Por Marina Otero
Fotos: Andrés Manrique
El amor me enseña a no amar.
Aiub. Ioug. Ayub. Ainou. Aiou. Tuve la misma dificultad para pronunciar su nombre árabe, que para entender que nuestro amor no era posible en un mundo imposible.
Este nombre vino a destruir, de algún modo, miOoccidente. Inicialmente, este proyecto tenía el propósito de salvar a un hombre que se encontrara en una situación vulnerable, y que ese hombre me salvara a mí de la soledad. Hice un viaje a Tánger (Marruecos) para buscarlo, casarme con él, darle mis papeles de sudaca europeizada y hacer una nueva obra a partir de eso. Pero apareció Ayoub y el proyecto se desplomó. Su nombre (“el retornado” o “el arrepentido”) es muy popular en los países islámicos: 115 niños así llamados fueron asesinados por el estado sionista de Israel en la franja de Gaza.
Por esos muertos le pongo tu nombre a esta obra que habla de ti, de colonialismo, de Palestina. Y de todo lo que quiero matar dentro de mí.
La performance de Otero aborda el amor romántico a partir de su historia de amor con un hombre árabe y pone sobre la mesa el proceso de una próxima obra que, siguiendo la sistemática organización que la creadora argentina ha dado a su propia creación, será una muesca más de su propia vida. Este proyecto vital, que, según tiene previsto, acabará el día de su muerte, lo ha denominado Recordar para vivir, del que se han exhibido ya en el Festival de Otoño Fuck me (sobre la muerte de la juventud), Love me (sobre la violencia) y, en Teatros del Canal, Kill me (sobre la salud mental), ejercicios de “autoficción con performance”, como lo denomina ella.
Sus espectáculos han recorrido el mundo, presentándose en Alemania, España, Italia, Francia, Suiza, Portugal, Singapur, Dinamarca, Bélgica, Austria, Grecia, Polonia, Israel, Sarajevo, Perú, Chile, Colombia, México, Brasil, Uruguay, Australia y Argentina.



