financiación pública comparado con España. Por otro lado, en España, aunque con una escena contemporánea muy potente, estamos más arraigadas a la tradición, al texto, a una interpretación más realista, sobre todo en grandes teatros. Para ver propuestas más vanguardistas o de compañías que acaban de empezar tienes que ir a pequeñas salas o a pequeños teatros. En Berlín, por lo menos lo que yo pude ver en mi estancia en la ciudad, juegan con una escena más experimental, con una gran mezcla de lenguajes escénicos y una apuesta por propuestas no realistas, incluso con textos clásicos. Todo esto lo ves en grandes y referentes teatros de la ciudad como Schaubühne, levantados con financiación pública.
María Fariñas: Durante el año que viví en República Checa me llamó mucho la atención el interés social que había por la cultura. Se destina mucho dinero al impulso y mantenimiento de la cultura. Había un gran apoyo para que la gente joven pudiera permitirse ir al teatro, al ballet o incluso a la ópera semanalmente. Recuerdo que casi era más barato ir a ver una ópera que tomarme un café. En general, me sorprendió la cantidad de oportunidades que había para emprender proyectos siendo nuevas creadoras.
Creo que en España hay mucho potencial en las artes vivas. Tenemos una riqueza cultural muy diversa, y el teatro es diferente en Galicia, en Andalucía, Cataluña, País Vasco… Lxs nuevxs creadorxs tenemos muchas ganas de ofrecer nuevas propuestas al panorama teatral, pero es cierto que acceder a subvenciones y ayudas que puedan impulsar nuestra carrera profesional es complicado, sobre todo si no tienes un apellido o una base económica que te facilite el camino.

Ambas formáis la compañía Scarnio. ¿De dónde viene ese nombre y qué tipo de teatro os interesa?
Aitana Quiñoy: El nombre nació una noche en la que María y yo estábamos con nuestras amigas, charlando, bailando…etc. Llevábamos semanas rompiéndonos la cabeza con el nombre de la compañía y, de repente, surgió. Recuerdo que estábamos en mi sofá, haciéndonos fotos con pelucas de colores que teníamos en casa y pum, de la nada nació y dijimos: «es este, este es el nombre de nuestra compañía». Escarnio es una palabra que hemos estudiado mil veces en literatura en el instituto cuando nos hablaban de las cantigas de escarnio e maldizer. Nos gustó el nombre porque uno de los temas de estas canciones es la sátira política, eran cantadas por juglares para burlarse en público de la nobleza, de la mala gestión de los gobernantes o del incumplimiento de sus deberes. Era, en definitiva, un acto político a través del arte, que es la manera en la que nosotras entendemos el teatro o el tipo de teatro que nos interesa hacer ahora mismo. Además, eran cantigas que buscaban hacer reír a quien las escuchaba y María y yo estamos muy conectadas con el humor, es de las personas con las que más me río y nos entendemos muy bien en ese sentido.
María Fariñas: ¡Qué difícil es encontrar un nombre para una compañía! (Risas). Escarnio es una palabra muy arraigada a la tradición gallega, significa afrentarse, ridiculizar algo de forma pública. Nos interesaba que el nombre de la compañía conectara con nuestra tierra, Galiza. También queríamos que hiciese referencia al contenido político que nos gustaría tratar en nuestras obras, teniendo en cuenta nuestro sentido del humor. Así que al final adoptamos Scarnio, sin la E porque nos parecía más estético.
Aitana Quiñoy: En cuanto a lo que a mí me gustaría crear como artista, Las heridas cerradas también sangran representa muy bien el campo en el que me gustaría moverme por ahora: un teatro social con lenguajes eclécticos entre el texto y lo gestual, entre lo real y lo onírico, incómodo y sensible que invite a la reflexión. Me inspiran muchos dramaturgas como Alice Birch, Duncan Mcmillan, Enda Walsh, Caryl Churchill, Lucía Carballal…
María Fariñas: Nos interesa un teatro político que incite la pregunta, un teatro que pueda tener cierto impacto social, especialmente en el contexto que estamos viviendo.
¿De dónde surge un texto como Las heridas cerradas también sangran?
Aitana Quiñoy: La idea surgió en 2024, yo estaba en un momento de mucha incertidumbre. Acababa de volver de Berlín, todas mis amigas estaban fuera de Vigo, no sabía si quería seguir con la interpretación, qué iba a hacer el año que viene, en terapia había desbloqueado ciertos temas dolorosos y, por tercera vez, había empezado con un tratamiento médico de antidepresivos. Sentía muchísima angustia y me ponía muy triste pensar que nunca iba a estar bien y muchas veces me daba vergüenza el cómo me estaba sintiendo. En esa vorágine de cosas me volqué en la escritura, empecé a escribir sobre lo que me estaba pasando y encontré un refugio y una manera de expresar todo lo que sentía y que no entendía. Tuve una etapa de ver muchos videos sobre salud mental, diferentes perspectivas de psicólogas y psiquiatras y de leer teatro contemporáneo. Recuerdo que por esa etapa estaba leyendo The effect de Lucy Prebble, y People, places and things de Macmillan y verlas online en el National Theatre y pensar que me encantaría hacer algo así.
