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Mariano Llorente rescata de la oscuridad a Alejandro Sawa

  • enero 8, 2026
Por David Hinarejos

"Sawa tiene una libertad creativa tan grande que me apabulló"

Mariano Llorente adapta y dirige Noche, novela escrita en 1888 por Alejandro Sawa, un autor olvidado cercano al naturalismo que inspiró a Valle-Inclán para crear el mítico personaje de Max Estrella. Esta coproducción del Teatro Español y Micomicón Teatro protagonizada por Àstrid Janer, Alberto Jiménez y Roser Pujol nos habla de una familia podrida por la obsesión del padre por la religión, la moral y el qué dirán.

Estará en cartel del 8 enero al 1 febrero en el Teatro Español.

 

Fotos: Javier Naval.

¿Es la atracción por Valle-Inclán el hilo que une a Micomicón con Sawa?

Pues es muy bonito verlo así y creo que es cierto. Si miramos atrás, en Micomicón, ya desde los textos de Laila Ripoll (su socia en la compañía) de principios de los 2000 como Atra Bilis, Los niños perdidos, Santa Perpetua y algunos otros, hemos bebido de la literatura más esperpéntica y ahí siempre está Valle-Inclán, aunque al final él lo que hace es poner nombre o verbalizar a una tradición que, para mí, viene desde Cervantes, desde El Quijote. Las obras de Laila entroncan mucho con todo eso y el resto de la compañía lo hemos interiorizado desde el escenario. Entonces, cuando nos ofrece Eduardo Vasco adaptar la novela Noche de Sawa, hemos podido comprobar que nos sentimos tan cómodos como haciendo un texto propio porque compartimos con este autor nuestro gusto por lo esperpéntico y lo grotesco.

 

¿Es raro que no os hubieseis fijado antes en este autor?

Realmente, sí. Aunque es cierto que, aparte de autores del Siglo de Oro, en Micomicón solo hemos llevado a escena textos de Laila o míos, con pocas excepciones. Así que, ni Sawa ni otros autores entraban a priori en nuestros planes. Para mí, Sawa era un desconocido del que solo sabía de su existencia como escritor que inspiró el personaje de Max Estrella de Luces de Bohemia. A raíz de este proyecto, empecé a leerlo, algo complicado porque no es fácil conseguir sus obras, y descubrí un autor con una libertad creativa tan grande que me apabulló. Sobre todo, porque tiene una fuerza anticlerical que es sorprendente para una época como la de finales del s. XIX. Él, de joven, parece que estuvo en un seminario, según cuenta Ester Vallejo, la editora reciente de sus libros, pero enseguida se convierte en un enemigo salvaje, no ya de la religión en sí, sino de la institución católica. Ese tema me interesa muchísimo, así como su fuerza expresiva y poética. Son unas aguas en las que nadamos muy bien como compañía.

 

¿Cuándo hablas de fuerza expresiva te refieres a la crudeza con la que trata temas muy sórdidos?

Él sigue la corriente naturalista que está muy en boga en ese momento y que buscaba llamar a las cosas por su nombre, reflejar de verdad la realidad. Por eso, la crudeza con la que habla de ciertos temas es, a veces, insoportable. Por ejemplo, en otra de sus novelas, Crimen legal, describe la práctica de un aborto de una manera que yo no había leído en mi vida, a veces tienes que dejar de leer por cómo lo narra. No tiene límites, considera que la vida es así y que si ocurre de una manera se puede contar tal cual. Al mismo tiempo, se puede ver en los personajes y en diferentes situaciones muchos arrebatos de lo que después se denominará esperpento. La realidad se refleja como en un espejo que la va deformando y adquiere una dimensión distinta.

 

Mariano Llorente (a la derecha) dando instrucciones al elenco durante un ensayo de la obra.

 

También en esta obra hay una escena durísima protagonizada por un cura. Cuesta mucho pensar que se escribiera en 1886.

Siempre digo que, en lo que yo conozco, un ejemplo de un autor muy anticlerical sería Benito Pérez Galdós. Sin embargo, nunca narró cierto tipo de episodios como con los que se atreve Sawa. No conozco nada parecido en nuestra literatura hasta la segunda mitad del S.XX y aun así cuesta encontrarlo.

 

Parece que Eduardo Vasco vuelve a recuperar a otro autor injustamente olvidado.

Ese es un empeño de Eduardo, él sabrá de dónde le nace esa necesidad, pero yo desde luego tengo que aplaudirla y celebrarla porque para nosotros ha sido una sorpresa y un regalo; y espero que para el público también lo sea.

 

En la adaptación, Paquita, una de las hijas del matrimonio protagonista que se encuentra en la cama muy enferma, es el personaje que nos va a descubrir las miserias de la vida de esta familia, y qué pasó con su hermana mayor y sus otros tres hermanos. En la novela, la historia la contaba un narrador en tercera persona que juzgaba constantemente las situaciones y personajes. ¿Paquita toma aquí de alguna manera ese papel?

