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Jesús Cimarro, Premio Max de Honor 2026

  • mayo 27, 2026
Por José Antonio Alba

"Este premio es un reconocimiento a una parte del teatro que casi nunca tiene luz"

El productor y gestor teatral Jesús Cimarro recibirá el Premio Max de Honor en la próxima gala de los Premios Max, que se celebrará el 1 de junio en el Teatro Romano de Mérida, sede del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, cita que también dirige.

Cuatro décadas de trayectoria respaldan a una de las figuras más destacadas e influyentes de la escena española contemporánea. Desde la producción y la exhibición hasta la gestión cultural, Cimarro ha impulsado un modelo teatral, que según nos cuenta en esta entrevista, está basado en el diálogo entre tradición y nuevos lenguajes, la cohesión del sector y la búsqueda constante de una conexión con el público.

Foto de portada: Sergio Albert.

¿Cómo recibiste la noticia de este Premio Max de Honor? ¿Qué sentiste en ese primer momento?

Al principio no me lo creí del todo. Pensé: “esto es una broma”. La realidad es que los Premios Max de Honor siempre se han dado a actores, actrices, dramaturgos, directores, nunca a un productor teatral. Es la primera vez que se reconoce a un productor en casi tres décadas.

Lo primero que quiero es dar las gracias a la SGAE por haber pensado en ello y por haber abierto una brecha en favor de un sector y de una parte de la profesión que normalmente no está reconocida, o que está bastante oculta detrás de los telones y pocas veces tiene luz. Es un premio hacia la visibilidad de la producción, la distribución y la gestión teatral.

Además, es un campo en el que llevo muchos años reivindicando esa visibilidad y esa profesionalización. Esto lo que hace es corroborar que el camino iniciado hace tantos años tiene sus frutos.

 

¿Qué crees que reconoce este galardón en tu caso?

Es un conjunto. Soy un productor atípico, me he dedicado a la producción, la distribución y la exhibición, pero también al sector, a luchar por las reivindicaciones del sector. He presidido, y presido, distintas asociaciones teatrales. Fui uno de los creadores de la Academia de las Artes Escénicas de España y fui presidente después de José Luis Alonso de Santos. También me he dedicado a la docencia, he dado muchas clases y sigo dando clases en distintos másteres. Y soy autor de un manual de producción, distribución y gestión del teatro.

Jesús Cimarro, Premio de Honor de la XXIX de los Premios Max. Foto de Sergio Albert.

De alguna manera he intentado cubrir muchas partes de lo que es la profesión, porque no estaba definida cuando yo empecé. En aquella época se llamaba “organización”. Cuando creamos Pentación nos acusaban de todo, desde la parte alternativa y desde la parte comercial, porque creamos una tercera vía. Entonces no se entendía. Costó años entender esa tercera vía, pero teníamos muy claro que era un camino a seguir y el tiempo ha demostrado que sigue vigente y sigue funcionando. ¿Por qué? Porque hemos sabido adaptarnos a las circunstancias y a los tiempos.

 

Mirando esa trayectoria de cuarenta años, ¿qué te viene a la cabeza?

Muchas cosas. Satisfacción, vértigo y responsabilidad. En estos momentos Pentación ha crecido mucho, somos más de 120 personas trabajando, y eso es una responsabilidad enorme, porque todos los meses hay que pagar nóminas. Creo que hemos contribuido a que el sector sea visible y a que el teatro, las artes escénicas, se vayan colocando en el lugar que les corresponde en todos sus ámbitos: pequeño, mediano y gran formato.

 

Has estado detrás de más de 275 espectáculos. ¿Qué crees que define tu “sello” como productor?

Yo creo en el Teatro con mayúsculas. Me gusta el mestizaje, la mezcla, y me gustan todos los formatos, porque tienen cabida en todos los sitios. No quiero limitar. Me alegran los triunfos desde los pequeños hasta los grandes formatos, porque creo que eso es lo que hace un gran ecosistema teatral de ciudad, de comunidad y de país. Y nos hemos convertido en una potencia teatral muy importante, aunque no nos lo creamos y aunque haya gente que se eche piedras sobre su propio tejado. Soy un defensor del sector y siempre lo he sido. Y lo demostramos en pandemia. El sector estuvo al pie del cañón, hicimos protocolos, hicimos todo lo posible por salir lo antes posible. La cultura en general salvó de que nos tiráramos por los balcones.

 

Pienso también en tu apoyo a la dramaturgia contemporánea española. Autores que vienen de circuitos alternativos y que han llegado a escenarios como La Latina, el Bellas Artes o incluso Mérida.