Cuando María volvió a Vigo ese verano fue la primera vez desde hacía mucho tiempo que ambas estábamos viviendo en la misma ciudad y dijimos: “¿por qué no hacemos un proyecto juntas?”. Yo le conté lo que ahora mismo me interesaba contar, experiencias que había tenido a nivel médico, la sensación de que muchas nos sentíamos pérdidas y sobre mi dilema entre querer tomar la medicación y no querer. Ahí me di cuenta de que muchas de mis experiencias o sensaciones eran comunes y que María también se sentía como yo en muchos aspectos. Así que nos pusimos a escribir.
¿Cuáles son los temas fundamentales que abordáis en ella?
Aitana Quiñoy: El tema principal que vertebra la obra es la incapacidad del sistema en el que vivimos de sostener la angustia o el dolor de las personas y la necesidad imperiosa de ‘quitarnos’ ese dolor sin ahondar en el por qué. La obra aborda también el tema del abuso sexual infantil y las consecuencias que tienen en la niña que lo ha vivido y en la niña que lo ha visto y que no supo cómo pararlo.
María Fariñas: Por último, diría que la pieza se centra también en la importancia de la escucha y la empatía como motor de cambio. Los personajes de la obra, Sara y Lola, cambian cuando enfrentan el dolor propio y el dolor de la otra, frente a un sistema que las medica más que escucharlas. Acompañar a alguien que está en un momento complicado es incómodo y aterrador, cada vez más, en un momento en el que el sentido de comunidad parece disminuir frente a la individual
¿Hay algo de experiencias propias en la obra?
María Fariñas: Creo que es difícil al elaborar un texto propio que no haya algo tuyo en él. En mi caso, diría que sí. Ciertas imágenes, recuerdos o incluso sensaciones que hay en la pieza parten de mi historia personal. Aún así creo que, de todas las piezas que he creado a lo largo de estos años, esta es la que menos tiene de mí. Sin duda, no es una autoficción.
Fue un proceso muy interesante en cuanto al estudio e investigación que tuve que realizar antes de ponerme a escribir sobre la historia de Sara y Lola. Nunca he acudido a una psiquiatra, ni he tenido que medicarme por ansiedad o depresión. Sentí y siento mucha responsabilidad al poner en mi boca y en escena una realidad tan delicada que yo no he experimentado en primera persona. Para mí fue importante informarme sobre las distintas cuestiones alrededor de la salud mental como los diagnósticos, las distintas corrientes ideológicas dentro de la psiquiatría. También hablé con la gente de mi alrededor que sí había tenido experiencias con diagnósticos psiquiátricos y con gente profesional del sector médico. Todo esto me dio una base y una perspectiva sobre la que pude empezar a imaginar y escribir.
Aitana Quiñoy: La obra no es autoficción pero sí nace de un momento personal que, en algunos aspectos, es parecido al de las protagonistas de la obra. Cuando empezamos a escribir me encontraba en una dualidad que me angustiaba mucho, la de sentirme muy deprimida y estar tomando medicación y a la vez sentir rabia por tener que tomarla. Ya había tomado medicación en otras dos ocasiones y tenía la sensación de que me anulaba las emociones: ya no solo dejaba de tristeza sino también euforia, ilusión o alegría en la magnitud en la que la puedo sentir ahora. También me daba rabia pensar “me la estoy tomando porque tengo que ir a trabajar y porque mi familia se va a poner muy triste de verme tan mal”. En mi caso era la tercera vez que empezaba un tratamiento médico de antidepresivos y, por suerte, ese año estuve con un psiquiatra con el que conecté y que me entendía y sentía que me escuchaba de verdad. Cuando yo le expresé que me sentía un poco reacia a tomar medicación, me dijo: “puedes estar bien sin ella, solo que esto te lo va a facilitar un poco sobre todo a la hora de hacer deberes sociales”. Esa primera frase me alivió mucho. No me diagnosticó nada, no me dijo que ‘necesitaba’ medicarme. Las sesiones con psiquiatras que había tenido anteriormente no habían sido para nada así. Muchas de las preguntas que la voz en off hace en la obra están basadas en sesiones reales. La sensación de ser un número más en una consulta, sentir una distancia emocional abismal con el médico mientras te pregunta si te metes los dedos para vomitar la comida está basado en hechos reales. La obra nace en este momento. Pero yo nunca he estado internada y la anagnórisis que tienen los personajes de la obra es ficticia, así como otros elementos que hemos construido en torno a semillas de experiencias personales pero que pertenecen a la ficción.
¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado?
María Fariñas: Cuando planteamos la puesta en escena, teníamos claro que nos interesaba trabajar con la frialdad, lo impersonal y el vacío. ¿Qué sensación física y emocional podría generar el espacio en el espectador? Siempre me gusta pensar que el espacio escénico que habitan los personajes, es un personaje más. En la obra planteamos dos espacios. Por un lado, uno más realista que representa una habitación de hospital. Por otro lado, en el proscenio, un espacio vacío donde se llevan a cabo las escenas de las terapias. En el primero trabajamos, sobre todo, con la idea de transmitir frialdad a través del blanco y los objetos metálicos. El segundo decidimos convertirlo en un espacio vacío, indefinido, como si estuviera dentro de un limbo.
Aitana Quiñoy: El escenario está dividido en dos: por un lado, el proscenio está vacío y jugamos con sillas de metal que entran y salen a escena cuando se realizan las terapias con la médica y las terapias de grupo. Por otro lado, hemos construído un espacio totalmente blanco, con dos camas, que conforman la habitación que comparten Sara y Lola. Es una puesta en escena realista que juega con la lejanía y la cercanía del público dependiendo de lo que interesa en cada momento. Buscábamos generar un espacio frío y sobrio, por eso jugamos con dos elementos predominantes dentro de la puesta en escena: el color blanco y los materiales metálicos.
La obra transcurre en dos planos, uno realista y otro plano onírico. ¿Cómo habéis jugado para que el público sepa en qué plano están ambas protagonistas?
Aitana Quiñoy: La iluminación y el sonido son elementos muy importantes para este tipo de juegos escénicos, así que nos apoyan para transitar de uno a otro. Pienso que la pieza también da cabida a la duda, a la pregunta de “¿esto está pasando en la realidad o es un sueño?”. Incluso hay momentos en los que se mezclan los dos planos. Hay una escena en la que Lola le venda una herida a Sara mientras ésta, en un estado de ensoñación, habla con su madre, que claramente no está en la habitación. También hay escenas en las que jugamos con esos pensamientos que muchas veces nos bombardean la cabeza cuando nos encontramos angustiadas o en situaciones extremas, como una voz interior que nosotras hemos desdoblado en la dramaturgia. Creo que esas son escenas en las que la espectadora puede pensar: “¿Esto es real o no?”. También hay una parte en la que el personaje de Lola rompe la cuarta pared, en esa especie de sueño en la que habla sobre las arañas y cómo se relacionan con los machos. Creo que poder invitar al público a viajar con los personajes entre esos planos es muy interesante y es una posibilidad que nos da jugar en el teatro.
Además, la pieza tiene componentes gestuales en los que hemos creado coreografías a partir del concepto de pesadilla y también con gestos que recuerdan a imágenes que aparecen en la narrativa de la obra: rascar, clavar, las pastillas…etc. Este tipo de escenas entran dentro de ese plano onírico y por su característica gestual es más sencillo distinguirlo de un plano más realista.
María Fariñas: En esta pieza queríamos mezclar texto y cuerpo. Así fueron apareciendo dos planos, uno más realista donde se ve el transcurso de la historia, y uno más onírico, donde utilizamos un lenguaje más físico y abstracto. Creo que estos dos códigos pueden ayudar al público a intuir estas dos caras de la obra. También es imprescindible la labor del sonido y la iluminación en la narrativa de la pieza, como ya ha comentado Aitana. Para cada momento específico hay un diseño de iluminación y un espacio sonoro que acompañan la historia.

¿Y cómo ha sido esa labor de investigación que habéis llevado a cabo para conjugar teatro físico y textual?
Aitana Quiñoy: Lo bueno de que los miembros del equipo vengamos de distintos contextos artísticos es que hay una retroalimentación constante y aprendemos desde qué punto crea la otra. Esto te obliga a romper con tus ideas establecidas y aprendidas de cómo es ‘la manera correcta’ de crear y abrirse a otras posibilidades. Para conjugar teatro físico y textual, en este caso partimos del texto, porque es lo que hicimos primero. Escribimos y luego nos pusimos a ensayar y a levantar la pieza a partir de la dramaturgia. Por ello, las partes gestuales de la obra están muy ligadas a imágenes del texto, a sueños de los personajes, a todo eso que quisieran decir y que no pueden. Hemos intentado crear una dramaturgia también con el gesto, generando diálogos con el propio movimiento, anticipaciones y cumplimientos.