Elegí esta opción dentro de las múltiples maneras en las que se hubiera podido abordar una adaptación de esta novela. La idea parte del momento en que tuve claro que quería dejar el texto en tres personajes, ya que a nivel de producción no buscábamos hacer algo con muchos intérpretes. Decidí que iban a ser el matrimonio y la única hija que aún vivía con ellos. Los demás, por diversas cuestiones se habían ido y es como si ya no formasen parte de la familia. Con ese punto de partida, una manera espléndida de entrar en la historia era a través de Paquita, que está enferma, delirando y agónica en la cama. Vamos a ir construyendo la caída en desgracia de cada uno de los hermanos, que son cuatro episodios maravillosos, moviéndonos entre el pasado y el presente. Hay que decir que la novela tampoco tiene un sentido lineal y hay muchos pasajes que no sabes muy bien cuándo suceden. En cuanto a lo que dices de juzgar a sus padres, hay un momento en el que Paquita agarra a su madre y le dice: “Tengo que contarle muchas cosas. Tengo que decirle que, ni usted ni papá, han sido buenos con nosotros nunca. Es más, han sido ustedes malos y nos han engañado”. Para mí, esa escena supone el inicio de todo y vemos que Paquita es una víctima más en esta historia y va a aprovechar cada episodio para desvelarnos todo lo que hizo, sobre todo su padre, para llegar al punto en el que están.

 

 

Parece que ella es la única de esa familia que ha conseguido mantenerse al margen de esa oscuridad que, en un momento u otro, ha ido anidando en todos los demás.

Realmente es así, pero con matices. Aquí diferenciaría entre los hombres y las mujeres, porque si bien todos son al final víctimas, mucho más ellas. La hija mayor es engañada por un hombre y la arrastra a la deshonra y luego un cura se aprovecha de ella. La madre, por su parte, sufre una violencia continua por parte del marido desde que se casan. Una violencia que la condena a la servidumbre, al miedo constante. Esa es la noche en la que se encuentran estos personajes que viven en un encierro constante aislados del mundo exterior. Es una situación muy parecida a la que narraban ‘los Javis’ en la serie La Mesías: un mundo absolutamente cerrado de castración de la libertad.

 

Cuando leía la obra a mi llevaba también al asfixiante ambiente de La casa de Bernarda Alba de Lorca.

También valdría como referencia. Cualquier obra que hable de esa España y de la justificación religiosa para limitar la libertad entraría dentro de esa noche a la que se refiere el título. Ahí está, por ejemplo, El celoso extremeño de Cervantes que nos habla de un anciano que se casa con una cría de quince años y la encierra y solo la permite ir a misa. Cervantes nos contó la historia de un talibán y con él arranca con una tradición que luego continúan algunos de los mejores autores del siglo XX.

 

¿Qué Madrid se nos dibuja fuera de esas cuatro paredes de la casa?

Pues es un Madrid muy estrecho, porque apenas salen. Solo se nos presenta el Madrid de la tertulia y el de esa fiesta a la que acuden las dos hermanas que es donde empieza la perdición la mayor. No hay un relato de la vida en la calle, porque no la conocen. El padre va de casa al trabajo y la familia solo sale para ir los domingos a misa.

 

¿Qué dimensión adquiere sobre el escenario la narración de unos hechos tan crudos?

Si el teatro tiene algo es que, cuando está bien hecho, es una experiencia muy potente, pero distinta a la lectura. Cuando lees vas parando, cierras el libro las veces que necesites. La obra teatral es más dura y más penetrante en ese sentido, no tienes tanto tiempo para ir digiriéndola. Creo que va a ser una experiencia muy intensa para el espectador.

 

 

El padre es un devoto religioso y tiene muy claro como debe actuar su familia. Cuando todo se va desmoronando encuentra culpables en todas partes menos en lo que él ha hecho.

Si tú le preguntas a cualquier integrista, la culpa de lo que le pasa siempre será de los otros. Las personas fanáticas y dogmáticas no admiten el error, no sólo en la religión, sino en cualquier otro ámbito. Este hombre culpa hasta a Dios, aunque luego le pide ayuda y se disculpa constantemente por pensar así.

 

¿Cómo está siendo el trabajo de Alberto Jiménez a la hora de ponerse en la piel de un personaje tan extremo como el del padre?

Alberto es un animal escénico, yo creo que ya todos le conocemos. Pero tiene una dificultad tremenda y a veces está en pleno tomate y se me queda mirando y me dice: “Madre mía, esto es infinito, es inacabable y agotador”. Ahora mismo, en pleno proceso de ensayos y de búsqueda, es lógico que se entregue en cuerpo y alma a cada palabra, pero estamos trabajando para que no sea tan extenuante porque es necesario dosificar cuando empecemos con las funciones. Además, está en un proceso complicado de intentar no juzgar a un personaje que es completamente despreciable, intentamos jugar con ello para que no termine atándole y el resultado pienso que va a ser tremendo porque la fuerza expresiva que tiene Alberto es maravillosa para este papel.

 

Durante los ensayos, ¿habéis encontrado algún rayo de luz en toda la historia?

El rayo de luz casi siempre está en el anverso de las cosas. Cuando has construido de todas las formas del no. De alguna manera, en algún lado surge el reflejo del sí. Entonces, es tan negro, tan oscuro, tan noche, todo lo que ocurre, que por contraste debe haber un rayo de luz. La propia Paquita es un poco ese reflejo.

 

Estamos ante una coproducción del Teatro Español y Micomicón. ¿La obra está planteada para, tras el estreno en Madrid, poder hacer gira?

Si conseguimos sacar funciones, sí. El acuerdo es que podemos hacernos cargo de la obra si articulamos una gira, algo que sería lo ideal para poder llevarla a otras ciudades y que el esfuerzo realizado no acabe con su exhibición en Madrid.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

Alberto Jiménez, Alejandro Sawa, Àstrid Janer, Luces de bohemia, Mariano Llorente, Max Estrella, Roser Pujol, Teatro Español
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