Me gusta sentarme con directores y directoras y plantear cosas que a priori pueden parecer una locura, pero para mí no lo son. Me gustan esas mezclas y conseguir que autores como Paco Bezerra o Alberto Conejero estén a la misma altura que José Luis Alonso de Santos o Javier Tomeo. O directoras y dramaturgas como Marta Torres o Rakel Camacho, que están trabajando en la casa. Si miras lo que he hecho, hay gente que se queda descolocada porque no entienden que yo pueda hacer un espectáculo muy comercial para masas y de repente algo que está en Nave 10.

 

Al final, lo interesante es llevar a públicos que no hubieran conocido a esa gente y ponerlos sobre esos escenarios.

Evidentemente. A mí me han intentado encasillar. Hay mucha afición a eso: “este es comercial”, dicho además con desprecio. Cuando la palabra comercial viene de comercio, y comercial es todo. En una sala pequeña también se comercia. Yo no lo utilizo de forma peyorativa. Yo hablo de formatos pequeño, mediano y gran formato, y ahí entra todo. No soy excluyente. No me gusta esa idea del “tú no”. Muchas veces no se han conseguido cosas en este sector por ir separados. Yo creo en la unidad del sector a todos los niveles. Y el tiempo ha demostrado que yendo juntos se consigue más que yendo por separado.

 

¿Crees que esa unidad dentro del sector se ha ido consiguiendo con el tiempo?

Todavía hay muchos resquemores. También hay percepciones que no coinciden con la verdad. Hay mucha gente que me ha criticado sin conocerme, sin saber el trabajo que hago. Eso es falta de conocimiento. Con el tiempo esta profesión te da una perspectiva más abierta, menos sectaria y menos sesgada. Y, sobre todo, qué rico es el mestizaje, qué rico es que haya variedad. Todo entra, todo sirve. Te puede gustar más o menos, pero hay un movimiento a todos los niveles. Y además va por etapas, por edades y por gustos. Lo que te gustaba antes ahora no te gusta, y lo que no te gustaba ahora te gusta.

 

Jesús Cimarro. Foto de Sergio Albert.

En estos años tu nombre también ha estado en el centro de debates y críticas dentro del sector. ¿Cómo gestionas esa exposición? ¿cómo te afecta esa exposición?

Me llueven críticas y me llueven halagos, hay de todo. Lo llevo bien. Evidentemente no voy a caer bien a todo el mundo. A mí me llega una media de cien proyectos al año. Muchísima gente viene al despacho. A veces digo que sí y a veces no. Y sobre todo los que digo que no, luego me ponen de vuelta y media. Es la condición humana. Yo entiendo que cuando se dice que no a un proyecto, da rabia. Una cosa que traslado a mis alumnos es que a mí siempre me dicen que no y, de vez en cuando, me dicen que sí. Ese es el momento que pillo para poder hacerlo. Hay que estar acostumbrados a aceptar que te digan que no, porque eso te hace crecer como profesional. Esta es una profesión que es una montaña rusa.

 

También diriges La Latina, el Bellas Artes y el Festival de Mérida. ¿Cómo lo vives? ¿Dónde encuentras el disfrute?

El placer lo veo cuando un teatro se llena, cuando el público responde. Eso significa que lo que has pensado coincide con los gustos del público. Yo trabajo para el público. Hay gente que dice que el público no le importa. A mí es lo único que me importa. Si yo hiciese solo lo que me gusta a mí, posiblemente no estaría haciendo muchas de las cosas que hago. Tengo que pensar en el lugar en el que estoy. No es lo mismo programar el Teatro Romano de Mérida, con 3.300 localidades, que programar el Teatro Bellas Artes. Son dos maneras distintas de programar. Y me satisface todo el proceso de producción, exhibición, comunicación… La comunicación es fundamental para llegar al receptor, que es el público.

 

Y al Jesús espectador, ¿qué le gusta?

Me gustan muchas cosas. Cuando me siento en un patio de butacas, valoro el esfuerzo que significa levantar un telón. Lo vivo a diario. Es muy difícil. No puedes echar por tierra el trabajo de tanta gente.

Yo me siento a disfrutar, no me siento pensando “esto va a ser una mierda”. Me siento a ver qué me dan. Luego puede emocionarme, aburrirme o no gustarme, claro. Como en la vida. Es que no hay otra manera. Y esos extremos de “todo es maravilloso” o “todo es basura” no llevan a ningún lado.

A mí nunca me verás hacer una mala crítica en público. Nunca. En privado puedo decir “no me ha gustado”, pero en público no. Si tengo que decir algo, lo digo de forma discreta y de la mejor manera posible para no humillar.

Levantar un telón es de las cosas más complicadas que hay.