En la parte textual, hacíamos un previo análisis de la situación establecida y de los objetivos del personaje en la escena y después probamos qué surge a la hora de ponerla en pie con este esquema de análisis. En la gestual, nos juntábamos con nuestras coreógrafas y hacíamos lluvia de ideas a partir de la atmósfera que queríamos construir en esa parte, imágenes que eran importantes en la obra como la cicatriz de Sara, el acto de rascarse, el tragar pastillas… etc., y de qué manera podían convivir con el texto, pero siempre nacían de él, porque era nuestro punto de partida.
A mí me interesa especialmente que estos dos lenguajes teatrales puedan convivir porque son maneras de expresión que creo que se enriquecen mucho pero es importante engranar las piezas bien para que no esté el texto por un lado y lo coreográfico por otro. Por ello, procuro generar una dramaturgia en el gesto y entenderla como la oportunidad de expresar cómo se sienten los personajes cuando no pueden hacerlo con palabras.
María Fariñas: Todo fue apareciendo de forma bastante natural. Creo que la clave no está tanto en esa investigación entre lo físico y textual sino en encontrar un lenguaje común como grupo. Al final, cada una venía de un contexto y un aprendizaje específico muy distinto. Aitana tiene más formación en trabajo de texto y yo de cuerpo. Durante las primeras semanas de ensayo, el verdadero reto fue encontrar nuestro estilo. Para ello, es imprescindible una buena comunicación, buscar y compartir referentes y, sobre todo, probar. Hasta que no pruebas las cosas, realmente no puedes saber si funcionan o no.
También tuvimos la grandísima ayuda de nuestras coreógrafas Xandre y Ruth, que nos ayudaron a dinamizar y darle forma a lo que estábamos buscando.
Sois autoras, intérpretes, os dirigís… ¿Cómo es ese proceso de trabajo en el que ambas tomáis todas las decisiones? ¿Cómo se llega a los acuerdos de lo que es mejor para el montaje en cada momento?
Aitana Quiñoy: Por un lado, es divertido porque tenemos libertad absoluta de decisión. No depender de que nadie nos dé el visto bueno nos da una libertad creativa que a mí me encanta, sobre todo después de venir de formaciones estrictas donde la mirada ajena importa mucho y tú como alumna le das muchísimo valor porque alguien con mucha experiencia te está formando. Está siendo enriquecedor tener que trabajar en fiarte de tu propia mirada, en confiar en una misma y en nuestra visión como creadoras. Ahora bien, a veces es un absoluto estrés. Nos ocupamos de casi todo: texto, interpretación, dirección, diseño artístico y producción. A veces el agobio es tan grande que me encantaría delegar y solo ocuparme de actuar o de dirigir. Por suerte tenemos un equipo que nos ayuda con muchas otras cosas: Xandre y Ruth con la coreografía, Alba como parte del elenco, Dayana con la iluminación y María Castro con el espacio sonoro. También nuestras amigas Carmen, Enri, Alejandro nos han ayudado en ocasiones dándonos una mirada externa del proceso, que es imprescindible.
En cuanto a las decisiones, hablamos mucho, ponemos muchas cosas en común y probamos, probamos y probamos. En la prueba-error es donde sabemos qué cosas funcionan y qué no a nivel interpretativo, de la dirección, escenografía… etc. En el proceso de ensayos hemos cambiado texto, hemos tenido que renunciar a cosas que queríamos por presupuesto. Cuando surgen desacuerdos conseguimos encauzarlos bastante bien, encontramos el punto medio en el que ambas podamos estar satisfechas.
María Fariñas: Los procesos creativos son la relación de amor-odio más grande que conozco. Los lloras y los disfrutas al mismo tiempo. Es importante estar dispuesta a sentirte perdida, vulnerable, a equivocarte e incluso, no saber. Al final estos procesos son la verdadera escuela porque, pase lo que pase, hay que resolver. Como dijo Aitana, este proyecto no sería posible si no fuese por el maravilloso equipo que nos acompaña en nuestro día a día, es imprescindible aprender a delegar, para poder mimar realmente cada detalle.
Para mí, hacer teatro con mis amigas de toda la vida es un regalo. También es una gran responsabilidad saber separar la amistad de lo profesional y viceversa. Cuidar el espacio, cuidar las personas, y saber colocar tu ego. Así que, a la hora de tomar decisiones, para mi fue importante relativizar, buscar alternativas, o a veces, simplemente aparcar aquello que se estaba atascando para poder oxigenarlo y retomarlo posteriormente desde otro lugar. Creo que no es necesario forzar las cosas, cuando siempre, siempre hay alternativas.
¿Quiénes son Sara y Lola?
