Lucía Quintana: "En el teatro el actor tiene la responsabilidad de tender puentes para que la historia llegue al público"
Hay obras que no envejecen porque tocan algo que siempre duele o siempre fascina. Tras el ensayo, que Ingmar Bergman escribió en 1984 para la televisión sueca, es una de ellas. Una pieza sobre el teatro, sobre el poder, sobre la memoria y sobre lo que queda cuando se apagan los focos. El Teatro Español la trae a la Sala Margarita Xirgu del 4 de abril al 17 de mayo en una versión firmada por Ernesto Caballero, que también se encarga de la dirección. En escena, tres intérpretes que cargan el peso de un texto exigente y sin red: Emilio Tomé, como el veterano director Henrik Vogler; Elisa Hipólito, como la joven actriz Anna Egerman; y Lucía Quintana, que da vida a Rachel, una presencia espectral que lo condiciona todo desde el recuerdo.
Lucía Quintana lleva décadas siendo una de las actrices más sólidas y versátiles de la escena española. Nacida en Valladolid, formada en la RESAD y curtida en los escenarios desde muy joven, primero de la mano de su padre, el actor y director Juan Antonio Quintana, ha protagonizado títulos imprescindibles del repertorio clásico y contemporáneo y ha trabajado con algunos de los directores más relevantes del teatro español. Ahora regresa al Español con un personaje que, según ella misma confiesa, le ha dado más libertad de la que esperaba. Nos sentamos a hablar con ella durante los ensayos.
En Tras el ensayo, Ingmar Bergman plantea un juego constante entre vida y ficción. Como actriz, ¿en qué momento sientes que esa frontera se vuelve más peligrosa o incluso inexistente?
Es una pregunta interesante. No sabría responderte con claridad. Yo creo que los actores, y hay muchos tipos de actores, al final todos jugamos sobre el escenario. Puedes tener la manera que sea, el método que sea, tu propia percepción de qué es el teatro y cómo meterte a jugar determinadas situaciones y determinadas obras, pero al final hay que jugarlo. Y siempre hay una búsqueda de verdad, de verosimilitud, y como de ponerte en la piel, pero no es exactamente eso, sino empatizar con lo que ocurre. Las líneas pueden resultar difusas para ciertas personas o ciertos intérpretes, y para otros no tanto, o al contrario, puedes encontrar placer en que se vuelvan difusas, puedes encontrar placer en jugarlo desde un lugar del que enseguida sabes que es solo un juego distanciado. Es una pregunta peliaguda, la verdad.

Entiendo también que dependerá del rol que ocupes en cada momento, ¿no? Que en unos instantes tirarás más de un lado y en otros más del otro.
Sí, en esta función hay muchos planos. Es verdad que jugamos en al menos tres planos de posibles realidades, y es muy gustoso de hacer. Confiamos en que el espectador nos acompañe también en esas entradas y salidas. Pero sí, es una función sobre actores, en concreto sobre dos actrices y un director de teatro, y sobre lo que ocurre en una sala de teatro después de un ensayo. Entonces ahí la realidad, dentro de la propia obra, se mezcla con estos dos planos: el del teatro y el de la realidad de los personajes. Es algo muy poliédrico.
En tu caso, interpretas a Rachel, una presencia que aparece como recuerdo, como figura espectral. ¿Cómo se construye desde la interpretación a alguien que no está del todo en escena, pero que lo condiciona todo?
Rachel es una actriz que formó parte de la vida del director, una persona importante tanto en su vida personal como en su trabajo artístico. Es, además, la madre del otro personaje, también actriz, que está empezando su carrera y trabajando con ese director. Es una persona que está muerta. Es un fantasma, y es muy divertido porque yo he interpretado ya varios personajes similares, creo que esta es mi cuarta actriz de este tipo, y desde luego es la más completa, porque, aun estando muerta, parece que uno puede permitirse muchas licencias juguetonas. No sé, creo que ella llega y se produce una convención que todo el mundo asume, por así decirlo. Tiene una capacidad muy poderosa de invocar tiempos pasados y tiempos presentes. Es muy divertido, la verdad.
