Veinte años después de su estreno cinematográfico, Los lunes al sol cuenta con una versión teatral que vuelve a abordar temas como el desempleo, la dignidad o el sentido de la amistad en tiempos de derrumbe. Un espectáculo que, por fin, llega a Madrid, a los Teatros del Canal, del 17 al 28 de junio.
La obra, dirigida por Javier Hernández Simón, cuenta en su reparto con María Asensio, Marcial Álvarez, José Luis Torrijos, Fermi Herrero, Fernando Huesca, César Sánchez y Lidia Navarro, además de Fernando Cayo, con quien hemos hablado sobre el peso del legado de la película y la manera en que la obra dialoga hoy con la precariedad, la frustración y la necesidad de seguir juntos.
La versión teatral de Los lunes al sol se estrenó allá por octubre del 2024, y las críticas han destacado especialmente a tu Santa como un personaje de energía “arrolladora”. ¿Cómo nació? ¿Desde donde lo construiste?
Primero lo construí desde la experiencia del personaje, de lo que se cuenta en el texto, en esta versión maravillosa que ha hecho Javier Hernández Simón junto con Ignacio del Moral del guion de la película. Además, Ignacio del Moral es coguionista de la película, así que ha sido muy fidedigno, pero con una adaptación teatral potente. Luego, por otra parte, estuvimos mirando documentales de lo que supuso toda la reconversión industrial, la experiencia del Astillero Euskalduna. Y luego me remití a figuras de sindicalistas que había conocido en los años 80 y 90 en Valladolid, de donde soy. Entonces, está este tipo de personaje popular y, al mismo tiempo, muy dicharachero; pero un tipo muy implicado, muy combativo, muy con sus amigos, con un sentido del estar juntos y de la comunidad y de la solidaridad muy potente, pero al mismo tiempo con una vida bastante desastrosa. Y de esa combinación de elementos surge este Santa. Luego enriquecido en los ensayos con el trabajo de grupo. Esta puesta en escena tiene que ver mucho con lo grupal, tiene que ver mucho con el trabajo de elenco y con el trabajo de compensación entre cada uno de nuestros personajes. Pero en gran parte en el guion están todas las claves que construyen el personaje, su fuerza, su preocupación por sus amigos. Al mismo tiempo un sentido del humor bastante particular, bastante chusco a veces. El sentido del humor también fue algo muy importante en esta versión desde el principio. Y la vitalidad, quizá por eso de la energía arrolladora, porque el espectáculo tiene una energía teatral muy potente. Evidentemente, cuando trabajas en teatro, trabajas para la fila 1 y para la fila 25, entonces el nivel de energía que tienes que trabajar es completamente distinto. Y de esa combinación de cosas ha surgido este Santa.
El montaje inevitablemente convive con el recuerdo de la película. ¿Cómo se vive eso desde dentro?
Pues mira, con cero complejos con respecto a esto, porque en el teatro estamos acostumbrados a hacer distintas versiones de un espectáculo. Yo hace años hice La vida es sueño y no tuve ningún problema en consultar las distintas versiones que se habían hecho. Creo que los artistas estamos para absorber y enriquecer el trabajo de los que nos han precedido. Y en este caso, no tuve ningún problema en ver la película varias veces, estudiar el personaje y luego, por supuesto, llevarlo a mi manera de hacer y a mi manera de ver el personaje, que en algunas cosas coincide, pero en otras no. Entonces lo he vivido primero como un privilegio; y luego con muchísima libertad y con mucha entrega al trabajo con el director y con la producción.
Santa es el motor del grupo, el que se niega a rendirse, pero también el que arrastra a los demás hacia sus propias contradicciones. ¿Te identificas más con su resistencia o con su terquedad?
Bueno, yo creo que hay una combinación de cosas. Yo me identifico mucho con el hecho de que es un resistente, de que a pesar de todo lo que les ha ocurrido, él sigue ahí, empeñado en su convicción. Y es una convicción que va más allá del tiempo y de lo que les ha ocurrido. Hay algo de dignidad en lo que él está haciendo que va más allá del hecho. El que hayan perdido el trabajo tiene que ver más con una dignidad como persona, como seres humanos. Y hay una actitud de resistencia fuerte y de continuidad en la lucha que a mí me encanta.

Interpretar este personaje significa poner cuerpo y voz a una clase social concreta. ¿Qué te ha removido personalmente?
Pensé mucho en la construcción de este personaje, en todo lo que supuso la lucha obrera desde el siglo XIX. De hecho, busqué muchas referencias plásticas, y en películas anteriores, sobre lo que significa la lucha obrera. El hecho de encontrar también la alegría y el brillo en los momentos más difíciles y en la lucha. Para eso es muy importante el sentido del humor, el ser conscientes de que hay una lucha, hay unos objetivos de clase que conseguir, pero también hay que regar todo eso de mucho sentido del humor y de compañerismo para que la vida siga siendo algo disfrutable y algo que merece la pena. Y esa combinación de cosas entre la lucha, la dignidad y el sentido del humor me parece que es importante.
