No suelo ponerme emocional en esta columna, pero me van a permitir que les diga que hace nueve años exactamente yo estaba en Teherán. Asistí como ponente al congreso internacional Potencial del sector independiente en el teatro, y del cual realicé una crónica también para Godot. Los datos de artes escénicas allí eran extrañamente familiares: en aquel momento, cada noche en Teherán se representaban más de 100 montajes diferentes, sin contar con las ‘comedias con cena’, para una población de 12 millones de personas. Las 18 universidades de las artes que hay solo en Teherán producían anualmente una cantidad de profesionales imposible de asumir por el mercado existente, y buscaban nuevas fórmulas. El Estado, que había adoptado en los 70 el modelo ruso, se encontraba en pleno proceso de privatización teatral, algo que el sector había acogido con alegría en la esperanza de que se liberara también la producción de contenido.
Todo esto lo conté en aquella crónica, pero había mucho más. Había teatros maravillosos con carteles exquisitos, oníricos, inesperados. Había representaciones escolares en las que participaban padres, alumnos y profesores, y a las que asistía toda la comunidad (en una de ellas, uno de los personajes llevaba una camiseta con el número de Cristiano Ronaldo en el Real Madrid). Había cientos de maneras de hacer teatros de marionetas, máscaras y títeres, porque resulta que Irán es uno de los países con mayor tradición en este tipo de teatro. Había un festival de teatro de calle en Teherán, y había también una de las mejores versiones que he visto jamás de El rey Lear. Había amor por la cultura, y respeto allá donde iba, porque yo era directora y dramaturga.
Y lo más importante: había gente. Gente hospitalaria y dadivosa: recibí tantos regalos durante mi estancia que la noche que hice la maleta pensé que no me iban a dejar embarcar con todo, porque había llegado a Irán con dos bultos y volvía con tres. Gente curiosa y entregada: tengo siempre presentes las conversaciones con la dramaturga y profesora universitaria Simin Amirian, junto a su ayudante, Mahzyar Darvishi; gente afectuosa como Ali Khosgoftar, que nunca ha dejado de escribirme para preguntarme cómo estoy. Desde la distancia he seguido también las andanzas de otros compañeros de congreso, que siempre han respondido a mis mensajes. Y el resto de la gente que apareció en aquellos días, anónimos en mi viaje, todos extraordinariamente amables, empáticos, cuidadores. Gente normal, gente increíble.
Nueve años después, Teherán está siendo bombardeada por Estados Unidos. Aunque nos parezca injusto, para la mayoría Irán suena lejano y bárbaro. ¿Qué tendríamos que inventar desde las artes para conseguir que nada de lo humano fuese ajeno para nadie?