El año pasado fuimos unos pocos los que pudimos ver Leonora, solo tres días en Condeduque, aunque suficientes como para que Conejero se colara entre los nominados a Mejor Autoría Original en la última edición de los Premios Godot. Por suerte, el buen ojo de Juan Mayorga ha hecho que esta temporada, desde La Abadía, haya una nueva oportunidad de descubrir este texto que cuenta con Natalia Huarte como único cuerpo en escena, donde se nos invita a acompañar a la célebre creadora surrealista Leonora Carrington a través de un viaje físico y emocional desde la Europa ocupada hasta México.

Conejero insiste en que no ha querido escribir una biografía: «No se trata de representar su vida. En ningún momento la función pretende ni imitarla ni darle voz, sino invocar su espíritu a través de su presencia poética, y no tanto de la Leonora histórica». Y para ello ha optado por presentar un escenario vacío, apelando a un ejercicio de imaginación por parte del público. «El teatro no es aquello que sucede en el escenario, ni siquiera en el espectador, sino que es la corriente de imaginación que vincula a los espectadores con la escena. La imaginación es una potencia política, en cuanto no es sierva de la realidad, sino que es capaz de proponer futuros posibles», dice Alberto y recuerda que Carrington «sobrevivió porque fue capaz de imaginar otros mundos» frente a la hostilidad del mundo real.

El autor vincula la idea también a El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca, que también pudo verse en La Abadía y que cumple cuatro años y medio de representaciones por el mundo. Las dos obras hablan, dice, de “la imaginación como una potencia emancipatoria y, por tanto, también política”, suma a esta ecuación a la emoción como apuesta de fondo: “Vivimos en un mundo demasiado cínico. Si no te ocupas de las emociones, se van a ocupar otros de ellas”.

 

 

La puesta en escena, desnuda, sin micrófono, acompañada de la música de Luis Miguel Cobo, la iluminación de Leticia L. Karamazana y el movimiento de Luz Arcas, se apoya únicamente en la interpretación de Natalia Huarte de quien Conejero dice que tiene «la precisión de un volcán y una fuerza magnética sostenida por una técnica exacta”. Habla de la actriz con cariño y gratitud y la vincula directamente con su propio crecimiento como director de escena: «Leonora es quizá la obra que me ha terminado de fraguar como director de escena. El centro del teatro que yo quiero hacer siempre será el intérprete», admite, subrayando que buena parte de las soluciones de la puesta en escena nacieron de la propia actriz. Durante la conversación, recuerda un momento de crisis en la producción en el que su marido, Xavier Bobés, le dijo: «Tienes ese texto y tienes a Natalia Huarte, aunque sea con un foco, hazlo -recuerda con emoción-. Al final es confiar radicalmente en lo que se tiene».

 

Un curso partido en dos tiempos

La relación de Conejero con La Abadía esta temporada no se agota con Leonora. Del 7 al 11 de septiembre arranca la primera parte de su curso de escritura dramática, Invocaciones / Contra la propia obra, que retomará una segunda sesión en marzo de 2027 para dejar que los textos generados «respiren y evolucionen» entre un encuentro y otro. El título resume su propio recorrido como docente: «invocar la obra que sin cada cual no existiría, porque hay una obra en ti que sin ti no existiría».

La primera parte busca materiales desde un lugar intuitivo y lúdico; la segunda invita a cuestionar «desde el amor» lo ya escrito: «voy a poner en duda las decisiones que he tomado en este tiempo para ver si eran ocurrencias o eran hallazgos». Conejero lo resume como someter a «una crisis amorosa» a la obra propia, «protejo mucho el espectador de las obras que yo no soy capaz de hacer»; y defiende además la convivencia de poéticas distintas. Más allá de resultados concretos, lo que persigue con el curso es «que la gente salga con ganas de escribir para el teatro» y resume su idea del oficio en una frase: «creo que somos mejores autores en cuanto somos mejores compañeros».

 

La actriz Natalia Huarte como Leonora. Foto de Susana Martín.

 

Lorca y Rapún en la gran pantalla

El otro estreno de este otoño llega desde los cines. El 25 de septiembre se estrena en salas La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo, película galardonada con el premio a Mejor Dirección en Cannes y en la que Conejero firma el guion junto a los dos directores. El filme parte de una obra inacabada de Federico García Lorca y dialoga directamente con La piedra oscura, la pieza de Conejero sobre Rafael Rodríguez Rapún. «Escuchar el nombre de Rafael, saber que miles de espectadores van a conocer esa historia, me emociona muchísimo», cuenta, aunque matiza la distancia entre ambas obras: «una cosa es La bola negra y otra cosa es La piedra oscura«. Precisamente por el peso de aquel montaje original, dirigido por Pablo Messiez e interpretado por Daniel Grao y Nacho Sánchez, ganador de cinco Premios Max y el Premio Nacional de Literatura Dramática en 2016, ha rechazado dos propuestas para reponerlo. Conejero prefiere no tocarlo: «creo que el recuerdo está tan vivo que sería ingrato con el montaje con el que viniera».

Sobre su participación en La bola negra habla con cierto pudor: «todavía no me lo creo, lo vivo con cierta extrañeza. A veces me parece que soy un espectador de todo lo que está ocurriendo, aunque yo esté ahí». Pero este paso hacia el cine, dice, no es un episodio aislado. Ya trabaja en la adaptación de La geometría del trigo, un proyecto propio que considera «la obra más idónea» de su repertorio para el salto a la gran pantalla.

 

Imagen de La bola negra, película coescrita por Los Javis junto a Alberto Conejero.

Memoria, amistad y libertad

Preguntado por su proyección de futuro, Conejero habla de un momento de firmeza más que de balance. Asegura que no quiere repetir fórmulas y señala Tres noches en Ítaca como bisagra de ese cambio, «una obra de transición hacia otros lenguajes y hacia otros registros», y asegura que desde entonces se siente «mucho más firme para no vivir de las expectativas de los demás».

En ese horizonte aparece una propuesta de teatro documental sobre la Generación del 27, escrito junto a Xavier Bobés con archivos de María Zambrano, Gerardo Diego y el propio Lorca. “No es una obra sobre un solo nombre, sino sobre la ‘generación de la amistad’, pues somos un grupo de amigos haciendo una obra de teatro sobre otro grupo de amigos”.

 

 

Le pregunto si en los homenajes del centenario que se avecinan ve más aprovechamiento para programar o celebración real, y explica que él prefiere no sumarse sin más -“llevo toda la vida ocupándome del 27”- y confiesa que “en un mundo tan individualista y competitivo y narcisista” siente nostalgia por una generación que se celebraba entre sí, y cita un verso de Vicente Aleixandre: “yo soy el poeta que fui por los que caminaron a mi lado”.

Ahí, dice, es donde quiere situarse en los próximos años, en la libertad de no obedecer a las expectativas ajenas y en la alegría de seguir escribiendo. «Quiero ser siempre respetuoso con los demás, pero no ser esclavo de sus expectativas. Lo que más persigo ahora es mi libertad como creador y mi alegría.»

Tres proyectos, un mismo hilo. Conejero ya lo dijo hablando de Leonora, pero bien podría resumir su horizonte: «Creo que empezamos, en cierto modo, a desaparecer cuando dejamos de imaginar. Imaginar, aprender, recordar son para mí formas radicalmente humanas».

 

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