He empezado tres textos distintos antes de escribir este. Dos a bolígrafo y uno a ordenador, y ninguno me convence. El mundo está lleno de sinsentidos y, cuando encuentras realidades que lo revalorizan, supone una verdadera responsabilidad transmitir ese legado, convirtiéndose en una tarea tan delicada como poderosa.

Y es que la semana pasada mi estómago comenzó a sentir mariposas, pero no por una persona, sino por muchas. El pasado jueves 4 de julio, me subí a un avión dirección a Lisboa. Me habían invitado a cubrir el 41º Festival Internacional de Teatro de Almada y me sentía como una niña pequeña cogiendo el autocar para irse a un campamento de verano, pero esto era todavía mejor, porque mi campamento era de teatro.

¿Os imagináis lo que se siente volando hacia un lugar que no conoces imaginando cómo te comunicarás con la gente, cómo serán los espectáculos que vas a ver o qué aventuras te deparará el país de los pasteles de Belém y los tranvías amarillos? Pues yo sentí ilusión, muchísima, pero también algo de vértigo y de síndrome de la impostora. Vivimos en la época de la demostración y las apariencias y a mí no se me da nada bien fingir ser algo que no soy. Esta era mi primera cobertura de un festival y, además, las obras iban a representarse en idiomas que no hablaba. Creedme cuando os digo que la situación impone.

 

LA MIRADA DE VANIA

Sin embargo, no tardaría ni media hora en sentirme como en casa. Vania, una actriz de 29 años, me recoge en el aeropuerto con una gran sonrisa. Durante el trayecto de 40 minutos, con un tráfico que bien podría ser el madrileño, un inglés bastante oxidado me permite comunicarme con ella. Hablamos del teatro y el arte, de cómo siente que en Portugal hay muy buenos actores, pero no grandes presupuestos, y de cómo mucha gente no va al teatro porque este te hace pararte a pensar sobre tu vida y eso puede resultar incómodo. Me cuenta que al festival acude mucha gente mayor. Ella siente que, mientras que los asistentes de edades más avanzadas pertenecen a una clase social alta, los jóvenes que acuden se ubican más en la media-baja.

Antes de llegar al hotel, nos da tiempo a charlar también sobre lo difícil que es decir que eres artista y que te tomen en serio. “Siempre que digo a lo que me dedico me preguntan en qué serie de televisión he salido. Parece que, si no, no eres actriz”, se lamenta. A veces duda de si eligió bien al seguir su vocación y la frustración ocasionada por lo complicado que resulta vivir de aquello que ama se incrementa con las expectativas que la sociedad pone sobre nosotros, los jóvenes. “Mi madre a mi edad ya tenía hijos y una casa”, me cuenta. Nos reímos (por no llorar) y siento que, aunque hay muchos kilómetros de por medio, la situación no es tan distinta de un país a otro. Antes de despedirnos, me pregunta sobre mis gustos teatrales. “A mí, de 12 obras que veo, pueden gustarme 4, pero me interesa saber lo que se mueve en el panorama escénico”, me explica.

Le doy un abrazo y entro al hotel pensando en la suerte que tiene el sector de tener a gente como ella, que hace teatro y lo consume porque, aunque a veces escueza, vivir de otra manera no sería hacerlo acorde a sus principios.

 

EL PRIMER CONTACTO

Tras dejar la maleta en el hotel, Bruno, otro joven actor, me acerca a la terraza de la escuela D. António da Costa, donde tienen lugar las cenas. Me cuenta que prácticamente todos los trabajadores se dedican profesionalmente a las artes escénicas y colaboran porque el teatro no da para vivir. Una triste realidad que compartimos con el país vecino.

 

La otra mirada del Festival de Almada en Madrid
Cante alentejano. Fotografía de Patricia Poção.

 

Al llegar, me sorprende el ambiente tan variopinto con el que me encuentro. Unas lucecitas adornan el cielo portugués sobre las mesas con manteles de colores. A la izquierda, una especie de food truck despierta mi olfato con el olor de los platos portugueses. La gente ríe y una niña corretea feliz mientras toca la armónica. De frente, un grupo de mujeres portuguesas mayores canta sobre el escenario un canto tradicional de los agricultores: el ‘Cante alentejano’, con motivo del décimo aniversario de reconocerse este como patrimonio de la UNESCO. Ellas pertenecen al Grupo Coral y Etnográfico de la Academia Sénior de Serpa. Las miro mientras saboreo mi pescado con verduras pensando que, a lo mejor, esas hortalizas también han sido recogidas por alguien que canta.

Tras esta cena con espectáculo, me dirijo a la escuela, en cuyo escenario al aire libre se representa la primera pieza del festival: Terminal (o estado do mundo), de la compañía lisbonesa Formiga Atómica, una pieza sobre el cambio climático y el consumismo.