La obra no retrata víctimas ejemplares, sino seres humanos contradictorios. Es gente que tiene razón y que también se equivoca, que resiste y que a veces se destruye. ¿Es en esa complejidad donde radica la importancia de esta obra?
Para mí la importancia de esta obra radica en que se ha transformado en un clásico contemporáneo. Es algo que nos habla de una situación de personas que están desempleadas, que son víctimas de un sistema económico y de un sistema industrial en el que los seres humanos somos piezas de un engranaje. Y el hecho de buscar la dignidad y de luchar contra eso y de reclamar los derechos que tenemos cada uno, les convierte en seres muy dignos. Son personajes que en muchos casos no saben cómo reaccionar o cómo situarse ante sus amigos, ante sus parejas, su familia. Y de esa contradicción de cosas en las que podemos estar de acuerdo con ellos y en otras que no, de esa contradicción surge la parte intrínsecamente humana. En ese sentido, yo creo que Fernando León de Arano e Ignacio del Moral, cuando escribieron este guion, entroncaron con ese cine social italiano de los años 60 y 70 y con algunas comedias sociales también del entorno anglosajón, que retrata muy bien esa combinación entre la lucha, el fracaso, la búsqueda de la dignidad, pero también el sentido del humor y el darse cuenta de que, a veces, somos seres humanos muy divertidos en nuestro fracaso. El ver eso también con cierta distancia les hace personajes más queribles, más amables.
La pandilla aquí es casi el último refugio. ¿Cómo se construye esa sensación de vida compartida sobre el escenario?
Bueno, yo creo que ha surgido, sobre todo en los ensayos, a través del trabajo del director, del trabajo de elenco y del construir secuencias muy energéticas, muy compartidas, con diálogos cruzados, llenos de vida, de fuerza y de mucha compenetración. Y se construye de esta manera un trabajo muy compartido, muy de ser un grupo y de estar juntos, que al final es de lo que habla esta función, de la importancia de estar juntos incluso en los momentos difíciles.
Tu carrera incluye registros muy distintos: desde el teatro clásico, la comedia, éxitos como La casa de papel… ¿Qué lugar ocupa un personaje como Santa en ese mapa? ¿Te ha exigido algo que no te habían exigido antes?
Para mí, el hecho de trabajar en un naturalismo social como el que se trabaja en Los lunes al sol tiene algo de facilidad que no tienen otras cosas como el trabajo en el teatro clásico, o el trabajo en comedia, en registros un poco más estilizados, digamos. Te da una facilidad determinada. Me ha resultado muy divertido trabajar en esta función porque no estás tan constreñido estilísticamente como en otras funciones. Pero luego tiene un ritmo, tiene un sentido del vértigo, un ritmo compartido muy potente, que hay que estar muy atento durante todas las funciones. De hecho, se repasan gran parte de las escenas de la función antes de cada representación, porque exige estar muy vivo, muy atento, muy pendiente de lo que está ocurriendo en el aquí y ahora. Y esa quizá ha sido la mayor dificultad, la concentración que exige durante todas las funciones.

Como decíamos al comienzo, la función lleva ya una larga gira. ¿Cómo ha ido creciendo el espectáculo con el tiempo?
Pues mira, te puedo decir que llevamos ya casi dos años de gira con esta función. Y desde el principio, por parte del director, hubo un nivel de exigencia muy alto, con lo cual llegamos al estreno con el espectáculo muy construido. Quizá la sensación que ha ido creciendo es la de facilidad, que eso yo creo que los espectadores también lo agradecen mucho, el ver una función en la que las cosas que son complejas ocurren de una manera aparentemente fácil, con mucha ligereza. Y yo creo que ese punto de ligereza es lo que ha ido ganando con el tiempo. Y luego, por supuesto, el ir testando con los espectadores cuáles son los momentos de comedia, cuáles son los ritmos, los tempos necesarios en cada una de las escenas.
La versión cinematográfica de Los lunes al sol se estrenó hace más de veinte años. ¿Qué crees que ha cambiado (o no) en el mundo desde entonces para que continúe tan vigente?
