Entre el 10 y el 22 de marzo el Teatro Real ofrecerá 6 funciones de una nueva producción de El sueño de una noche de verano, de Benjamin Britten, que se presentará posteriormente en los teatros coproductores: el Royal Ballet and Opera de Londres y el Teatro Maggio Musicale Fiorentino.
Después del éxito de Billy Budd en 2017, y de Peter Grimes en 2021, el Teatro Real vuelve a unir al director musical Ivor Bolton y a la directora de escena Deborah Warner para una nueva ópera de Britten, que se aleja de los dramas realistas de las anteriores para adentrarse en el mundo fantástico de la comedia shakesperiana, escondiendo, sin embargo, importantes cuestiones psicológicas e, incluso, ontológicas.
Benjamin Britten (1913-1976) recibió el encargo de componer una ópera para la inauguración del renovado auditorio Jubilee Hall, en Aldeburgh, en 1960, con apenas un año de antelación, por lo que, debido a la premura con la que tenía que trabajar, decidió escribir él mismo el libreto -con la colaboración de su pareja, el tenor Peter Pears (1910-1986)- a partir de una obra literaria ya conocida y admirada.
En siete meses la partitura de El sueño de una noche de verano estaba acabada, con una impecable reducción y adaptación de la obra homónima de William Shakespeare (1564-1616), de la que conserva la esencia de la trama y también todo el texto de los personajes, con excepción de una única frase: «Compelling thee to marry with Demetrius» (Obligarte a casarte con Demetrius).
La decisión de suprimir la primera escena del primer acto de la comedia original, que transcurre en la corte ateniense, y comenzar la ópera directamente en el bosque encantado, refugio y confluencia de hadas, duendes, amantes cortesanos y toscos artesanos, subraya la preferencia de Britten por dar a la ópera un carácter onírico, simbólico, sobrenatural y también burlesco. Su trasfondo psicológico reflexiona sobre la condición ilusoria del amor, la fugacidad del deseo, la fragilidad de la identidad, la permeabilidad entre realidad y fantasía y las pulsiones animales que nos igualan y nos funden con la naturaleza.
En el mundo mágico de las hadas -el inconsciente, lo irracional- todo se altera cuando Oberon, su soberano, celoso de la relación de Tytania con el joven paje que la asiste, decide vengarse pidiendo al alocado Puck que le dé un brebaje que la hará amar locamente la primera persona que vea al despertarse. La equivocación de Puck al administrar el filtro desencadena el caos en la penumbra del bosque en esa noche estival, en la que dos parejas -Hermia y Lisander, Demetrius y Helena- huyen de la hipocresía de la vida cortesana, y un grupo de caricaturescos artesanos se divierten ensayando la obra Píramo y Tisbe -el teatro dentro del teatro- para celebrar la boda del duque Theseus y la reina Hippolyta.
Musicalmente, Britten creó mundos sonoros claramente diferenciados para los grupos de personajes shakespearianos. Para el reino feérico utiliza timbres etéreos –arpa, celesta, cuerdas agudas, maderas y voces infantiles–, glissandi, armonías delicadas y sonoridades suspendidas. El papel de Oberon, escrito para contratenor, refuerza su carácter extraño, andrógino y fantástico. Para los encuentros y desencuentros de las parejas atenienses, líneas líricas e intensas, con sorpresivos desajustes melódicos y armónicos que reflejan la inconstancia y el desorden emocional. Y para los trabajadores y cómicos aficionados, una música directa y paródica, que se burla de la sublimación de los instintos y de las convenciones operísticas decimonónicas.
Deborah Warner potencia la atmósfera misteriosa, delirante y grotesca de la ópera, creando un mundo de fantasía con la complicidad del escenógrafo Christof Hetzer -autor de la instalación que sirve de marco conceptual de la trama-, del iluminador Urs Schönebaum -que desvelará los secretos del bosque nocturno- y del figurinista Luis Filipe Carvalho -que diseñó un vestuario fiel a la diferenciación clara de los grupos que protagonizan la noche de caos, desvarío y libertad que viven los personajes-.