María Fariñas: Lola es una chica de 24 años. Lleva años entrando y saliendo del hospital, convirtiéndose en el lugar que más odia, pero también su único refugio. La historia de Lola está completamente marcada por diversos acontecimientos traumáticos desde su infancia, abusos sexuales, una madre y un padre ausente…es una chica completamente marcada por sus heridas. Así, su personalidad se vuelve estridente, utiliza el humor para transitar por todas sus emociones. A lo largo de la pieza, se puede observar esa lucha entre su oposición al sistema y, paralelamente, cómo es víctima del mismo.
Aitana Quiñoy: Sara es una chica en sus 20 años. Es perfeccionista y con una idea de sí misma muy rígida, se comporta más como los demás creen que debe hacerlo que como ella quiere hacerlo. Su arco en la obra pasa por romper todas esas normas a la que está tan acostumbrada y aceptar sus sombras y la historia que comparte con Lola, aunque eso la haga sentir culpable y no lo soporte.
La voz en off es un tercer personaje. ¿Es una referencia a la impersonalidad del sistema con respecto a los problemas de salud mental?
Aitana Quiñoy: Es una referencia a la impersonalidad y distancia frente al dolor de las personas que acuden a consulta pidiendo ayuda. Es un personaje ambiguo, no buscábamos que fuera malo ni bueno, simplemente correcto haciendo su trabajo. Muchas de las preguntas que la voz en off hace en la obra son preguntas reales de experiencias en consultas de psiquiatría. Nos parecía muy macabro pensar que acudes a una consulta psiquiátrica y el médico te hace preguntas que parecen de un test programado que tiene que rellenar en diez minutos de consulta si acudes a la seguridad social, para escribir un diagnóstico rápido y saber qué tipo de antidepresivo recetar.
María Fariñas: Completamente, cuando escribimos la pieza quisimos que este personaje fuera neutral, que no representase ni el bien, ni el mal. La voz en off tiene un único objetivo: curar a sus pacientes. Su trabajo es seguir el protocolo establecido para lograrlo. Nos interesa que el público pueda interpretarlo de distintas maneras, para que resuenen sus historias personales en ella. También buscábamos destacar esa impersonalidad y frialdad de los protocolos. Es curioso como se pretende que contemos nuestros mayores secretos, temores, que expresemos nuestra vulnerabilidad a alguien que se muestra tan ajeno a nosotras.
¿Vivimos en una sociedad sobremedicada?
Aitana Quiñoy: España es el tercer país de Europa con más consumidores de antidepresivos de la Unión Europea, con un aumento de más del 50% en los últimos 15 años y no nos preguntamos de dónde viene esto, simplemente aceptamos que es así y cuando vamos al médico nos recetan antidepresivos y ansiolíticos en la primera consulta, muchas veces el médico o la médica de cabecera, ni siquiera un psiquiatra. En muchas ocasiones la medicación viene a taponar los síntomas de muchas personas que están sobrepasadas por su situación laboral, personal, por un futuro cada vez más hostil y desesperanzador. Si ha habido este aumento, quizá la respuesta no es medicarnos para que podamos dormir sino entender por qué no podemos hacerlo. Muchas veces, la medicación es recetada porque vivimos en una sociedad en la que está mal visto parar, necesitar un descanso, dejar de producir, al fin y al cabo. El problema y no está en el contexto que rodea a esa persona que acude a la consulta angustiada, sino en la persona en sí y creemos que se va a arreglar con la medicación, pero la angustia va a seguir presente si el contexto es el mismo y, por lo tanto, la medicación nunca va a ser retirada.
María Fariñas: Hace un par de horas estaba entrando en el metro y escuché a una señora decir por teléfono: «Has de aceptar que tienes que tomar Valium para el resto de tu vida». Se me encogió el corazón solo de pensar en la posibilidad de que yo tuviera que tomar un medicamento para la ansiedad el resto de mi vida. ¿Cuáles son las circunstancias personales que han llevado a esa persona a tener tal sentencia? ¿De verdad es la única manera de seguir viviendo? ¿O es la única opción que se nos plantea para no frenar el ritmo de vida que llevamos? También abordaría la cuestión de que, a veces, no se nos dan alternativas, o no nos podemos permitir otras alternativas.
¿Para abordar estos problemas de salud mental habría que hacerlo atendiendo al contexto social en el que vivimos en vez de intentar paliarlo de forma individual?
Aitana Quiñoy: Pienso que hay que encontrar un equilibrio y que, en una perspectiva psicológica debe haber también una perspectiva social. Muchas de las vivencias con las que alguien acude a una consulta psicológica o psiquiátrica, aunque individuales, responden a realidades sociales: una situación laboral precaria, las consecuencias de vivir en una sociedad machista, la falta de educación emocional…etc. Por ejemplo, una mujer que sufre violencia de género y está en un estado de ansiedad constante, por mucho que acuda a una consulta y se medique, si su contexto sigue siendo el mismo y no tiene facilidades para salir de ahí, esa mejoría no pueda producirse únicamente porque quiera estar bien o se esté tomando antidepresivos o ansiolíticos diariamente. Si un individuo está profundamente angustiado por sus malas condiciones laborales, esa angustia no va a desaparecer por mucho que acuda a terapia una vez a la semana.
