Bea Poey es la autora y directora de Si las paredes hablasen, una obra sobre dos mujeres que acuden a una reunión de antiguas alumnas en La Asociación para la Enseñanza de la Mujer en 1906. Ellas son María Amalia Goyri y Goyri, antigua alumna y profesora del centro, quien se reencuentra con Celia, una de sus antiguas estudiantes.
A través de su conversación conoceremos un poco más la historia de estas dos mujeres de principios del Siglo XX y, sobre todo, nos trasladaremos a una época donde la educación y los derechos de la mujer eran casi inexistentes.
Jessica Moya y Chus Pereiro son las intérpretes de esta comedia que intenta poner en valor a mujeres talentosas y brillantes que han sido olvidadas o borradas de la Historia y que podrá verse en Sala Tarambana los días 11, 18 y 25 de enero.
¿Bea Poey es una de esas personas que nació con un boli y un papel en las manos? ¿Todo tu mundo gira en torno a la palabra?
No sé si nací con un bolígrafo en la mano, pero con lápices de colores seguro (risas). Desde pequeña, además de escribir muy pronto, me pasaba horas dibujando una especie de cómics con esos lápices. Mi mundo siempre ha girado en torno a contar historias y, al final, la palabra es la herramienta con la que nos comunicamos, con la que conectamos y que utilizo cada día en mi trabajo como guionista.
¿Por qué escribir es una necesidad?
Es una necesidad porque es mi pasión, me completa y me permite expresar lo que llevo dentro, como historias, personajes o ideas que quieren salir. Es mi manera de crear, de darle forma a todo eso que bulle en mi cabeza y de transformar lo que siento en algo que puedo compartir. Me da la posibilidad de conectar con una audiencia, de hacerles vibrar, emocionarse y pensar.
¿Cómo es trabajar en la televisión en programas de máxima audiencia como Sálvame Deluxe, Mask Singer, Lazos de Sangre o Bake off?
En general, trabajar en televisión es ‘todo para ayer’. Cada programa es diferente, pero la inmediatez para buscar soluciones y escribir a la velocidad de la luz es la tónica en la mayoría de ellos. Hay que ser rápido, resolutivo y, además, creativo bajo presión. No hay tanto glamour como uno podría imaginar detrás de las cámaras… pero sí mucho trabajo. Pero, claro, también tiene sus momentos buenos: te ríes, ves situaciones que superan cualquier ficción y, a veces, piensas “¿esto está pasando de verdad?”. Lo que yo he vivido en Sálvame, por ejemplo, es irrepetible, y, sobre todo, inolvidable.
La verdad, he tenido la suerte de trabajar en programas muy distintos, cada uno con sus particularidades y su propio aprendizaje.
¿Pero es escribir tus propias obras de teatro o guiones de cine lo que más te llena?
Sin duda. Las dos me permiten expresarme libremente y contar lo que quiero, sin cortapisas a mi imaginación. El teatro me da libertad, pero con un peso muy grande en la palabra. En el cine, el peso está más en la imagen. Al final, ambos conjugan lo que más me llena: contar historias que inspiren o conmuevan. Y en la tele… me dejan poca libertad, la verdad.

¿Cómo de complicado es poder levantar tu propio proyecto?
Es tremendo. Nada es fácil, sobre todo en mi caso, porque en mis proyectos de teatro no cuento con el respaldo de una productora ni de una distribuidora. Todo es autofinanciado y yo me encargo de gestionarlo absolutamente todo: montar los ensayos, organizar los traslados de decorado, vestuario… Soy una currante nata y me encanta hacerlo, pero no voy a negar que es agotador. Tengo que pedir favores a colegas para que facturen con sus productoras… En fin, espero que pronto eso cambie y que pueda contar con algo de ayuda y financiación. Si hay productoras o distribuidoras interesadas leyendo esto… por favor, ¡contactadme! (risas).
¿De dónde te nace escribir un texto como si Las paredes hablasen?
Nace de mi inquietud y del deseo de poner en valor a mujeres talentosas y brillantes que han sido olvidadas o borradas de la historia simplemente por ser mujeres. Me parece algo tan injusto que necesitaba contarlo. Además, me permitía comparar los principios del siglo pasado con nuestra época y observar tanto las diferencias como las similitudes, para recordar que, aunque se ha avanzado mucho en temas de igualdad, todavía nos queda un largo camino por recorrer.