 

EL TEATRO COMO HERRAMIENTA SOCIAL

La temática de las obras es algo que me ha gustado especialmente. Aunque podemos encontrar desde una reinterpretación de clásicos a textos contemporáneos, todas las piezas que he podido ver estos días [Terminal (o estado do mundo), Além da dor, La tempesta, Fonte da raiva, 1001 Noites – Irmã Palestina y Jogging] tienen, o al menos así me ha llegado a mí, un trasfondo social.

 

La otra mirada del Festival de Almada en Madrid
Escena de ‘Terminal (o estado do mundo)’, de Formiga Atómica. Fotografía de Estelle Valente.

 

En Terminal (o estado do mundo) nos hacían reflexionar sobre cómo hemos pervertido el planeta, explotándolo para un beneficio y un enriquecimiento propio con el que ni siquiera somos felices, un consumismo que nos ahoga y nos aísla de la comunidad; pero este sólo era uno de los muchos temas que nos harían dar vueltas en la cama por la noche.

La segunda obra que vi fue Além da dor, texto con el que Alexander Zeldin debutó como autor, interpretado por la Compañía de Teatro de Almada. Una pieza de una dureza tan realista que verdaderamente me dejó sin palabras. Vivimos en un presente en el que los telediarios nos bombardean con información sesgada, en el que sólo se plasma el punto de vista del que tiene el poder para que esas noticias se emitan. Estamos cansados de oír hablar de pateras que llegan con inmigrantes como si no fuesen personas, de menas que indiscutiblemente serán criminales y de vallas saltadas por ‘ilegales’. ¿Cómo se puede ser ilegal en un planeta que es de todos y de nadie al mismo tiempo?

 

La otra mirada del Festival de Almada en Madrid
Escena de ‘Além da dor’ (Compañía de Teatro de Almada). Fotografía de Rui Carlos Mateus.

Obras como Além da dor ponen la mirada en el otro lado del foco, en aquellos que no disponen de dinero para contar su versión y a los que ni siquiera se les pregunta. ¿Cómo recibimos a otras personas cuando vienen a nuestro país? ¿Qué clase de opciones se les da? ¿Con qué empatía se les trata? Con el trabajo precario y los abusos sexuales como eje de la función, y con unas interpretaciones más que maravillosas, asistimos al día a día de tres nuevas empleadas de limpieza en un centro de procesamiento de carne. Y al salir de la Sala Experimental del Teatro Joaquim Benite, realmente siento que uno de mis órganos ha sido troceado allí: mi corazón.

Y es que, ¿alguna vez te has preguntado qué mueve a alguien a huir de su hogar? En Jogging, Hanane Hajj Ali nos hace pensar sobre esto a través del mito de Medea. ¿Sería una madre capaz de matar a sus hijos? ¿En qué situación podría hacerlo? La vencedora del Quixote do Espectáculo de Honra, premio que otorga el público a su espectáculo favorito y por el que ha repetido su pieza en el Festival de Almada 2024, la actriz y creadora libanesa nos regala en el Incrível Almadense una pieza minimalista basada en noticias reales de filicidios, logrando despertar nuestra empatía por madres asesinas. No voy a cambiar la palabra, porque quiero que suene tan fuerte como lo siento. Entender su punto de vista no exime del brutal delito cometido, pero ¿qué haríamos nosotros si tuviésemos la certeza de que nuestros hijos (o seres queridos) van a sufrir la guerra provocada por otros en sus propias carnes? Lo sé. No hay respuesta a algo tan duro, pero el teatro no se trata de dar respuesta a las incógnitas. El buen teatro no crea víctimas ni verdugos, tan solo expone una realidad vista con distintos ojos, dejando al espectador que sea él el que sentencie la moral de cada acto. Y, como en la vida, nos cuesta tanto tomar partido…

 

OPCIONES PARA TODOS LOS GUSTOS

1001 Noites – Irmã Palestina (Teatro O Bando, Companhia Olga Roriz y Banda Sinfónica Portuguesa), La tempesta (Compagnia Marionettistica Carlo Colla & Figli) y Fonte da raiva (Causas Comuns) también me sorprenderían con sus metalenguajes y bellas escenografías (¡había olvidado que un adulto pudiese disfrutar tanto con unas marionetas!), cuya belleza no opacaba el mensaje que para mí remarca todo el festival: empatizar con el de al lado.

La versión de Las mil y una noches de Olga Roriz y João Brites consiguió que, a pesar del frío que se levantó esa noche, nuestras almas permaneciesen calientes. Las ganas de compartir baile con el elenco, sin ser yo bailarina, recorrían mi cuerpo mientras me recordaban lo poderoso que es el arte, capaz de despertar en ti sensaciones que creías olvidadas.

Fonte da raiva y La tempesta me hicieron volver a compartir un rato con mis abuelos, permitiéndome preguntarme cómo se debieron de sentir ellos cuando la Guerra Civil asoló España y emocionarme con lo muchísimo que disfrutarían al ver esas marionetas a tamaño real que te hacían sentirte un privilegiado al disfrutarlas en acción.

