Ane Pikaza y María Goiricelaya son, desde 2022, las directoras artísticas del Festival de Teatro de Olite.
Recién renovado su proyecto por cuatro años más, ambas creadoras nos cuentan (en una sola voz), cómo están consolidando a Olite como lugar destacado de los festivales veraniegos, los que nos vamos a encontrar en esta 27ª edición y cuáles serán las líneas maestras de cara al futuro.
Lleváis dirigiendo el Festival de Teatro de Olitedesde 2022. ¿Qué balance personal y vital hacéis de estas primeras cuatro ediciones?
Estas cuatro ediciones al frente del Festival de Teatro de Olite nos han permitido algo que consideramos fundamental: no solo profundizar en el propio proyecto artístico, sino también en el territorio que lo acoge. El tiempo es una herramienta imprescindible para comprender la idiosincrasia, las dinámicas y la realidad que rodean al Festival.
A medida que hemos ido conociendo mejor Olite y su entorno, hemos podido construir una propuesta cada vez más arraigada, más consciente y más conectada con quienes forman parte de ella. Creemos que dirigir un festival no consiste en llegar con una idea cerrada e imponer unos ritmos o una mirada, sino en escuchar, observar y dejar que el contexto también transforme el proyecto.
El balance, por tanto, es profundamente positivo tanto en lo profesional como en lo personal.
Con vosotras el frente, el festival tiene más voces femeninas, es más interdisciplinar, más abierto… ¿Habéis logrado los objetivos que os marcasteis al proponer vuestra candidatura?
Sin duda, hemos logrado gran parte de los objetivos que nos marcamos cuando presentamos nuestra candidatura, y hemos trabajado intensamente para que así fuera. Desde el principio queríamos que el festival se convirtiera en una casa para las creadoras, ampliando la presencia de voces femeninas y generando espacios de visibilidad y encuentro.
También nos propusimos construir un festival más inclusivo y accesible, abierto a públicos diversos y a distintas formas de creación escénica. En estos años hemos reforzado la presencia de nuevas dramaturgias, la interdisciplinariedad y el diálogo entre lenguajes, siempre con la voluntad de que el Festival de Teatro de Olite siga siendo un espacio vivo, contemporáneo y conectado con la realidad de nuestro tiempo.
El año pasado renovasteis por cuatro años más, así que estaréis hasta 2029. ¿Qué idea tenéis ahora sobre a dónde llevar al Festival de Olite en estos años futuros?
Queremos seguir profundizando en lo que hemos construido, pero sin repetir fórmulas. Nos interesa que el festival madure hacia una identidad más nítida, más reconocible internacionalmente, sin perder el vínculo con el territorio que lo hace singular. Tenemos muy presente la internacionalización: traer miradas de fuera que dialoguen con la creación navarra y vasca, y también abrir el festival como plataforma de proyección hacia otros circuitos y colaboraciones. Y queremos seguir apostando por la dramaturgia contemporánea como eje vertebrador y por loa grandes de temas que hoy preocupan a la sociedad. También por la comunidad; que el festival sea del público y del territorio para nosotras es crucial.
¿Qué es lo más complicado de dirigir un festival así? ¿Es coordinar los equipos humanos? ¿Elegir las propuestas? ¿Lidiar con temas económicos?
Lo más exigente es sostener la coherencia artística. Hay muchas variables: económicas, institucionales, logísticas, que muchas veces empujan hacia la concesión, hacia lo seguro, hacia lo que ya ha funcionado. Nuestra labor es defender la línea artística con criterio y con la capacidad de explicar por qué ciertas apuestas son necesarias. La selección de propuestas no es solo una decisión estética: es una declaración de intenciones sobre qué tipo de teatro queremos ofrecer en el festival. Todo lo demás también es complejo, pero quizá ser fiel a nuestros objetivos de la manera más coherente es nuestro mayor reto.

¿Cuánta gente trabaja durante todo el año para sacar adelante el Festival de Teatro de Olite?
El equipo estable es pequeño, trabajamos con un núcleo de personas muy comprometidas durante todo el año, pero en los meses previos al festival y durante su celebración esa estructura se multiplica considerablemente. Técnicos, comunicación, producción, mediación, taquilla, atención al público… Son decenas de personas cuyo trabajo es invisible para el público y absolutamente imprescindible. Uno de nuestras mayores alegrías es precisamente en fabuloso equipo con el que contamos. Los festivales los hacen las personas; las que trabajan incansablemente para que todo salga adelante durante esas tres semanas, y ahí hemos tenido mucha suerte. Olite tiene un equipo magnífico. Nos admiramos, nos respetamos y nos cuidamos mucho. Un festival que habla de valores no puede ignorar cómo trata a quienes lo hacen posible.