Puede que sea muy evidente, ¿pero a qué hace alusión el título?
Habla de los recuerdos: de voces, risas y vidas que quedan atrapadas en ellas, como ecos que se resisten a desaparecer. En este caso, esas paredes pertenecen a una antigua asociación para la educación de señoritas de principios del siglo XIX. Por allí pasaron muchas mujeres con su historia y sus miedos, deseos, anhelos… ¡Imagínate si esas paredes pudieran contar todo lo que han visto y oído!
¿Cuáles son los temas que se abordan en la obra?
Fundamentalmente, la obra trata sobre la igualdad de género y la importancia de la educación como arma y herramienta para transformar el mundo y construir un futuro mejor para todos.
¿Cómo es la puesta en escena que habéis elaborado?
Recreamos una sala de esta antigua escuela de señoritas de principios del siglo XIX, donde se reencuentran las dos protagonistas. Con elementos sencillos que evocan la época: su juego de café, las telas bordadas… cada detalle busca transportar al espectador a ese tiempo.
Las actrices llevan vestidos de época de los que estoy especialmente orgullosa: los he diseñado yo y mi pobre madre los ha cosido con todo el cariño. Casi podría decir que he puesto un pedacito de mí en cada rincón de esta obra. ¿He dicho ya que hago de todo, no? (Risas).
¿Cómo surge trabajar con Jessica Moya y Chus Pereiro? ¿Por qué las has elegido a ellas como protagonistas de tu historia?
A Jessica y a Chus las conocí en 2015, recién llegada de Londres. Hice un casting y las seleccioné para ser parte del elenco de mi primera obra de teatro estrenada en Madrid, Ananké, y desde entonces han estado conmigo en casi todos mis proyectos. Es que las amo. Son muy brillantes, talentosas y generosas, y solo tengo palabras de agradecimiento.
Elevan mis personajes a niveles que ni siquiera yo sabía que existían. Hacen magia. Me quedo mirándolas embobada y se me olvida que estoy viendo la obra como directora y no como espectadora… Con el final de Si las paredes hablasen siempre me hacen llorar, me emocionan… Y encima, son mis amigas.
¿Cómo eres como directora?
Pues como directora, quizá deberían decirlo ellas mejor, pero creo que, si hay alguna cosa que puedo decir de mí, por ejemplo, es que me gusta dar bastante libertad a los actores en los ensayos. Me gusta ir creciendo con ellos, que jueguen, prueben cosas… y yo voy guiando hasta que creo que lo tenemos. Para mí, es un proceso común, un trabajo en equipo. Y tiene que ser divertido y entusiasmarnos. Me gustan lxs intérpretes disciplinados, que lleguen con el texto aprendido, a currar y no a pasar el rato. Tengo poco tiempo y me gusta aprovecharlo al máximo.
En cuanto a los personajes, en la primera lectura contesto preguntas y les cuento cómo veo el conjunto y a cada personaje. A mí me gusta que los actores me aporten su visión; al final, creo que es una parte fundamental de su trabajo como intérpretes, y hay que fusionar lo que yo imagino con lo que ellos ofrecen. Así se enriquecen los personajes, creo yo.
Luego, ya ensayando, puedo explicar las intenciones de cada frase, por qué está ahí… y claro, lo bueno de escribir y dirigir es que sabes exactamente por qué esa palabra está ahí y no otra. Por qué un personaje tiene esa urgencia y no otra… Así que las dos facetas combinan a la perfección.
¿Escribes ya pensando en la dirección o hay momentos en los que ambas facetas conflictúan y tienes que posicionarte?
Tampoco soy una loca del texto, ni que fuera yo Shakespeare… entiéndeme. A no ser que haya una frase muy importante por algo concreto, acepto cambios, sugerencias y morcillas y, de hecho, suelo incorporar bastantes cosas. Para mí, el texto se termina en los ensayos. Pero si algo no me convence porque no aporta a mi visión global, ahí sí, es un «no» tajante.
Cada vez escribo más pensando en la dirección, aunque me pasa mucho más en la ficción que en el teatro. He aprendido que cuanto más describas y más específico seas, más fácil es para otra persona imaginar exactamente lo que tienes en la cabeza. Así, si el libreto o el guion cae en manos de otro director, el resultado estará más cercano a lo que tú habías imaginado. Y te frustras un poquito menos (risas).
En la obra, en vez de haber retratado únicamente la época de las dos mujeres protagonistas, juegas también con nuestro presente. ¿Por qué decidiste hacerlo así?