 

Cuando salió la nota de prensa del Max de Honor, pregunté a varias personas que aún no sabían que eras tú, quién pensaban que lo iba a recibir. Todo el mundo dijo tu nombre. El Festival de Mérida parece haberse convertido en sinónimo de Jesús Cimarro, o viceversa. ¿Qué crees que ha sucedido con el festival para que esto se esté dando así?

Yo cogí el Festival de Mérida en una situación muy lamentable. Estaba a punto de cerrarse, con una deuda millonaria. Y tuve claro que quería experimentar un modelo que en España se utiliza poco como es la colaboración público-privada, con reglas muy claras: si hay pérdidas las paga la empresa concesionaria y si hay superávit, el 90% es para la administración. No es un negocio. Pero yo quería demostrar que ese modelo mixto funciona. Hemos conseguido una media de 2.500 espectadores por noche en un teatro de temática grecolatina.

 

¿Qué lugar cree que ocupa hoy el teatro clásico en el imaginario del público joven?

Cuando llegué, la media de edad del público era 64 años. Ahora está en 43. También se dice “tú solo llevas famosos”. No es verdad. Evidentemente llevo ganchos, claro que sí, porque hay que llenar esos espacios. Pero el objetivo es atraer público nuevo.

Recuerdo una vez en Edipo, dirigida por Luis Luque en Mérida con Alejo Sauras y actores de Élite y vinieron dos chicos jóvenes, les pregunté cuántos años tenían: 18. Y cuántas veces habían ido al teatro: era la segunda vez, la primera con el instituto. Y me dijeron: “nos ha encantado”. Para mí eso es uno de los mayores logros. Que venga el público joven porque la realidad es que el público suele ser de 50 para arriba, pero esa franja de 18 a 50 prácticamente no viene. Y cuando viene, hay que aplaudirlo. Hemos conseguido una horquilla de público de 18 a 90 años. A veces me dicen “es populachero”. No, es popular, que es distinto.

 

Jesús Cimarro. Foto de Sergio Albert.

¿Cuál consideras que es la clave de ese éxito?

El éxito de una programación es entender el espacio donde programas. Y en Mérida ese ha sido el secreto, entender lo que ese público demanda. Son 15 años de trabajo donde el festival se ha colocado en un lugar que nunca hubiera pensado. Y el reconocimiento internacional es real. Yo viajo por el mundo presentando el festival y se conoce en muchísimos países.

La internacionalización no es solo traer espectáculos, también es llevarlos y presentar el festival fuera. Hemos tenido intercambios con Roma, hemos estado en Bogotá, Buenos Aires, Lisboa. Hemos llevado exposiciones del Teatro Romano a Buenos Aires o Nueva York. Eso no se había hecho nunca. Y además, cada año trabajan 26 compañías extremeñas, tanto en programación off, talleres, cursos… Se ha generado implicación de la ciudad, de la región y se han creado extensiones que antes no existían. En definitiva, es generar trabajo para el sector.

 

Es cierto que cuando se habla de un festival “internacional” se tiende a pensar en programación extranjera y no en la internacionalización del propio festival.

Este año vienen espectáculos de Alemania, Colombia y Lisboa. Pero sobre todo hemos inventado un premio de textos teatrales de temática grecolatina, que hemos presentado en Lima. Hemos llegado a acuerdos con la cátedra Vargas Llosa. Queremos expandirnos por todos los lugares que podamos. Presentar el festival al mundo. Ese es el concepto de internacionalización que yo tengo.

El año pasado estábamos en Osaka, presentando en Roma y Lisboa. Y cuando hicimos la presentación en Nueva York, el Instituto Cervantes estaba abarrotado. Eso es sembrar para recoger frutos, conocimiento, impacto mediático, presencia.

 

Al final del día, cuando cierras el despacho y te marchas a casa, ¿cómo te sientes?

Cansado de haber trabajado mucho, pero con la satisfacción de que se ha hecho, por lo menos para mi concepto, el bien común para la sociedad. Yo trabajo para la sociedad en la que vivo, desde mi ámbito, la producción y la gestión. Y exponerse tiene riesgos, porque te pueden dar por un sitio y por otro.

 

Después del Premio Max de Honor, ¿qué te sigue ilusionando?

Seguir trabajando. Cuando me dijeron lo del premio pensé: “todavía me quedan unos cuantos años”. A mí me gusta mi trabajo. Evidentemente hay esfuerzo, hay sinsabores, es ingrato muchas veces, pero me gusta lo que hago. Mientras tenga fuerza y mientras tenga salud, seguiré trabajando.

 

Toda la cartelera de obras de teatro de Madrid aquí

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