El 17 de julio arranca la 27ª edición. ¿Qué nos podéis contar de lo que nos vamos a encontrar en ella?
Una edición con mucha energía y mucha diversidad de formas. Habrá grandes propuestas de compañías con trayectoria reconocida junto a trabajos de creadoras más jóvenes que nos parecen imprescindibles ver ahora. Seguimos apostando por la presencia femenina en la programación, por las dramaturgias propias, por el teatro que se hace desde los márgenes del sistema pero con una exigencia artística enorme. Y habrá sorpresas: formatos que quizá no se espera encontrar en un festival de estas características, propuestas que van a generar conversación… Eso nos importa tanto como el programa en sí: que el festival produzca pensamiento crítico, no solo entretenimiento.
El lema de este año es: ‘Celebrando el territorio’. ¿Qué queréis decir con un lema así?
El territorio, para nosotras, no es solo el paisaje o los municipios: es una forma de estar, de relacionarse, de construir comunidad. Celebrar el territorio significa reconocer que este festival existe porque hay una Navarra que lo sostiene, que lo habita, que lo discute. Significa también poner en valor lo que ya existe aquí: la historia, la arquitectura, los cuerpos, las memorias, frente a la tendencia de los festivales a importar todo de fuera como si el contexto no importara. Y tiene una dimensión política: celebrar el territorio es negarse a que la cultura sea solo un producto exportable. Es insistir en que el arte también ocurre en los márgenes, en los pueblos pequeños, en los espacios que no son grandes teatros.
¿De qué forma seguís fomentando la participación del público en esta edición?
La participación del público responde a una pregunta que nos hacemos cada año: ¿a quién le hablamos y cómo? Este año reforzamos los espacios de encuentro entre artistas y públicos (coloquios, procesos abiertos, acciones de mediación antes y después de los espectáculos) y seguimos trabajando con comunidades concretas que normalmente no tienen acceso a este tipo de programación. También hemos diseñado formatos específicos para públicos jóvenes, no como condescendencia sino como reconocimiento de que el teatro del futuro se construye con elles ahora. La participación real exige tiempo y diseño cuidadoso.
¿Y cuál es el objetivo de ‘descentralizar’ el festival y sacarlo de Olite? ¿Cómo se reciben las propuestas en otros pueblos como Tafalla, Pitillas, Beire y San Martín de Unx? ¿Os queréis seguir expandiendo en el futuro?
La recepción es extraordinaria, y eso nos ha enseñado algo importante: hay un hambre de teatro en los territorios pequeños que a veces el sistema cultural ignora. Llevar propuestas de calidad a Pitillas o a Beire no es condescendencia ni acción social: es reconocer que esos públicos merecen las mismas apuestas artísticas que el público urbano. Lo que encontramos en esos municipios no es un público de segunda: es un público sin intermediarios, sin pose, que reacciona con una honestidad que a veces el teatro de ciudad ha perdido. Queremos seguir creciendo en esa dirección, con sensatez. Ahora mismo el festival tiene el tamaño perfecto. La descentralización no es una tendencia, es una posición ética.
Este año, el festival volverá a acompañar procesos de creación a través de sus residencias artísticas. ¿Cómo de importantes son estos procesos para las compañías jóvenes?
Son fundamentales, y creemos que deberían ser centrales en cualquier festival que se tome en serio su función en el ecosistema teatral. Una compañía joven en residencia no solo trabaja: observa cómo funciona una estructura, establece relaciones, descansa de la precariedad habitual. El festival, en ese sentido, actúa como una institución que confía antes de que el resultado exista. Eso es rarísimo en nuestro sector y tiene un valor enorme. Para nosotras tiene también una dimensión autobiográfica: sabemos lo que significa no tener dónde crear con tranquilidad. Las residencias son una forma concreta de devolver algo de lo que el sector nos ha dado.
¿Qué puede hacer el teatro, y en concreto un festival como este, en un contexto como el actual, en medio de una realidad tan compleja que nos atraviesa?
Vivimos un momento en que el espacio público se estrecha: los discursos del odio se normalizan, la memoria colectiva se disputa como si fuera un campo de batalla, y las instituciones culturales reciben presiones cada vez más explícitas para no molestar. En este clima, decir que el teatro importa parece un acto de fe ingenua, pero para nosotras es una convicción que hay que defender con argumentos y con programación.