La obra también habla de herencia emocional entre generaciones de intérpretes. Con una trayectoria tan amplia como la tuya, ¿te reconoces más en la figura de Rachel o en la de Anna?
Me reconozco en las dos. La actriz que interpreta a Anna, que es Elisa Hipólito, es hija de Carlos Hipólito y su madre, Mapi Sagaseta, también es actriz. Las dos venimos de familias teatrales, y es muy bonito porque tiene sentido. Elisa y yo entendemos muy bien lo que significa pertenecer a este oficio y haberlo mamado desde niñas. No sé si jugamos con ventaja, aunque también, efectivamente, hay cosas que, como decía Ernesto Caballero el otro día, hacen que esta función parezca interpelarnos en lugares bastante profundos, precisamente porque es teatro dentro del teatro. Esa ventaja existe porque nos sentimos como pez en el agua. Es nuestro medio desde pequeñas. Y luego está Emilio Tomé, que es un excelente actor y que, aunque no provenga de una familia de artistas, es un creador verdaderamente multidisciplinar, ha tocado muchos palos. Se nota ese amor por la profesión que tenemos los tres.
Lo que comentas sobre las sagas de actores, ¿os pone en una posición más cómoda o supone un reto mayor?
Como se dice en la función, lo dice el personaje de Vogler, el director, un actor tiene que ser capaz de sacar lo peor de sí mismo, de sacar incluso la estupidez. Creo que se lo dice el personaje de la actriz joven y él responde: «Sí, sobre todo la estupidez». Los actores debemos tener un nivel de permeabilidad y de conciencia bastante altos para dedicarnos a este trabajo. Y a la vez ese trabajo te conduce precisamente a eso, porque te enseña muchísimas cosas sobre la vida.
Hay algo inquietante en la relación entre director y actriz que plantea el texto. En un momento en el que se revisan las dinámicas de poder en las artes escénicas, ¿crees que esta obra dialoga con debates actuales como el abuso de autoridad o la ética en los procesos creativos?
Este texto no es tan explícito. No podríamos decir que cuenta eso, aunque cuenta muchísimas cosas. Es cierto que hoy, posiblemente, lo veamos con unos ojos distintos a los de 1983, cuando Bergman lo estrenó en televisión. Tenemos otra mirada sobre ciertas cosas, sobre todo en lo que respecta a una posible relación o vínculo entre un director mayor y una actriz joven. Es una mirada que ha cambiado, que nos lleva a cuestionarnos el abuso de poder, pero la función no está centrada en eso.

El personaje de Henrik Vogler encarna un modelo de creador casi «de otro tiempo». ¿Cómo se percibe hoy, desde dentro de la profesión, ese tipo de liderazgo en la dirección escénica?
Bueno, yo creo que Bergman, y también en la versión de Ernesto, ha creado un personaje que tiene resquicios de cierta omnipotencia o autoridad, pero que realmente ama este oficio y ama a los actores. Creo que tampoco va exclusivamente de eso la función. Trata muchos temas vitales y artísticos, pero es, sobre todo, la reflexión de alguien que se encuentra en un punto determinado de su madurez artística y que se enfrenta a ciertos fantasmas y a ciertas decisiones desde ese lugar. Y a cosas que quizá hizo mal, con la oportunidad de ver si puede hacerlas de otra manera.
La puesta en escena de Ernesto Caballero apuesta por la austeridad. En un contexto en el que muchas producciones se decantan por lo tecnológico o lo espectacular, ¿qué exige más al actor, el vacío o el artificio?
El vacío, sin duda. A ver, yo creo que esto es algo bastante intrínseco al teatro, al hecho teatral. Además, creo que también se dice en esta función, y yo lo creo profundamente, que en el teatro el actor es soberano. Es él quien cuenta la historia. Todo el peso de la responsabilidad recae sobre él, la responsabilidad de contar la historia y de que lo que se quiera transmitir llegue bien al espectador. En el cine es diferente, allí es la mirada del director la que manda, el director es quizá el soberano. En el teatro, en cambio, es el actor. Es ese hecho singular en el que unas personas, ayudadas por ciertos recursos técnicos o dramatúrgicos, son quienes tienen la responsabilidad de tender los puentes necesarios para que la historia llegue al público. En esta función, además, no hay mucho más. Estamos con nuestros cuerpos, nuestras almas y nuestras palabras puestas ahí para ejecutar ese juego. Y cada día, como siempre en el teatro, será distinto, y dependerá también de ese otro elemento esencial que es el público.