Mira, yo creo que en ese momento era la reconversión industrial, pero ahora mismo estamos viviendo una reconversión digital, tecnológica, muy fuerte. Lo que antes era el drama de que alguien perdiera su empleo por una reconversión industrial, ahora mismo lo estamos viviendo porque hay una volatilidad de los trabajos muy fuerte. Digamos que el ritmo en el sistema capitalista ha ido hacia lo más vertiginoso. Y ahora mismo hay un montón de gente que tiene que readaptarse a la aparición de las nuevas tecnologías, a la robotización, a la inteligencia artificial y al hecho de que los paradigmas económicos están cambiando. Y los paradigmas de producción. Entonces ese hecho de que vivimos siempre en un proceso de adaptación al sistema económico y que eso repercute en nuestras vidas privadas, familiares, de pareja, etc. Y en el mundo de la amistad, eso es lo que hace algo eterno. Y el hecho de que seguimos dentro de un sistema en el que somos trabajadores en el que, en cierto modo, muchas veces somos esclavos de un sistema. Y en eso hace este montaje universal.
Además de hablar del paro, la obra habla de la pérdida de identidad, de la vergüenza social, de la sensación de quedar fuera del mundo mientras los demás siguen girando. ¿Dónde crees que incide más la función? ¿Qué temas destacarías?
Yo destacaría sobre todo el hecho de que en esos procesos de adaptación sociales y económicos hay gente que no sabe o que no puede adaptarse. Siempre hablamos de que hay que adaptarse, pero es que hay gente que no puede, que no sabe, que no tiene esa habilidad o que está bloqueado por cualquier motivo. Y de eso habla mucho la función.
La obra también plantea la pregunta sobre qué pasa con quienes se quedan atrás en una sociedad obsesionada con el éxito y con la imagen de ese éxito. ¿Te parece que hoy esa exclusión es más visible o más hipócrita?
Siempre ha habido esta sensación de intentar ocultar las derrotas. Tenemos ahí el caso de los caballeros de los que habla el Quijote, esos caballeros que han perdido sus posibilidades económicas y que aun así siguen viviendo en el aparentar. El aparentar siempre ha sido una tendencia humana. En vez de aceptar o convivir con la derrota, siempre hay una tendencia a ocultar. Ahora quizá es más evidente por todo el mundo de las redes sociales, pero creo que es una tendencia humana. Yo en realidad pienso que no hemos cambiado mucho; han cambiado las herramientas, han cambiado los externos de nuestra sociedad, pero la esencia sigue siendo la misma. Y el mecanismo de aparentar, el no aceptar la derrota, el pretender mostrar a los demás que estás bien cuando estás mal, ese mecanismo de ocultamiento es un mecanismo en realidad de defensa social que siempre ha existido.

Muchas veces se habla de precariedad como algo económico, pero en la obra se percibe también como una violencia emocional sostenida. ¿Destruye más la falta de dinero o la falta de lugar en el mundo?
Yo creo que lo que destruye en realidad es la falta de conciencia, o sea, el saberse dentro de un mecanismo, de una maquinaria, cuando en realidad no es así. Nosotros tenemos la opción de decidir estar dentro de la maquinaria o estar fuera. En nuestro mismo momento vemos mucha gente que decide salirse del sistema y eso se puede hacer. No podemos dar la imagen de que esto es algo ineludible que hay que aceptar. Tú entras en la maquinaria del sistema si quieres y si no quieres, pues no entras. Ese no estar, ese paso atrás del sistema conlleva una serie de cosas, una serie de sacrificios, una serie de opciones. Pero ese mecanismo existe, no es algo ineludible y creo que es importante que lo sepamos. Para mí lo que destruye más es la falta de consciencia y el hecho de meterse de manera maquinal en ciertos mecanismos.
¿Hay algún momento del texto que, con el paso del tiempo o con lo que estamos viviendo socialmente, te haya empezado a doler más o a resonar de forma diferente?
A mí hay un último alegato que hace Santa al final de la función, en el que habla sobre la importancia de estar juntos para defender ciertas cosas, que creo que es importante recordarlo siempre. Y aunque haya cierto derrotismo en el pensar que antes había más sindicalismo, antes había más lucha, yo creo que cuando ha habido momentos importantes que defender, la gente ha salido a la calle. Cuando ha habido que decir “No a la guerra” o cuando ha habido que defender la sanidad pública, la gente sale a la calle y eso sigue estando. Y ese sentido sano de rebelión, yo creo que sigue estando y que aparece cuando lo necesitamos.
Después de este recorrido con Los lunes al sol, ¿qué crees que le pide esta obra al público?
Insisto, para mí el mensaje es la importancia de estar juntos, la importancia de la solidaridad. Vivimos en un país tremendamente solidario. Yo que estoy vinculado a algunas ONGs, he podido ver la cantidad de millones de personas que en este país se dedican a la solidaridad en asociaciones de distinto tipo y color. Hemos sido país número uno en donaciones de órganos y eso es simbólico e importante. Somos un país solidario y es importante seguir estando con los demás. Y lo hemos visto cuando ha habido catástrofes, cuando ha habido momentos complicados, en la pandemia, hemos sido un pueblo muy solidario y eso hay que valorarlo, hay que apreciarlo y hay que continuar en esa lucha, en el estar juntos.