Nadie muere nunca del todo. Nadie vive nunca del todo.
Los grandes relatos han encerrado siempre una pregunta existencial: ¿quiénes somos y cómo lo contamos? Desde los poemas épicos de los sumerios hasta el Cantar de Mio Cid, la épica se ha creado para inspirarnos en la vida utilizando la propia vida. De las promesas de amor al descanso del guerrero pasando por los largos viajes a través de las montañas. Nos contamos y cantamos para perdurar así a lo largo de los siglos, gracias a la poesía y la belleza, pero también por el misterio de si lo que se narra fue real o imaginado.
Los personajes de aquellas epopeyas se internaron en bosques, navegaron mares tempestuosos o se enfrentaron a criaturas aterradoras. Hoy todavía reconocemos sus búsquedas y sus hazañas. ¿Cuáles serán las nuestras? ¿Se canta hoy a los sueños imposibles, a nuestros enamoramientos, a nuestros fallos humanos?
Siempre hay nuevas luchas, y en el fondo siempre son las mismas. Nos decimos que si salimos de esta, será por imaginación. Y encontramos en el acto creador una posible respuesta a un futuro -ya presente- donde hay demasiadas cosas y muy pocos cuentos. Pero, ¿cómo de grande debe ser hoy nuestra aventura para estar a la altura de esta preciosa y preciada vida? ¿Serán suficientes nuestros minutos de gloria sobre el escenario? El cuerpo en movimiento siempre invoca al misterio, y hace un llamado que cruza el tiempo y el espacio.
¿Será nuestro cantar un pequeño gesto, un guiño cotidiano? Cantar de gesta es una conversación con esta época que vivimos y con todas las que caben en un cuerpo. Un viaje a través de las montañas para poder cantar la gesta de nuestros tiempos. Un intento por volver a las arengas, a los cuentos, a los juramentos, a los sueños alrededor del fuego. Un intento por encontrar una forma de relatarnos a nosotras mismas, por proteger la identidad como algo que se construye en el acto de decirse y ser oído por otro. Dice Emily Dickinson en su Poema 288: «I’m Nobody! Who are you?».