El texto está lleno de capas de memoria. ¿Cómo trabajáis en escena la transición entre presente, recuerdo y evocación sin perder al espectador?
Todavía lo estamos armando, porque ahora mismo estamos en plenos ensayos. Pero creo que cuanto más sencillo, más claro y efectivo resulta. Al final, de repente un día pruebas mil cosas, pruebas efectos, y te quedas con algo que dices y si ya estamos dentro de esta convención, esto entra solo. Se dice que menos, es más, y en el teatro eso es especialmente cierto. Pero sí, al final, si se produce la magia de la convención, todo es posible.
En los últimos años se habla mucho de la precariedad y la intermitencia en el oficio actoral. ¿Crees que Tras el ensayo aporta una mirada más íntima, quizá más honesta, sobre lo que significa dedicar una vida al teatro?
Eso sí que está presente en la obra. No se habla de ello de forma explícita, pero en el caso de mi personaje, Rachel, que es una actriz que no acabó bien y que se retiró de la profesión… Creo que sí, que efectivamente es una profesión muy hermosa en la que la intermitencia es algo a lo que tienes que acostumbrarte y con lo que tienes que lidiar a lo largo de toda tu carrera. Nunca sabes qué va a pasar. Es algo inherente a este oficio, imposible de separar de él. Pero bueno, eso también forma parte de lo que tiene de hermoso, es un arte bastante efímero.
Si tuvieras que compartir una pequeña anécdota de este montaje, algo que haya ocurrido en sala de ensayos y que no se vea desde la butaca, ¿cuál sería?
Llevamos ensayando solo tres semanas, pero en los teatros pasan cosas a veces muy sorprendentes y mágicas. Se nos ha estado apagando la luz en el mismo punto todos los ensayos. Bueno, es una tontería, seguramente un tema de sobrecarga o algo así, pero de repente llegábamos a un punto del ensayo, decíamos cualquier cosa, y ¡zas!, se iba la luz. Parecía que nos estaban mandando señales, porque eso también se dice en la función, que hay una carga energética en los teatros, que parece que le gusta quedarse después de un ensayo o de una función, cuando se ha intercambiado esa energía con el público. Parece que hay cosas que se quedan ahí: palabras, emociones, presencias… Y de repente, en los ensayos, era como: «Ostras, ya se ha ido la luz otra vez». Pero bueno, a mí me gusta creer eso, que son espacios en los que pueden producirse cosas muy únicas.

En una época marcada por la sobreexposición y las redes sociales, donde todo parece representación, ¿te resulta más pertinente que nunca una obra que cuestiona qué es real y qué es ficción?
Sí. Bueno, más que por la cuestión de lo real y lo ficticio en sí, creo que hay que volver un poco a lo analógico, porque toda esta hiperconectividad nos está dejando un poco alelados. A veces vale la pena volver a un libro, sentarse a escuchar una sinfonía, poner un disco y dejar que la música llene la habitación, no solo a través de los auriculares. Volver a otros espacios y a otros ritmos, porque todo es muy frenético y el cerebro se acostumbra a una sobreexposición de estímulos que no te deja espacio para tomar distancia, reflexionar y pensar con claridad. En ese sentido, aunque estar conectado tiene muchísimas cosas buenas, la saturación puede llevarnos a la falta de discernimiento y a privarnos de espacios fundamentales para la reflexión.
Bergman escribió esta obra en los años 80, sin embargo, sigue resultando incómodamente actual. ¿Qué crees que no ha cambiado en el mundo del teatro desde entonces?
Esa sensación de rigor, de riesgo. La gente que se dedica al teatro, por lo general, amamos mucho nuestra profesión. Hay una especie de devoción por el oficio y por el rigor, la entrega a buscar esa chispa, esa verosimilitud, el talento, cuidarlo, preguntarse de qué manera se pueden contar las cosas, encontrar nuevas formas. Esa búsqueda sigue intacta. Y claro, estamos hablando de Bergman, aunque Ernesto haya hecho una versión propia. Bergman era como era, y representa un tipo de talento, de genio, de creador tan completo que, por suerte, sigue teniendo continuidad.