Si estamos ante un aumento de diagnósticos de depresión y ansiedad en los jóvenes, quizás es porque algo en la manera en la que el mundo está evolucionando está generando esa desesperanza y esa angustia. No podemos permitirnos pensar que algo que está sucediendo a una parte muy grande de la población es debido únicamente a que los cerebros de todas esas personas están configurados de manera que tienen tendencia a sentirse depresivas o ansiosas.
Además, hay que tener en cuenta que cada una tenemos nuestra historia personal, que nos afecta en cómo entendemos el mundo y cómo reaccionamos ante él, pero incluso estas vivencias personales son, en muchas ocasiones, comunes. Por ejemplo, en la obra tratamos el tema del abuso sexual infantil y esto es un hecho que, por desgracia, ha afectado a muchas niñas y a muchos niños y lo sigue haciendo y que, por lo tanto, es una realidad que es importante afrontar socialmente, ayudando a prevenirlo y a enseñarnos cómo intervenir. Con todo esto lo que quiero decir es que es importante ver más allá de lo que llamamos ansiedad y depresión y entender la historia personal y el contexto social que rodean a una persona a la que se le diagnostica y se dice que está enferma, porque quizá esa tristeza y esa angustia no son más que un síntoma de una realidad que le está haciendo daño. Muchas veces, desde la medicina, nos empeñamos en acabar con el síntoma con una medicación y quitamos el foco de aquello de lo que el síntoma nos está avisando.
¿Por qué la sociedad rechaza la angustia y la tristeza?
Aitana Quiñoy: Porque nos obligan a parar. Así como la alegría es un activador, la tristeza nos invita a algo más introspectivo, a reflexionar. Muchas veces necesitamos transitar por esa tristeza tiradas en nuestra cama o entre los brazos de una amiga. Es mucho más difícil producir, ir al trabajo, ir a clase cuando estás triste. Cuando estás angustiada también hay una parálisis, no tanto del deseo sino de la capacidad de decisión, de la razón, hay una agitación que a mi, por lo menos, me bloquea. En una sociedad profundamente capitalista que lo que busca es la máxima explotación en el menor tiempo posible, que alguien necesite parar no es concebible porque un día de descanso implica un día de no productividad.
También pienso que los estereotipos de género alimentan este rechazo: a las mujeres se nos educa para agradar, para cuidar, para gustar a la mirada masculina y, para ello, mostrarnos alegres, amables y disponibles lo hace mucho más fácil. Por otro lado, a los hombres se les educa en la invulnerabilidad y, con ello, estar triste o angustiado se convierte en algo inaceptable.
María Fariñas: Creo que actualmente sigue habiendo un estigma sobre aquellas emociones consideradas negativas. Este tipo de emociones que nos vuelve más introspectivas, implican una serie de necesidades que en el sistema que vivimos no tienen cabida. No hay espacio y tiempo para transitar por la tristeza. Para escuchar y cuidar de las necesidades del cuerpo, porque hay que producir, hay que seguir cumpliendo horarios, tareas, objetivos.
¿La gente de vuestra generación habláis más de estos temas? ¿Compartís esos sentimientos o sensaciones que os generan angustia?
Aitana Quiñoy: Sin duda, pienso que ha habido un avance en cuanto a dialogar sobre las emociones. Creo que en nuestra generación lo tenemos más presente y le damos más espacio a este tipo de sentimientos, aunque muchas veces con culpa. A veces creemos que no deberíamos o no tenemos derecho a sentirnos angustiadas o tristes, pero aún con este juicio hacemos el esfuerzo de expresarlo y eso ya es un motor, ya produce una liberación.
Además, al expresarlo, permitimos que otras validen lo que nos está pasando, que nos compartan que ellas también se sienten así en ocasiones y creo que eso hace que nos sintamos menos solas. Pienso que la generación de nuestros padres y de nuestras madres han crecido con la idea de que deben tragarse todas estas emociones y seguir adelante con una fortaleza implacable, confundiendo el acto de taponar estas emociones con una fuerza que no es más que dolor enclaustrado. Pero lo entiendo, no se nos educa para tener una inteligencia emocional que nos enseñe que las emociones consideradas negativas también son necesarias, que un duelo debe ser transitado y que decir “estoy bien” cuando no puedes más no va a borrar todo lo que hay debajo. Por suerte, cada vez se habla más de inteligencia emocional, de los estados depresivos y ansiosos, del suicidio, de salud mental en general desde un punto de vista más sensible y normalizado. Está más presente en el diálogo cotidiano, en el cine, en la educación… Recuerdo cuando en 2020 salió la serie Normal People yo pensé: “Gracias, esto es exactamente lo que yo siento y creo que no es tan raro si puede aparecer en una serie con la que tanta gente está conectando y se está sintiendo identificada”.
