El poder tiene mecanismos de performatividad específicos que sirven no solo para que los poderosos se identifiquen entre sí, sino para generar vínculos y lealtades entre ellos. La pertenencia es una de las necesidades humanas más primarias, y establecer un “nosotros” frente a “ellos” clarifica la dirección de las actuaciones individuales, porque discrimina el bien del mal: si nos beneficia a nosotros, es bueno, y si nos perjudica, es malo. No es de extrañar, por tanto, que las performances de pertenencia entre los superricos sigan proliferando.

La red de Epstein se basaba en lo que Rita Laura Segato denomina el mandato de masculinidad: la violación (en este caso, organizada) de mujeres. Esta es posiblemente la performance de pertenencia más antigua de la Historia, porque tras el crimen el violador se ubica dentro de una fraternidad extensa, ancestral, que define su masculinidad a través de la dominación del cuerpo de la mujer. Esto es lo que explica las violaciones grupales o redes como la de Epstein, pero también las individuales: Segato afirma que el violador individual en realidad está performando su masculinidad para un observador ausente. Por lo tanto, el fin de la violación no es el placer sexual, sino la pertenencia al club de los hombres. Y en la red de Epstein, al de los hombres superricos.

Podríamos extendernos sobre cómo la violación como performance de pertenencia se acaba replicando en todos los estratos de la sociedad, pero prefiero centrarme hoy en cómo las performances de pertenencia están desapareciendo en el resto de clases sociales. Es decir, mientras los superricos se reúnen físicamente y son capaces de reconocer a los de su tribu, el resto de la sociedad parece abocada a un individualismo atroz, en el que ni la pareja ni las amistades ni la familia se sostienen en el tiempo como red de seguridad. El ‘catholic turn’ de la cultura pop es un sucedáneo de comunidad, que viene a cubrir ese hueco, pero no cambiará nada. Necesitamos nuevos rituales de pertenencia para el resto de la sociedad, porque si no sabemos quiénes somos nosotros, solo nos quedará una cosa: querer ser como ellos.

Me parece cuando menos ambicioso creer que de repente, el teatro, ese ecosistema precario (ergo, clientelizado), aún heredero del arte como expresión del yo, deudor de programadores múltiples, altamente competitivo y ajeno al mundo de las redes, pudiera ofrecer alguna alternativa como performance de pertenencia para plantar cara a los superricos. Pero… Quién sabe. Lo que se puede pensar, es que puede existir. A lo mejor es que nadie se está parando a hacerlo.

 

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