Ahora que estás inmersa en los ensayos, ¿cómo está siendo el trabajo con tus compañeros de reparto y con Ernesto Caballero?
Está siendo un proceso muy rico, la verdad. Ernesto está teniendo una mirada muy reposada, con un entusiasmo intacto. Lo conozco desde hace muchos años, incluso fue mi profesor en la escuela, y hemos trabajado mucho juntos en montajes que siempre digo que han sido muy significativos para mí, muy importantes, en los que aprendí muchísimo. Le noto un respeto enorme hacia el actor, porque casi traslada la mirada del director a través de la mirada de los propios actores. Y eso es muy bonito, y más tratándose de un texto como este, que habla precisamente sobre el teatro.
En cuanto a mis compañeros, me hace muchísima ilusión trabajar con Elisa porque tenemos muchos amigos en común y es una actriz muy joven y talentosa. Y Emilio, a quien conozco desde hace años, aunque no habíamos tenido oportunidad de coincidir, es una persona que ha tocado muchos palos, viene del mundo de la danza, de la dramaturgia, de la performance. Ernesto está dejando que todas las miradas se expresen, todas las opiniones y percepciones. Está siendo un verdadero disfrute.
Tras el ensayo nació para la televisión y Bergman nunca la llevó a las tablas. ¿Qué gana este texto al trasladarse a un escenario, y en concreto a una sala tan íntima como la Margarita Xirgu?
Es una función especial, tiene algo insólito, porque es una manera de hablar del teatro desde un lugar muy peculiar, y eso puede resultar muy interesante para el público. Es un texto curioso, sobre todo porque Bergman nunca lo llevó al teatro, lo concibió para la televisión. No es la primera vez que se representa en Madrid, creo que será la segunda. Es un texto muy interesante que puede abrir una puerta, una invitación para quienes quieran disfrutar de una historia que toca muchas cosas vitales enmarcadas en el mundo del teatro. Y, además, aquí lo haremos en la sala pequeña, lo que permite una cercanía con el público muy especial.
Para construir tu personaje, ¿te has acercado a la película original de Bergman?
La película me gustó muchísimo cuando la vi, hace ya muchos años. La vi siendo muy joven y me encantó porque, además, como te decía, yo venía de donde venía y todo me resultaba muy familiar. Y sí, la verdad es que me he vuelto a acercar a ella. Me encantan los actores, los tres están formidables, aunque ha sido más un acompañamiento que una referencia directa, porque nosotros no estamos haciendo eso, estamos haciendo nuestra versión de Tras el ensayo. Hay un profundo respeto, pero es nuestra mirada. La película me fascina. Son unos actores increíbles, los tres están estupendos, pero especialmente los dos actores con los que Bergman trabajó tan estrechamente. El nombre de él – Erland Josephson- no te lo sabría pronunciar ahora mismo, pero ella es Ingrid Thulin, y es una actriz como la copa de un pino. Es muy emocionante verlos hacer eso. Me siento muy afortunada de poder contar este personaje, la verdad.
¿Recomendarías al público ver la película antes o después de la función?
No, no lo recomendaría, porque no es necesario. Si la quieren ver, que sea por el placer de descubrir lo que hizo Bergman, pero no como preparación previa ni como complemento obligado. La base de la historia está ahí, claro, pero alrededor de eso hemos generado nuestro propio universo. Somos nosotros, desde ahora.
Tu carrera combina clásicos, dramaturgia contemporánea y televisión. ¿Qué te sigue empujando a subirte a un escenario frente a otros formatos?
El directo del teatro tiene un riesgo y una emoción especial para mí. Me encanta hacer audiovisual, pero el teatro es mi medio, es lo que he conocido desde muy pequeña, y hay algo en esa comunicación con el público en el mismo espacio que me sigue generando mucha tensión, mucho peligro y mucha satisfacción, porque es un intercambio muy emocionante. Es algo inigualable.