Personalmente, soy muy afortunada porque tengo un círculo que construye estos espacios de diálogos en los que sé que puedo expresar cómo me siento y no me voy a sentir juzgada. Yo también me esfuerzo en que sea recíproco, en generar una conversación en la que sea posible una escucha sin miedo a que lo que la otra tenga para contar sea que se siente triste, angustiada y perdida. La existencia de estos diálogos ya lo hace todo mucho más amable.
María Fariñas: Por mi experiencia diría que sí. Creo que desde hace unos años se ha empezado a hacer más eco de todas estas cuestiones, aunque no es nada nuevo. Teóricas feministas como Kate Millet o artistas como Patti Smith ya hablaban de esto en la década de los 80. Pero es cierto que ahora, este diálogo está mucho más extendido, especialmente entre la gente joven- Hay accesibilidad a mucha más información y, por lo tanto, más concienciación sobre estos temas.
¿No es paradójico que ahora se pueda hablar más y más libremente de los problemas de salud mental cuando vivimos en una sociedad altamente deshumanizada? ¿O es por eso precisamente?
Aitana Quiñoy: Pienso que precisamente esa deshumanización de la que hablas es la que, en muchas ocasiones, causa ese malestar psicológico o emocional. Con ello, cuanto más malestar hay más necesidad de nombrarlo. Pienso que hay un progreso real en cuanto a normalizar la conversación sobre el dolor emocional y tenemos más herramientas para hablar de nuestras emociones. Creo que estamos construyendo un camino para poder hablar de esta realidad con mayor sensibilidad y empatía pero también pienso que, a veces, se utilizan discursos de salud mental para psicologizar problemas estructurales. La sociedad actual, deshumanizada como tú dices y con un individualismo y competitividad demoledores produce condiciones de vida estresantes y deprimentes. Me alegra que podamos hablar de dolor emocional con libertad pero creo que, a veces, el discurso sobre salud mental puede ser un arma de doble filo cuando no presenta que el malestar psicológico es, en numerosos casos, un síntoma subjetivo de condiciones sociales.
¿La reivindicación del auto cuidado es algo necesario hoy en día o a veces se usa como excusa para salir corriendo cuando algo se complica?
María Fariñas: No hay que confundir el autocuidado con ser egoísta, evidentemente. Por un lado, actualmente el concepto autocuidado está muy capitalizado, asociar el cuidarse con comprar una cantidad innecesaria de cosas, pensando que así te vas a sentir mejor, es triste. Por otro lado, también considero que se utiliza esta expresión como un acto de cobardía para no enfrentarse a ciertas situaciones, que puedan implicar asertividad e incomodidad. Creo que como sociedad también tenemos que responsabilizarnos sobre qué uso realmente queremos hacer sobre estos términos. Y replantearnos, al hablar de cuidado y autocuidado, cómo queremos vivir en sociedad.
Aitana Quiñoy: Creo que tenemos que ser sinceras con nosotras mismas y con el momento en el que estamos. Hay que encontrar el límite entre el autocuidado y el sostener la incomodidad y las dificultades que exigen ciertas experiencias o relaciones. La idea de autocuidado no debería ser sinónimo de retirarse siempre que una relación exija trabajo emocional o para evitar situaciones difíciles, pero sí de permitirte momentos sin productividad, crear, darte permiso para sentirte triste, pedir ayuda… Hay actos de autocuidado que también implican incomodidad: tener una conversación difícil, parar cuando estás sobreexigida, ponerle límites a tu jefe o a tu jefa…
Ahora bien, también pienso que ha llegado un punto en el que el término se ha mercantilizado y simplificado. Byung-Chul Han habla de cómo la sociedad neoliberal transforma el autocuidado en un mandato individual que puede ser perjudicial. Es decir, a veces entendemos el autocuidado dentro de una sociedad de hiperrendimiento: cuidate para ser eficiente. No nos cuidamos por el bienestar en sí, sino para producir más y más rápido. Es uno de los temas que abordamos en la obra, hasta qué punto nos importa el bienestar emocional del otro más allá de que es necesario para que siga aportando al sistema de producción.

¿Sería un ejercicio constructivo el mirar nuestras grietas entre todas?
Aitana Quiñoy: ¡Sí! Creo que ayudaría a darnos cuenta de que muchas de esas grietas son comunes y movilizar el pensamiento y el deseo de cambio. En relación a la obra y al dolor emocional que tienen los personajes, soy consciente de que sostener el dolor de la ‘otra’ muchas veces es difícil, doloroso, genera impotencia al no ser capaz de resolverlo, pero creo profundamente que ese acto de compartir podría transformar la vergüenza en comprensión y ayudarnos a crear vínculos profundos basados en el tiempo, en el cuidado y en la atención.