Porque me permitía mostrar las diferencias y, sobre todo, las similitudes entre una época y otra. Me hice la pregunta: ¿cómo sería si estas mujeres tuvieran una reunión de antiguas alumnas pero hoy? Jugar con el presente me daba la oportunidad de contrastar lo que hemos avanzado y lo que todavía arrastramos. Y, además, podía aprovechar los anacronismos, que dan muchísimo juego y generan situaciones muy divertidas para una comedia.
¿El humor en una obra como esta hace que todo entre mejor?
Molière decía algo así como: “La misión de la comedia es corregir a los hombres divirtiéndolos”. Y estoy totalmente de acuerdo. La risa es la mejor herramienta para hablar de temas importantes. En esta obra doy muchísima información que, planteada de otra manera, podría haberse convertido en un tostón didáctico… pero no lo es. Para nada. Aquí hay situaciones disparatadas, humor, juego… y, entre medias, verdades, algunas incómodas, que entran mucho mejor cuando te estás riendo. Y cuando termina la función, de repente te descubres haciéndote preguntas y diciendo: “Ostras… no tenía ni idea de esto”. Y ese momento, es mi objetivo.
De entre todas las mujeres silenciadas u olvidadas por la historia, ¿por qué has elegido la figura de María Goyri?
Investigando encontré la existencia de la Fundación Fernando de Castro, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer en Madrid. Descubrí que allí había estudiado María Goyri y que después fue profesora del propio centro. También aparecieron muchas otras mujeres fascinantes que pasaron por allí, y que menciono en la obra, las investigué a todas. Pero María… era mucha María. Fue de las pocas mujeres que consiguieron llegar a la universidad en su época. Estuvo a la sombra de un marido famoso, pero ella era una mujer brillantísima por sí misma: una literata, una visionaria, una investigadora incansable y una luchadora por los derechos de las mujeres. Un referente absoluto y, aun así, olvidado. Como tantas otras.

¿Cuánto le debemos a las mujeres que nos han precedido a lo largo de nuestra historia?
Todo. Les debemos absolutamente todo. Sin ellas no habríamos conseguido nada de lo que tenemos ahora. Fueron imprescindibles. Aunque no sepamos sus nombres, aunque la historia las haya borrado, fueron ellas quienes abrieron el camino, quienes empujaron la puerta para que hoy podamos cruzarla. Igual que lo que peleemos hoy servirá para las que vengan detrás. Esto es una cadena: cada generación debe empujar un poco más para que la siguiente pueda vivir mejor.
Aunque alguna ‘influencer’ diga que no es importante, cada libro que se lee, cada palabra que una mujer escribe, ¿es un acto de resistencia?
Por supuesto. Parece que las mujeres siempre han sabido leer y escribir, y eso no es verdad, no siempre ha sido así. Hasta hace bien poco, muchas mujeres en nuestro país ni podían leer ni escribir; era un privilegio al alcance de muy pocas. Que hoy no se valore ese logro, o se minimice, con todas las mujeres que habrían deseado poder educarse, es insultante. Además, en cualquier momento nos lo pueden quitar otra vez, porque leer, y la cultura en general, nos hace más libres… y menos manipulables.
Así que cuando una mujer escribe, está ocupando un espacio que durante siglos nos fue negado. Y cuando una mujer lee, está accediendo a un conocimiento del que fuimos apartadas. Por eso sí, hoy en día siguen siendo actos de resistencia.
¿El mundo se sigue tambaleando si una mujer se despeina?
Pues mira, un poco sí. Parece mentira, pero aún hay quien se pone nervioso si una mujer se sale medio centímetro del pack de feminidad asumido como ‘correcto’. Tenemos unas normas no escritas: cómo vestir, cómo hablar, cómo comportarnos… que en cuanto las rompes… ¡ay, madre!, se tambalea el orden mundial. Como si el planeta fuese a implosionar porque una mujer se despeine, levante la voz o decida no pedir permiso. En fin, aún queda trabajo.
¿Las mujeres inteligentes siguen asustando?
Sí, y no es nada nuevo. Igual que María Goyri fue considerada una amenaza en su tiempo y tuvo que exiliarse por ser inteligente y tener ideas propias, hoy una mujer independiente, segura de sí misma y con personalidad sigue poniendo nerviosos a algunos. Muchas veces es un reflejo cultural, están educados para ‘protegernos’ y sentirse necesarios, como si todavía viviéramos en otra época. Pero la película ha cambiado, ya no necesitamos su permiso ni su aprobación para existir, pensar o decidir. Y eso, a veces, les cuesta asumirlo.