Lo que el teatro puede hacer, y lo que intentamos que haga este festival, no es ofrecer respuestas tranquilizadoras. Es crear las condiciones para la pregunta compartida. Es crear un espacio donde nos pasen cosas, donde poder confrontarnos, donde poder sentarnos al lado de alguien que no piensa como nosotras y que, sin embargo, llora en el mismo momento.
Nosotras no queremos dirigir un festival que adorne o anestesie la realidad. Queremos uno que la enfrente, que la complique, que se niegue a mirar hacia otro lado. Y eso es lo que el teatro puede hacer; invitarnos a sostener la mirada ante eso que no nos gusta para sacudir nuestros corazones. Eso es lo que queremos que sea Olite.
Sé que es una pregunta complicada, ¿pero sentís que el Festival de Teatro de Olite ha crecido o se ha resignificado con vosotras al frente? Sin desmerecer a nadie, que son muchos años de trayectoria detrás, pero como que su nombre resuena de otra manera…
Lo que sí podemos decir, sin falsa modestia pero también sin apropiarnos de lo que no es nuestro, es que hemos traído una mirada. Una forma de entender qué es un festival, para qué sirve, a quién le habla. Si eso ha producido resignificación, es porque había un festival con estructura y prestigio suficientes para sostener ese movimiento. Nosotras no llegamos a un espacio vacío: llegamos a una historia de veintitrés años que nos exigía estar a la altura. Si el nombre resuena de otra manera, creemos que es porque hemos sido fieles a esa exigencia sin renunciar a nuestra identidad. Hemos traído a Olite eso que somos, eso que queríamos para nosotras, eso que queríamos para el teatro. Podemos decir con satisfacción que para nosotras «Olite is the place to be» (risas).
Juntas tenéis vuestra propia compañía, La Dramática Errante. En vuestro primer proyecto os impusisteis la no autoprogramación. ¿Eso va a seguir así en esta nueva etapa?
Sí, y con más convencimiento aún. No autoprogramarse no es un gesto de humildad, es una decisión ética que protege la credibilidad del proyecto. La dirección artística de un festival implica una posición de poder, y ese poder puede corromperse de muchas maneras. Una de las más sutiles, y más habituales en el sector, es utilizarlo para el beneficio propio. Mientras dirijamos este festival, ni La Dramática Errante ni ninguna otra pieza escrita o dirigida por nosotras estará en el festival. Punto. Eso nos hace más libres para programar lo que creemos que debe estar, sin que nadie pueda cuestionar nuestros criterios.
¿Qué se siente el día de la inauguración de un festival para el que se ha trabajado tanto?
Hay un momento muy concreto, justo antes de que empiece el primer espectáculo, en que todo el trabajo, los meses de selección, las reuniones infinitas, los problemas resueltos y los que no se resolvieron del todo, se concentra en algo que ya no puedes controlar. Y eso, que debería ser angustioso, es en realidad un alivio enorme. El festival ya no te pertenece: le pertenece al público, a las compañías, a ese milagro inexplicable en el que todo sucede. Ese momento de soltar es lo más parecido que conocemos a algo sagrado en el trabajo cultural.
Y uno se imagina que el día de cierre del festival seréis las personas más cansadas y más felices del mundo también. Además, siendo en pleno agosto, con muchísimas ganas de coger vacaciones… ¿Es así?
Cansadas, sí, de una manera que va más allá de lo físico. Y hay felicidad, pero sobre todo hay algo más raro: una especie de duelo. Has construido una cosa durante meses, has habitado una realidad muy intensa, y de repente se acaba. El teatro siempre tiene esa condición efímera que lo hace doloroso y hermoso al mismo tiempo. El cierre del festival nos recuerda brutalmente por qué hacemos esto: porque lo que ocurre no se puede guardar. Solo se puede recordar.
¿Y satisfechas siempre con vuestra labor o con la mirada puesta en mejorar cosas la edición siguiente?
Nunca completamente satisfechas, y creemos que eso es lo correcto. La satisfacción total sería el fin de la tensión que hace que el trabajo valga la pena. Siempre hay algo que se podría haber hecho mejor, una propuesta que no llegó a tiempo, una comunicación que falló, un espacio que no funcionó como imaginábamos… Para nosotras eso no es fracaso: es aprendizaje para mejorar la edición siguiente. Lo que sí cultivamos, conscientemente, es la autocrítica y la capacidad de reconocer lo que ha funcionado sin necesidad de que nadie nos lo confirme. El criterio propio de todo el equipo es una brújula que atesoramos con mimo.