 

La otra mirada del Festival de Almada en Madrid
Escena de Fonte da raiva (Causas Comuns). ©EGEAC – Teatro São Luiz, Estelle Valente.

Y esos son sólo algunos de los títulos que se pudieron apreciar los primeros días, pues hasta el 18 de julio el público de Almada disfrutará en total de 19 piezas, como Salgueiro Maia: Cartografía de un monólogo, Et maintenant, Miss Knife est en couple, Black Lights, Relative Calm, Entrelinhas, Madre Coraje o la española Manuela Rey Is In Da House, un texto de Fran Núñez producido por el Centro Dramático Gallego, entre otros títulos, así como de actos complementarios, cursos y coloquios, entre los que destacan la exposición 25 de abril: Los días, las personas y los símbolos, con motivo del 50 aniversario de la Revolución de los Claveles, o Un sueño de Federico García Lorca en Lisboa, una instalación de José Manuel Castanheira que rinde homenaje a la famosa compañía de teatro portuguesa A Barraca.

 

UN FESTIVAL HECHO POR TEATREROS

No hay margen de duda con respecto a que la programación está seleccionada con especial cariño, buscando ofrecer teatro de calidad a todos los asistentes. Y es que el Festival de Almada es una oferta de teatro (y mucho más) hecha por teatreros, ya que su origen se remonta al 1984, cuando tuvo lugar la primera edición después de que, en los años posteriores a la Revolución de los Claveles, el Grupo de Teatro de Campolide fundase la Compañía de Teatro de Almada, con Joaquim Benite al frente.

“En esta primera edición, cada miembro de la compañía animaba un grupo de teatro de aficionados y creaba un espectáculo en escuelas y asociaciones de vecinos. Joaquim Benite pensó en por qué no mostrar esos trabajos al público en el centro histórico de la ciudad”, me cuenta Rodrigo Francisco, actual director de la Compañía de Teatro de Almada y del festival.

Me explica también cómo son los propios actores de su compañía los que se encargan de la cocina o el transporte durante el festival. “Es algo que marca la diferencia. Cuando tú viajas y vas a un festival en un sitio en el que no conoces a nadie, es muy diferente si está alguien que realmente conoce esto y lo disfruta y habla contigo y te lo explica a si te recoge un chófer que te lleva y te trae sin mediar palabra”.

Me emociona sentir que se trata de un evento hecho por amor al arte, en el que tanto sus miembros como su director participan activamente de todas las maneras posibles para que la estancia del público sea especial. ¡Cómo no va a marcar eso la diferencia! Ver a Rodrigo todos los días en las mediaciones del Festival de Almada charlando con todo el mundo y asistiendo a los espectáculos es un ejemplo de cómo se debería desarrollar este tipo de festivales. Un ejemplo de que, cuando se hacen las cosas con pasión, lo que comienza como una buena intención de un hombre por acercar la cultura a sus vecinos puede volverse algo realmente grande que deja huella en aquellos que lo visitamos desde distintas partes del mundo. La belleza del ‘efecto mariposa’.

Sin embargo, no todos impulsan al lepidóptero para que pueda volar alto. “El apoyo de este año de la Embajada de España no llega ni para pagar la gasolina del camión que viene de Galicia”, me confiesa Rodrigo. Un dato que, aunque vergonzoso, no me sorprende.

 

EL ALMA DE ALMADA

Pero no quiero acabar esta crónica con una sensación triste, porque Almada es justo lo contrario. Un lugar en el que no importa el idioma que hables porque el arte lo traduce todo, en el que las miradas y la entonación son suficientes para saber lo que necesita el de al lado. Un espacio de encuentro intergeneracional e interracial, que no entiende de fronteras ni prejuicios.

 

La otra mirada del Festival de Almada en Madrid
Ambiente del festival. Fotografía de Patricia Poção.

 

Uno de mis momentos favoritos de estos días eran las comidas con María José y María Teresa, dos amigas asiduas al festival desde su primera edición. Aunque ellas no hablaban castellano ni yo portugués, me hicieron llegar su pasión por el teatro. Que me esperasen para comer juntas y contarme anécdotas de cuando el festival se hacía en las calles o veían teatro (casi de manera clandestina) en casas, entre risas y recuerdos, es una sensación que no puedo explicar y que resume muy bien lo que es este festival de teatro: un lugar para observar, aprender, debatir, emocionarse y hacer nuevas amistades; una oportunidad para crear lazos entre creadores y entre países; un lapso en nuestras rutinas para disociar y, gracias al arte, darnos cuenta de que no somos el ombligo del mundo; la posibilidad de abrir nuestras mentes y descubrir nuevas perspectivas. Una excusa para rechazar la falta de humanidad y recuperar la fe en las personas, teniendo siempre presente que hace más el que quiere que el que puede.

 

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