¿Y por qué dan tanto miedo también vuestras tetas?
¡Pues eso digo yo! Supongo que viene de la sexualización tan brutal del cuerpo femenino durante siglos. Las tetas se han convertido en un símbolo que provoca miedo o incomodidad porque muchos las asocian con poder, deseo y autonomía femenina.
¿El rechazo tan frontal al feminismo por parte de los hombres es por el miedo a perder sus privilegios?
Sí, en muchos casos el rechazo al feminismo viene del miedo a perder privilegios. Por suerte, cada vez hay más hombres que no piensan así, ese es el camino, y ese es también el poder de la educación. Muchas veces creo que ni ellos mismos son conscientes de esos privilegios, pero no entiendo por qué les molesta tanto que podamos hacer lo mismo que ellos. Nosotras llevamos siglos de retraso, ellos han disfrutado miles de años de libertad… así que, sinceramente, dejadnos en paz.
Y cuando ese rechazo viene de una mujer, ¿qué te hace pensar?
Cuando ese rechazo viene de una mujer creo que suele ser por desinformación. Una mujer no puede no ser feminista: está en su ADN. Seas mujer o no, nadie debería rechazar la igualdad entre sexos si eres una persona con un mínimo de sentido común. El problema es que la palabra ‘feminista’ ha sido cargada de connotaciones negativas por retrógrados que no quieren perder sus privilegios fomentando la confusión semántica entre el feminismo y el hembrismo por ejemplo.
Ahora la juventud, determinada juventud, está volviendo la mirada hacia los toros y el ir a misa los domingos, llevan símbolos carlistas en sus mochilas y pulseras con la Virgen del Rocío. ¿Qué piensas de esa mirada al pasado?
A ver, la libertad religiosa es constitucional y eso hay que respetarlo, sin llegar a extremos, por supuesto. Pero sí me parece interesante preguntarse qué les lleva a aferrarse a ciertos valores tradicionales y si más adelante tendrán la capacidad crítica para replanteárselos.
Yo crecí en una familia súper católica y salí de ahí (risas). Creo que siempre hay esperanza, pero para eso hace falta curiosidad, inquietud y educación, tanto en casa como en los colegios… y, lamentablemente, esa educación cada vez es más precaria y polarizada. Sin entrar a hablar de redes sociales, que también influyen, los grupos de extrema derecha han sabido explotar muy bien ese potencial. Ahí hay un melón que va a reventar en algún momento. Y da mucho miedo. Por eso mismo, no podemos dormirnos ni dar nada por sentado.
¿Queramos o no queramos el mundo va a ser siempre de los hombres?
Ojalá que no. Pero también es verdad que necesitamos que ellos formen parte del cambio. Hasta que los hombres no se revisen, no se cuestionen sus privilegios, no nos apoyen de verdad y no denuncien lo que ven, avanzar va a ser complicado. Necesitamos más hombres capaces de decir en voz alta: “soy feminista” y actuar en consecuencia. Si no, el camino seguirá siendo difícil, por no decir que estamos un poco jodidas.
¿Faltan calles con nombre de mujer?
Puff… un montón. Faltan calles con nombre de mujer, pero también referentes en los libros de historia, en ciencia o en el arte. Las nuevas generaciones necesitan ver que las mujeres también pueden crear, liderar e inspirar. Se necesitan más referentes femeninos, aunque sea poniendo nombres a las calles, y no solo como señalización, sino para darles su sitio y su reconocimiento.
¿Y qué más sigue faltando para construir un mundo más igualitario o más justo?
Educación, eso es lo más importante. Educación en igualdad, en respeto, en derechos, desde casa, desde el colegio, desde los medios, desde la cultura… Solo así podremos construir un mundo más justo e igualitario.
Dices que tu camino nunca ha sido otro que el de poder trabajar con la palabra y la emoción. ¿Lo has conseguido?
Sí y no. Creo que sigo intentándolo. Puedo estrenar mis obras y desarrollar mis proyectos de ficción, pero la vida es un aprendizaje constante y aún me queda mucho por contar. Al menos llevo más de 20 años viviendo de ser guionista, y eso ya es un logro que me permite seguir soñando y creando.