María Fariñas: Sin duda generaría más comunidad. Creo que compartir el dolor, el simple acto de expresarse y sentirse escuchada y acompañada puede ser absolutamente liberador. Además, podría ayudar a darnos cuenta de que nuestras historias nunca son casos aislados.
¿Qué ocurriría si nos escucháramos de verdad?
María Fariñas: Si empezáramos a escuchar de verdad aquello que afecta y preocupa a las personas, puede que el mundo se convirtiera en un lugar más amable.
Aitana Quiñoy: Aparecerían verdades incómodas, nos obligaría a aceptar una vulnerabilidad que muchas veces nos asusta. Y, lo más importante, escuchar de verdad la realidad del ‘otro’, de la ‘otra’, nos convocaría a responder. La escucha es revolucionaria porque activa la empatía.
¿Cuándo una herida te la provoca un ser querido y cercano es más difícil sobreponerse a ella?
Aitana Quiñoy: Pienso que es algo muy personal, cómo nos afectan nuestras heridas y nuestras vivencias. Pero creo que cuando una herida te la provoca un ser querido, como sucede en la obra, es más difícil permitirte a ti misma enfadarte con él, que es una fase normal y necesaria en un proceso de duelo. Además, si un ser querido que está presente en tu vida te provoca una herida, es mucho más complicado alejarse y por lo tanto distanciarse de ese hecho doloroso, que en muchas ocasiones es consolador. También pienso que cuando alguien a quien quieres y que supuestamente te quiere te ha hecho un gran daño, dos ideas entran en conflicto: no entiendes cómo una persona que considerabas que te iba a cuidar y a proteger, de repente provoca una grieta con alguno de sus actos, como pasa cuando hay abusos infantiles en el núcleo familiar.
María Fariñas: Creo que es más difícil darle legitimidad a lo ocurrido. La vivencia de la herida se ve influenciada por el contexto en el que ocurre. Por ejemplo, cuando este implica a la familia, pueden aparecer muchos conflictos: el señalamiento, cuestionamiento, el silencio, la fragmentación… creo que son elementos muy condicionantes y decisivos en cuanto al sentido de apropiación y validación de la herida.
¿Vosotras tenéis alguna herida cerrada que siga sangrando?
Aitana Quiñoy: Absolutamente, si no, no hubiéramos escrito esta obra. En 2024 subimos un post instagram que ponía “si escribiera una obra de teatro se llamaría Las heridas cerradas también sangran”, y es porque desde hace años me interesa esta idea de que hay heridas que piensas que están sanadas y que, de repente, te hablan después de mucho tiempo cuando te enfrentas a alguna situación o cuando lees un libro o escuchas una canción que sin entender muy bien por qué te conecta con alguna grieta pasada. Los procesos no son lineales y, en ocasiones, nos empeñamos en “cerrar” esas heridas antes de tiempo, sin haberlas curado del todo, que es lo que les pasa a los personajes de la obra: son jóvenes que no han tenido la oportunidad ni han sabido cómo afrontar sus heridas, y que se convencen de que están curadas cuando ni han aceptado que pueden sentir dolor. Son personajes que se protegen constantemente de esa supuración emocional, Lola desde la comedia y Sara desde el control y la búsqueda de perfección.
María Fariñas: Sí. Creo que las heridas no se llegan a cerrar nunca porque viven en la memoria, tanto en la psicológica como en la memoria corporal. Las heridas se transforman, aprendemos a convivir con ellas, así como con nuestro pasado y con nuestras experiencias. Las heridas forman parte de nuestra historia personal y, en mi caso, mi forma de convivir con ellas es aprovechándolas para crear.
¿Hay que morder la manzana con fuerza para borrar de una vez por todas el estigma del pecado original?
Aitana Quiñoy: A lo largo de la historia se han mordido muchas manzanas para generar cambios. Hay que atreverse a incomodar, a romper con el pensamiento que, como dijo Wittig, nos ha hecho naturalizar los fenómenos sociales que manifiestan nuestra opresión. No hay naturaleza en la sociedad, y romper con esos factores que hemos aprendido y dado por supuesto es necesario para cualquier cambio. Los personajes de Las heridas cerradas también sangran muerden la manzana en muchos puntos de la obra. Especialmente cuando no quieren aceptar perder su cualidad de sujeto frente a un diagnóstico que no atiende a su contexto. Kate Millet mordió la manzana cuando escribió Viaje al manicomio, Alejandra Pizarnik con su poesía, y muchas otras mujeres que lo hacen día a día.